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Número 60

Uruguay: La vuelta al Estado Tapón / Federico Nogara

Uruguay: La vuelta al Estado Tapón

Uruguay: La vuelta al Estado Tapón / Federico Nogara

La Independencia

Estamos en vísperas de la firma del tratado de paz posterior a la batalla de Ituzaingó. Hace ya tiempo que el gabinete británico acaricia la idea de crear un Estado independiente entre Brasil y Argentina, para debilitar a ambos y al mismo tiempo potenciar un puerto distinto al de Buenos Aires, con la intención de dominar el comercio de la zona y poder llegar con sus barcos, sin restricciones, río arriba hasta el centro de América Latina. Las cartas intercambiadas entre los dos personajes encargados por el Reino Unido para llevar a cabo la tarea -George Canning y John Ponsonby, Ministro de Asuntos Exteriores el primero y enviado al Río de la Plata como Ministro Plenipotenciario el segundo- son reveladoras: Canning decía a Ponsonby en una de ellas: «La ciudad y territorio de Montevideo deberá independizarse definitivamente de cada país, en situación algo similar a la de las ciudades Hanseáticas en Europa». Y poco después reiteraba la idea: «Como V.E. sabe, se ha sugerido que Montevideo mismo, o toda la Banda Oriental, con Montevideo por capital, sea erigida en estado separado e independiente»

Ponsonby escribía a José María Roxas y Patrón, Ministro de Dorrego: “Europa no consentirá jamás que sólo dos Estados, el Brasil y la Argentina, sean dueños exclusivos de las costas orientales de la América del Sud, desde más allá del Ecuador hasta Cabo de Hornos». Y el mismo Lord iba más allá cuando escribía a Mr Gordon, Ministro del Reino Unido en Río, durante las negociaciones de paz: «Usted observará que he hecho en mi nota al ministro una leve alteración en el segundo artículo. Su segundo artículo dice: «El emperador consiente que el nuevo estado no tenga libertad de unirse, por incorporación, a ningún otro». Yo digo: «El nuevo estado no tendrá libertad para unirse, etc.» Con ello significaba la negación al nuevo Estado del derecho a volver a unirse a las Provincias Unidas.

Mr Forbes, agente de Estados Unidos en Buenos Aires comentaba mientras tanto: «Mi firme opinión ha sido siempre que los ingleses codician ejercer una influencia sobre la Banda Oriental que en sus efectos sería igual a un gobierno directo colonial».

¿Cómo se había llegado a esa situación?

La lucha contra la Corona española había sido apoyada por los estancieros de la Banda Oriental, ahogados por las condiciones económicas impuestas por el gobierno colonial. Pero ese apoyo cesa cuando Artigas faculta a los suyos a expropiar los campos de los españoles o de los enemigos de la patria. Este hecho es decisivo para explicar la traición a Artigas de los comerciantes, de los estancieros que no deseaban vivir en la campaña, de personajes como Rivera y de la “gente decente” que se arrodillará ante el Emperador de Brasil y recibirá bajo palio a sus tropas, lideradas por Lecor. Sólo quedarán con el caudillo los paisanos pobres y los indios, casi todos procedentes de aquella experiencia frustrada de las Misiones.

Tras combatir a los españoles, Artigas se enfrenta al Imperio de Brasil, aliado de los portugueses, que estaban a su vez dominados por Inglaterra. La desigual lucha se complica porque el gobierno de Buenos Aires se resiste primero a prestarle ayuda, y luego, con el desarrollo de los acontecimientos, rechazará a los diputados artiguistas a sus congresos y llegará a poner precio a su cabeza. La prensa, mientras tanto, lo difamaba.

Pese a todos los inconvenientes, Artigas es, para las masas populares de las Provincias Unidas, el “Protector de los Pueblos Libres”. Su enorme prestigio se debe a que es el único caudillo de las guerras de la Independencia que combina en su lucha la unidad latinoamericana con la revolución agraria y el proteccionismo industrial en los territorios bajo su mando. Con semejante programa, Artigas no podía gustar a los poderosos, cuyos intereses coincidían con los extranjeros.

La derrota en Tacuarembó a manos de las tropas portuguesas, superiores en número y armamento, lo obliga a replegarse a Entre Ríos. Ya vencido, es perseguido por “Pancho” Ramírez, sobornado por el dinero de Buenos Aires. Su final, en Paraguay, es de sobra conocido. Al caer derrotado Artigas por las intrigas de Buenos Aires, las tropas portuguesas ocupan la Banda Oriental y la incorporan al Imperio pro-británico bajo el nombre de «Provincia Cisplatina».

El tratado de Tordesillas provocó la separación del Brasil del resto de América Latina. Si los propios países latinoamericanos vivieron siempre de espaldas, la situación se agravó por la lengua, al ser el idioma portugués menos hablado en la región que el francés, inglés o el alemán.

Napoleón había impuesto en Europa el llamado Bloqueo Continental, en el que excluía a Gran Bretaña de todo intercambio comercial con el continente buscando arruinarla económicamente. Ese embargo comercial terminó fracasando, pero Gran Bretaña pagó un coste altísimo.

El único país europeo que se opuso a la medida fue Portugal, cuya economía dependía del enemigo de Napoleón y no podía permitírselo. Esa oposición causó la amenaza de Francia (que apoyó España) de invadir el país. Entonces el príncipe de Portugal, que luego sería el rey Juan VI, propuso a Lord Strangford, embajador inglés en su país, un plan para salir del embrollo: simularía entrar en guerra con Gran Bretaña para ganar tiempo.

George Canning, de quien ya escribimos, propuso como alternativa el traslado de la corte portuguesa al Brasil. Aceptada esa solución se firmó un tratado que establecía, además de dicho traslado, la entrega de toda la escuadra marítima portuguesa a Gran Bretaña, más la isla de Madeira y un acuerdo comercial que le permitía introducirse en el mercado brasileño.

El Imperio portugués había quedado reducido por esa época, a principios del siglo XIX, a su gran colonia americana y algunos enclaves africanos. Brasil era el principal rival y potencial enemigo del Virreinato del Río de la Plata, al que había quitado las Misiones orientales en 1801 sin que Buenos Aires pudiera impedirlo. La base central sobre la que reposaba la economía brasileña era la esclavitud.

Al exilio dorado de Río de Janeiro llega la Corte portuguesa con la flota y el apoyo de los amigos ingleses. Comienza entonces el siglo británico en el estilo de vida brasileño. Canning había ordenado a su embajador en Río, Lord Strangford «hacer del Brasil un emporio para las manufacturas británicas destinadas al consumo de toda la América del Sur».

Depender de Inglaterra y acomodar sus intereses a los suyos no impedía a la Corte portuguesa tener proyectos políticos propios, como la anexión de la Banda Oriental, que el imperio europeo no veía con buenos ojos. En la lucha contra Artigas, dicho sea de paso, coincidían de pleno.

Un primer paso para la anexión lo dio el príncipe Juan enviando a Buenos Aires a Javier Curado, quien ofreció en nombre de Portugal poner bajo su protección a las provincias del Río de la Plata, en especial al margen oriental. Eso sí, en caso de respuesta negativa amenazaba con atacar, junto a su poderoso amigo, a Buenos Aires y todo el Virreinato.

Este primer intento no prosperó, pero hubo otros, hasta que la invasión de la Banda Oriental se hizo efectiva en agosto de 1816.

Durante los primeros años de ocupación el dominio militar fue total en la ahora llamada Provincia Cisplatina, aunque las escaramuzas con las fuerzas artiguistas fueron constantes. Lograda la incorporación de hecho, en 1821 se trató de lograr la de “derecho” a través del Congreso Cisplatino, una asamblea de “notables” orientales adictos a las fuerzas de ocupación, que terminaron aclamando en la reunión a Portugal (entre ellos el inefable Fructuoso Rivera). Como corolario del encuentro se fijaron los nuevos límites de la Banda Oriental, a la que se amputó definitivamente un territorio tradicionalmente suyo, las Misiones Orientales, que pasaron a la jurisdicción de Río Grande del Sur.

La ocupación portuguesa de la Banda Oriental y la pérdida del puerto de Montevideo, descalabra el sistema federal de los pueblos asociados a Artigas en la lucha contra la hegemonía de Buenos Aires. Los pueblos del Litoral se veían obligados a buscar un acuerdo con Buenos Aires, dueña del único puerto en condiciones de comerciar. En este hecho, señalan varios historiadores, está la base material de la traición de Ramírez al Protector de los Pueblos Libres. Años después un puñado de hombres -33, liderados por Lavalleja- conciben una empresa tan descabellada como todas las heroicidades soñadas por la humanidad: enfrentar desde su pequeñez al poderoso Imperio. Desembarcan en la playa de la Agraciada, juran odio eterno al invasor y desde allí “incendian” la campaña.

Lavalleja convocó a los pueblos de la provincia a un congreso para que decidieran la formación de un gobierno provisional. El Congreso de la Florida declaró:

(…) írritos, nulos, disueltos y de ningún valor para siempre, todos los actos de incorporación, reconocimientos, aclamaciones y juramentos arrancados a los Pueblos de la Provincia Oriental, por la violencia de la fuerza unida a la perfidia de los intrusos poderes de Portugal y el Brasil (…) y con amplio y pleno poder para darse las formas que en uso y ejercicio de su Soberanía, estime convenientes. Y agregaban luego: … unidad con las demás Provincias argentinas a las que siempre perteneció por los vínculos más sagrados que el mundo conoce. Por tanto, ha sancionado y decreta por ley fundamental la siguiente: Queda la Provincia Oriental del Río de la Plata unida a las demás de este nombre en el territorio de Sud América, por ser la libre y espontánea voluntad de los Pueblos que la componen (…) Sala de Sesiones de la Representación Provincial, en la villa de San Fernando de la Florida, a los veinticinco días del mes de agosto de mil ochocientos veinticinco.

Esta declaración volvió inevitable la guerra con el Brasil. La batalla final, llamada de Ituzaingó o del Paso del Rosario, según las fuentes, se desarrolló en lo que actualmente es Río Grande del Sur en febrero de 1827. La Convención preliminar de paz, derrotado Brasil, se firmó en 1828.

¿Continuaba la Banda Oriental integrada en las Provincias Unidas después de la batalla de Ituzaingó? Eso era lo lógico, pero era importante saber qué papel jugaría Buenos Aires, siempre de espaldas a las demás provincias argentinas y donde, coincidiendo con la victoria en la guerra contra Brasil, había accedido a la presidencia Bernardino Rivadavia; y cómo reaccionaban el Imperio de Brasil, cuya ambición sobre el territorio era bien conocida, y sobre todo Inglaterra, que se oponía abiertamente a dicha integración.

La investidura de Rivadavia, un tanto dudosa, fue rechazada por todos los gobernadores de las provincias. Su base política y económica residía, entonces, sólo en la ciudad de Buenos Aires. Los ingleses, mientras tanto, no deseaban que brasileños o argentinos se hicieran con la posesión de la Banda Oriental.

La ineptitud del ambos altos mandos había convertido la batalla de Ituzaingó en un episodio bochornoso. Barbacena, comandante de las tropas brasileñas, estaba convencido de que los aliados habían cruzado el río la noche anterior, por eso marchaba de forma descuidada y fue sorprendido. El descalabro terminó en huida. Por su parte, el general Alvear dejó escapar al ejército enemigo casi intacto, demasiado preocupado por el botín y en buscar un nombre a la batalla (según testimonios estuvo dos días tratando de encontrar algo exótico; los brasileños, con total lógica la llaman como el lugar, batalla del Paso del Rosario).

El coronel Iriarte había participado en la batalla y escribiría luego: “El general Alvear no quiso: se contentó con quedar dueño del campo de batalla, de la gloria sin consecuencia, porque todo el resultado quedaba reducido a las balas cambiadas de parte a parte, y al efecto que ellas produjeron en muertos y heridos. La República Argentina, empañada en una guerra desigual, tenía sumo interés, urgentísimo, en que no se prolongase la lucha: había echado el resto apurando todos sus recursos físicos y morales para luchar contra un Imperio abundante en hombres y medios pecuniarios. La República, venciendo, quedaba exánime; el Imperio, vencido en una sola batalla, pero sin ser su ejército anonadado, podía continuar la guerra con ventaja, con menos sacrificios; y es por esto que necesitamos sacar buen partido, no digo de las batallas campales, sino de las más ligeras ventajas que obtuviesen nuestras armas. Ardía la guerra civil en las provincias argentinas, y era Buenos Aires, una ciudad sola, la que soportaba todo el peso de la guerra; la única que podía alimentarla, darle pábulo, y para que no se extenuase era necesario dar grandes golpes. Tal fue el que recibieron los enemigos en ituzaingó, pero solo en el campo de batalla: fuera de él no sintieron sus efectos como lo habrían sentido si su ejército aquel día hubiera sido anonadado, y pudo, debió serlo. La guerra habría entonces concluido, y la paz, se habría firmado dictando el vencedor las condiciones: la evacuación de Montevideo y de todo el territorio oriental ocupado por las tropas del Imperio, y su incorporación a la República Argentina”.

Puestas así las cosas, la batalla de Ituzaíngó tampoco adquirió un valor políticamente decisivo. En realidad, satisfizo a los porteños, que querían concentrarse en su propia pradera sin preocuparse de la Banda Oriental, y a los ingleses, que buscaban crear una provincia atenta a sus intereses.

Los acontecimientos que generó la pírrica victoria militar de Ituzaingó se cuentan entre los más patéticos de la historia universal.

La reacción más lógica del gobierno de Buenos Aires, el vencedor, hubiera sido convocar a un Embajador del vencido a su ciudad. Pero Rivadavia hizo exactamente lo contrario, despachó humildemente a Manuel José García en su nombre a Río. Y para colmo, entre las instrucciones al enviado quedaba estipulada la posible devolución de la Banda Oriental como un Estado libre e independiente, justo lo que pretendían los ingleses. Pero faltaba la guinda al dudoso pastel. El Emperador Pedro I se negó a llegar a cualquier acuerdo con García que privara a Brasil de la Provincia Cisplatina o Banda Oriental. Y García cedió a las pretensiones brasileñas. ¿Por qué? Él mismo lo cuenta: «La razón que urgía con más fuerza para acelerar un acuerdo, a saber, el riesgo inminente que corría la república, de desaparecer en la más completa disolución, y que el tiempo revelase, con mayor claridad, al gobierno del Brasil, nuestra deplorable situación interior; en cuyo caso difícilmente accedería a la paz sin nuevas condiciones».

Concluida una guerra por un territorio, el ganador se había avenido a discutir las condiciones del tratado de paz en territorio del vencido y, por si fuera poco, su representante le había entregado el territorio origen del conflicto.

Para estos supuestos representantes populares, la hegemonía porteña sobre las provincias era lo más importante, y se impondría, esta vez con la ayuda de Brasil, contento con absorber el territorio tan deseado. La política menor, chiquita, mísera, se imponía sobre la dignidad. Así ocurriría a menudo en el futuro en América latina.

Para el pueblo todo esto era demasiado y el país entero se levantó contra el tratado. San Martín opinaba desde Europa: «Él no tiene la culpa sino los que emplean a un hombre cuyo patriotismo no sólo es dudoso, sino que la opinión pública lo ha acusado de enemigo declarado de su patria, lo que confirmo, pues a no ser así, no se hubiera atrevido a degradarla con arbitrario y humillante tratado. Confieso que el pueblo de Buenos Aires está lleno de moderación; en cualquier otro lo hubieran descuartizado y lo merecía este bribón».

García y Rivadavia, temiendo por su vida, se ocultaron, mientras Ponsonby ordenaba a una fragata británica acercarse al puerto. Al final Rivadavia renunció, exiliándose, curiosamente, en Brasil.

Ponsonby, que desde el principio se negaba a que la Banda Oriental pasara a manos argentinas o brasileñas, empezaba a ganar la partida, pero un nuevo obstáculo aparecía en su camino, el coronel Dorrego, Gobernador de Buenos Aires, un patriota curtido en las guerras de la independencia a quien no le gustaban las intrigas, los obsequios ni el imperio británico y cuyo objetivo era reintegrar la Banda Oriental a las Provincias Unidas. Al no poder doblegar a Dorrego, la diplomacia inglesa optó por otros métodos. Ponsonby escribía: “Dorrego vacila por falta de fondos (…) Yo creo que ahora él y su gobierno están obrando sinceramente en favor de la paz (…) A eso están forzados por la negativa de la junta a facilitarles recursos, salvo pagos mensuales de pequeñas sumas”.

La diplomacia británica, a través del Banco de la Provincia de Buenos Aires, controlado por capitalistas ingleses y sus socios locales, trabó el accionar de Dorrego. La presión económica la combinaba con ataques militares de navíos ingleses y brasileños (había más de mil marineros británicos en la flota brasileña) a navíos argentinos.

La presión obligó a Dorrego a firmar una paz desventajosa: no aceptó todas las condiciones que se impusieron a García, pero hubo de aceptar la independencia de la Provincia Cisplatina con nuevo nombre.

Apenas se enteraron, las tropas estacionadas en Río Grande del Sur se sintieron traicionadas por Dorrego. Éste había firmado su sentencia de muerte. Poco después fue fusilado por Lavalle.

Ponsonby, por su parte, había vencido la resistencia de la Corte de Brasil con amenazas veladas y la Banda Oriental se había transformado en la República Oriental del Uruguay con la garantía británica. El “Estado tapón” había nacido.

La política exterior y de defensa uruguayas tendrían siempre en el futuro un carácter pendular: procurar el apoyo de Brasil cuando la situación con Argentina se desestabilizara, o apelar a Gran Bretaña o los Estados Unidos.

Hoy, en pleno siglo XXI, hay uruguayos que quieren liquidar un debate por la identidad que ni siquiera ha comenzado en serio, mientras otros creen percibir una especial psicología nacional uruguaya y la mayoría festeja la vocación artiguista por la autonomía. El desconocimiento de la historia propia es palpable, sobre todo en los jóvenes. Y la confusión es total cuando se refiere a Artigas. Su condición de héroe nacional de Uruguay surge del hecho de haber vivido antes de la fundación de los partidos tradicionales y, por lo tanto, no pertenecer a ninguno, ser de todos. Pero Artigas, en realidad, no era uruguayo, era latinoamericano en primer lugar y luego argentino dentro de las Provincias Unidas (lo especifican claramente los documentos del Congreso de la Florida). Y no sólo eso: odiado por los comerciantes montevideanos y los estancieros, la frase “más malo que Artigas” se usará durante casi todo el siglo XIX en el país. Agreguemos que fue traicionado por sus propios lugartenientes y cuando algunos amigos lo fueron a buscar al Paraguay para que volviera a la patria, les dijo “yo no tengo patria”.

Uruguay es un Estado independiente en 1830. Rivera es el primer Presidente del país. Llamarlo personaje oscuro sería quedarse corto. Es, simplemente, el propulsor de una política oligárquica, librecambista y orientada a favorecer los intereses del puerto de Montevideo, que coinciden como dos gotas de agua con los intereses de las potencias coloniales.

Durante el siglo XX se ha justificado al personaje aduciendo que era un “hombre político”, alguien que se adaptaba constantemente a las circunstancias. No dejan de tener razón si miramos la política como el arte de la conveniencia, exento de cualquier valor moral y de coherencia.

Quienes elogian a Artigas no pueden elogiar al mismo tiempo a Rivera utilizando el baremo de las decisiones políticas, por la simple razón de que ambos eran enemigos en ese terreno. Artigas era un latinoamericano, creía en la unidad del continente desde sus Provincias Unidas, su verdadera patria. Rivera era un “oriental” al servicio de los intereses extranjeros. Las pruebas son contundentes: apoyó la invasión luso-brasileña jaleada por el Reino Unido, llegó a su segunda presidencia apoyado por la marina de guerra francesa, masacró a los indios charrúas junto a su pariente Bernabé, formó parte de sendos complots para asesinar a Artigas y a Lavalleja. Todo en nombre de la civilización y el progreso. Algunos todavía dicen que hizo entrar al país en la modernidad.

El Partido Colorado actuó, a lo largo de la historia del Uruguay, bajo las premisas de su fundador. El Partido Blanco, por el contrario, defiende en sus principios las causas americanas. Oribe, aliado con Rosas y los federales argentinos, funda El defensor de la Independencia Americana, periódico que defiende al gobierno del Perú (1847) ante la amenaza de una reconquista española.

Por encima de cualquier otra consideración, “Latinoamérica queda envuelta en el sopor balcanizador, incapaz de comprenderse como totalidad, dividida en una veintena, impotente y aislacionista de Estados Parroquiales, para usar la expresión de Toynbee. Estados Parroquiales y no Nacionales, pues la nación quedó inconclusa y deshecha. Cada oligarquía comercial se fijó el control de su comarca. Hubo tantos países como ciudades importantes. Esto se ha prolongado hasta nuestros días”. (1)

La historia del Uruguay, durante casi todo el resto del siglo XIX (hasta 1880), es una serie interminable de cruentas guerras civiles a las que se agrega el bochorno nacional que significó la Guerra de la Triple Alianza, un abuso que casi hizo desaparecer a Paraguay de la faz de la tierra. Como es lógico, la naciente literatura latinoamericana no podía estar apartada de los cauces políticos de la realidad. La potente literatura europea y la creciente estadounidense, eran, además, una influencia imposible de eludir. Hubo escritores indigenistas, pero las grandes ciudades, creciendo paralelas al crecimiento del capitalismo, apuntan a un proceso de aculturación –como lo llamara el cubano Fernando Ortiz y lo recogiera Ángel Rama- que se hará cada vez mayor. Dentro de esa lucha entre las provincias y los puertos, entre la ciudad y el campo, siempre con los intereses extranjeros de fondo, surge un autor que es, al mismo tiempo, presidente del Argentina: se trata de Sarmiento y su obra mayor, “Facundo”.

“Facundo es un libro difícil de clasificar: en parte ensayo, en parte narración, en parte estampa, de intención ideológica y social suficientemente profunda como para haberse convertido en un símbolo del ser nacional. La forma que sarmiento elige para su escritura es de una riqueza que lo ha convertido en un clásico, precisamente porque porque la figura de su personaje tiene la estatura épica y universal de los héroes que pueden identificarse en cualquier región geográfica (…) Facundo sobrevive menos por su «verdad» socio-política que por la verdad de su escritura…” (2)

¿Cuál es esa verdad a la que alude el crítico? La lucha entre la ciudad y el campo está simplificada en el libro como lucha entre la civilización y la barbarie y el futuro confiado totalmente en la inmigración europea. Sarmiento centró su objetivo en el “progreso”, pero dejó de lado el precio que habrían de pagar los países coloniales por las amenidades de la vida moderna. Y no le importó el destino de indios y gauchos, más aún, no tuvo pruritos en eliminarlos.

En Uruguay es importante resaltar la figura de Bartolomé Hidalgo (1788-1822), que luego de luchar junto a Artigas marchó a Argentina a contar esas luchas. “Asumió el punto de vista del gaucho, pero como era poeta culto, el texto establecía un distanciamiento que permitía la complicidad del lector, también culto. Este mecanismo define el modo pastoral: escrita por autores cultos para lectores cultos, la pastoral siempre presenta una sociedad más primitiva”. (3)

Más adelante en el tiempo, pero con temas relacionados a la época de las guerras de independencia, aparece Eduardo Acevedo Díaz con cuatro novelas: Ismael, Nativa, Grito de gloria y Lanza y sable. En la primera, el gaucho Ismael lucha con un español por el amor de Felisa y por la patria; la segunda y la tercera constituyen la epopeya de la lucha contra el poder portugués y en la última, Lanza y sable, el personaje central es Fructuoso Rivera. “Esta novela escapa del marco puramente histórico para anticipar un género, la novela política, que habría de encontrar en el siglo XX un enorme desarrollo. Leída como panfleto político, la novela adquiere una actualidad nerviosa de la que carecen las otras. Pero su valor narrativo no es despreciable. La figura de Rivera, admirablemente trazada, compone uno de los villanos más simpáticos del romance histórico”. (4)


El batllismo

“A partir de la Triple Alianza, el viejo partido blanco quedó agonizante. Si bien las masas del interior mantenían existencialmente la raigambre federal, la insularidad uruguaya consolidada dio la victoria definitiva a la ideología liberal-mercantil del unitarismo. No sólo fueron unitarias las vigencias coloradas, también lo fueron las del patriciado de origen blanco. Los vencidos comulgaban con los vencedores (…) Y fue especialmente a partir de 1880 cuando quedó estabilizada la balcanización general latinoamericana, que se comenzó a sentir la necesidad de consolidar una conciencia uruguaya común superando el cisma interior de blancos y colorados y así fue tomando vuelo el regreso de Artigas. Un regreso singular y distinto. Ahora sería el gran mito unificador del país. ¡Los temores inamistosos y certeros de un Juan Carlos Gómez o un Melián Lafinur de ver transfigurado a Artigas en un edulcorado Washington o Jefferson se han cumplido! Un Uruguay separado del resto de América Latina, quitando además a Artigas su dimensión social, debía endiosar a un Artigas abstracto, inofensivo, jurista, poseedor de las Tablas de la Ley. Reducido a un antecedente mítico de nuestra estructura jurídica. Nuestro Solón, o Moisés, o Licurgo. ¡Es la última victoria de Mayo!”. (5)

El “nacionalismo uruguayo” se concreta de una forma curiosa: una nutrida manifestación -encabezada por Domingo Ordoñana, primer presidente de la Asociación Rural del Uruguay, principal representante del sector latifundista- se dirige al domicilio del coronel colorado Lorenzo Latorre y lo coloca directamente en el sillón presidencial. Comienza la etapa conocida como Militarismo. “Oficializado por Latorre y luego por su sucesor, Máximo Santos, ellos no vienen a hacer otra cosa que realizar los viejos anhelos de Bernardo P. Berro, quien gobernó entre 1860 y 1864 y ya hablaba entonces de “nacionalizar los destinos del país” (…) Hay un elemento significativo para resaltar: el Estado Uruguayo, creado en los albores de la independencia (1828), se da por una unión entre los intereses del comercio inglés, la “Pax Britanica” y de la oligarquía comercial montevideana, dirigida por Pedro Trápani (…) Ahora bien, Lorenzo Latorre, accede al poder y establece una dictadura en el Uruguay”. (6)

Es interesante comprobar la instrumentalización de ambos procesos, el independentista y el nacionalista, por las élites económicas. El artiguismo, la idea de unas Provincias Unidas y la integración latinoamericana habían sido desterradas del imaginario popular. El país abría sus brazos al “progreso”.

Luego de la Guerra de la Triple Alianza cualquier idea de reunificación latinoamericana quedó totalmente descartada. “Las oligarquías gobernantes debieron asumir el desafío de generar referentes identitarios. Comenzó entonces la efectiva “nacionalización” de los destinos de cada Estado y la fragmentación del espacio historiográfico rioplatense”. (7)

Las escuelas uruguayas hicieron durante años la apología del gobierno de José Batlle y Ordóñez. Sus políticas sociales, pioneras en Occidente, marcaban la modernidad del país. Uruguay estaba a la cabeza de América Latina en todo. Era más bien un país europeo, de ahí aquello de la “Suiza de América”.

El Batllismo se continúa en el Neo-Batllismo con la presidencia de Luis Batlle Berres, sobrino de José Batlle. A partir de 1940 la bonanza económica alcanza su momento cumbre gracias a las exportaciones de carne y lana. El gobierno tuvo entonces el apoyo de la clase media y la burguesía industrial.

“El punto de inflexión que tengo con el Batllismo y el Neo-Batllismo, es que gobernó para unos cuantos burócratas de la capital, Montevideo. Y como había expresado antes, se dio un cambio de dueños entre el Imperio Británico y los Estados Unidos, pero esto no se evidenció en la balanza comercial, en la cual seguíamos siendo, hasta años después de la Segunda Guerra Mundial, un estado satélite de Inglaterra. Inglaterra nos compraba la carne, lana a precios altos -lo que algunos llamaron “petróleo verde”-, por la cual redituábamos cuantiosas sumas de dinero, extraídas también de las altas rentas aduaneras y de las detracciones o retenciones al medio rural. Gracias a esto, el pensador Alberto Methol Ferré, diría con acierto que “el Uruguay era una colonia británica más próspera que el Reino Unido mismo. El tema de las retenciones al medio rural es el punto neurálgico de todo, ya que el Batllismo, con tal de alimentar la industrialización en Montevideo, creaba una industria hipertrofiada que servía para un mercado interno que en aquel entonces tenía un millón y medio de habitantes. El medio rural, en cambio, y el interior de todo el país, fueron los más perjudicados durante los 50 años entre Batllismo y Neo-Batllismo. Al caer el Neo-Batllismo, en 1958, y con el acceso nuevamente al poder del Partido Nacional, se realizó un extenso informe por el Ministro de Obras Públicas de aquel entonces, el Ing. Luis Gianattasio, donde se constató que las escuelas rurales habían sido realizadas con techos de paja y que, entre muchas otras cosas, los caminos de las ciudades del interior no estaban pavimentados. Las palabras de Julio Martínez Lamas -quien publicaría el libro Riqueza y Pobreza en el Uruguay- no pueden ser más elocuentes: “En la Campaña, fuente única de la riqueza nacional, reina la pobreza, porque no existen capitales, en la misma campaña, no hay población densa, ni aumento de producción, ni evolución de la ganadería, ni aumento de la mestización de los ganados, ni apreciable subdivisión de la tierra por causa de su mejor y más intensa explotación, ni crecimiento de las vías férreas, ni ahorro popular: hay, en cambio, por el mismo motivo, falta de poblamiento, latifundismo, estancamiento de la agricultura, ferrocarriles arruinados, pobreza general, emigración”. Como dirían unos académicos extranjeros: “Montevideo es como un gran biombo que sirve para tapar la realidad del país entero”. La tendencia anti-rural, anti-argentina y anti-hispanoamericana del uruguayo promedio es heredada del Batllismo. Este sistema político, con su consciencia de “como el Uruguay no hay”, o “la Suiza de América”, “la Arcadia de Plata”, viene a generar esa consciencia de que nosotros, como uruguayos, somos “impolutos”, y esa es también la génesis del racismo en el Uruguay. Como evidencian algunos diarios de la década de 1930, el uruguayo de por aquel entonces sentíase orgulloso de su “origen caucásico” y se llamaba “la indiada” al resto de América Latina”. (8)

“En las tres primeras décadas del siglo XX, el período batllista, se redefinieron los rasgos de la identidad colectiva de los uruguayos. Las reformas del período obligaron a un replanteo de la cuestión nacional, que encontró una síntesis perdurable en lo que Gerardo Caetano denominó una integración hacia “adentro”. Quedó consagrada la existencia de Uruguay como país “solitario” en América Latina. En la década de 1920, la del “Centenario” de la independencia, este modelo tuvo su apogeo. En 1923 se inauguró el monumento de Artigas en la Plaza Independencia y tuvo lugar el debate parlamentario sobre la fecha de la independencia”. (9)

“El coronel Latorre había construido el Estado jurídico; Battle Ordóñez ordena el Estado exportador y distribuye la renta agraria entre la pequeña burguesía de la ciudad, que se hace naturalmente partidaria de un orden democrático y parlamentario liberal de corte europeo. La publicación de Ariel coincide con una era de bienestar general, que se prolongará seis décadas. El Uruguay urbano comenzaba a ser ya un país de ahorristas, pequeños propietarios, empleados públicos bien remunerados y artesanos independientes.

El batllismo es su expresión política; el positivismo, su filosofía; la literatura francesa su arquetipo. Es la ciudad de los templos protestantes, de los importadores, de los maestros poetas. Reina un tibio confort hogareño, una actitud a-histórica, una propensión portuaria. Uruguay se ha «belganizado»; un alto nivel de vida en la semi-colonia próspera ha sepultado los ideales nacionales. De ahí que ignore su origen, pues nada le importa de él. El hijo o nieto de inmigrantes permanece vuelto de espaldas a la Banda Oriental, a las Provincias Unidas, a la América criolla. Vive replegado sobre sí mismo en una antesala confortable de la grande Europa.
Y en esa vida de próspera aldea, con sus Taine, sus Renán y sus Comte, en esa viscosa «idealidad» de las secularizadas religiones prácticas, Uruguay se aburre; en ese hastío nacido de su insularidad, donde el pasado es un misterio (recién comienza a embalsamarse a Artigas como «héroe nacional») y el futuro no ofrece sobresaltos, el «espíritu» remonta su vuelo. Es la hora de Rodó, el predicador del «statu quo». El orador estetizante del Uruguay inmóvil se inquieta ante el genio emprendedor de los norteamericanos prácticos. No condena explícitamente las tropelías yanquis, sino su estilo pragmático. Propone un retorno a Grecia, aunque omite indicar los caminos para que los indios, mestizos, peones y pongos de América Latina mediten en sus yerbales, fundos o cañaverales sobre una cultura superior.


En Ariel no había furor. Se incitaba a la elevación moral. Al fin y al cabo Rodó emitía frases desde una sociedad complacida, a la que las caballerías de Aparicio Saravia dará un último sobresalto en 1904, una sociedad practicante de placeres virtuosos y enemiga del exceso. Francisco Piria, por lo demás, al frente de una legión de rematadores, ha creado en Montevideo una nueva clase de pequeños propietarios que constituirán la base social granítica de los arielistas. Detrás de las bruñidas frases de Rodó se descubría a un sonrosado Nirvana distribuyendo consejos de idealismo a los hambrientos de la Patria Grande.

Toda la autosatisfacción de las oligarquías ilustradas de América Latina, su concepción «pro domo sua» de un progreso quimérico, su latinidad, su humanismo lagrimeante, su desdén aristocrático hacia las bajas necesidades materiales, su adoración hacia la forma, todo ese detritus ético del estancamiento continental, Rodó lo pulió, lo envasó y se lo sirvió a la joven clase media de la América hispánica regado con esa gelatina sacarinada de cuya fabricación se había hecho maestro.

La pequeña burguesía harta del Puerto intemporal, se sublimaba en Rodó y ofrecía a su tiritante congénere latinoamericana el más exquisito narcótico de su rica farmacopea importada. Un ¡ah! de general deslumbramiento arrancó el estupendo sermón laico en esas dulces horas sin futuro.

Y pese a todo, había una amarga injusticia en glorificar la pieza más detestable y nihilista de Rodó, justamente el escritor que inicia en el Plata la reivindicación de Bolívar y retoma la idea de la Patria Grande. Sepultar su Bolívar y exaltar su Ariel, he ahí la impostura clásica del colonialismo cultural posterior”. (10)


Conflictos entre Uruguay y Argentina

Los conflictos de Uruguay, el “Estado tapón”, con sus dos poderosos vecinos son constantes. Limítrofes con Brasil, por tener una frontera terrestre, y de mayor calado con Argentina, con quien comparte río y rivaliza en puerto. De fondo, siempre, los intereses extranjeros dispuestos a dar una “mano”.

La lucha entre unitarios y federales argentinos fue la continuación del largo conflicto ideológico iniciado en la época artiguista. Los unitarios, defensores del liberalismo político, se veían como representantes de la cultura de raíz europea y desde ese lugar manejaban el esquema civilización contra barbarie, mientras los federales, liderados por Rosas, se proclamaban defensores de la soberanía nacional y acusaban a sus adversarios de actuar al servicio de los intereses extranjeros. En Uruguay Oribe apoyaba a los federales y Rivera a los unitarios. De fondo, como ocurrió durante la historia, Francia, Inglaterra y la emergente nueva potencia, los Estados Unidos tratando de sacar ventajas económicas de la situación.

El primer choque entre los caudillos uruguayos fue en 1836 en Carpintería, batalla en que las divisas usadas por los contendientes dio lugar a facciones que luego se convertirían en los partidos tradicionales, blancos y colorados.

En 1837 Rivera, derrotado en Carpintería y refugiado en Brasil, invadió el Uruguay. Tras varios combates con suerte diversa, recibió el apoyo de Francia, descontenta con Rosas por su resistencia a abrir la Confederación Argentina al libre mercado y a la entrada de cualquier mercadería extranjera. Esa ayuda francesa decantó el poder en Uruguay de su lado y lo convirtió en presidente. Una de sus primeras medidas de gobierno consistió en declarar la guerra a Rosas.

La Guerra Grande, una sucesión interminable de cruentos combates (1839-1951), terminó con una invasión conjunta de fuerzas brasileñas, unitarias y coloradas (Ejército Grande). Consumada la derrota federal se firmó una paz que estipulaba que no había habido “ni vencedores ni vencidos”. Días más tarde se firmaron cinco tratados entre el gobierno brasileño y el de la “Defensa” que beneficiaban totalmente a Brasil y en los que Uruguay perdía territorios y soberanía.

El 26 de enero de 1858, la revuelta de un grupo de colorados acabó en la Hecatombe de Quinteros. El presidente uruguayo, Gabriel Pereira, rompió relaciones con el gobierno de Buenos Aires por su apoyo a los rebeldes.

Bartolomé Mitre y el emperador del Brasil apoyaron la revolución de 1863-1865 de Venancio Flores contra el gobierno de Bernardo Berro. Triunfante la revolución, Flores agradeció los favores con la intervención uruguaya en la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay.

Durante la guerra civil de 1904 el presidente argentino Julio A. Roca hizo la vista gorda ante los envíos de armas a los rebeldes de Aparicio Saravia. El presidente José Batlle y Ordóñez entonces solicitó en Washington la presencia de buques de guerra estadounidenses en el Río de la Plata. La muerte de Saravia en Masoller hizo innecesaria la intervención, pero los marines ya estaban en el puerto de Montevideo y terminaron desfilando por 18 de Julio.

Durante el mandato del presidente uruguayo Claudio Williman (1907-1911), el canciller argentino Estanislao Zeballos sostuvo la tesis de que Uruguay no tenía derecho alguno a la costa del Plata ni del río Uruguay (teoría de la costa seca). Uruguay fortaleció entonces sus relaciones con Brasil –en litigio en ese tiempo con Argentina- que, como advertencia a Buenos Aires, reconoció la soberanía uruguaya sobre la mitad del río Yaguarón y la laguna Merín.

En 1932 Gabriel Terra rompió relaciones con Argentina después que se inspeccionara un barco de guerra uruguayo anclado en el puerto de Buenos Aires.

El gobierno de Alfredo Baldomir se planteó, en plena Segunda Guerra Mundial, el permiso de instalación en Uruguay de bases aeronavales estadounidenses. El gobierno argentino, totalmente neutral, amenazó con acciones militares directas.

Las relaciones del gobierno de Luis Batlle Berres con el gobierno de Perón fueron erráticas. El proteccionismo argentino y sus trabas burocráticas y cambiarias pusieron en peligro el turismo argentino en el Este uruguayo.

A partir de las década de los sesenta las tensiones entre los dos países fueron constantes. Finalmente Perón viajó a Montevideo en 1973 y firmó con Juan María Bordaberry un tratado que definió de forma permanente los límites fluviales.

La crisis económica argentina del 2002 puso en peligro a los bancos uruguayos. El presidente Jorge Batlle llegó a perder los nervios hasta el punto de afirmar ante una cámara: «Los argentinos son todos una manga de ladrones, del primero hasta el último». Luego tuvo que viajar a Buenos Aires a rectificar y pedir disculpas.

Tabaré Vázquez, agobiado por los cortes de puentes internacionales de los piqueteros argentinos debido a la instalación de la planta de Botnia en Fray Bentos, trató de imponer un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos. El proyecto no se hizo reañidad por las presiones de Brasil y Argentina y los desacuerdos dentro del Frente Amplio. En 2008 los piqueteros ocuparon el Consulado uruguayo en Gualeguaychú. El gobierno uruguayo llegó a considerar la ruptura de relaciones con Argentina. Vázquez admitiría haber pedido ayuda, incluso militar, al presidente Bush.

El presidente Mujica (o el personaje que interpreta) dijo ante micrófonos que creyó apagados: «Pa`conseguir algo de Argentina tenés que recostarte un poquito a Brasil. Esta vieja (Cristina Fernández) es peor que el tuerto (Kirchner). El tuerto era más político, esta es terca”.


Los sesenta

Los años sesenta son en Uruguay, por encima de todo, años de búsqueda. El país que vivía de espaldas a América Latina, el país de los empleados públicos, de la siesta, de la gente amable y tranquila, despierta de repente al borde del abismo. La reconstrucción europea, el fin de la guerra de Corea, la aparición de nuevos competidores, hunden el precio de las materias primas.

El país comienza a endeudarse. Con fuerza vienen la revolución cubana y la guerrilla continental mostrando otro camino. Obreros y estudiantes, unidos y adelante es la consigna cuyo clamor enciende la calle mientras los historiadores rompen con la edulcorada y heroica historia nacional para mostrarnos el “rostro terrible de la patria”. El discurso de cambio avanza y se profundiza.

Del exterior nos llega el gran cine italiano explicando aconteceres y adivinando futuros, Bergman con sus complejidades humanas, la literatura latinoamericana pronta para el boom que conquistará Europa, la beat generation norteamericana, el movimiento hippie, la reivindicación de las minorías, el cuestionamiento de la familia como institución, el principio del fin del padre padrone, la libertad sexual, la vida vista desde la óptica de los perdedores.

El capitalismo, poderoso y en auge, no iba a permitir por mucho tiempo semejante estado de cosas. El choque será inevitable y terminará en la contra revolución que significa el neoliberalismo.

Había en Uruguay dos fuertes opciones de cambio, la guerrilla tupamara y el Partido Comunista. Los tupamaros, siguiendo el ejemplo de otros movimientos guerrilleros latinoamericanos, querían concienciar a la gente a través de la acción. “No es momento de pensar y hablar, es momento de hacer”, repetían sus seguidores en aquellos tiempos. Un ejemplo claro es la entrevista de María Ester Gilio al líder del movimiento Raúl Sendic:

– “¿Esto querría decir que el MLN ahora (se refiere al período posterior a 1985) sería un partido revolucionario más junto al comunista y al troskista?

– Yo pienso que no, que nuestro pasado es inconfundible.

– ¿Qué le da esa inconfundibilidad?

– Nuestro pasado guerrillero.

– ¿Eso le da un perfil especial? ¿En qué sentido le parece?

– En el sentido de la autenticidad. O sea que todo el mundo puede hacer discursos y aprobar documentos, pero pocos meten el pellejo ahí.

– ¿Quiere decir que los discursos y los documentos del MLN estarían valorizados por un pasado en que sus miembros se jugaron la vida?

-Eso es”

Los sectores conservadores y reaccionarios acusaron siempre a los tupamaros de ser un movimiento marxista. Más allá de que muchos de sus integrantes pudieran presumir de ser marxistas, la ideología de cualquier movimiento o partido es su programa, y en los comunicados tupamaros no aparece ni el mínimo rastro del pensamiento del filósofo alemán. Incluso se podría aseverar que las reivindicaciones políticas del movimiento no pasan del nacionalismo y hoy ese extremo se puede constatar en sus máximos dirigentes.

En cuanto a la relación de fuerzas, la guerrilla tupamara, de haber triunfado o haber puesto el gobierno en entredicho, tendría que habérselas visto con los ejércitos de Argentina, Brasil y USA, lo que quiere decir que sus perspectivas de llegar a alguna parte eran inexistentes, y bastó con una mejor organización de las fuerzas represivas locales para terminar totalmente con el movimiento en 1973. Lo que vino después fue un genocidio en toda regla. Quienes pusieron en boga la teoría de los dos demonios (malos militares y mala guerrilla) hicieron un flaco favor a la verdad histórica.

El Partido Comunista, por su parte, no tenía tampoco nada de marxismo. Stalin había liquidado cualquier rastro de ideología comunista.

“El PC adapta su política a la de la Rusia soviética, porque sólo en este país se encuentra el esbozo de una organización socialista. Pero, si bien es cierto que Rusia ha comenzado la revolución social, también lo es que no la ha terminado. El atraso de su industria, la falta de cuadros y la incultura de las masas le impedían que realizara sola el socialismo y hasta lo impusiera en otros países por contagio. (…) Rusia tuvo que replegarse sobre sí misma y dedicarse a crear cuadros, a compensar el atraso de sus instalaciones, a perpetuarse por medio de un régimen autoritario en su forma de revolución detenida. Como los partidos europeos que apelaban a las clases obreras y preparaban el advenimiento del proletariado no tenían la fuerza necesaria para pasar a la ofensiva, Rusia tuvo que utilizarlos como bastiones de su defensa. Las fuerzas de la revolución mundial han sido desviadas, de ese modo, en provecho del mantenimiento de una revolución en invernada. (…) Tranquilizar a la burguesía sin perder la confianza de las masas, permitirle que gobierne mientras se mantiene la apariencia de una ofensiva contra ella y ocupar puestos sin dejarse comprometer; tal es la política del PC. Hemos sido testigos y víctimas en el 19 y el 40 del pudrimiento de una guerra; asistimos ahora al pudrimiento de una situación revolucionaria. (…) Basta hojear una publicación comunista para extraer de ella cien procedimientos conservadores: se persuade por la repetición, las amenazas veladas, la fuerza desdeñosa de la afirmación, las alusiones enigmáticas a demostraciones que no se hacen y la exhibición de una convicción tan completa y soberbia que se coloca por encima de todos los debates, fascina y acaba por contagiar. No se contesta jamás al adversario: se le desacredita; es de la policía, un fascista. En cuanto a pruebas, no se proporcionan jamás, porque son terribles y comprometen a demasiadas personas. Si se insiste en conocerlas se replica que hay que contentarse con eso y creer la acusación por la pura formulación de la misma: “No nos obliguen a darlas, pueden escocer a muchos” (…) Para un stalinista, un trotskista es la encarnación del mal”. (11)

“Para los comunistas uruguayos la URSS no era sólo el país donde se construía el socialismo. En su imaginario, era el territorio donde se plasmaba el socialismo como utopía realizable (…) La URSS no era, pues, un hecho político. Por eso se negaban los conflictos, las tensiones, los intereses opuestos (…) Ningún documento público del Partido menciona ni problemas de nacionalidades, ni dificultades económicas, ni la existencia de ciertas religiones, ni carencias tecnológicas, así como tampoco nunca se hace referencia a la burocracia ni a las luchas internas dentro del PCUS. Al identificar el futuro con el presente, el socialismo con un país, el marxismo leninismo con la línea del PCUS, los comunistas uruguayos se plantean la relación con éste en términos de lealtad. En esta cadena de identificaciones y en el contexto de la guerra fría, la posición crítica se asemeja al ataque, crítica pública a adhesión al capitalismo, cuestionamiento a traición. Toda posición diferente es sumada como anticomunismo y como incomprensión del verdadero comunismo”. (12)

Con semejante panorama la posibilidad de una revolución era más que remota. Sin embargo, las fuerzas represivas actuaron con saña. Uruguay, como tantos países latinoamericanos, fue descabezado dentro de la Operación Cóndor. Intelectuales, artistas, sindicalistas, marcharon rumbo a la cárcel, el destierro y, en muchos casos, la muerte. Quedaba liquidado, de esa forma lo mejor del país, la posible futura disidencia.

Hay dos escritores que son fundamentales en esa época: Onetti y Benedetti. Es curioso que ambos hayan sido denostados, ignorados, negados en estos últimos años por los nuevos escritores. Habría que estudiar ambos casos con sumo cuidado.

“El proceso de aculturación cubre todo el continente entre ambas guerras y su impacto viene de Estados Unidos y Europa. Es más visible en los enclaves urbanos de América Latina que se modernizan y en la literatura cosmopolita ligada al exterior, pero alcanza también la interioridad tradicionalista del continente. (..) El sacrificio de la integridad cultural aparece como el pesado tributo al progreso”. (13)

Dentro de la clara aculturación de la literatura uruguaya, Onetti escribe sobre Montevideo y los montevideanos, y lo hace fuera de partidos, organizaciones y de lo que hoy llamamos la cultura de masas. Sus dos primeros títulos, El pozo y Tiempo de abrazar nos colocan delante del inconformista, del escritor influenciado por el existencialismo y con una escritura parecida a la de un escritor “maldito”, el Céline de Viaje al fin de la noche.

Podríamos sintetizar El Pozo: un hombre (Linacero) sin fe ni interés por su destino observa, desde un país inexistente, a unos escritores (e intelectuales) que no asumen riesgos, a unos militantes que no profundizan y a unas gentes (él mismo) que son incapaces de amar.

De Tiempo de abrazar decía el propio Onetti: “Pinto a un grupo de gentes representativas de su generación, la que reproduce, veinte años después, la europea de la post guerra. Los viejos valores morales han sido abandonados por ella y todavía no han aparecido otros que puedan sustituirlos. El caso es que en el país más importante de la joven América crece el tipo del indiferente moral, del hombre sin fe ni interés por su destino. Que no se reproche al novelista haber encarado la pintura de ese tipo humano con igual espíritu de indiferencia”.

Y de los escritores uruguayos opinaba: “Estamos en pleno reino de la mediocridad. Entre plumíferos sin fantasía, graves, frondosos, pontificadores, con la audacia paralizada. Y no hay esperanza de salir de esto. Los “nuevos” sólo aspiran a que alguno de los inconmovibles fantasmones que ofician de Popes les digan una palabra de elogio acerca de sus poemitas. Y los poemitas han sido facturados expresamente para alcanzar tan alto destino”. Y sobre su ciudad decía: “Montevideo, mientras tanto, no existe. Aunque tenga más doctores, empleados públicos y almaceneros que todo el resto del país, la capital no tendrá vida de veras hasta que nuestros literatos se resuelvan a decirnos cómo y qué es Montevideo y la gente que lo habita. (…) Es necesario que nuestros literatos miren alrededor suyo y hablen de ellos y su experiencia. Es indudable que si lo hacen con talento, muy pronto Montevideo y sus pobladores se parecerán de manera asombrosa a lo que ellos escriban”.

¿No parece estar refiriéndose a la actualidad en esta cita de 1938?

El astillero, para poner un último ejemplo, funciona hoy día como una metáfora del Uruguay, un país que sobrevive vendiendo las joyas de la abuela, como venden los restos quienes simulan trabajar en el astillero.

Considero que habría que leer a Onetti con fe, como aconsejaba Faulkner de Joyce, colocarlo en el centro del debate cultural y plantear desde ahí toda la literatura nacional. Pero esta es una posición personal que de seguro no comparten los escritores jóvenes actuales ni las autoridades.

Dadas las circunstancias políticas y sociales de los años sesenta, era lógico que apareciera alguien como Benedetti en el campo de la escritura. Y digo escritura porque no considero que tuviera calidad suficiente para hacer literatura. Sería una falta de respeto hacia su persona compararlo con Borges, Faulkner o el propio Onetti. Benedetti incursionó en variados campos del conocimiento: poesía, novela, cuento, dramaturgia, letras de canciones, humorismo, ensayo, artículos periodísticos, crítica literaria. Su obra tuvo un gran éxito, le dio fama mundial y sus libros fueron best sellers. ¿Por qué? No era el “mejor” escritor uruguayo, pero sí el más representativo, lo que quiere decir conocido, admirado, querido y leído. Esa representatividad viene dada por la asunción del tiempo que le tocó vivir, transmitido en su obra de una manera simple, entendible para la mayoría. Al contrario que Onetti, su posición política quedaba clara en su apoyo al movimiento 26 de Marzo y su simpatía por los tupamaros.

Con sus sombras y sus luces (que tuvo muchas), Benedetti es un escritor clave para entender una época fundamental del Uruguay, un decenio en el que se cuestionó todo y terminó de forma trágica.

Hace poco, en Montevideo, la mención de Benedetti en la charla de una escritora suscitó protestas por parte de algunos de los presentes en el acto. Decían en voz alta que era un mal escritor, que no debía tenérselo en cuenta.

Sería muy importante abrir un debate en Uruguay sobre la obra y la personalidad de Benedetti. Podríamos preguntarles entonces a aquellos que lo ponen en cuestión, comparándolo con otros autores, cuántos escritores actuales uruguayos resistirían la comparación con él. Ambos serían muy buenos ejercicios.

Terminada la larga noche negra de la dictadura, nos encontramos con una situación social, política y cultural confusa. Los tupamaros, que en el año 1961 habían desoído los consejos del Che desde la Universidad de Montevideo sobre la conveniencia de no llegar a la violencia en un país como Uruguay, donde todavía era posible la libertad de expresión y la lucha parlamentaria, aceptan ahora el desafío, se hacen “demócratas” y electoralistas sumándose al Frente Amplio.

Muchos de ellos son ahora “escritores” y nos cuentan su historia y la del movimiento en centenares de libros. La calidad literaria de esas publicaciones es escasa y la autocrítica casi ausente.

Señala Esteban Valenti al respecto: “El MLN fue derrotado y contribuyó de manera importante a la derrota de todo el movimiento popular por parte de las fuerzas más reaccionarias y antidemocráticas de la sociedad uruguaya por sus errores políticos y militares, pero sobre todo políticos, porque vivían en una realidad creada e inventada por ellos. Así de duro. La catarata de libros, relatos, artículos y cuentos que hemos recibido y tragado en estos años no son responsabilidad de sus autores, sino muchas veces de nuestros silencios. Cada uno cuanta la historia como le conviene. Y eso sucedió”.

Valenti tiene razón, incluso cuando dice que cada uno cuenta la historia como le conviene. También lo hizo el Stalinismo, del que fue un destacado representante. Y sus errores también los pagaron caros los pueblos.

La generación post dictadura creció en un país quebrado, derrotado. Podría haber rescatado las brasas del antiguo fuego, pero le fue imposible: el neoliberalismo la atacaba con sus luces, sus imágenes, sus promesas de posibilidades infinitas. Encima, sumado a la televisión, estaba internet, una maquinaria que bien usada es extraordinaria, pero mal usada es el peor veneno.

La cultura, como de costumbre, llegaba de fuera. Malas series, películas infumables, música de quinta, dieron lugar a la aparición de centenares de artistas, escritores y, sobre todo, poetas. Escribir corto y hacia abajo es fácil, cualquiera puede hacerlo.

Toda la cultura anterior comienza a descalificarse con facilidad por antigua. El Frente Amplio ayuda sugiriendo la idea de que antes de su aparición no había nada en el país.

En literatura los referentes se buscan primero en Bukowski y la generación beat norteamericana y luego en la mal llamada literatura fantástica, que en Uruguay parecen encarnarla Felisberto Hernández y Levrero.

Es muy extraño en un país donde la literatura está abierta a lo social y político tener a estos dos escritores –de ambientes cerrados, casi claustrofóbicos, cercanos al contacto con los objetos y alejados del mundo real- como referentes. Da la impresión de ser un escape de la realidad.

“Está esa cuestión que aparece tan a menudo en las discusiones en las que estamos los escritores, los críticos o los historiadores que tiene que ver con que todo es ficción, que es como una situación que está muy presente en el discurso histórico y el debate cultural. Me parece que ahí se produce una extrapolación de algo que uno podría localizar más precisamente y decir que es en la cultura de masas donde la distinción entre ficción y verdad se ha perdido. Y que muchos de los filósofos “posmodernos” –entre comillas- trasladan lo que es real en la cultura de masas al conjunto de las prácticas. En la cultura de masas es cierto que se han disuelto las categorías clásicas, entre otras, la distinción entre ficción y verdad, que nos movemos en un mundo donde esas categorías han perdido totalmente relevancia. Pero no me parece que debamos tomar ese elemento que es particular a la cultura de masas como un dato para entender el conjunto del funcionamiento social. Estamos muy amenazados por la expansión de los medios, pero no me parece que un ámbito como la lucha social, por ejemplo, deba asimilar y repetir las posiciones discursivas que genera la cultura de masas”. (14)

Ahí está la cuestión. Los escritores jóvenes uruguayos han perdido la distinción entre ficción y verdad, están sumergidos la mayoría en la cultura de masas, que genera el discurso dominante (y Facebook es una prueba de ello). La literatura anterior los pone frente al espejo y los enfrenta al país y su historia. La ficción, los lugares cerrados, son un buen refugio.

Levrero es un buen ejemplo. No me estoy refiriendo a su obra, no soy crítico literario; me interesa el “efecto Levrero”. Porque Levrero no fue solamente un escritor, fundó talleres literarios, “enseñó” a escribir. Y en su taller (y los que tomaron la posta) había una máxima: “No leer a otros escritores (excepto a él); la escritura surge de la imaginación”.

Curiosa forma de “cargarse” la literatura. La regla máxima del Siglo de Oro español señalaba, por el contrario: “Leer mucho, escribir poco, corregir mil veces”. ¿Existiría Macondo si Márquez no hubiera leído a Faulkner? ¿Hubiera escrito de esa forma Faulkner si no hubiera leído a Joyce?

¿Sería lo mismo la literatura sin Marx, Freud y tantos otros? Somos cultura, y la cultura se aprende de forma retrospectiva. Nada puede dejarse librado a la imaginación, y menos en un mundo que carece de tal cosa.


Las definiciones del presidente Mujica

Cualquier análisis cultural o político del Uruguay de hoy estaría incompleto sin referirse a José Mujica. El presidente pobre (como lo llaman en Europa con la admiración de los corruptos y ladrones) que no atiende al protocolo y vive en un rancho en las afueras de Montevideo, crítico de la sociedad de consumo en las reuniones internacionales, defensor de la tierra y el planeta, es atacado por muchos de sus antiguos compañeros de armas por haber traicionado la idea de cambiar la sociedad. Creo que se equivocan. Si algo ha sido el actual presidente es coherente.

En el acto de festejo después de su triunfo electoral en la Rambla de Montevideo rindió homenaje a una gran personalidad. Los homenajeados no fueron Sendic, ni Guevara, ni aquellos que quedaron en el camino por su loca aventura. Recordó a Herrera. Es muy cierto que Herrera tuvo una actitud antinorteamericana y se negó con vehemencia a la instalación de bases militares de ese país en Uruguay. Pero también son ciertas sus simpatías por el imperio inglés, al que justificó todos sus desmanes. Trabajando con Herrera se formó ideológicamente Mujica. No pueden llamarnos la atención entonces los comentarios filosóficos y políticos que publicamos a continuación. Podrían suscribirlos Margaret Thatcher, Menem, Felipe González y un largo etcétera de pensadores afines al neoliberalismo.

La vida humana es hermosa y corta. Y no puedo sacrificar por una utopía la vida de los hombres que viven hoy.

Estamos con Argentina porque Uruguay necesita un mercado. Es el problema de Tarzán: no se puede dejar una liana si no tenemos otra.

Tabaré Vázquez es un candidato formidable, un candidato probado.

Ahora no hay preocupación por el trabajo, el problema es la seguridad. Y la falta de seguridad viene por la droga.

Creo en el socialismo pero no en el estatismo. Países como Noruega se acercan más al socialismo. Allí son enemigos de la burocracias y están por la autogestión.

A la guerrilla se le dice que puede ganar por otro lado. Vale luchar por las reglas de la democracia liberal.

No quiero propiedad pública de los medios de comunicación, quiero uruguayez.

Hace 40 o 50 años yo pensaba en el partido único y la dictadura del proletariado. Ahora no estoy de acuerdo con esa dictadura ni con ninguna otra. La democracia es una porquería, pero es la mejor porquería, como decía Churchill.

La sociología y la filosofía son importantes porque tienen que ver con la formación integral, pero el Uruguay necesita intelectualización de hombres prácticos, con los pies sobre la tierra y útiles a la multiplicación del país en todas partes en materia de valor.


Parece patético que un político con semejantes ideas pueda contar con la aprobación del 63% de la población, muchos de ellos gente joven. Da una idea de la situación por la que pasa el país.


La situación en el Uruguay actual

La salud de un país puede medirse por el estado de su Sanidad, Educación y Trabajo.

El Uruguay actual tiene una Sanidad con enormes dificultades (no entraré en detalles, hay mucha información al respecto) y una Educación de la que sólo hace falta dar un dato: la deserción en la enseñanza secundaria alcanza al 60% del alumnado.

El Trabajo es punto y aparte. El gobierno muestra con orgullo los logros en este terreno. Y no miente. Pero habría que tomar sus datos con enorme cuidado. La situación es mejor comparada con épocas anteriores, pero únicamente en términos relativos. Hace poco la mismísima Constanza Moreira constataba que el 75% de los trabajadores gana menos de 15.000 pesos (unos 500 euros). Algunos economistas son más precisos señalando que el 30% de los trabajadores ganan algo más del salario mínimo y la mitad de los que trabajan perciben algo menos de dos salarios mínimos.

Un estudio del PIT-CNT revela que los salarios representaban en 1998, cuando gobernaba la “derecha”, el 27% del PIB, mientras en 2011, luego de varios años de gobierno frenteamplista, representaban el 23,5%. (Instituto Costa Duarte)

Habría que comparar esos salarios con los precios al consumo, sobre todo los de los artículos de primera necesidad, uno de los más altos de América Latina (y de algunos países europeos), para generar dudas en cuanto a la mejora en el nivel de vida. La canasta familiar, por poner un ejemplo, está situada oficialmente en el entorno de los 45.000 pesos (1500 euros).

Ha mejorado, eso sí y de qué manera, la situación económica de las clases medias acomodadas y de los cuadros medios y altos de funcionarios públicos, que son legión.

Las cifras manejadas nos llevan directamente al tema de la pobreza, uno de las cartas ganadoras del actual gobierno, que dice haberla bajado de forma dramática.

La salida de la pobreza la sitúa el gobierno en una cifra cercana a los 9.500 pesos (unos 310 euros) y según sus datos. Cualquiera que razone más allá de las ideas prefijadas o la conveniencia personal podrá comprender que nadie puede salir de la pobreza con ese volumen de ingreso. Pero convengamos que una parte de la población salió de la pobreza extrema, más por el crecimiento económico sostenido del país que por las políticas sociales que, como antaño, tapan problemas sin resolver la cuestión de fondo.

Un estudio sobre infancia y pobreza realizado por el Rectorado de la Universidad de la República aporta razonamientos y datos muy interesantes. Dicho estudio partía de las palabras de Iain Duncan Smith, Ministro de Trabajo del Reino Unido que cuestionaba el ingreso como forma de medir el nivel de pobreza asegurando que el ingreso provee una evaluación incompleta del nivel de vida y por lo tanto es necesario atender otras dimensiones sociales.

Plantea dicho estudio la necesidad de sumar al abordaje «monetarista», que sólo toma en cuenta el nivel de ingreso del hogar otra conceptualización de la pobreza, la inclusión en el análisis de diversas variables que apuntan a las privaciones que los integrantes de los hogares pobres sufren (Necesidades Básicas Insatisfechas). Así se llega a concluir que la pobreza es, ante todo, un síndrome situacional en el que se asocian el infra consumo, la desnutrición, precarias condiciones de habitabilidad, bajos niveles educacionales, malas condiciones sanitarias, una inserción ya sea inestable, ya sea en estratos primitivos del aparato productivo, un cuadro actitudinal de desaliento, poca participación en los mecanismos de integración social y, quizá, la adscripción a una escala particular de valores, diferenciada en alguna medida de la del resto de la sociedad.

Las cifras, vistas desde este punto de vista varían. El INE, de acuerdo al método de ingreso, registró en 2011 un 27,3% de niños menores de seis años en situación de pobreza, cuando aplicando un enfoque multidimensional de la exclusión social la cifra de pobres en esa franja etaria es de 49,2%, es decir, casi el doble del registro oficial ese año. También incluye 2006, donde el INE registró 55,2% de pobres monetarios y mediante el otro método se llegó a 76,9%.

Las organizaciones y partidos que optaban en los sesenta a un cambio radical de sociedad para solucionar los problemas estructurales del país, planteaban la necesidad de la reforma agraria y la nacionalización de la banca y el comercio exterior. Las primeras medidas del Frente Amplio en un hipotético triunfo electoral en 1971 recogían esos objetivos.

¿Cuál es la situación actual? El antiguo problema de la excesiva concentración de tierra en pocas manos sigue siendo un tema a resolver. El 70% de los propietarios controla el 10% de la tierra, mientras un 10% controla el 61%.

A este problema de concentración se ha agregado otro, la extranjerización. En el año 2000 el 90% de la tierra pertenecía a uruguayos, mientras que en 2011 sólo eran uruguayos los propietarios del 53%. Del total se calcula que el 43% de los propietarios son sociedades anónimas, lo que muchas veces lleva a desconocer al verdadero propietario. La forestación constituye todo un tema en este sentido: tres empresas controlan 650.000 hectáreas, el 70% del área forestada. También controlan esas empresas la industrialización y comercialización de la materia prima gracias a la concesión estatal de zonas francas libres de impuestos y la instalación de la megaindustria de producción de pulpa de celulosa.

Proceso similar se da con la soja, que arrasa, además, con los esquemas naturales de pasturas y cuando deja de plantarse la recuperación del terreno lleva años y sus residuos envenenan el agua.

Queda claro que el país tiene, ahora agravados, los mismos problemas del pasado. Los intereses extranjeros siguen mandando y como resultado se expulsa a la gente del campo.

“La cultura es un ingrediente central de la identidad nacional. El desarrollo de la propia cultura es tan imprescindible como la capacidad de apertura a lo que se produce fuera de nuestro territorio. Sin ella seríamos un país semicolonial, obligado a repetir acríticamente lo que se genera en los centros del llamado primer mundo”.

Esta es la primera parte de un documento público del Frente Amplio, enviado por internet a militantes y simpatizantes para ser firmado. Luego de este inicio, el texto constata los estímulos a la creación generados desde el MEC por el gobierno.

Dichos estímulos existen, y quizá sean los primeros otorgados en la historia del país; pero es necesario matizar, el hacer, si bien es importante, no es siempre suficiente y muchas veces va en la dirección equivocada.

El gobierno y el MEC nos hablan continuamente de industria cultural. El término no es nuevo, viene, como es costumbre, de Europa. Cuando decimos industria cultural estamos refiriéndonos a un negocio y, como bien se sabe, los negocios deben ser rentables. Las subvenciones y ayudas, por lo tanto, se dan a un producto, a una mercancía (hablamos de negocios), que debe generar plusvalía. Y cuando se da este extremo y encima las ayudas vienen del Estado, de cualquier Estado, siempre son sospechosas. Los gobiernos, no seamos ingenuos, ficcionan, y esa ficción es generada por los suyos y por sus simpatizantes. Y los premios y subsidios se otorgan a gusto de un jurado o comité que premia lo que considera bueno (o rentable) desde su perspectiva. Los jurados, está claro, son nombrados desde “arriba”. Por eso en Uruguay siempre se sospechó de ellos.

Sería sumamente interesante que el gobierno, a través del MEC, promoviera la calidad, la originalidad, la vanguardia, la tradición cultural uruguaya, si hay alguna, y si no la hay tomara a algún creador (el país tiene grandes, yo sugiero a Onetti) y desde ahí la fundara.

Es importante, llegados a este punto, observar cómo ha funcionado la tan cacareada globalización. Pongo como ejemplo la literatura, la palabra. Se creía, y se decía, que esa globalización nos traería la democratización, la igualdad. Craso error. Las grandes casas editoriales españolas (nos une el idioma) han instalado sucursales en toda América Latina.

Cuando publican a un español lo difunden por todo el ámbito de habla hispana; el uruguayo se queda en Uruguay y los demás escritores latinoamericanos también en sus respectivos lugares. Antes estaban todos de espaldas, ahora la globalización ha agregado el provincianismo.

El gobierno y el MEC deberían tener claro que la difusión es fundamental, más que la publicación. Y la difusión de los escritores uruguayos en el exterior no existe. Un reconocido escritor me contaba que había ido a España a presentar un libro y al acto no había acudido ninguna representación oficial. Esto no es nuevo. Una muestra de literatura uruguaya publicada por una editorial barcelonesa y declarada de interés cultural por el MEC espera hace un año los apoyos prometidos por las autoridades oficiales. Debería tomar nota el gobierno uruguayo del gobierno de Argentina, cuyos consulados europeos tienen agregados culturales de prestigio, por ejemplo el de París, que cuenta con Susana Rinaldi. Podríamos desde aquí sugerir unos cuantos nombres para los consulados uruguayos. Uno de los problemas es que Uruguay está dividido en tres: Montevideo, en interior y los uruguayos que viven en el exterior (cerca del 30% de la población total). Y los que viven en el exterior no importan, incluso se decidió en referéndum negarles el voto en las elecciones.

El problema de fondo es que se ayuda a los creadores, es verdad, pero para que creen dentro de la cultura de masas. Desde ahí (el mundo de la imagen, lo efímero, las ideas que sólo alcanzan para terminar el día) el Uruguay no tiene ninguna posibilidad de hacerse notar. Sólo queda lo que hay: generar una cultura occidental, europea de segunda fila.

¿Todo esto quiere decir que no hay buenos escritores en Uruguay, que no hay buenos artistas y creadores? Para nada. Pero son, como muy bien los definió Héctor Rosales, árboles sin bosque: aislados, solos, pobres de ventas, rumiando en silencio la desgracia de su calidad.

El país, como antes, como siempre, espera. Los ruidos son de murga, de tambor, de pie contra una pelota. En un altillo hay alguien quemándose las pestañas para plasmar el cuadro, la película, el libro, que luego le darán sentido a este viaje extraño montados todos en un planeta que gira. Detrás de ese alguien que trabaja están Artigas, Onetti, Quiroga, Delmira y un largo etcétera, sumados a los que se quedaron en el camino por soñar con un país mejor. Son aquellos que nunca se vendieron a los intereses extranjeros, ni necesitaron las prebendas del Estado. En ese altillo está la vida.

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Bibliografía

1 – Abelardo Ramos
2 – Emir Rodríguez Monegal
3 – Emir Rodríguez Monegal
4 – Emir Rodríguez Monegal
5 – Methol Ferré
6 – Ignacio Pérez Borgarelli
7 – Tomás Sansón Corbo
8 – Ignacio Pérez Borgarelli
9 – Tomás sansón Corbo
10 – Abelardo Ramos
11 – Jean Paul Sartre
12 – Marisa Silva
13 – Ángel Rama
14 – Ricardo Piglia



Este ensayo es la segunda parte de Izquierda y cultura: El Largo desencuentro (extractos de un ensayo). La primera parte fue publicada en Malabia 58.