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Número 78

El crítico como artista / Oscar Wilde

Revista Malabia número 78
El crítico como artista - Oscar Wilde

El crítico como artista / Oscar Wilde

UN DIÁLOGO. Parte I. Personajes: Gilbert y Ernest. Escenario: la biblioteca de una casa en Piccadilly, con vistas al Green Park.

I. La crítica como arte

ERNEST: ¿Qué utilidad tiene la crítica de arte? ¿Por qué no dejar al artista tranquilo, para que cree un mundo nuevo si lo desea o, si no, para que nos ofrezca una imagen del mundo que ya conocemos? La imaginación, me parece, se desarrolla mejor en silencio y aislamiento. ¿Por qué ha de verse perturbado el artista por el clamor estridente de la crítica? ¿Qué pueden saber de la obra quienes no son capaces de crear?

GILBERT: Y si su obra es incomprensible, una explicación es perversa. Hoy nos quedan tan pocos misterios que no podemos permitirnos perder ninguno.

GILBERT: La crítica es en sí misma un arte. Y, del mismo modo que la creación artística implica el ejercicio de la facultad crítica y, sin ella, no puede decirse que exista verdaderamente, la crítica es creativa en el sentido más elevado de la palabra. La crítica es, en realidad, a la vez creativa e independiente.

La crítica no debe juzgarse por un criterio inferior de imitación o semejanza, como tampoco la obra del poeta o del escultor. El crítico mantiene con la obra de arte que critica la misma relación que el artista mantiene con el mundo visible de la forma y el color, o con el mundo invisible de la pasión y el pensamiento. No necesita siquiera los materiales más nobles para perfeccionar su arte: cualquier cosa puede servirle.

La crítica más elevada no se limita a la obra de arte individual: critica la Belleza misma y llena de asombro una forma que el artista quizá dejó vacía, no comprendió o comprendió de manera incompleta. Para el crítico, la obra de arte es simplemente una sugerencia para una nueva obra propia, que no necesita guardar ninguna semejanza evidente con aquello que critica.

La característica de una forma bella es que podemos poner en ella cuanto queramos y ver en ella cuanto elijamos ver. La Belleza, que proporciona a la creación su elemento universal y estético, convierte al crítico en creador a su vez y le susurra mil cosas distintas que no estaban presentes en la mente de quien talló la estatua, pintó el cuadro o grabó la gema.

II. El espíritu crítico y la tradición

ERNEST: Se dice que, en los mejores tiempos del arte, no hubo críticos de arte.

GILBERT: Tu afirmación tiene toda la vitalidad del error y todo el tedio de un viejo amigo. Respecto de que los griegos no tuvieron críticos de arte, te aseguro que es completamente absurda. Sería más justo decir que los griegos fueron una nación de críticos de arte.

Nuestra deuda primordial con los griegos es, sencillamente, el espíritu crítico. Ese espíritu, que ejercieron sobre cuestiones de religión y ciencia, de ética y metafísica, de política y educación, lo ejercieron también sobre el arte. Y de las dos artes supremas y más elevadas, nos han dejado el sistema de crítica más perfecto que el mundo haya conocido.

Desde la introducción de la imprenta, y con el desarrollo fatal del hábito de leer entre las clases medias y bajas de este país, ha existido en la literatura una tendencia a apelar cada vez más al ojo y cada vez menos al oído, que es precisamente el sentido que, desde el punto de vista del arte puro, debería buscar agradar y cuyas leyes de placer debería respetar siempre.

El oído era el crítico. La voz era el medio. La escritura ha hecho mucho daño a los escritores. Debemos regresar a la voz. Ese debe ser nuestro criterio.

A veces pienso que, aunque no hubiera llegado hasta nosotros un solo fragmento de crítica de arte de la época helénica o helenística, seguiría siendo cierto que los griegos fueron una nación de críticos de arte y que inventaron la crítica del arte del mismo modo que inventaron la crítica de todo lo demás.

Pensemos solamente en una pequeña obra perfecta de crítica estética: la Poética de Aristóteles. No es perfecta en la forma, pero en temperamento y tratamiento es perfecta, absolutamente. Platón había tratado ya el efecto ético del arte, su importancia para la cultura y su lugar en la formación del carácter; aquí, en cambio, tenemos el arte tratado no desde el punto de vista moral, sino desde el punto de vista puramente estético.

III. Las cualidades del verdadero crítico

ERNEST: ¿Cuáles son, entonces, las cualidades que deben caracterizar al verdadero crítico?

GILBERT: El temperamento es el primer requisito del crítico: un temperamento exquisitamente susceptible a la belleza y a las diversas impresiones que la belleza nos proporciona.

Existe en nosotros un sentido de la belleza, separado de los demás sentidos y por encima de ellos, separado de la razón y de importancia más noble, separado del alma y de igual valor: un sentido que conduce a algunos a crear y a otros —los espíritus más refinados, creo yo— a contemplar simplemente. Pero, para ser purificado y perfeccionado, este sentido necesita un ambiente exquisito. Sin él, se debilita o se embota.

Poco a poco debe engendrarse un temperamento que lleve natural y sencillamente a elegir lo bueno en lugar de lo malo y, rechazando lo vulgar y discordante, a seguir mediante un gusto instintivo y refinado todo cuanto posea gracia, encanto y belleza. Con el tiempo, ese gusto se vuelve crítico y consciente de sí mismo.

ERNEST: Supongo que el verdadero crítico será, al menos, racional.

GILBERT: Racional. Hay dos maneras de no gustar del arte. Una es no gustar de él. La otra, que te guste racionalmente. Porque el arte crea en quien escucha o contempla una especie de locura divina.

No; la imparcialidad no es una de las cualidades del verdadero crítico. Ni siquiera es una condición de la crítica. Cada forma de arte con la que entramos en contacto nos domina durante un tiempo, excluyendo todas las demás. Debemos entregarnos absolutamente a la obra de que se trate si queremos conocer su secreto.

No se debe tener, naturalmente, prejuicios; pero, como dijo un gran francés hace cien años, en estas cuestiones es nuestro deber tener preferencias, y cuando tenemos preferencias dejamos de ser imparciales. Solo un subastador puede admirar por igual e imparcialmente todas las escuelas de arte.

Pensemos solamente en una pequeña obra perfecta de crítica estética: la Poética de Aristóteles. No es perfecta en la forma, pero en temperamento y tratamiento es perfecta, absolutamente. Platón había tratado ya el efecto ético del arte, su importancia para la cultura y su lugar en la formación del carácter; aquí, en cambio, tenemos el arte tratado no desde el punto de vista moral, sino desde el punto de vista puramente estético.

IV. El futuro de la crítica

La influencia del crítico consistirá en el mero hecho de su existencia. Representará el tipo perfecto. En él se verá realizada la cultura de su siglo. No se le debe pedir que tenga otro objetivo que el perfeccionamiento de sí mismo.

El crítico puede desear ejercer influencia; pero, si es así, no se ocupará del individuo, sino de la época, a la que tratará de despertar a la conciencia y hacer receptiva, creando en ella nuevos deseos y apetitos y prestándole su visión más amplia y sus estados de ánimo más nobles.

El arte de hoy le interesará menos que el arte de mañana, y mucho menos que el arte de ayer. La crítica tiene a su disposición un campo que crece cada día. Hay siempre nuevas actitudes de la mente y nuevos puntos de vista.

El deber de imponer una forma al caos no disminuye a medida que avanza el mundo. Nunca hubo un momento en que la crítica fuera más necesaria que ahora. Solo por medio de ella puede la Humanidad hacerse consciente del punto al que ha llegado.

Es la crítica la que crea la atmósfera intelectual de una época. Es la crítica la que hace de la mente un instrumento fino. Enseñamos a las personas a recordar; nunca les enseñamos a crecer. Nunca se nos ha ocurrido intentar desarrollar en la mente una cualidad más sutil de aprehensión y discernimiento.

Es la crítica, también, la que hace posible la cultura por medio de la concentración. Toma la enorme masa de la obra creadora y la destila en una esencia más fina. ¿Quién, si desea conservar algún sentido de la forma, podría abrirse paso entre la monstruosa multitud de libros que ha producido el mundo, libros en los que el pensamiento balbucea o la ignorancia vocifera? El hilo que ha de guiarnos a través de ese laberinto está en manos de la crítica.

Y no es solo esto. La crítica, al no reconocer ninguna posición como definitiva y al negarse a someterse a las consignas superficiales de una secta o una escuela, crea ese sereno temperamento filosófico que ama la verdad por sí misma y no menos porque sabe que es inalcanzable.

La crítica intelectual unirá a los hombres mediante la comprensión. Y, al reconocer que ninguna posición es definitiva, creará un espíritu capaz de contemplar las ideas sin someterse a ellas ciegamente.

ERNEST: Me has dicho que la crítica es un arte creador, que la crítica más elevada es la que revela en la obra de arte aquello que el artista no puso en ella; que precisamente porque un hombre no puede hacer una cosa es el juez apropiado para ella; y que el verdadero crítico no es imparcial ni racional.

GILBERT: Sí. Soy un soñador. Porque el soñador es aquel que solo puede encontrar su camino a la luz de la luna, y su castigo consiste en ver el amanecer antes que los demás.

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NOTA: Selección y traducción al castellano de fragmentos auténticos de Oscar Wilde, tomados de The Critic as Artist, publicado originalmente en The Nineteenth Century en 1890 bajo el título The True Function and Value of Criticism; with Some Remarks on the Importance of Doing Nothing: A Dialogue, y recogido posteriormente en Intentions (1891). La selección y el orden de los pasajes se han establecido para MALABIA 78, manteniendo su sentido original.