
La cultura hoy / Nick Ravangel
Uno de los temas más tratados (y maltratados) en los últimos tiempos es la situación en que se encuentra la cultura. Más allá de quienes la consideran un entretenimiento y un negocio puro y duro -un sector en crecimiento continuo-, las conclusiones distan de ser optimistas.
Es lógico que aquellos que entienden que la cultura debe servir a la misión suprema de cualquier sociedad, la formación integral de individuo, estén alarmados. Los demás no, porque como entretenimiento se impone y como negocio es sumamente rentable para las corporaciones que la manejan.
Nos dice el artista plástico argentino Guillermo Pérez Raventós: “En el arte existe un orden social local que responde a un orden social global y a un sistema organizado por la industria cultural: la Holywoodización de la cultura. La industria de la cultura tiene que llenar los agujeros que produce la adopción de la nueva religión, el dinero; pero como toda industria generadora de bienes de consumo debe reemplazar y generar nuevas necesidades, dentro de su lógica, a diario. La dinámica que se sigue responde a la rentabilidad del dinero invertido. En el caso de agentes particulares, la rentabilidad económica; en el caso del Estado, la rentabilidad política medida en votos. Y según las leyes de mercado, a mayor productividad mejor paga. Sería deseable que el Estado financiara prácticas artísticas siempre que las administraciones de cultura tendieran a responder a otros conceptos sociales, culturales y humanos. Hoy la tendencia es inversa: cada día mayores alianzas estratégicas con empresas para brindar una ilusión de un mundo democrático, participativo y de diversidad cultural. Estamos muy lejos de la meta y corriendo en sentido contrario.
Hoy, opuesto al trabajo del artista, prevalece la idea de estrella, de genio, siempre medida por la rentabilidad. Los verdaderos artistas, mientras tanto, viven de lo que pueden”.
La realidad sigue echando leña al fuego. Hace poco se otorgó en España uno de los premios mejor dotados económicamente de Europa. Por segundo año el ganador es uno de los personajes de la decadente televisión actual. Las protestas, muchas y de diversos sectores, aparecieron en la prensa. Para calmarlas salió a la palestra uno de los escritores vendedores, de moda hace mucho tiempo, asegurando que no hay nada que objetar, que la editorial organizadora del premio tiene todo el derecho a lanzar un libro comercial para vender mucho. El premiado, por su parte, recurrió a un tópico: se escribe para la gente, no para una supuesta élite intelectual.
Aclaro que me ahorro los nombres porque estas opiniones se vienen repitiendo desde hace muchos años. Un ejemplo es la editora principal del boom latinoamericano, que decía en el 2007: «Mi impresión sobre el mundo editorial es muy positiva. La compraventa de editoriales es constante y los grandes grupos del sector abarcan la totalidad de la cultura. Casi todos ganan dinero».
Grandes corporaciones y una buena recaudación de dinero para medir el estado de la cultura, toda una declaración de principios.
La semana pasada una organización de autores de una región española invitaba a una charla sobre los hábitos de consumo del sector y las tendencias y evolución del público en 2024 para determinar lo que gusta y luego actuar en consecuencia.
¿Dónde situamos la línea que separa el objeto cultural de la mercancía? Las dudas, entonces, nos asaltan. ¿Interesa al agrupamiento de individuos encapsulados que llamamos “sociedad” la calidad de la literatura y del arte en general o eso queda, como escribe Pérez Raventós, para una minoría que vive de lo que puede mientras crea de verdad (la élite intelectual)? ¿Son hoy considerados excelentes Cervantes, Shakespeare y todos los escritores de la enorme tradición literaria occidental porque han contribuido al aprendizaje del ser humano y a su avance educacional y cultural o porque sus plumas han permitido vender muchos libros al sector editorial? Las preguntas se siguen amontonando.
Para mayor confusión casi todos los burócratas de los ministerios occidentales no utilizan en sus documentos el término cultura, sino industria cultural. Extraño, porque todos sabemos que la industria, cualquier industria, genera mercancías. ¿Es un libro una mercancía, un objeto de consumo? Sin embargo no es extraña esta actitud, porque sigue una lógica: en los debates preelectorales de los candidatos a representar a la ciudadanía hace años que no se habla de cultura o se trata el tema de forma superficial. A nadie escapa que desde los sectores oficiales se deja la cultura librada al mercado. Paralelamente, la Literatura y la Filosofía están casi desaparecidas de los programas de enseñanza y la mayoría de Estados ya han dejado de difundir, o ayudar a difundir, la tradición cultural local. Y la crítica literaria, la verdadera, tan importante en el pasado, ha dejado casi de existir, sustituida por la reseña y la publicidad. ¿Cuál es el resultado? Que en la mayoría de países de habla hispana, sobre todo en los latinoamericanos, las librerías apenas exhiben libros de autores locales de ficción y poesía, sepultados por aquello que se vende: best sellers anglosajones, autores españoles a veces desconocidos en su propio país, libros de autoayuda, ficción histórica que casi siempre distorsiona la realidad.
La gran mayoría de los relatos escritos actualmente (así como la música y el cine) tratan sobre el mundo interior del individuo, de la pareja o del pequeño grupo; lo social (no confundir con lo político partidista), los otros, con los que compartimos la vida en las ciudades, en la polis, no existen. Escribía Onetti hace muchísimos años: “Me da miedo cuando dicen lenguaje subjetivo. Todo es subjetivo en literatura desde el punto de vista de quien la hace. Pero la historia es organizar el caos subjetivo y ese que nos rodea, volverlos comprensibles”. Eso ahora no interesa. En la sociedad actual está pasando lo mismo que “pintaba” Onetti en una de sus obras hace 50 años: “Los viejos valores morales han sido abandonados por la gente y todavía no han aparecido otros que puedan sustituirlos. Crece el tipo del indiferente moral, del hombre sin fe ni interés por su destino”.
Para hacer más negativa la situación, debemos aclarar que ese razonamiento de que se escribe para la gente y no para una élite intelectual no es privativo de neoliberales de derecha. Desde hace muchos años, partidos y personajes que se dicen de “izquierda” remarcan machaconamente que la cultura debe ser popular, para todos, y no para unos intelectuales a los que, en el ambiente latinoamericano, llaman elitistas y europeizantes. Lo peor del caso es que eso se dice, y se viene diciendo desde hace mucho, en países que aún hoy son víctimas de la colonización, a la que se agrega la globalización monetaria. Cortázar opinaba que esa simplificación que tantos reclaman todavía en nombre de la inserción popular es un paternalismo intelectual, una forma de desprecio disimulado hacia quienes no pueden acceder a la verdadera cultura. Que lo que habría que hacer no es bajar el nivel de la cultura para que sea entendible, sino elevar el nivel cultural de las clases populares para que puedan entenderla.
¿En el contexto actual es una ofensa ser llamado europeizante? Para nada. La literatura europea clásica, como la estadounidense, cuestionaba el poder, el sistema, la organización social existente, y estaban los autores muy al día de lo que sucedía en el mundo. Hoy, por el contrario, la mayoría de artistas nuevos que son entrevistados se apresuran a aclarar que lo social no les interesa. John Pilger, periodista y escritor australiano, lo deja muy claro:
“(Hoy) no hay un Shelley que hable a favor de los pobres, ni un Blake que escriba a favor de sueños utópicos; no hay un Byron que condene la corrupción de la clase dominante, ni un Thomas Carlyle y un John Ruskin que desvelen el desastre moral del actual neoliberalismo. William Morris, Oscar Wilde, HG Wells o George Bernard Shaw, no tienen hoy su equivalente. Harold Pinter fue el último en levantar la voz. Entre las insistentes voces del actual feminismo de consumo, ninguna se hace eco de Virginia Woolf, que tan bien describió “las mañas para dominar a otros… por la vía someter, matar o adquirir tierra y capital”. (John Pilger)
El propio Faulkner, llamado en aquel tiempo “conservador”, mostraba en sus novelas el horror a la sociedad del dinero que se avecinaba. Sus palabras al recibir el Premio Nobel en 1950 (uno de los pocos otorgados a un gran escritor) fueron premonitorias, porque hoy estamos igual, o peor que entonces:
“Nuestra tragedia actual es un temor general en todo el mundo, sufrido por tan largo tiempo que ya hemos aprendido a soportarlo. Ya no existen problemas del espíritu; sólo queda esta interrogante: ¿Cuándo estallaré? A causa de ella, el escritor o escritora joven de hoy ha olvidado los problemas de los sentimientos contradictorios del corazón humano, que por sí solos pueden ser tema de buena literatura, ya que únicamente sobre ellos vale la pena escribir y justifican la agonía y los afanes. Ese escritor joven debe compenetrarse nuevamente de ellos. Aprender que la máxima debilidad es sentirse temeroso; y después de aprenderlo olvidar ese temor para siempre, no dejar lugar en su arsenal de escritor sino para las antiguas verdades y realidades del corazón, las eternas verdades universales sin las cuales toda historia es efímera y predestinada al fracaso: amor y honor, piedad y orgullo, compasión y sacrificio.
Mientras no lo haga así continuará trabajando bajo una maldición. No escribirá de amor sino de sensualidad, de derrotas en que nadie pierde nada de valor, de victorias sin esperanzas y, lo peor de todo, sin piedad ni compasión. Sus penas no serán penas universales y no dejarán huella. No escribirá acerca del corazón sino de las glándulas. Mientras no capte de nuevo estas cosas, continuará escribiendo como si estuviera entre los hombres sólo observando el fin de la Humanidad. Yo rehúso aceptar el fin de la Humanidad”.
