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Número 51

Borges, el siglo circular / Héctor Rosales

Revista Malabia número 61 con sombra
Borges, el siglo circular

Borges, el siglo circular / Héctor Rosales

Volverá toda noche de insomnio: minuciosa.
La mano que esto escribe renacerá del mismo
Vientre. Férreos ejércitos construirán el abismo.


J.L.B.

En 1905 un niño de seis años le confiesa a su padre en Buenos Aires que desea ser escritor. Y allí comienza la elaboración de un personaje de ficción llamado Borges, deliberadamente: también un escritor. Dos años más tarde, éste se estrena con un breve ensayo redactado en inglés sobre la mitología griega, y un primer cuento, «La visera fatal», basado en uno de los episodios del Quijote.

El niño bonaerense tuvo muy buena memoria a lo largo de su vida. Jamás olvidó antepasados europeos, numerosos viajes convergentes en su corazón sureño, múltiples lecturas reinterpretadas o subrayadas con una luz interna que suplantó la incidencia de la luz exterior, nebulosa, perturbadora, responsable de la distorsión de una realidad a la que nunca dejó de temer («el mundo, desgraciadamente, es real, y yo, desgraciadamente, soy Borges»).

La construcción de ese intelectual amurallado en literaturas nórdicas, germánicas, anglosajonas, norteamericanas y, desde luego, argentinas (entre otras fuentes que blindarían su natural fragilidad ante la vida práctica, material, alienante), el laborioso ejercicio de décadas y décadas tras sus códigos personales, con una madre influyente custodiando los días, una capital rioplatense con veleidades europeístas y el contraste de un arrabal no vivido aunque sí pretendido por el personaje, la fuga interior hacia otros mundos, tienen ahora un siglo forjado de enigmas, cifras, ritmos, datos, ternura, deslumbramiento, horror y soledad.

Y además melancolía, el motor que movió a su sombra por umbrales y plazas deshabitadas, donde el otro, el niño, llamó repetidamente al personaje, sin encontrarle.

La figura de una abuela inglesa, la ciudad de Ginebra, la mística judía, traducciones, evocaciones desde los oleajes de otros idiomas y culturas, la silueta de algún héroe militar o literario, fueron varios de los bastones en los que se apoyó Borges para cruzar sus propias páginas, o los senderos de la polémica que muchas veces levantó con gesto distante, conocedor de las reacciones de la tribu, en sus diálogos, conferencias y entrevistas.

Aquel niño visionario que inventó a Borges/el inventor, instalaría al personaje en el centro de un laberinto trazado con espejos gramaticales. Desde allí, con el telón de fondo de El Tiempo, y los numerosos corredores poblados de voces e imágenes que en duplicaciones o en progresiones geométricas desembocarían en otros corredores, voces e imágenes hasta series interminables, estaría contenida la presencia del hombre de todas las épocas, pero en particular el contemporáneo, bombardeado de infinitas informaciones que, sin embargo, lo confunden y apartan del centro de sí mismo y de cualquier conocimiento trascendente. El vano afán de sabiduría pesará en el lúcido escritor; muy temprano conocerá una desesperación asumida, y por ende atenuada en sus estallidos.

Borges buscará sin pausa el sentido, los mecanismos de la posición humana en el laberinto. La Biblia, las correspondencias entre el Génesis y la Cábala, la posibilidad de una inteligencia superior e infinita que, mediante un orden desconocido, organiza el desorden repetitivo de la historia, serán reflexiones recurrentes en el autor argentino.

En una de sus narraciones más representativas, «La Biblioteca de Babel», hallamos una síntesis muy ilustrativa del itinerario borgeano: la búsqueda de un libro entre todos los libros que integran esa biblioteca (símbolo elocuente del universo), un libro donde se aloje «el nombre», la clave mesiánica que active la llegada del tiempo redentor.

Borges y los libros forman una de las sociedades más fecundas y significativas en la historia de la literatura. Pocos autores han manejado tanto y con tanta brillantez los recursos referenciales, simbólicos y creativos del instrumento libro dentro de un discurso ensayístico o de ficción. Sería un abuso para la paciencia del lector enumerar aquí autores y títulos (reales o imaginarios) en los que Borges fraguó lecturas y escritos. En el curso de este 1999 no será difícil disponer de abundantes listados en notas, artículos, conferencias y exposiciones en torno al homenajeado escritor centenario. Por los mismos motivos tampoco citaré su propia bibliografía.

Aunque sí deseo detenerme un momento ante esa casona de Buenos Aires donde un hombre ciego, ya inevitablemente consciente del sitio que ocupa en la iconografía cultural de su país y también en el mundo, medita por enésima vez la bondad de un adjetivo para aquella frase que su voz no termina de ajustar en la simetría del ambiente. Una voz amable, algo temblorosa, siempre tímida en su raíz fronteriza que amó al sur como a un destino salvado del laberinto. La misma, la exacta, cuidada voz que con idéntica vocación cultivó narrativa, poesía y ensayo. Un claro ejemplo de que los géneros pueden alternarse sin desavenencias en un territorio donde lo que verdaderamente importa es el estilo para abordar temas, preguntas, fulgores, en suma: los asuntos del vivir captados por un tímpano reflexivo que se manifiesta no sólo con ortografía, sino con cadencias, tonos, silencios, y aquellos equilibrios que surgen de lo más subjetivo de los hombres.

Según la edad o el capricho de cada lector, habrá un Borges mejor narrador que poeta, o viceversa; o quizás se distinga ese ensayista inteligente y culto al que se recurrirá sin remedio para considerar un punto de vista indispensable.

Disculpen que prefiera pensar, sencillamente, en un escritor, en un creador de literatura, uno de los grandes, sin duda, que se dedicó a cumplir con su trabajo de la mejor forma que pudo. Literatura, insisto. «Arte cuyo medio de expresión es la palabra», resumía en una primera acepción mi viejo diccionario escolar.

Pero sigo observando al hombre del bastón en la casona porteña, ese caballero argentino empeñado en acabar la frase de su historia, el anciano que volverá a viajar al norte donde estudió en su juventud, donde le aguarda la ciudad señalada.

Ginebra, minuciosa, le revivirá aromas y dilemas, mientras Europa prepara nuevas noches, nuevos ejércitos que él no conocerá.

El personaje habrá recorrido su círculo, el que intuyó aquel niño, Georgie, cuando decidió guarecerse de la barbarie y el caos a expensas de una criatura que escribiría con afilada erudición y talento salvavidas.

Ahora el niño encuentra finalmente a Jorge Luis Borges sentado en la cumbre de la escalera suiza, mirándole con toda la noche de insomnio, recordándole «que ya nunca serán felices, pero que tal vez no importa», porque la mano que ha escrito toca la mano primigenia, dispuestas a conjurarse con El Tiempo un 14 de junio de 1986, renaciendo del mismo vientre.

Barcelona, 14 de junio de 1999.

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Nota del editor:

El texto que reedita MALABIA fue escrito expresamente por Rosales para que integrara el Libro de Hacedores, volumen colectivo que Editorial Letralia (Cagua, Venezuela) organizó y publicó en internet (agosto 1999), como homenaje al centenario del nacimiento de Jorge Luis Borges.

La revista digital El Coloquio de los Perros incluyó el texto en su número 4, Cartagena (España), otoño de 2001.