

Concepcionales / Luis Bravo
1. La poética de Concepción Silva Bélinzon (Montevideo, 1900-1987) es una voz fundacional de lo visionario en la poesía uruguaya. En La mano del ángel (1945) el franco-uruguayo Jules Supervielle (1884-1960) tuvo la puntería y el desprejuicio de presentarla así: “Sus versos parecen haber sido dictados por una voz que no es del todo de este mundo. Sucede que nosotros no comprendemos muy bien qué es lo que ella significa, pero poco nos importa, esta voz penetra con la mayor intensidad en nuestra memoria y allí se queda. Oh maravilla!: sus versos difíciles nos penetran fácilmente, sin la menor dialéctica ellos nos persuaden. Versos misteriosamente límpidos, plenos de un secreto que sabe mostrarse sin revelarse”.
Desde esa veta inspirada, de “locura divina”, de “portavoz” de las musas con la que Platón (Ion o de la poesía; Fedro) primero caracterizó a los poetas para luego exiliarlos de su República, nuestra Concepción fue, en efecto, apartada del canon de la Generación del 45 que ella misma inauguró con dos libros. La poeta aventajaba en 20 años a las poetas de su propia generación (Idea Vilariño, Ida Vitale, Amanda Berenguer) lo que aportaba una madurez diferente a sus textos, así como su ascendencia literaria, que no condecía del todo con la mayoría de quienes por entonces comenzaban a publicar. La salvedad sería con la precoz Orfila Bardesio (1922-2009), en cuya poética cósmica y animista «el aire debe ser un ser animado y tener fantasmas». Ambas fueron en parte marginadas por asumir esa “manía” de hablar con lo divino, por esa índole “superior a la de la cordura humana”, siempre en palabras de Platón. Concepción hablaba en ese lenguaje descentrado que suele caer bajo sospecha de locura, activando el temible temor de los cuerdos, crueles e impíos con quienes son diferentes. En sus declaraciones (cartas, dedicatorias, conversaciones) solía afirmar que sus versos le eran dictados o le llegaban murmurados por Dios y por «las almas de los poetas unidos que quieren no morir».Amparada en esa conexión con el trasmundo, sus odas sáficas y sonetos se sostienen sobre acerados endecasílabos, cuyas sonoridades bien pueden rematar en palabras e imágenes desconcertantes. De ahí que a su poética le cuadre la última referencia platónica que aquí traemos: “el arte de los poetas cuerdos palidece ante el de los poetas inspirados”.
Su estética cultiva la experiencia visionaria mediante claves herméticas, símbolos y atmósferas de revelación, enarbolando a la vez la belleza onírica, insólita, de lo surreal. No «habla» de Dios ni del misterio, sino que hace que lo extraordinario sea una experiencia perceptible en la música y en la imaginación del lenguaje. En esa veta visionaria compone artefactos sensitivos en los que la palabra surge como ejercicio espiritual. Por tanto, el poema no es un objeto de consumo esteticista sino un espacio sagrado de comunión estética. A la vez, es una poeta tan dúctil en el manejo de su instrumento, que logra arrancarle una intensidad convulsiva a las estructuras férreas consagradas en el Siglo de Oro español.
2. El virgiliano Tempus Fugit es uno de sus motivos recurrentes. En tal sentido, veamos una conexión con la etapa filosófico-religiosa de T. S. Eliot (1888-1965), quien junto al también modernista Wallace Stevens y al monje trapense Thomas Merton son afinidades electivas de su formación poético espiritual. En Cuatro Cuartetos (1943) se suceden meditaciones sobre la temporalidad, el universo y lo divino, concibiéndose el tiempo como un flujo continuo en el que es posible que todo coexista. Concepción refiere el misterio de la temporalidad en sendos poemas. El terceto final de “No hay un orden visible para amarse” (Sitios abandonados, 1979), dice: “Del tiempo y de lo oculto los momentos; / sus putrefactos cuerpos son benditos / y después de la furia nacimientos”. Si la «furia» es el indetenible desgaste de la materia, los “nacimientos” que le sobrevienen devuelven el cosmos a un estado de perpetuidad; se sortea así el final trágico mediante un ciclo sin fin. Eliot revoluciona el ritmo del verso libre desde una musicalidad litúrgica, mientras Concepción encapsula el tiempo en estructuras sonoras exactas, cuyas metáforas desbordan cualquier lógica sujeta a causalidad. Sus hallazgos versales —hechos a la luz de su lámpara interior en manuscritos dibujados en la soledad descascarada de su casona en el barrio La Unión de Montevideo— le valieron tanta incomprensión en la racionalista y sociológica crítica uruguaya del medio siglo, como admiración entre quienes la leyeron extramuros.
En el epistolario de su archivo (Biblioteca Nacional de Uruguay) destacan, entre muchas otras, unas palabras sobre el alcance visionario de la uruguaya. Provienen del surrealista español Vicente Aleixandre: “Concepción da en sus poemas unas luces que tiene que recibir la ciudad visible, desde la suya, invisible”.
3. El combate entre el bien y el mal es un estado de alerta permanente entre sus versos. Impregnada del mensaje radical de las Bienaventuranzas, reina en su universo una actitud interior de humildad y despojo, así como la advertencia alucinada sobre cómo se comportan las máscaras de la soberbia y del Poder. Poetas, místicos, contemplativos son los despreciados y los perseguidos por los “portadores de emplastos y riquezas / asustados de ver el cielo lejos” (“Boca de señores”, Sagrada cantidad, 1973).
Sin embargo, no se detiene su manifestación en la guerra moral, sino que se profundiza en una tensión mística existencial, atravesando los mitos de la caída y de la redención. Bien y mal coexisten en una aspiración ascensional, mística, marcada por la búsqueda de la transfiguración. El mal no es solo una fuerza externa, sino la herida de la imperfección y la finitud. O sea, para Concepción la poesía misma es el campo de batalla de esa lucha trascendente. Apunta en cada poema a la transmutación alquímica, a vencer la zozobra terrenal mediante la «sagrada cantidad» (título de su libro de 1973). Oro y fuego, vinculados al concepto de “sagrada cantidad», representan un agon espiritual: el dolor de los mortales quemándose para parir la luz infinita. La luz de ángeles y estrellas portadora de claridad vertical. Una luz duplicada en espejos, muy presentes en sus poemas, cuyos reflejos aspiran a un cristal limpio que trasunte a la divinidad.
4. Gastón Figueira y Arturo Sergio Visca fueron los críticos uruguayos más dedicados a estudiar la singularidad de sus 16 libros, autofinanciados por la autora, a despecho del desinterés de las editoriales de su propia generación. Entre las revistas uruguayas que dieron cabida a sus poemas, fue Alfar, dirigida por Julio J. Casal, la que atendió la singular confluencia entre vanguardia y misticismo entre sus páginas. Concepción colaboró en la misma entre 1948 y 1953 (véase especialmente el Número 89, Montevideo, 1951). Posteriormente la revista Imágenes durante la década de 1970 rompió el cerco de aislamiento en torno a Concepción. Su redacción se congregaba en las mesas del mítico bar El Jauja, en la Ciudad Vieja de Montevideo. Allí, bajo el impulso de Carlos «El Gordo» Carvajal, se daban cita poetas, pintores, intelectuales y anticuarios. Allí conocí personalmente el mito viviente que por entonces era Concepción. Su presencia era precedida por un rumor que de boca en boca corría, anunciando su llegada de esa noche. Sentados en las sillas vienesas alrededor de las mesas de mármol, se la escuchaba con devoción. En sus monólogos no había un límite definido entre la prosa de la charla y la ficción del poema, así de encantatoria era su presencia. El mejor gin fizz de la ciudad era el combustible de las charlas en ese emblemático Café bohemio de la calle Bartolomé Mitre, refugio de la oscurana dictatorial que campeaba por entonces. A veces también asistía al Café Sorocabana de la Plaza Cagancha, a la mesa donde brillaba Marosa di Giorgio, quien no solo la admiró, sino que la cuidó. Junto al entonces más joven poeta Rolando Faget, la visitaban en su casona de Lindoro Forteza 2659, donde vivió desde sus diez años junto a las dos tías que marcaron a fuego su impronta religiosa.
Marosa, junto al actor Claudio Ross, realizaron la publicación de Antología Poética (1981), compilando una muestra de todos sus libros publicados, rescatando su vigencia para quienes asomaríamos en la partida década del 80, entre resistencia cultural y recuperación democrática. Como puede verse en la dedicatoria a Rolando Faget que Malabia publica, hubo entre ambos una honda afinidad electiva. Faget relató de forma entrañable las tardes en que iban a visitarla: “Tenemos el gusto de visitarla a menudo en su casa, acompañando a otra gran mujer poeta o hermana de raza de Concepción, Marosa di Giorgio. A través de las ventanas de la casa vemos el crepúsculo invadir la montevideanísima calle de Concepción. Cuando la dejamos, ya la noche es señora en Lindoro Forteza. Después amanece. Siempre”.
5. Hemos elegido para este acercamiento tres poemas, provenientes cada uno de libros de las tres últimas décadas de su producción. En orden cronológico, abre un soneto endecasílabo de rimas consonantes, «Poema del rostro que va conmigo» (1953). La figura del rostro es ancla rítmica a modo de estribillo, pero también guía conceptual en torno al motivo de la identidad esquiva, sea la de una divinidad o la del desdoblamiento del propio “yo”. El poema transmite la tensión entre el vacío (el sitio, el traje, la casa) y una serie de símbolos cuyo magnetismo cada lector deberá indagar: el serafín de porcelana, la sociedad de las violetas, el lobo de la tarde.
“La Dama del Soneto” (1965) aborda el tema de las formas en relación al proceso de composición. La pieza se desmarca de los usos clásicos (soneto, oda, lira) adoptando una estructura libre. Con sutileza y humor reflexiona en tercera persona en torno a las limitaciones que autoimponen las rítmicas tradicionales: “atada y desatada / medida y desmedida // La Dama sin poder dormir la siesta”. Es una metapoética de corte neovanguardista, que vertebra la tensión entre estructura rígida y libertad de lenguaje. Al entrecomillar «Recuerdo dos rodajas de limones», se realiza un montaje de otra voz que, a modo de collage, se yuxtapone al presente mismo de la escritura, en tanto “sed” y “trabajo con suspiros”.
«Mis poemas de amor son importantes» (1979) porta esa aleación singularísima entre imágenes surrealistas y angustia existencial. Soneto de rima consonante entrelazada (ABAB / ABAB / CDC / DCD), en sus rimas (carrera/barrera, sorprendidos/gemidos, males/canales) radica el entorno hostil y el caos consecuente: «zona de plagas«, atmósfera de asedio y descomposición, «las cucarachas comen mis canales». El poema trasunta el contexto social de violencia y silencio cómplice («en las calles no escuchan sus gemidos») propio de la represión autoritaria de fines de los setenta. Ante el duelo imposible de los «vivosmuertos«, el acto de escribir es resistencia («él escribe con flores si hay heridos»). El verso que enarbola el título, «Mis poemas de amor son importantes», actúa como una declaración de principios: en tiempos de ruina humana, el arte y el afecto sostienen. Es un ejemplo de cómo Concepción combina magistralmente la estructura tradicional del soneto con la fuerza irracional de imágenes que dislocan la linealidad.
6. La magia poética de Concepción Silva Bélinzon radica en su cualidad singular para hacer convivir la neovanguardia con la tradición compositiva del Siglo de Oro.
Oro es su alquimia, que sublima la aspiración mística y el inquietante universo del inconsciente onírico. En sus perfectas estructuras rítmicas suena y sueña una libertad fundacional para lo visionario, que otras voces de mujeres producirán luego en diálogo con ella, aunque cada una a su manera: Orfila Bardesio, Marosa di Giorgio, Selva Casal.
Concepción diseñó en una obra sólida un imán de extraños brillos, haciendo de la escritura poética un acto de resistencia espiritual y una ofrenda de revelación estética

Documento inédito: dedicatoria de Concepción a Rolando Faget, poeta, editor y periodista cultural uruguayo, uno de los mayores difusores de la autora.
MALABIA también le dedica a él estas páginas.
(Haga clic sobre la imagen para ampliarla)
POEMA DEL ROSTRO QUE VA CONMIGO
No importa si mi sitio está vacío
y confusa no soy ángel ni hermana;
disimuladamente ya sonrío
igual que un serafín de porcelana.
Sacándome tristeza de mi río
la cinta del cabello y la manzana.
Tú, y no más. Sin agua, ni plantío
¿quién se pondrá mi traje esta mañana?
¡La buena sociedad de las violetas!
Tu rostro va conmigo y ya comprendo
de la casa vacía tantas grietas.
Mis hilos de colores, mi costura…
Tu rostro va conmigo y ya sorprendo
al lobo de la tarde por la altura.
De Los reyes de oro, Montevideo, 1953.
LA DAMA DEL SONETO
Mi fuerza ha decrecido en este barco
(crecido y decrecido)
de metro y consonantes
de arriba libres eran.
La dama del soneto y situaciones
(minúsculos insectos)
asciende lentamente humildemente
eternamente!
Atada y desatada
medida y desmedida
La dama sin poder dormir la siesta.
Trabajo con suspiros
y tengo tanta sed, pero no prisa.
“Recuerdo dos rodajas de limones”
y el mes de sacrificio.
Veloz sobre la luna
(nacimiento)
poema de poemas
De El más justo llamó, Montevideo, 1965.
MIS POEMAS DE AMOR SON IMPORTANTES
A Víctor Taratut y Beatriz Ceballos
Zona de plagas forma la carrera
sin desmayar si somos sorprendidos
se lastima la luna en la barrera
y en las calles no escuchan sus gemidos.
Sobre un mantel de lienzo, a su manera,
él escribe con flores si hay heridos;
sobre el Valle Encantado si lloviera
vivosmuertos adentro de sus nidos.
No me niegues respuesta a tantos males;
las cartas tardan más de dos mil años
las cucarachas comen mis canales
Mis poemas de amor son importantes,
masticar los perfumes son engaños
se llenan los baúles con diamantes.
De Sitios abandonados, Montevideo, 1979.
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Selección de textos: Luis Bravo.
