

La generación perdida / Nick Ravangel
La generación perdida, y la literatura estadounidense «moderna» podríamos decir, tiene sus orígenes, curiosamente, en París, en el 27 de la Rue de Fleurus, domicilio de Gertrude Stein, mecenas del movimiento literario. Picasso —que la inmortalizó en un cuadro—, Juan Gris, Apollinaire, Max Jacob, Matisse, Braque y todos los expatriados de Estados Unidos, con Hemingway a la cabeza, pasaron por allí.
El hábito de expatriarse —generalmente en Europa— estaba tan establecido en los Estados Unidos de aquella época, fin del siglo XIX y principios del XX, que constituía una tradición. Las circunstancias de la fundación del país —una colonia dependiente de Europa, en su caso de Inglaterra— lo hicieron inevitable en los inicios. Benjamin Franklin, que pasó gran parte de su vida en el viejo continente, decía que como los Estados Unidos no tenían riqueza suficiente, los “genios” tenían que irse allí.
Durante el siglo XIX los mayores escritores del país —Hawthorne, Cooper, James, Wharton, Irving, Harte y Stephen Crane— pasaron largos períodos en Europa, al que Hawthorne llamaba el viejo hogar. Henry James se hizo ciudadano inglés. A principios del siglo XX, Ezra Pound y T. S. Eliot —que se nacionalizó también— llegaron a Londres a conducir su revolución poética, mientras Gertrude Stein elegía París en busca de “gloria”. En los años 20 una gran parte de la generación literaria (la llamada Lost Generation, Generación perdida) siguió los pasos de Stein y estableció una gran colonia estadounidense en París, que se mantuvo allí durante muchos años.
La expatriación era una manera de adquirir experiencia literaria, lo que más tarde llevaría a protestar contra el provincianismo y la represión de la vida norteamericana. Hay un largo debate sobre ello en las letras estadounidenses y se asocia la expatriación con la insatisfacción literaria de los escritores del país. Al principio la oposición era entre la “civilización” europea y la falta de ella en los Estados Unidos, pero luego varió: era la libertad europea y las oportunidades ofrecidas por la bohemia allí, en claro contraste con las limitaciones de la sociedad norteamericana.
La expatriación estaba ligada a la bohemia literaria, que puede ser definida —de manera muy general— como característica de sociedades en las que no existe un rol fijado para el escritor, lo que lo estimula a buscar una manera propia de vida y a encontrar a otros colegas que también la compartan. Y como los niveles de calidad están determinados por otros escritores, surge la discusión técnica, lo que alienta al escritor bohemio a buscar una literatura experimental y de vanguardia. La bohemia literaria estaba bien establecida en Europa desde antes de que Murger escribiera Scènes de la vie de Bohême en 1851, popularizando y ritualizando su vida de desordenada pobreza. Muchos de los escritores de vanguardia en Estados Unidos, particularmente en Chicago, San Francisco y Nueva York (y los expatriados a Europa) establecieron una fuerte marca de neo-bohemia en la literatura del país. La conexión de la bohemia estadounidense con París es muy importante en los años 20 debido a los expatriados, y su marca estética y simbolista es evidente en las primeras obras de Faulkner, Stevens y muchos otros.
El efecto de la expatriación es importante, porque al contrario de los miedos de los comienzos, cuando se creían peligrosos un posible servilismo cultural y la europeización de las letras norteamericanas, el efecto que se logró fue hacerlas cosmopolitas e internacionales, un ideal expresado por James y Pound.
A mediados del siglo XX se produce el efecto contrario: escritores como Nabokov, Auden, Isherwood y los perseguidos por el nazismo se han expatriado en los Estados Unidos.
“Ustedes son una generación perdida”. La frase se le atribuye a Gertrude Stein, que la habría utilizado en un epígrafe del libro The Sun Also Rises (1926) de Ernest Hemingway. Pese a que él la rechazó y Gertrude negó haberla usado, quedó como descripción de la generación literaria estadounidense de los años 20, particularmente esa parte que se expatrió a París para vivir una vida bohemia, porque sugiere el sentido de alienación y la poca certeza filosófica que se ha tenido al definir las características de la escritura norteamericana de aquellos años. Se extiende, además, a la mayoría de escritores de ese período (una generación) y, sobre todo, nos sugiere que esos escritores habían perdido contacto con las actitudes y normas de sus predecesores. La generación estaba alienada, separada, perdida (pese a que lo único que se necesitaba para encontrarla era viajar a París). Ha habido muchas crónicas de esa alienación masiva, pero pocas explicaciones. Uno de los que ha tratado de hacerlo es Malcolm Cowley, quien nos dice: “La generación perdida se ha separado de las anteriores generaciones de escritores y de su sociedad, lo que la ha llevado a una rebelión cuyo carácter no es político sino artístico. Pertenecen en su mayoría a la clase media, y al asociar su arte a la bohemia, el liberalismo y el radicalismo, lo entienden como una forma de romper con su clase social. Como carecen de un interés social definido, tienen el sentido de no pertenecer al poder, típico de la clase media, y desconfían además de la acción política, encontraron en Francia el lugar ideal para desarrollar su credo, que no era otro que el formalismo literario. Pronto comprendieron que los intelectuales de clase media franceses estaban más desmoralizados en su propio país que ellos en el suyo, y eso condujo a algunos hacia la acción política y la extrema tensión, y a otros al suicidio”.
El período fue muy productivo para las letras norteamericanas y eso no debería olvidarse, aunque algunos críticos, como Cowley y Samuel Putnam, remarquen la dudosa calidad de gran parte de la producción (y también lo numeroso del grupo), a pesar de incluir a Ernest Hemingway, Ezra Pound, John Dos Passos, Fitzgerald y muchos escritores más de gran importancia. Hemingway daba en cierta forma la razón a Putnam, distinguiendo entre quienes llegaban a París a vivir la bohemia y los escritores.
Pese a ello, la fuerte atmósfera experimental generó numerosas tertulias y revistas y una fuerte conexión con el surrealismo y el dadaísmo. La importancia del período está marcada por la buena literatura que dio a luz.
Un escritor que no debería dejar de citarse dentro de la bohemia es Henry Miller. Perpetuo bohemio en Europa, dejó obras importantes como Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio. Su método personal, descarnado y violento, encuentra muchas veces un gran lirismo dentro de una enorme sensualidad.









