
Miradas permanentes / Revista Malabia
Pío Baroja
El ambiente es mediocre y asfixiante. Las grandes ideas, la fe en la ciencia, la preocupación por la belleza, por el arte, por la vida intelectual, han desaparecido. Y una de las cosas más dolorosas es que la gente se acostumbra a esta atmósfera; no se da cuenta de que es una atmósfera de mezquindad, de pequeñez, de ramplonería. La falta de autocrítica es un mal endémico. Si no hay una preocupación constante por el rigor y por la verdad, la inteligencia se atrofia, se envilece.
La mayoría de la gente se contenta con ideas de segunda mano, con tópicos manoseados, con fórmulas vulgares. La vida literaria se ha convertido en un circo donde se exhiben los más extravagantes muñecos. El que se atreve a decir la verdad o a señalar la patraña es inmediatamente tachado de envidioso, de amargado, de inadaptado. La verdad es que la vida pública, la política, la literatura, el arte, están llenos de gente que no tiene el menor pudor, que no tiene escrúpulos de ninguna clase.
La superficialidad y la falta de seriedad son las características dominantes. Se habla de todo con ligereza, con un desenfado estúpido. El valor de las ideas, el valor del esfuerzo, el valor del talento, todo eso ha pasado a un segundo plano. Lo que importa es la publicidad, el ruido, el escándalo.
La masa, idiotizada por el periodismo sensacionalista y por la literatura ramplona, no distingue lo bueno de lo malo, lo serio de lo frívolo. Se contenta con la apariencia, con el barniz. Y el intelectual, el artista, el escritor que quiere ser honesto, que quiere ser veraz, que quiere ser profundo, se encuentra solo, aislado, incomprendido. Su obra no tiene eco, no tiene resonancia.
Es un momento de decadencia, de disolución. Las grandes figuras del pasado, los hombres que tenían una preocupación constante por el ideal, por la belleza, por la verdad, han desaparecido. Y los que quedan, son arrastrados por la corriente de la vulgaridad y la mediocridad. Hay una ausencia de carácter, de personalidad, de fuerza moral. Y sin carácter, sin personalidad, sin fuerza moral, no hay arte, no hay literatura, no hay vida digna. La mediocridad se ha entronizado y parece que no hay fuerzas para derrocarla. La necesidad de un espíritu crítico, de una conciencia limpia, de una voluntad férrea, es más urgente que nunca.
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Fragmento del ensayo de Pío Baroja: El escritor según él, 1944.
Ramón del Valle-Inclán
La máscara es la faz de la vida. Y la vida, la pobre vida española, se ha convertido en un esperpento, en una caricatura. El poder, ese poder que se viste de máscara respetable, no busca más que la obediencia, la sumisión, la idiotez de las masas. La verdad es subversiva, el pensamiento es un peligro. Por eso se fomenta la farsa, el melodrama, el sainete. La cultura, la verdadera, la que despierta la conciencia, es proscrita, se la oculta bajo un montón de oropeles y frivolidades.
Los periódicos, los teatros, los púlpitos, todo es un inmenso circo para la distracción de los borregos. La política es un burdel y la economía una cueva de ladrones. Pero se les da pan y circo, y ellos son felices en su ignorancia beatífica. Se les enseña a odiar al vecino, a temer al extraño, a adorar al déspota. Y lo hacen con una fe ciega, con una docilidad pasmosa.
No hay crítica, no hay juicio, no hay valentía para decir que el rey va desnudo. Todos, desde el más bajo al más alto, están metidos en la farsa. El intelectual, el artista, el que debería ser la voz de la conciencia, se vende por un plato de lentejas, por un sillón en la Academia, por un puesto de funcionario.
La sociedad es un nido de cucarachas, donde la mediocridad y la falsedad campan por sus respetos. La falta de un criterio honesto, la ausencia de una moralidad rigurosa, ha podrido todo. Y el poder se regocija, porque sabe que la estupidez es su mejor aliada. Cuando el pueblo es estúpido, es fácil de manejar, de explotar, de dominar.
La regeneración vendrá con el dolor, con la miseria, con la quiebra total de este simulacro de nación. Mientras tanto, sigamos haciendo esperpentos, porque el esperpento es la única manera de ver la realidad española, la única manera de denunciar esta farsa trágica y grotesca. Hay que reír, sí, pero con una risa amarga, que desnude la podredumbre.
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Fragmento de la obra ensayística y crítica periodística de Ramón del Valle-Inclán (con base en el prólogo de Luces de bohemia). Publicación inicial de la obra: 1920 (en folletín).
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
César Vallejo
El poeta, el escritor, no puede vivir en una torre de marfil, ajeno al grito del hombre, al dolor del prójimo. La libertad creativa es un don, sí, pero también es una enorme responsabilidad. No se trata de escribir bonito, de hacer piruetas verbales, sino de poner la palabra al servicio de la verdad, de la justicia, del compromiso. La calidad no es un lujo, es una obligación moral. Si el arte no es lúcido, si no es riguroso, si no está empapado de la vida, de la tragedia y la esperanza del hombre, es un arte muerto, un arte inútil.
Hay mucha vacuidad en las letras de hoy. Se confunde la originalidad con la extravagancia, el talento con el egoísmo. El arte que no se compromete con la elevación del espíritu humano, con la búsqueda de un mundo más justo, es una mera decoración, una evasión de mala calidad. Y la evasión es un veneno que adormece la conciencia.
El artista debe ser un faro, no un juguete. Debe escudriñar la realidad con ojos limpios, con una mirada valiente. El que escribe sin compromiso, sin el peso del dolor ajeno en el alma, está traicionando su oficio, su humanidad. La belleza, la verdadera, es la que surge de la lucha, de la honestidad brutal con uno mismo y con el mundo.
La crítica debe ser igualmente valiente. No una palmadita en la espalda, no un elogio fácil, sino un bisturí que sepa distinguir la impostura del mérito. Hoy falta esa crítica, esa voz severa y lúcida que ponga en su sitio a los charlatanes y a los mediocres. El arte es cosa seria, es cosa grave, es un diálogo con la eternidad. No se puede tomar a la ligera. Se necesita rigor, se necesita lucidez, se necesita, sobre todo, un inmenso amor por el hombre y por su destino. Solo así, con ese compromiso, el arte puede elevar el nivel cultural de una sociedad.
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Fragmento de la obra ensayística y periodística de César Vallejo, publicada en la década de 1930.
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
