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Número 77

Tres voces dejan sus maletas / Héctor Rosales

Revista Malabia número 77

Tres voces dejan sus maletas / Héctor Rosales

Se va este octubre 2025; mañana será un mes tristemente vinculado a tres poetas uruguayos que partieron con él sin ocasión de despedirles.
Apenas tuve encuentros en persona con dos de ellos, Roberto Appratto (durante mi primer retorno a Uruguay en 1986) y Eduardo Nogareda, en una visita del mismo mes, pero de 2016. Con el tercer autor nos unió el correo, y en un inicio más temprano, creo que hacia 1982, cuando yo formaba parte de un grupo literario y Clemente Padín apareció por intermedio de su ya reconocido “mail art”. En estos últimos diez años volvimos a cruzar correo vía internet.

Hoy retorno a ellos sin asumir todavía su partida al largo viaje. En los andenes de la memoria dejaron mucho más que maletas repletas de títulos, búsquedas, recorridos, una multiplicidad constante de trabajos y estudios. Se llevaron la vibrante humanidad que los definía en el devenir diario, aunque queda buena parte de esos espíritus inclaudicables, compañeros en la construcción de una cultura que integre superación, identidad, autocrítica, resistencia y conciencia social.

En un país pequeño y sin apenas proyección para sus artistas, la pérdida de tres referentes en un lapso tan próximo es un golpe complejo de afrontar. Por un lado está el reto contra el olvido: ¿el propio pueblo será capaz de recordarles? Por otro, un llamado a organismos oficiales y privados del sector educativo, y a los medios de comunicación: que contribuyan en la difusión de sus obras.
En estas líneas, que no citarán bibliografías ni fechas puntuales de estos creadores (existe información detallada en internet), hagamos una veloz incursión en cada uno, apoyados en opiniones de la crítica y en lecturas personales.

Clemente Padín (Lascano, Rocha, 1939) tempranamente cultivó un impulso que desborda el poema y lo conduce hacia la circulación. Sus textos no se quedaron en el cuaderno, tomaron el sobre, la calle, la galería y la acción pública. Esa deriva, del verso al objeto, de la palabra a la intervención, erige una poética de frontera: poesía visual, arte correo, performances que desdibujan la demarcación entre arte y vida.
Lo que construyó a lo largo de décadas nos devuelve una ética combativa. La forma se vuelve dispositivo de denuncia y experimentación en épocas de censura y represión. La cárcel, la vigilancia, el exilio o la amenaza no lo domestican; al contrario, refractan su lenguaje hacia la ironía, la fragmentación tipográfica y el gesto directo. Esos recursos revelan que su experimentalismo no fue un mero capricho formal, sino una estrategia de aliento político.
Padín practicó una economía del signo que cuestiona la sacralidad del texto. Letras convertidas en objetos, signos que circulan como propaganda poética, adhesivos, postales, todo lo que permite a la creación escapar de la vitrina académica. Su trayectoria enseña que la resistencia puede tener la misma factura que una plancha tipográfica o un sello postal.
En lo teórico, sus lecturas sobre el arte correo y la poesía visual funcionan como mapa. No sólo documentan prácticas, las legitiman como tradición crítica. Esa doble condición —practicante y teorizador— le da a su infatigable actividad un espesor singular, siendo a la vez archivo vivo y dispositivo de transmisión.
Como lector uno percibe una ciudad poética poblada de ironías concretas, de instrucciones mínimas que estallan en la percepción. Padín se sostiene en la frontera entre la poética y la acción, desde allí nos obliga a pensar el poema como acontecimiento compartido, como intervención social y no como ejercicio aislado.
El artista deja una herencia que invita a reconsiderar qué es verso y qué es arte. Su propuesta mantiene vigencia para pensar los alcances del lenguaje, la edición independiente, la circulación alternativa y la búsqueda estética al margen de las instituciones.
Más allá de los obstáculos que afrontó, en las últimas décadas su trabajo fue reconocido internacionalmente, traducido y exhibido en numerosos países.

Eduardo Nogareda (Montevideo, 1944) se sostuvo con la voz del que sabe proyectarse en múltiples registros: la radio, la canción, el escenario del actor y los papeles del poeta se combinan en su trayectoria. Esa polifonía otorga a su producción una tonalidad comunicativa íntima y pública a la vez; la dicción poética desde el micrófono transforma al poema en conversación con los oyentes.
Su escritura, de una sencillez deliberada y sugerente, se vincula con la tradición uruguaya de las voces populares, pero sin concesiones a la mera anécdota. Lo cotidiano en Nogareda es estandarte de lo humano, liturgia personal que convoca vivencias recobradas y actualidad. En sus versos hay una paciencia de arquitecto que construye afectos en hogares del lenguaje. También se percibe una cartografía del desarraigo, una bitácora del regreso, una celebración de los hábitos frecuentes a los que la poesía adhiere trascendencia.
Como editor y comunicador, Nogareda expandió la función del poeta. No sólo produjo textos, creó ámbitos donde estos se encuentran, se comentan y se mantienen. Esa práctica de cuidado cultural —la radio, la edición— es parte esencial de su labor, junto con sus libros.
Su actividad musical y teatral revela una sensibilidad escénica: el poeta que compone es el que escucha, el que piensa la cadencia del verso en relación con la respiración de un público. Esa escucha atenta se nota en la economía del verso, en la musicalidad contenida y en la propensión a la frase que reúne.
En la lectura de sus páginas es difícil separar la figura pública del creador. La emisión radial y la docencia alimentan una poética hecha de transmisión y presencia. Su paso por la escena cultural uruguaya deja huellas —en la radio, en la pedagogía, en la memoria colectiva— que potencian la recepción de sus letras.
Al despedirlo sentimos la ausencia de una luz que clarificaba no sólo al poema, también su contexto, su resonancia, su aura. Eduardo Nogareda enseñó a entender la poesía como oficio social, como llamada que congrega. Todo un privilegio para quienes le conocimos y para quienes abordarán su herencia de aquí en adelante.

Roberto Appratto (Montevideo, 1950) formó parte de una generación que entendió la literatura no sólo como expresión artística, también como un vehículo de pensamiento. Diversa en géneros y enfoques, su obra está atravesada por la reflexión sobre la escritura misma: el acto de narrar o de poetizar se convierte en una forma de indagar en la conciencia y en la experiencia. Desde el inicio cultivó una mirada analítica que vinculó la creación con la lectura y con la enseñanza, estableciendo un diálogo constante entre esos tres planos.
Este autor se caracteriza por la economía verbal y por una atención precisa al ritmo interior de la frase. No busca la ornamentación, sino la resonancia. En cada texto la forma se convierte en un laboratorio donde el lenguaje se mide a sí mismo y pone a prueba sus propios límites. En ese territorio Appratto trabaja con la fragmentación, la mezcla de registros y la tensión entre la reflexión y la narración, sin sacrificar la lucidez del proceso creativo.
El yo en sus libros no aparece como una confesión transparente, sino como una construcción literaria: una voz que se observa, se cuestiona, se multiplica. La memoria y la identidad surgen como núcleos que sostienen su discurso, asociados a la idea de que el recuerdo es una forma del relato. En sus textos el tiempo no es lineal; se abre en estratos, se ramifica, repitiéndose e interrogándose.
Appratto integró la crítica y la docencia con una coherencia poco frecuente. En sus clases, artículos y talleres desarrolló un pensamiento muy atento al detalle y a la estructura del texto. Formó generaciones de lectores y escritores, transmitiendo la idea de que la literatura es un trabajo de precisión y escucha. Su tarea docente no fue un complemento de la creación, sino su prolongación natural.
Fue creador, lector y mediador entre mundos, entre la sensibilidad poética y la mirada inquisitiva. Un recorrido que invita a entender la escritura como una práctica intelectual y, paralelamente, como un gesto de intimidad. Aun en sus pasajes más conceptuales se percibe una humanidad discreta, una voz que observa sin pretensión, que se deja afectar por lo que nombra.
La coherencia entre su trabajo, su pensamiento y su tarea pedagógica define la hondura de su legado. Appratto no buscó la exposición pública, prefirió la exactitud del lenguaje, la densidad del matiz, la transmisión silenciosa del oficio. Su trayectoria trazó una línea continua entre el arte de escribir y el arte de enseñar, dos modos de ofrecer aportes de claridad y permanencia.

Octubre se aleja con una sensación de intemperie, pero también de gratitud.
Mientras el tren del tiempo continúa su trayecto, ellos han dejado sus maletas a la orilla del andén. No son equipajes cerrados, sino abiertos a nuevas lecturas, llenos de papeles, gestos, músicas y preguntas. Allí sigue su presencia, el rumor de aquello que aún se mueve y respira cuando los evocamos.
De nosotros depende ahora recogerlas, revisarlas, continuar el viaje con lo que sumaron dentro, una reafirmación permanente de la vida hacia delante.

Héctor Rosales
Barcelona, 31.10.2025