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Número 77

La poesía se angosta / Álvaro Ojeda

Revista Malabia número 77

La poesía se angosta / Álvaro Ojeda

Cuando uno va quedando como testigo de otros que se fueron, no tan lejanos en edad, no tan extraños al tiempo vivido y sus condiciones particulares, la sensación de arrastre y espera, de espera y de arrastre, se torna resplandeciente como la verdad. Toda aproximación está marcada por esta verdad y la pluma —yo, en este caso— trata de escapar del asunto, pero es imposible, ya lo sabemos, Roberto Appratto y Eduardo Nogareda, nos han dejado. En distinta medida, claro está, porque uno está siempre más cerca de unos que de otros, es ley tribal desde los patios la escuela, lo que obliga a pensar desde otro lugar, primero, y desde otra poesía después. Sí, ambos eran poetas, también eran narradores y en el caso de Eduardo actor, cantor, músico, conductor radial y alguna cosa más. Roberto compartió poesía, narraciones, ensayos, y también tuvo alguna columna radial muy reciente. Y, como dato propio de mí mismo, Eduardo me enseñó a escuchar radio y Roberto fue mi vecino, cordial, solidario. Esto los pone en la situación en la que estaban cuando murieron para mí, y me la hace muy difícil. 

Pensemos en las condiciones entonces. Eduardo nace en 1944 y Roberto en 1950. Uno iba en camino a Maracaná y el otro ya estaba vestido de celeste. Vale la precisión, porque no debe existir acuerdo más generalizado entre los uruguayos que el proceso del país modelo, se inicia en los cuarenta —como la edad de oro del tango, por ejemplo— y culmina en la noche de Maracaná. Supongo que los historiadores podrán medir más precisamente circunstancias, datos, índices, pero la cara de mi padre, lamentándose por la derrota frente a los húngaros, en el Mundial de 1954, me enseñó mucho más que todos los análisis más o menos sesudos, más o menos imparciales que se han hecho del apogeo y caída de la patria. De las personas que la habitaban y la habitan.

Contra eso no se puede. Y de eso, de ese sentimiento de algo que funcionaba y dejó de hacerlo, lentamente en algún caso, abruptamente en otro, deviene el arte literario, que por ahora y sin mayor resistencia se ocupa del ser humano en la posición que le tocó en su vida y en la vida de su comunidad. Todo lo demás, es onanismo mal o bien escrito.

Y leyendo la poesía de ambos, la conclusión del origen, más acá o más allá de barrios o clases sociales, genera un fruto amargo. Por caminos distintos, se sabe.

También es posible saber que ambos se forman, se adiestran, se miden y miden su país y su casa, en las estribaciones del 45 y sus semanarios y revistas, y que ambos tienen, por cercanía o rechazo, una visión de decadencia más o menos acelerada, que los encuentra en el 68 con edades de decisión, de compromiso con los otros, de estudio —ambos dictaron clases— y de transmisión de lo que ese estudio les daba. Disculpen los lectores cierta simplificación, Uruguay era mucho más que Montevideo, Marcha y el 45, pero era eso también. Y de allí era difícil salir sin cambios. Y eran además los satélites de eso que ahora se llama “movida” y que antes no tenía nombre específico pero que llevaba enormes cantidades de público a  la lectura, al teatro, a la prensa partidaria, a la radio, en fin, a lo que ahora, con más medios y con algunos menos pero con innumerables y vertiginosas variaciones, se oxida en la cabeza de las personas, generando una cultura de catecúmenos casi, y de sosegados. Aquello era otra cosa. ¿Las gentes se entusiasmaban y soñaban en plural? 

La forma de marcar su poesía por la marca de su atmosfera en Eduardo es clara. Observación, reflexión, texto. Y en el texto otra vez el ciclo, pero esta vez hecho público, los datos que le faltan al poeta, se concentran en el que lee al poeta, el que conecta con él o no, el que queda seducido por el decir de alguna cosa que lo apura pero que no puede evitar, como si la intencionalidad del poeta se construyese desde la identificación, algo así como: “este tipo dice de mí, dice sobre mí pero agrega algunas palabras que yo no tengo tiempo para detenerme y agregar” y allí, saltó la trampa. Cómo no estar de acuerdo con la mirada perpleja de un mundo que renace, si es que lo hace, aboliendo con unción toda interfase con el que viene conmigo, Quiero recordar un hecho que cierta vez presencié en una actuación de Eduardo en El Galpón, en el que utilizaba como texto para decir, el que dijo a su vez Federico García Lorca en la fundación de una biblioteca y que Eduardo recita. Nunca mejor utilizadas estas repeticiones del verbo decir y del verbo citar. La cosa es que desde el público y luego de avanzada la escena, un espectador grita que no había escuchado lo que hasta ese momento había recitado Eduardo/Lorca. Y Eduardo, me parece verlo, manos en la cintura, dijo algo así como: “y ahora qué hago, digo todo otra vez” y acto seguido, lo hizo, fecundo, frondoso, con el poder de lo que se dice y de cómo se dice, como lo intentó siempre en su poesía. Una poesía desde la honestidad. Una poesía como dicha entre amigos, hesitando, duda en el objetivo, duda en la mejor razón, siempre en la mejor manera. ¿Y ahora qué hacemos sin vos, sin voz, Eduardo?

La cuerda de Roberto pasaba por otros territorios.  Los suavemente ondulados de la reflexión introspectiva, Roberto escribía preocupándose del acto de escribir que lo llevaba a escribir, una forma de espejo llevada hasta el infinito, incluso cuando los asuntos de su poesía sonaban más íntimos, más burlones, más exterioristas. De alguna manera era un poeta que mostraba la hilacha y debo decir que por una parte es razonable que así sea —Alfredo Fressia aconsejaba que en todo poema se escribiese un verso malo, un verso rotundamente malo— pero que hay un límite a la muestra de procedimientos y de autorreferencias personales y que eso dejaba a muchos lectores por fuera de la prosodia y de la manera de Roberto. Manera y no maneras porque Roberto siempre era Roberto en su literatura. Acaso esa noticia que se conocía de que Roberto escribía en boliches, sea algo más que una opción locativa. La ventana que es el boliche, y a la vez la interioridad que posee, junto con cierta ritualidad de la profunda, profundísima intimidad jamás vulnerada, permite escribir y escribirse, en permanente reflujo. Estoy aquí pero lo que escribo, estando aquí conmigo, está fuera de mí, la especificidad de mi discurso es el afuera del poema que escribo, incluso del que se publique. Sólo así se puede entender la cosa pública como cosa privada. El problema con Roberto fue él exceso de la cifra de obsesiones que los poetas tenemos. Fue rotundo en su carácter y desde un conocimiento profundo de la literatura, sacrificó todos sus versos en el altar de la oratoria espiralada, confiando en que la cercanía física —ese boliche nutricio, maternal, propio— tocaría al lector en su roce y lo doblaría en la mirada del poeta: estoy aquí porque estamos aquí y aquí estamos porque mi condición está. Es un procedimiento agotador y él mismo lo escribió a texto expreso. Escribió sobre el hartazgo de su procedimiento, sobre la ineluctabilidad a lo Ezra Pound de una mezcla de conocimiento y transmisión. 

A lo largo de los días, los trabajos y las horas, la poesía se ha poblado de lanzadores de golpes imprecisos, fajadores que atisban algo y dicen poco, diciendo mucho. Golpeadores de piñata. Ni Eduardo ni Roberto eran allegados a las letras, eran profesionales de la palabra, estetas de sus estilos, señores de sus feudos. El mejor homenaje en tiempos de mucho y de poquísimo, es tratar de escribir como si fuera un acto sagrado, la religión que se profese, el fetichismo que se tenga, la profesión de una fe estética que dará por resultado una ética superior, un verso para los seres humanos. Escribir como si no existiese mañana, como si todo fuese baladí —premios, intrigas palaciegas, cargos públicos— escribir en homenaje a los dos poetas que supieron existir. 

Álvaro Ojeda 
Montevideo, 25 de octubre de 2025

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https://es.wikipedia.org/wiki/Álvaro_Ojeda_(escritor)