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Número 68

Sospechoso, si no conviene / Jorge Rodríguez Padrón

Revista Malabia número 68

Sospechoso, si no conviene / Jorge Rodríguez Padrón

Estos tiempos que padecemos (unos más que otros, como siempre) son –de verdad- muy raros. Hablo, sobre todo, porque me implica, de los extremos en que ha dado la literatura, este oficio de entregar la palabra, y de entregarse a ella, tan peliagudo… Pero al referirme al ámbito de la escritura literaria, y dado su ineludible responsabilidad con el lenguaje, no puedo hacer abstracción, por mucho que quiera, de la repercusión esencialmente política que tal actividad tiene, debe tener. Y aquí viene lo de la extrema rareza que decía. Pues nos hallamos (¿o no?) en un período histórico que dice haber superado ya, y con creces, todo déficit democrático; que se enorgullece de su extrema tolerancia con todas las ideas; que hace ostentación, como nunca antes, del reconocimiento del otro, de los otros; y nada digamos, en fin, de cómo se pregona a voces un perfecto equilibrio entre la globalización de la tecnología y las diferencias de los pueblos… Casi, casi un mundo feliz, si no fuera por tantas y tan intrínsecas contradicciones como habitan en su seno. No me detendré en casos concretos, aunque en ellos se origine mi reflexión; quisiera ir a la categoría, a cuanto de esos sucesos se desprende, y no precisamente como excepción sino como síntoma de una, al menos para mí, confusa situación a la que resulta muy difícil dar explicación, y más difícil aún poner coto.

Y digo de esa dificultad, sobre todo, a la hora de proponer una escritura literaria que sea espacio de confrontación y debate para esa forma de vida que hemos asumido con un inconsciente entusiasmo por el fervor del consumo y por el asombro obnubilador de las conquistas tecnológicas, además de ese incomprensible fetichismo que nos hace creer a pies juntillas en cuanto adquiere repercusión en los medios, al margen de la verdadera importancia que por sí misma pueda tener. Dificultad, en consecuencia, para la creación literaria dado que es también una forma de lenguaje, una manera de decir la vida y rebuscar en sus complejidades… Dos escritores en lengua alemana, Günter Grass y Peter Handke, cuya obra literaria y cuya actitud personal nunca han eludido la responsabilidad crítica, la razón política que le es propia, han sido protagonistas –sin quererlo- de un pimpampún mediático en el que ha habido de todo, desde acerba crítica hasta descalificaciones inadmisibles. Y esto cuando, según parece, quienes manejan la cosa tocan a rebato para que vuelva el escritor comprometido de antaño a implicarse en tal desbarajuste, y a ver si su clarividencia crítica puede ayudar en algo. Entonces, el escritor habla, y se compromete (mejor, para no confundir: se hace responsable de la palabra que da); sin solución alguna de continuidad, un revuelo mediático lo absorbe, saca las cosas de quicio, deja todo en anécdota y arrima aquella propuesta crítica a la brasa que mejor calienta.

¿No es una situación extraña? A quienes ayer se les otorgaba reconocimiento, hoy se les descalifica por ejercer precisamente la responsabilidad para la cual se les había requerido; y, para mayor inri, el posible debate que de ahí habría de derivarse, se reduce a mera, vulgar noticia de actualidad que, por serlo, será efímera y caerá pronto en el olvido.

¡Qué feroz maquinaria para destruirlo todo, sin que nadie pueda decir que no se prestó la atención debida, ésta de los medios y su fervor tan sólo por la actualidad! Quienes manejan la cosa, he dicho más arriba. ¿Quiénes? Aquellos que detentan el poder; que no son precisamente los políticos, aunque ellos se lo crean porque ocupen el escenario durante el tiempo que se les concede para su representación. Poder, el que mueve los hilos todos; y en primer lugar, los de la información y la tecnología, en muy fértil coyunda por cierto. Claro, también el poder económico (¿es otro?) que encandila a los más con su oronda apariencia.. Pero téngase en cuenta que el poder mayor es el primero porque instila su violencia en el lenguaje, en los lenguajes, y éste es el vértice de todo: poseerlo, poseerlos, supone dejar sin voz a quienes son lo que son porque pueden expresarse en libertad. Y se suma entonces la extrañeza, cuando comprobamos que quienes están en uso de la palabra, y más alto hablan y no paran, son quienes aprovechan su pretendida integridad y compromiso para levantar a los otros y ocupar ellos el asiento.

Precisamente al referirse al asunto de Peter Handke y sus posiciones acerca del conflicto en la antigua Yugoslavia, Cecilia Dreymüller escribe: “Esta exclusión de la disidencia política ha sido impulsada, precisamente, por intelectuales y políticos de izquierdas” (eso, al menos, dicen ser); intelectuales a quienes se les llena la boca de libertad de expresión, de tolerancia, de pensamiento crítico, de disidencia y cosas de semejante jaez, pero son expertos en la estrategia de silenciar lo inconveniente; hacen oídos sordos (ese silencio administrativo que tan bien manejan burócratas y leguleyos que son, y en qué medida) o evitan dejar espacio para que otros digan lo suyo, “con el argumento de la inoportunidad política” que ese discurso pueda tener. En el caso concreto de Peter Handke se produce otra circunstancia que también es una herramienta: se le retira el premio Heinrich Heine que se le había concedido previamente, al comprobar su indocilidad que no era otra cosa que su libertad. ¿Cómo iba a ser de otra manera, si los premios se instituyen para beneficiar a quienes premian (en la repercusión mediática, en la inversión política que suponen, en la rentabilidad económica incluso), pero nunca al premiado, a quien se supone que, por gratitud siquiera si no por otros intereses menos confesables, de los cuales participa, aceptará con el premio las leyes de ese juego y acabará bailando al son de los premiadores, publicando su excelencia y su magnanimidad…

Sigo diciendo que hagamos abstracción de tales sucesos; que vayamos a la razón primera de todo esto, y en particular por lo que hace al escritor y a su comprometido oficio de la creación literaria, en medio de “la creciente intolerancia de nuestras democracias a las posiciones disidentes”, como anota también Dreymüller. Les basta con poner gesto serio (y muy digno) y decir que tales disidentes no son demócratas, para considerar desactivado ese peligro: dicen saber que no lo son, pues ellos tienen la patente en exclusiva, y ellos la dan y ellos la quitan; con descarado cinismo, eso hacen, eso vienen haciendo desde siempre, y todos los hemos mirado con tanta complacencia… Como el propio Handke refiere, al hablar de su caso, en vez de abrirse al debate (no tienen argumentos) acuden a “difamaciones formuladas con palabras prefabricadas, repetidas hasta la saciedad, empleadas como una ametralladora”. No sigamos sin detenernos en un par de cosas de esta afirmación: el lenguaje utilizado por quienes así actúan se reduce a pura fórmula, son frases hechas, vacías por tanto de contenido; eso sí, se repiten y repiten, sin pausa que permita oírlas y pensar qué dicen; tienen la agresividad imparable de un arma mortífera. Tengamos en cuenta que es un asunto de lenguaje, de palabras; tengamos presente, también, que el objeto es secuestrar los significados para impedir que se multipliquen los sentidos, las intenciones de esas palabras. Que no haya voces con su diferencia, con su individualidad crítica; que se uniforme el lenguaje.

No lo dice Handke, lo añado yo, y se que no me contradirá: a esa repetición de siemprelomismo habremos de sumar otra actirud que abunda en ella: no decir ni hacer lo que dicen abiertamente (confiesan, incluso, que no se debe dar pábulo a tales cosas, que se debe ser discreto); mejor sustentarse en “medias verdades e informaciones falsas (…) (en) informaciones y opiniones recogidas sin análisis (…) (en una) prolongada deformación informativa”, cuanto facilita la manipulación de los lenguajes al amparo de las técnicas propias del lenguaje de la información (simplificación, urgencia, actualidad, imagen) que ya operan, de modo instintivo, por contagio, en el uso común de la gente hasta el punto de haber empobrecido, peligrosamente, la riqueza de las formas del habla. Porque, a poco que nos fijemos, lo que se pretende es borrar todo fondo cultural, la dependencia de ese verdadero principio que es la memoria (no los recuerdos y efemérides, que tanto se preservan porque son inocuos), la necesidad de saber y pensar. Nadie podrá decir que hay censura, desde luego; pero control riguroso, sí; y descalificación y desprestigio y silencio para cuantos se muevan en la foto, por incorrectos. Es de ver cómo esos poderes usan, impunemente, una moralina de iglesia y sacristía que tanto han criticado siempre; impunemente y sin el menor rubor, como si nada fuera o nos hubiésemos olvidado ya (confían en el olvido para volver a las andadas) del viejo stalinismo que preservaron en nombre de la necesaria clandestinidad; y ni eso fue justificación, por mucho que se empeñen.

Diría, con Pedrag Matvejevic: “El vocabulario de las viejas ideologías, hábilmente disfrazadas de democracia es propenso a los términos de identidad y de singularidad para imponerse de nuevo sin necesidad de renovarse”.

Y así hemos vuelto a esa terminología de los muros y las divisiones y el no pasarán, manejada por quienes no quieren que nadie vea qué hacen, para excluir en lugar de integrar, cuando lo que hay del otro lado no les parece conveniente porque no se les da la razón o se pretende abrir un espacio de debate. Eso sí, cualquier otro muro o barrera o mínima intransigencia será condenada públicamente y con toda suerte de orquestación mediática, que para ello se pintan solos. El caso es que todo está inventado, y que nos vienen con un mensaje muy viejo y pobre; se les ve, torpes bustos parlantes, inseguros, echando mano de esas fórmulas prefabricadas, esforzándose (y es penosos) por dar titulares. ¡Ay, lengua, lengua, dónde está tu victoria! Hemos corrido, locos, tras la cultura de la imagen, y aún corremos sin saber parar: todo lo facilita porque todo lo simplifica (¿nos hemos dado cuenta de eso?). Pero tiene trampa, como sucede con la publicidad que en aquélla ha echado raíces y con qué energía. No hay modo ya de ver más de lo que tenemos ante nuestras narices; la potencia de su presencia es tal que nos ha arrebatado la imaginación, que nos ha dejado sin habla: esos “poco escrupulosos procedimientos de la omnipresente máquina mediática” –dice Peter Handke.

De nuevo, el escritor alemán viene en mi ayuda:

“¿Qué sabe aquél a quien, en lugar de la cosa, sólo se le deja ver la imagen de ésta, o, como ocurre en las noticias televisadas, un extracto de la imagen o, como ocurre en el mundo de las redes de telecomunicación, un extracto de un extracto?”

Antonio Marichalar, en Cruz y Raya, escribe:

“Tras amplias soledades ascéticas –ávidas de claridad y por tanto complicadas- estamos, ahora, en un momento que opta por no enterarse y solicita que le engañen, que le cierren los ojos;”

O que quiere enterarse de todo, aunque sea a través del engaño orquestado de los medios… Y eso, allá por los treintantos del pasado siglo. Lo reinventó el Reader´s Digest, en los cincuenta y sesenta de la propaganda norteamericana, y casi no había televisión aún. Handke lo dice para referirse a cómo se ha enseñado el conflicto de los Balcanes; pero lo verdaderamente grave es que se trata del modo de este tiempo al cual he calificado de raro; y que también lo es con respecto a Europa, a su enquistada torpeza que vuelve: cuando pensábamos que ya no, se reaviva el menudeo nacionalista (destruir Estados, recomponer federaciones, en nombre de qué intereses estratégicos o económicos) mientras cunde el desconcierto en la Unión tan deseada; y aquí estamos todos –con una estúpida prudencia- sin decir lo que se debe, por no sé qué respeto humano o complejo histórico. Empeñados en desconocernos; y no tenemos sino que mirar hacia atrás, sin prejuicios. No para recordarnos enfrascados en nuestros egoísmos nacionales, para entender –de una vez por todas- cuál es la memoria que nos hace, que sigue viniendo de esa médula, flujo de doble dirección, del Danubio: paso de Oriente a Occidente; salto entre norte y sur, de hombres, de mercaderías, de ideas…

Pero volvamos a la literatura, que en ello andábamos; vengamos a su palabra alzada frente a los procedimientos romos de los lenguajes de la información; volvamos, como también dije ya, a la responsabilidad del escritor, a su testimonio como hombre de su tiempo y como conciencia necesariamente crítica del mismo. El error es viejo error: pensar que, con ser fiel a lo que puede ver, es suficiente. Viejo error, además, que ha hecho fortuna en los poco escrupulosos procedimientos del lenguaje mediático, de modo que se ha ido desdibujando la importancia del escritor como autor y se le ha ido dejando en amanuense, servidor apenas de lo que se le pide y con maneras que no exijan pensar demasiado; que también la literatura maneje fórmulas y las utilice con asepsia extremada, no vengamos a enredar… A lo que se teme, a lo que teme aquel poder, es a la mirada del individuo que es el autor, y sobre todo a que la suya sea una voz propia (“canto de a uno –como dijera Ida Vitale- (frente a) esa última y prestigiada extensión (del canto coral) la murga española, mediante la cual se justifica la libertad de desafinar vulgaridades, oculto entre otros”) capaz de incorporar al pretendido armario de valores una cierta enajenación poética, lo más subversivo sin duda. Es así como saltan a la luz lo que Peter Handke denomina “terceras cosas” y queda en entredicho el “veneno verbal” que anima el lenguaje de los grandes medios, su “ceguera partidista”.

El testimonio y la crónica no tienen por qué ser lo primero, ni la verdad mayor. Quedan atados a la realidad, y ésta no va más allá de sus referentes, no propone otra dimensión para las cosas; con la transfiguración literaria se va a la vida, a la verdad, a la revelación de la poesía. Lógico, en consecuencia, que la literatura de hoy insista, con toda complacencia, en el siemprelomismo Ya referido; que el escritor se haya quedado sin voz y que se limite a hacer buen uso de la escritura. Nos hemos quedado sin escritores, porque los actuales temen el desprestigio que pueda acarrearles el atrevimiento que supone introducir el factor estético en el lenguaje, pues eso conlleva establecer una posición ética. Hacerlo será volver la oración habitual por pasiva y dejar al descubierto el revés; hacerlo es poner en evidencia que la clave está en la sintaxis; ello es, en el ritmo, en el empuje orgánico del lenguaje, donde reside la libertad del habla, su viveza y su capacidad irónica; su fuerza creadora, en una palabra. Y no se trata de imprecisión o de aleatoria espontaneidad, como algunos piensan cuando lo digo; nada más lejos de ese adanismo aun más fácil y torpe que la disciplina de la escritura. Todo lo contrario: mayor precisión y mayor verdad porque es voz propia, “lealtad hacia otro lenguaje, el no periodístico, el no dominante”, el que se hace “con palabras podridas, envenenadas” (Peter Handke) y se apresta a deslizarse por el lado otro de la reflexión, pues no basta quedar en las cosas, sin más, cuando este oficio de dar la palabra –así dije al comienzo- exige otra responsabilidad que es crítica; en otras palabras: no crédula, arriesgada en la demasía de lo que está por ver.

Cecilia Dreymüller se pregunta si el valor social del escritor en el mundo de hoy puede quedar –como parece- en esas “gracias artísticas” que se toleran, siempre que sean correctas y no vengan a quebrar el “consenso político” establecido. Si puede quedar –añadiría yo- en el esmero por hacer una obra de entretenimiento, cuando la voluntad crítica ante la falsedad y los abusos del poder (y en particular ante el enquistamiento de los lenguajes) es la ineludible responsabilidad de toda literatura; si no, deja de serlo para hacerse mero negocio. Precisamente, en torno al revuelo generado por el asunto del pasado de Günter Grass en la Alemania nazi, Mario Vargas Llosa llegó a escribir:

“Ningún intelectual de nuestro tiempo cree que ésa (gesta intelectual, debate de ideas, creación) sea también la función de un escritor y la sola idea de asumir el rol de “conciencia de una sociedad” le parece pretenciosa y ridícula. Más modestos, acaso, más realistas, los escritores de las nuevas generaciones parecen aceptar que la literatura no es nada más –no es nada menos- que una forma elevada de entretenimiento, algo respetabilísimo desde luego, pues divertir, hacer soñar, arrancar de la sordidez y mediocridad en que está sumido la mayor parte del tiempo el ser humano, ¿no es acaso imprescindible para hacer la vida mejor o por lo menos más vivible?

Aunque he reducido la cita a su conclusión, creo que exige atenta lectura toda ella; en particular, algunos aspectos que en ella propone el novelista peruano, para mí de primera necesidad; y, en particular, para lo que ahora nos ocupa y preocupa sobre la responsabilidad del escritor en tiempos de tanta confusión.

Hablemos, primero de “ese joven intelectual de nuestro tiempo”, de esas “nuevas generaciones” a que se refiere Vargas Llosa. Quizá me equivoco, pero es viejo discurso ése que identifica lo nuevo con lo joven y, además, con nuestro tiempo… No necesariamente por serlo está más cargado de razón; ni habremos de aceptarlo como ejemplo.

Quiero decir que ya hace mucho que la ecuación progreso=novedad ha dejado de ser válida en términos absolutos; dependerá de qué se entienda por progreso y en qué ámbitos nos movamos; no desde luego en lo artístico e intelectual, dónde sólo puede mantenerse vivo el debate con la memoria y no condenarla al olvido. Que la celebración de la juventud por juventud no pasa de ser una de las tantas trampas que nos tiende nuestra sociedad de consumo, apelando a ese íntimo aguijón que nos hinca la madurez y nos hace envidiar, con tonta nostalgia, aquellas energías. Bien conocida es: fue la estrategia del poder para desactivar, precisamente, la rebelión juvenil que desoncertara al mundo en los prodigiosos sesentitantos del siglo pasado. Si vamos con seriedad a las propuestas creativas de los escritores y artistas más jóvenes, lo que procede es un análisis crítico de las mismas, al margen de que vengan avaladas por la edad de sus autores, en muchos casos sinónimo –lamentablemente- de un adanismo más bien vacío; entusiasta, tal vez, pero de pobre contenido y, a veces, sin atender demasiado a las formas. Los lenguajes, entregados a ciertas convenciones expresivas que, aunque puedan parecer atrevimiento, apenas se piensa un poco en ellas, se les ve sujetas por las riendas del poder; responden a sus dictados, bien ocultos bajo el simulacro de valecualquiercosa. Otros hay, sin duda, y otras propuestas, de mérito notorio; pero, insisto, en modo alguno consecuencia de la juventud de sus autores.

Decir, como dice nuestro escritor, que “ningún joven intelectual de nuestro tiempo” cree ya en el debate de ideas o de la creación como sustento de su trabajo; es más, que lo estime pretencioso y ridículo (sic), no me parece aceptable como referente de lo que debe ser la función (mejor, insisto, responsabilidad) de un intelectual en la hora presente, máxime cuando Vargas Llosa apela, como hace para dejar zanjada la cuestión, a la estirpe para él agotada de los Mann, los Camus, los Sartre… Aparte que no parece de recibo afirmar tal cosa de dichos escritores, que podían ser todo lo discutibles que se quiera pero cuyas propuestas siguen alentando (o deberían) en la conciencia de nuestra sociedad, como tantos otros anteriores en el tiempo; aparte eso, yo no me atrevería a considerarlos mayores ni, mucho menos, superados. Que no sean de actualidad es cosa bien distinta; y habrá que agradecer a todos los dioses de la literatura que no lo sean; pero ¿no son actuales? Si nos hace tanta falta hoy una escritura como la suya, de verdad crítica y resistente y abierta al contraste de ideas y a la medida reflexión “sobre los grandes temas sociales, políticos, culturales y morales” (añadiría que también sobre el lenguaje, que es asunto primordial a los que Vargas Llosa parece no tener por objetivo pertinente del escritor. Pero, si no es ésa su labor, ¿para qué la literatura?

Claro que nuestro autor añade, inmediatamente, que la clave de todo está hoy en ser realistas (para él, toda otra actitud será servidumbre a la ingenua utopía de los años sesenta); da por sentado que ser realistas otorga un plus de razón… Pero, vuelvo a lo mismo, estamos hablando de un compromiso o responsabilidad intelectual, procuramos dilucidar la función del creador, ¿habremos de asumir, como irremediable, que la única razón de la literatura es ser entretenimiento, y partir de esa actitud previa y programada a la hora de escribir? A mí me parece que tal cosa supone una cesión por parte del autor, una flagrante dejación de su responsabilidad, con el presumible propósito de hacer soñar (sic) al lector, de arrancarlo “de la sordidez y mediocridad en que está sumido la mayor parte del tiempo”, lo que el escritor peruano estima “imprescindible para hacer la vida mejor o por lo menos más vivible”. Que puede que ése sea el resultado inmediato, transitorio, durante el tiempo de la lectura; luego, como en el cuento, todo volverá a ser como era. Pero eso no supone sacarlo de sus casillas; más bien, confirmarle el lugar que le corresponde y que no debe abandonar; y el escritor, siempre, por encima, reconocido, en nómina. Vargas Llosa parece insistir en que debemos desengañarnos, que todo aquello de la intervención del intelectual para –desde el debate y la crítica- procurar que las cosas cambien, sean de otra manera y si mejores, mejor, ha acabado para siempre. Lo dice como resignado; pero lo que sucede es que su perspectiva es la de quien se ha acomodado, y ha acomodado –consecuentemente- su escritura al dictado del poder. Y no vengan los resabiados a simplificar con izquierdas y derechas; no vengan, quienes no ven más allá de sus narices, con eso del negocio en que ha dado la literatura.

De todo eso hay, desde luego, pero sólo es una parte del asunto, y quizá la menor. Lo más importante, como dije más arriba, es –sin la menor duda- que el lenguaje le ha sido arrebatado al escritor y no sólo al novelista peruano que nos habla, por esos poderes (todos) que lo secuestran para desactivar su verdadera fuerza subversiva, y no hay que concederle ni tanto así. Me vuelvo entonces y me topo con el rostro aguileño y el rictus duro de Elfriede Jelinek, con su fama de esquiva. Mujer, después de todo, por mucho que se empeñen los teóricos en no hacer cuestión del género. Veo, pues, a Jelinek dispuesta a correr ese riesgo, con todas sus consecuencias, frente a tantos otros de sus colegas masculinos (y algunas mujeres también, por cierto: aunque lo nieguen, se comportan como hombres) que cuidan muy bien todos los extremos del negocio, con tal de no perder, de jugar sobre seguro. Quiero fijarme, sobre todo, en la actitud con que afronta la escritura, esa disposición que la mueve a entrar en el espacio del lenguaje con una intensidad orgánica fuera de toda duda: el lenguaje deja de ser una forma de poder, un instrumento dado, y el escritor (la escritora, en este caso) parte del “diálogo metaliterario con formas y contenidos tradicionales (…) (con) las cenizas de la memoria”. Una manifestación, un verdadero testimonio (éste sí) a través de lo sustantivamente vivo del lenguaje: ese “juego de sonidos, de asociaciones, de similitudes y oposiciones” –tal recuerda Brigitte E. Jirku al referirse a la escritora austríaca.

Otro asunto de cuidado, ese de la memoria que también el poder intenta (por algo será) arrebatarnos, diluyéndola en el algodonoso pasado de los sentimientos. Entrar en la memoria sí que es imprescindible aquí (dejémonos de entretenimientos); y entrar en danza con ella, lo que supone acomodarnos a su cuerpo y compás, a su complejo movimiento, a sus síncopas y contrapuntos, por medio de los cuales se empieza a comprender que éste de la escritura es oficio que no se acomoda a las normas de un discurso bien dispuesto en sus armonías para oprimir sin que lo noten a “unas mayorías sin poder” (¿por qué, si no, viste tanto ahora ese mimo con que se trata a las minorías?). Escribir como irrumpir en la propia lengua, e interrumpir impertinentemente su apacible discurrir. La cosa está en la sintaxis precisamente (que es la verdadera semántica); y por eso es tan decisiva la capacidad irónica de volver la oración por pasiva, de andar siempre por el revés del discurso: un juego que induce “a la búsqueda y a la recreación (…) (a la) construcción de nuevos mundos articulados desde el centro y la periferia del lenguaje”; y por intermedio de dicho ejercicio, descubrirse a uno mismo, al individuo que en todo este esfuerzo trata de cumplir con su responsabilidad política: la relación con los otros en el espacio cívico al que concurren para ser y completarse, precisamente como individuos.

He adelantado que sintaxis. Añado ahora, en consecuencia, que ritmo; pero no compás, ojo; ni melodía que regale el oído. Para que la sintaxis tenga esa consistencia semántica de la que he hablado, no basta con utilizar unas formas ya establecidas, meras fórmulas, sea para la ficción, sea para la poesía; sino dar salida de manera natural a esa energía orgánica que es el lenguaje en su ser: “voz, respiración, y se cambia lo previsible de las coordenadas de nuestro orden”. Por ahí, y avanzando a más, poniendo a prueba a cada paso sus posibilidades expresivas, Elfriede Jelinek concluye de este modo:

Necesito (…) una absoluta incertidumbre para que, por fin, pueda enterarme de adónde me lleva la escritura (…) Y luego, de pronto, lo escrito me toma de la mano (sin jamás echarme una mano, ¡qué canalla!) y me saca a rastras.

Subrayo, y añado –a modo de glosa, tal vez redundante: la experiencia de la literatura, si se entiende como la vida, se abre siempre a lo demás que cómo podremos lograr (nunca es corroboración de lo sabido o pasado o dado por sentado, aunque con fina retórica) y nos advierte de lo carentes que somos. Y así, lo que aguarda al escritor, al individuo que en dicha experiencia quiere reconocerse, no es el triunfo sino un inesperado tirón que lo saca (mejor, que lo hunde más en aquel boscaje) a rastras, a la fuerza y sin la menor contemplación, sin echarle nunca una mano. Una lección para vivir, no un simple y transitorio entretenimiento para soñar. Ya cumplen esta función -¡y de qué manera tan eficaz!- los diversos lenguajes mediáticos. Salvemos la literatura de sus fauces insaciables.

(Del libro Dietario del margen. Ediciones Idea 2010).

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Número 68

El acoso a Peter Handke / Rafael Poch

Revista Malabia número 68

El acoso a Peter Handke / Rafael Poch

El Nobel de literatura se interpone en el camino de los apologistas de la guerra humanitaria de la OTAN.

Los premios Nobel de literatura -no hablemos ya de los de la Paz- siempre fueron asunto polémico y politizado. Hace unos años el galardón literario se le concedió a Patrick Modiano, autor de una sola novela que se repite, una y otra vez, en toda su extensa obra. En 2010 se le concedió a Mario Vargas Llosa, un gran escritor que, curiosamente se ha ido haciendo mediocre (y hasta plagiador, véase el artículo de Enrique Serbeto sobre La fiesta del chivo ) conforme se hacía más reaccionario. En 2016, llegó la broma de considerar un gran literato a Bob Dylan… Políticamente es bastante corriente premiar a los escritores críticos con los gobiernos de países adversarios, lo que hace particularmente notable que autores no disidentes de esos países accedan al título, como fue el caso de Mo Yan en 2012. Considerando todo esto, es doblemente destacado que el Nobel de literatura haya recaído este año en el poeta y dramaturgo austríaco Peter Handke.

No solo tiene Handke méritos más que sobrados para tal premio, sino que desde los años noventa figuraba en el índice de los apestados, circunstancia que había convencido a todo el mundo, y en primer lugar al propio autor, de que nunca sería premiado. El motivo es que Handke criticó, con toda la razón, el informe mediático occidental contra Serbia que preparó las guerras de Bosnia (1992-1995) y Kosovo (1999). Sin aquello nunca habríamos llegado a comprender que las bombas de Javier Solana explicadas por el infame Jamie Shea, eran necesarias y humanitarias, que la agresión de la OTAN violadora del derecho internacional iba destinada a prevenir el genocidio. Por eso, su publicación, en enero de 1999, del texto Gerechtigkeit für Serbien (“Justicia para Serbia”) lleno de buen sentido, fue el escándalo literario del año en el mundo germanoparlante. Algo parecido le sucedió a Régis Debray en Francia, con su Carta de un viajero al Presidente de la República (1999). Ovejas negras que desentonaban en el rebaño. Notas que desafinaban en la disciplinada y gregaria orquesta.

Parecido pero de diferente calidad. Porque los Nouveaux Chiens de garde que sufrió Debray en Francia eran los habituales payasos mediáticos de la derecha parisina, Alain Finkielkraut, André Glucksmann, Bernard-Henri Lévy y similares, mientras que los apologistas de la guerra en Alemania que denigraron a Handke eran gente de mayor categoría, Jürgen Habermas, habitualmente descrito como “el principal filósofo alemán vivo”, Hans Magnus Enzensberger o Peter Schneider. Habermas vio en el ataque de la OTAN a Serbia un “salto en el camino del derecho internacional clásico de los estados hacia el derecho cosmopolita de una sociedad civil mundial”. En ausencia de instituciones responsables de mantener el orden global, la OTAN debía actuar como “instrumento de un derecho superior”.

El texto de Handke se basaba en un viaje que el autor hizo con amigos en noviembre y diciembre de 1995 a través de Serbia. Su propósito era contar la verdad sobre Serbia y el conflicto. “Cuando los criminales de la OTAN bombardean el país, mi lugar está en Serbia”, decía en un contexto dominado por las acusaciones unilaterales y las tergiversaciones mediáticas más groseras. Handke volvió a Yugoslavia en 1999, cuando caían las bombas de la llamada guerra de Kosovo, y publicó sus notas “Unter Tränen fragend” (Preguntando entre lágrimas). Católico practicante, anunció que dejaba la “Iglesia actual” en protesta porque en su mensaje de Pascua, el papa no condenó “el arrollador asalto de la OTAN contra un país pequeño”. Mas tarde visitó a Slobodan Milošević en La Haya y escribió sobre él nuevos textos incorrectos.

Por su comprensión hacia Milosevic, Handke fue comparado con Ezra Pound por sus loas a Mussolini, y con Louis-Ferdinand Céline, ese enorme escritor que fue fan de Hitler, poniendo el signo de igualdad entre actitudes, situaciones y personajes tan diferentes. Como escribió hace unos años el historiador Kurt Gritsch en la revista Hintergrund, “apenas se intentó entender la motivación de Handke, al revés: se cuestionó su credibilidad e integridad”. Es una manera moderada de decirlo.

Lo que hubo fue un linchamiento, algo particularmente asqueroso cuando los pateadores de la víctima hablan alemán, lo que inevitablemente se asocia con perros de presa y un fondo de reflectores y alambre de espino. Se le tachó de “negacionista”, de “tonto útil”, etc., y todo para justificar una enormidad: la primera participación alemana en una guerra desde Hitler. Esa circunstancia no concurría en Francia.

A Habermas en 2001 le dieron el premio de la paz de los libreros alemanes. A Handke se le nominó en 2006 para el premio Heinrich Heine pero el consejo municipal de Düsseldorf protestó recordando la “actitud proserbia del autor” y el entonces presidente de la región de Renania del Norte-Westfalia, Jürgen Rüttgers, declaró indigno de tal premio “a quien ha relativizado el holocausto”.

Este tipo de acusaciones y reproches deshonestos se han mantenido hasta hoy y han resurgido con motivo de la concesión del Nobel de literatura. “Nadie ha convertido en tanta pequeñez las masacres, la guerra y el sufrimiento en los Balcanes tan expresivamente como Peter Handke, para las víctimas, la decisión de Estocolmo tiene un mensaje demoledor”, señalaba hace unos días el Frankfurter Allgemeine Zeitung. “Alemania estaba en guerra con Milosevic por muy buenas razones humanitarias, ¿no honramos ahora a los apologistas del dictador?”, se pregunta en el Tagespiegel el embajador y lobbysta del complejo militar-industrial alemán Wolfgang Ischinger.

Los mismos que en su día contaminaron el informe yugoslavo, sobre el que hoy disponemos de cuadros mucho más completos y realistas, continúan manipulando y tergiversando. Por una vez el Nobel de literatura se les ha atravesado en el camino.

(Publicado en Ctxt)

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Número 68

La mentira de Kosovo en Alemania / Rafael Poch

Revista Malabia número 68

La mentira de Kosovo en Alemania / Rafael Poch

Hace veinte años la opinión pública europea fue intoxicada con una eficacia que antes solo funcionaba en Estados Unidos.

La virtual sucesora de Merkel al frente de la CDU, y quizá más pronto que tarde futura canciller de Alemania, Annegret Kramp-Karrenbauer, se ha estrenado en la política europea con una carta aleccionadora de tono inequívocamente teutón dirigida al Presidente francés, Emmanuel Macron. En ella derriba las ingenuas ilusiones de este acerca de una reforma de la UE de común acuerdo con Alemania. En la futura crónica de la desintegración de la UE esta carta ni siquiera será recordada como prueba de la inexistencia del “eje franco-alemán”, así que no vale la pena detenerse en ella. Sin embargo, contiene un detalle muy significativo del momento en el que vivimos: la nueva líder de la derecha alemana propone “subrayar el papel de la Unión Europea en el mundo en tanto que potencia de paz y seguridad” construyendo… un portaviones europeo común. ¡Qué gran idea! La tenacidad de la derecha alemana y de sus socios socialdemócratas y verdes en la reanudación del militarismo nacional es encomiable.

Desde su creación en 1955 el actual ejército alemán, Bundeswehr, fue concebido como aparato defensivo. En diciembre de 1989 el programa del SPD consagraba como principios de la política exterior y de seguridad de Alemania, la “seguridad común” y el “desarme”. “Nuestra meta es disolver los bloques militares mediante un orden de paz europeo”, decía aquel programa. “El hundimiento del bloque del Este reduce el sentido de las alianzas militares e incrementa el de las alianzas políticas (…) se abre la perspectiva para un fin del estacionamiento de las fuerzas armadas americanas y soviéticas fuera de su territorio en Europa”. Ese programa no se cambió hasta 2007. Para entonces hacía tiempo que había caducado. Exactamente hacía ocho años.

El 24 de marzo se cumplirán veinte del inicio del bombardeo de lo que quedaba de Yugoslavia conocido como “guerra de Kosovo”. Para Alemania aquella participación en una operación ilegal de la OTAN fue la primera operación militar exterior desde Hitler. Desde entonces, “la seguridad de Alemania se defiende en el Hindukush”, como dijo en 2009 el ministro de defensa Peter Struck. También en África y allí donde el acceso alemán/europeo a los recursos y vías comerciales lo exijan, según estableció en su día con toda claridad la canciller (saliente) Angela Merkel.

Aquel estreno en Kosovo empezó con una mentira. Igual que Vietnam, igual que Irak y que tantas otras guerras (recordemos el informe de la agencia Efe de septiembre de 1939, dando cuenta del ataque de Polonia contra Alemania). La primera mentira de Kosovo fue la masacre de Rachak.


Rachak y el policía Hensch

Rachak y Rugovo son dos pueblos del noroeste de Kosovo, al sur de la capital de distrito de Pec. Con la frontera albanesa muy cerca, en 1998 la región era zona de acción de la guerrilla albanesa UCK, sostenida y financiada por la OTAN, la CIA y el servicio secreto británico.

Aquel año la UCK cometió tantos desmanes con civiles serbios, gitanos y albaneses “colaboracionistas” que su jefe local, Ramush Haradinaj, luego primer ministro de Kosovo, hasta llegó a ser juzgado en La Haya por crímenes de guerra por un tribunal que era comparsa de la OTAN. Haradinaj fue absuelto, entre otras cosas porque nueve de los diez testigos que debían declarar contra él fueron eliminados antes de que pudieran hacerlo, unos en “accidentes de tráfico”, otros en “peleas de bar”, otros en atentados. Así hasta nueve. En cualquier caso, a principios de 1999 el ejército yugoslavo respondió con gran fuerza a aquella ofensiva de la UCK teledirigida por la OTAN, con una contraofensiva.

Cerca de Rachak y de Rugova varias decenas de guerrilleros albaneses cayeron en emboscadas ante el ejército. Henning Hensch, un policía alemán retirado con carnet del SPD, estuvo allí. Era uno de los seleccionados por el ministerio de exteriores para engrosar los equipos de observadores de la OSCE en Kosovo. En esa calidad actuó como perito en Rachak y Rugovo. Vio a los guerrilleros muertos con sus armas, carnets y emblemas de la UCK cosidos en sus guerreras. En Rugovo, los yugoslavos juntaron los cadáveres en el pueblo y los observadores de la OSCE hicieron fotos.

“Esas fotos, convenientemente filtradas de todo rastro de armas y emblemas de la UCK, hicieron pasar lo que fue un enfrentamiento militar con grupos armados, por pruebas de una masacre de civiles”, me explicó Hensch en 2012. “Ambos bandos cometían exactamente los mismos crímenes, pero había que poner toda la responsabilidad sólo sobre uno de ellos”, decía el policía jubilado.

El 27 de abril el entonces ministro socialdemócrata de defensa alemán, Rudolf Scharping, presentó en rueda de prensa aquellas fotos en las que se veía los cadáveres de los guerrilleros amontonados en el papel de civiles inocentes masacrados. Al día siguiente, el diario Bild publicaba una de ellas en portada con el titular: “Por esto hacemos la guerra”.

“Este era un país opuesto a la guerra y consiguieron que, por primera vez en más de cincuenta años, se metiera en una”, explicaba por teléfono Hensch, con sumo pesar. “Antes de esa experiencia, nunca imaginé que en mi país pudiera pasar algo así, es decir que el gobierno y la prensa mintieran al unísono y engañaran a la población”.

Para violentar el consenso básico de la sociedad alemana contra el intervencionismo militar, la OTAN, el gobierno de socialdemócratas y verdes (1998-2005) y los medios de comunicación, se tuvieron que emplear a fondo.

El “Media Operation Center” de la OTAN dirigido por el infame Jamie Shea, subordinado al secretario general, Javier Solana (a su vez subordinado al Pentágono), fue una fábrica de mentiras, que los periodistas retransmitían. Shea, un hombre deshonesto, decía que el truco era, “mantener a los periodistas lo más ocupados posible, alimentándoles constantemente con briefings, de tal manera que no tengan tiempo para buscar información por si mismos”. Años después Shea explicó que, “si hubiéramos perdido a la opinión pública alemana, la habríamos perdido en toda Europa”.


Fabricar la versión del conflicto

El relato del conjunto de la guerra en los Balcanes se basó en una fenomenal sarta de mentiras, amnesias y omisiones. La opinión pública europea fue intoxicada con una eficacia que hasta entonces, en Occidente, solo se consideraba posible en Estados Unidos.

Como hoy se conoce perfectamente, antes de la intervención de la OTAN no había en el conflicto de Kosovo la “catástrofe humanitaria” que las potencias se inventaron para intervenir, sino una violencia que en 1998 partió de la UCK y a la que el ejército yugoslavo respondió con la misma violencia, explicaron miembros del equipo de la OSCE como el general alemán retirado Heinz Loquai y la diplomática estadounidense Norma Brown en un documental de la cadena de televisión alemana ARD emitido en 2012 (“Es began mit einer Lüge” – Comenzó con una mentira).

Los medios alemanes ignoraron tres datos fundamentales: 1- la tradicional hostilidad de su país hacia Yugoslavia, que diarios como el Frankfurter Allgemeine Zeitung, y Die Welt, así como el semanario Der Spiegel, consideraban una “creación artificial”. 2- El hecho de que tanto croatas como bosnios musulmanes, liderados en los noventa por dirigentes de la misma calaña que Milosevic, habían sido aliados de la Alemania nazi en la segunda guerra mundial y partícipes, junto con los alemanes, del genocidio de un millón de serbios desencadenado entonces por los nazis. Y 3: la naturaleza ilegal de las acciones militares de la OTAN desde el punto de vista de la ley internacional. El ministro de exteriores verde Josef Fischer comparó a “los serbios” con los nazis y al conflicto de Kosovo con Auschwitz, comparaciones que el General Loquai califica de monstruosas, “especialmente en boca de un alemán”. Algunas de las mentiras concretas y puntuales fueron las siguientes:


El catálogo de Scharping

El ministro de defensa Rudolf Scharping dijo antes de la intervención que los serbios habían matado a 100.000 albaneses en Kosovo. La realidad es que se contabilizaron entre cinco mil y siete mil, entre muertos y desaparecidos, todos los bandos juntos e incluidas las víctimas de bombas de la OTAN.

Scharping suscribió la leyenda americana del “plan herradura” de Milosevic: rodear a la población albanesa y deportarla antes del inicio de los bombardeos. Mencionó la “expulsión de millones” y “400.000 refugiados” albaneses antes del inicio de la operación de la OTAN. La realidad fue que para verano de 1999, a las pocas semanas de la ocupación de Kosovo por la OTAN, 230.000 serbios, montenegrinos, gitanos y albaneses “colaboracionistas” fueron expulsados de Kosovo mientras en la región había 46.000 soldados de la OTAN, es decir uno por cada cuatro expulsados. Una genuina “limpieza étnica” bajo la ocupación militar de la OTAN.

Pueblos que habían sido destruidos después de iniciada la guerra por la OTAN se presentaron como destruidos antes, como incentivo para iniciarla.

Se ocultó que la miseria de los refugiados albaneses y su estampida también era consecuencia de los ataques de la OTAN.

Scharping informó del inexistente “campo de concentración” de Milosevic en el estadio de Pristina con “varios miles de internados”. Diez años después, el ministro dijo que sólo eran “sospechas”.

Se informó falsamente de “cinco dirigentes albaneses” ejecutados y de “veinte profesores” albaneses fusilados antes sus alumnos.

Todo ello se hizo para justificar más de 6000 ataques de la OTAN sin mandato de la ONU cuyo sentido era demostrar que la OTAN tenía razón de ser y aprovechar las violencias -agravadas por la intervención de las potencias- para disolver Yugoslavia, un estado anómalo en el nuevo orden europeo posterior al fin de la guerra fría. Ningún político y medio de comunicación se ha disculpado y la misma constelación actúa, y está bien preparada y engrasada para actuar, en los conflictos del presente y el futuro.


Y sin embargo…

Según una encuesta realizada en febrero para la asociación atlantista Atlantikbrücke, los alemanes siguen rechazando fuertemente las intervenciones militares de su ejército en el extranjero, iniciadas hace 20 años en Yugoslavia: solo el 14% las apoyan, contra un 77% que las rechazan.

(P.S. No es esta la única derrota del complejo político-mediático local. Pese a que desde hace años se les bombardea con la demonización de la Rusia de Putin, a los alemanes Trump les parece mucho menos fiable (82%) que el presidente ruso (56%), e incluso consideran a China como socio menos dudoso (42%) que Estados Unidos (86%), señala la misma encuesta. Esta opinión contradice directamente las últimas resoluciones del Parlamento Europeo a favor de incrementar las sanciones contra Rusia, país al que ya no puede considerarse “socio estratégico”, señala la resolución votada este mes por 402 diputados, contra 163 (y 89 abstenciones). Al mismo tiempo, la Comisión ha declarado a China “rival sistémico” en una resolución que casi coincidió con la votación en el Parlamento Europeo. La UE califica así, simultáneamente, como casi enemigos a China y Rusia. El propósito es aislar a esas potencias, pero teniendo en cuenta el estado de las relaciones con Estados Unidos, así como el proceso de creciente fragmentación de la UE, es legítimo preguntarse quien es el aislado).

(Publicado en Ctxt) 2019

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Número 67

Editorial / Revista Malabia

Revista Malabia número 67
Revista Malabia número 67

Editorial / Revista Malabia

La cultura latinoamericana ha tenido fuerte incidencia en el inicio de Malabia, que la vinculó de inmediato con temáticas y autores de España, sede de la publicación. De estas regiones se destacaron ciudades: Buenos Aires, Montevideo y Barcelona, debido en parte a que la mayoría de nuestros colaboradores vivían y viven en ellas. Pero sobre todo motivados por el potencial creativo, calidades y trayectorias históricas, extendidas más allá de los últimos setenta años.

Establecer canales de intercambio entre estas fuentes, hacerlas convivir con la cultura universal, sumando otros países e idiomas, viene siendo un objetivo primordial en nuestra tarea.

Ante tan diverso abanico, las observaciones de nuestros lectores no han sido menores. Y una de ellas, recurrente a lo largo de los años, la intentamos sintetizar a continuación:

Habiendo publicado abundante literatura uruguaya contemporánea (sea en la revista digital o en dos libros impresos), la sorpresa por la calidad y cantidad de escritoras de aquel país no ha parado de crecer.

Teniendo en cuenta que la revista interactuó directamente con autoras de obra en curso (Cristina Peri Rossi, Circe Maia, Ida Vitale, Selva Casal, Tatiana Oroño, Silvia Guerra, Mariella Nigro, etc.), el público quedó interesado también en sus coetáneas y anteriores ya fallecidas. Vale decir, todas aquellas que generaron un fenómeno todavía pendiente de amplia difusión: la singularidad y alto nivel de las letras uruguayas escritas por mujeres.

En este ámbito es extraordinario el aporte de una serie de poetas dignas de cualquier sociedad avanzada, con un pasado mucho mayor que el de aquel joven y despoblado país.

Figuras precursoras de la talla de María Eugenia Vaz Ferreira, Delmira Agustini y Juana de Ibarbourou, o poetas destacadas de la Generación del 45 como Amanda Berenguer o Idea Vilariño, extienden sus influencias y dialogan con las obras de las antes citadas, hasta llegar a nuevas generaciones que, en tiempos de tanta tecnología divulgativa, todavía desconocen el caudal expresivo de sus antecesoras.

Mucho más difícil resulta el acceso a las autoras aisladas e independientes, quienes se entregaron por completo a sus trabajos, tan personales como esquivos a encasillamientos.

Si algunas de estas creadoras tuvieron recepción internacional (Marosa di Giorgio, Ida Vitale, Peri Rossi…) fue, en primera instancia, por el interés y reconocimiento generados en el exterior, donde sus obras han sido editadas, estudiadas y premiadas en la última década.

Pero dentro de Uruguay otras voces fueron silenciándose injusta y progresivamente. Entre ellas, Selva Márquez, Susana Soca, Sara de Ibáñez o Concepción Silva Bélinzon, universos aún por descubrir para lectores de largo recorrido.

Uno de los casos más significativos ha sido el de Orfila Bardesio.

A diez años de su muerte celebramos la feliz revisión de su obra y persona, impulsadas por la reciente publicación de “Poesía” (1946-2009), reunida en dos volúmenes.

La editorial montevideana Yaugurú realizó una excelente labor, homologable a los cánones del primer mundo, y que sin duda está marcando ya un hito en las librerías uruguayas.

Con la autorización de los autores del prólogo, entrevista y semblanza incluidos en dicha edición, Malabia/67 presenta esos textos acompañados de varios poemas manuscritos, como así los versos a Orfila dedicados por Jules Supervielle en los años inaugurales de la poeta.

Testimonios de Marosa di Giorgio y Álvaro Ojeda, y enlaces a lecturas, audios e imágenes seleccionadas de internet, abren las puertas hacia una de las más valiosas e intemporales poetas uruguayas.

En la línea de varios números anteriores, Malabia dedicará alternativamente nuevas páginas a estas creadoras. Estamos convencidos que un lector exigente, y de cualquier geografía, las integrará en sus vidas con permanente provecho.

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Orfila en el bosque de la creación / Luis Bravo

Revista Malabia número 67

Orfila en el bosque de la creación / Luis Bravo

1. Esta primera compilación de la poesía de Orfila Bardesio (1922-2009) fue elaborada por sus hijos con motivo del décimo aniversario de su fallecimiento. La entrega comienza a partir de su tercer libro publicado, Poema (1946), coincidiendo así con varias miradas críticas que la consideran su primera obra madura. Le anteceden dos libros juveniles que, por tanto, no se incluyen. El primero, Voy (prosas y versos, 1939), gracias al cual la poeta, de apenas 17 años, fue presentada públicamente por el insigne crítico Alberto Zum Felde en el marco de las jornadas de “Arte y cultura popular” (Paraninfo de la Universidad, 1939). El segundo es un cuaderno breve, La muerte de la luna (1942), publicado en Buenos Aires por la prestigiosa colección Cuadernos de Fontefrida, fundada en 1941 por su director el poeta César Fernández Moreno.

Jules Supervielle (1884-1960) recibió Poema con un entusiasmo del que dejó testimonio en un soneto manuscrito que Orfila atesoró y que, años después, reprodujo al inicio de su Antología poética (Banda Oriental, 1994); libro gracias al cual varios jóvenes poetas de los ochenta la “descubrimos”, y algunos ya no dejamos de leerla.

Su co-generacional Idea Vilariño (bajo el seudónimo Ola O. Fabre) reseñó el celebrado libro en la revista Clinamen Nº2 (mayo-junio, 1947). Si bien refiere a presuntas debilidades, lo presenta como un verdadero acontecimiento poético, acertando a señalar: “Una transmutación del que canta en el objeto del canto, se ha realizado en forma total”. Esa consustanciación bien puede proyectarse a la poética que, a lo largo de los años, fue ahondando en el difícil arte de la alquimia entre verbo y espíritu, una cualidad que la distingue de entre sus pares. En tal sentido, es posible establecer cierto parentesco con otra voz inspirada, la de Concepción Silva Bélinzon (1903-1987). A ambas las identificó como “solitarias” Enrique Fierro (“Los poetas del 45”, Capítulo Oriental, Nº32, 1968) en relación a las voces más integradas al núcleo central de esa Generación del 45, Ida Vitale, Amanda Berenguer, Idea Vilariño. Lo que en verdad las reúne es que sus registros son, cada uno a su manera, los más irracionalistas de su entorno. Una disidencia que se pagaba caro en un contexto de desconfianza por aquello que pudiera salirse de marco, o entrar en territorios no abordables por cierto racionalismo estrecho y realista —aunque eficaz y productivo— que abundó en la crítica uruguaya de poesía del medio siglo. El hecho es que, atravesadas por una singular mixtura entre lo místico, lo visionario y lo surreal, las poéticas de estas dos mujeres no fueron asimiladas en su tiempo. Desde la complicidad en esa trinchera insular, Orfila retrató cabalmente a Concepción como nadie lo ha hecho en un poema. En “La adolescente” (Uno, Libro Tercero, 1971) dice:

Sube a estrellas ardientes por una escala de oro.
Mientras las brújulas, los mapas, los dibujos
esperan conducir el eco de sus flautas,
se olvida por la luz en las abejas finas.
Con el pecho encendido por un racimo de planetas,
–de los metales, al fuego,
de la respuesta, a la pregunta,
de la piedra, a las lágrimas, vuela
en un columpio que sostiene
un pez confiando brillos a delgadas alturas.


El primer libro de lo que luego sería la trilogía Uno (1954) lleva como epígrafe el primer cuarteto de “Correspondencias” de Baudelaire, paradigmático soneto de la vía mística del romanticismo que derivaría en el Simbolismo. Al respecto, Domingo Bordoli (Antología de la Poesía Uruguaya, Tomo II, 1966), a pesar de su prejuicio en torno al sesgo surrealista (habla de “chocante ilogismo”), percibió la índole visionaria de esa poética: “Este Uno es para nosotros el Universo. Ante él, el ´yo´ se hace una misma cosa con el mundo. Cada poema de este libro es, por lo tanto, mundo derramado. Todas las cosas pueden corresponderse, de extraña súbita manera (…). Y si la visión de Orfila es simbolista, la ejecución de chocante ilogismo viene sin duda del surrealismo. Si sus temas son de un ´panteísmo erótico´, nosotros creemos ver algo más: una fiebre que viene de la lucidez en lo bello. No transporte o arrebato: sino asombro, infancia, aunque con suculencia hacia lo edénico”.

En similar orientación Wilfredo Penco (“La sensual orfebrería”, Historia de la literatura uruguaya contemporánea, T II, 1997) brinda una síntesis de su estilo: “la vida cotidiana, las cosas más inmediatas del entorno, quedan desplazadas o se transforman porque el objetivo es penetrar en su naturaleza y acceder a otros mundos”.

2. En la calibrada docena de libros que la poeta dio a luz en sesenta años de incesante labor con la palabra, es posible visualizar zonas diferenciales que, siendo complementarias, conforman la coherencia de su arte.

En una primera zona de factura cósmica, atravesada por una asociatividad dinámica entre lo vegetal y lo animal, la poeta busca y encuentra a cada paso la convergencia de todos los elementos. “Como pensaba Rimbaud, la poesía es una alucinación de las cosas eternas, es como abrir una ventana y quedar frente a lo eterno”, afirmó Orfila en la entrevista que mantuvimos en 1995 (“Decir lo desconocido”, incluida a modo de epílogo en Poesía Dos de esta edición). De verso libre, pero de cuidado ritmo, esta fase da lugar a un vuelo de la imagen que, con ángulos metafóricos abiertos, va enhebrando mística romántica, simbolismo, cierta inmersión surreal. Tiradas de versos largos, sin puntos y con tonalidad apasionada, se despliegan a velocidad por la retina del lector, imantándole en el trance. Es una poética de sueño verbal cuyo brillo sensitivo hila un enjambre de significaciones. Según la actitud lectora arrojarán más o menos luz, o sombra, pero de tiempo en tiempo se abrirá una renovada interpretación entre sus líneas.

Es también una palabra fueguina, en movimiento. En “Diálogo con mi poesía” (revista Alfar, Nº89, 1951) ella misma lo plantea así: “En el principio de la Poesía fue el fuego. Pienso que es un Amor Ardiente (…) Las cosas iluminadas quedan escritas en el alma con la fuerza y la intensidad de ese fuego, y empiezan a vivir de él en nosotros, hasta salir al mundo iluminadas por el mismo fuego que las encendió”.

Esta zona de su producción abarca los primeros libros atravesando la década del 40 y las dos primeras entregas de Uno (1954; 1959), incluyendo Juego (1972), que alterna poemas con aliento y factura surrealista, con otros más breves de intensidad lírica, pero de palabra precisa. Los ejemplos a los que remito al lector son los dos últimos poemas de Uno (Libro Segundo), “La muralla” y “El laúd en el bosque”, éste dedicado al Dr. Alfredo Cáceres y a la poeta, también doctora, Esther de Cáceres, de cuya amistad la autora ha dejado agradecido testimonio. Es en la tertulia de los Cáceres, en el edificio Rex de Montevideo, donde Orfila entró en contacto con escritores y figuras determinantes en su formación, Jules Supervielle, Felisberto Hernández, el matrimonio Dieste, Susana Soca, Paco Espínola, entre otros.

Una segunda zona en estilo y temática podría integrar los libros Uno (Libro Tercero, 1971), La flor del llanto (1973) y El ciervo radiante (1984). En este último reúne de manera magistral la exaltación espiritual con la celebración del placer sexual femenino, desplazando así la culpa évica por el goce natural del cuerpo. En tanto mujer creyente en una Iglesia transformada, Orfila pensaba que debería solicitarse a sacerdotes y monjas elegir entre una castidad ofrecida o una vida sexual plena; esto, dijo en la entrevista mencionada, devolvería la felicidad a la unidad sagrada del hombre y la mujer.

Rosa Franco (Origen de lo erótico en la poesía femenina americana, 1960) reconoció que ya en sus primeros libros hay “un erotismo intelectual lindante con lo panteísta”, como una forma de conocimiento que se ejerce mediante “una peregrinación a través de sucesivas metamorfosis”. En efecto, ese pantheos es medular en toda su obra y, si bien alcanza una maduración en esta segunda etapa, ya se encuentra enérgicamente planteado en la potencia de “Mediodía” (de Poema) uno de esos textos en los que goce sensual y espíritu divino engarzan de maravilla. Sirvan de ejemplo tres estrofas espigadas del poema:

Habito en las abejas que liban los secretos
y me dejan la voz llena de miel, de polen, de pistilos,
llena de gotas de rocío y de pequeños astros perfumados.
Ando descalza y silenciosa, abandonada en el mar del asombro,

y con el pelo suelto como las naves, hundo mis dedos
en las alfombras de la selva, les pregunto a los árboles
cómo están, cómo han pasado la noche, qué canción han oído (…)

Dios pasea en mis venas como en voluptuosas
avenidas de un jardín. Sus órdenes perfuman en mi voz,
duermen en mis oídos, golpean en mi pecho,
giran en mi cintura y la muerte no quiere deshojarlas.


Su voz se alza entonces más cristalina, como si fluyera del manantial de la Naturaleza en su incesante actividad creadora. El epígrafe de Rubén Darío en La flor del llanto bien lo ilustra: “De desnuda que está brilla la estrella;/ el agua dice el alma de la fuente/ en la voz de cristal que fluye d’ella”. El tono, vital y dinámico se abre allí a otros elementos; mientras, el fuego antes protagónico se concentra en imágenes de particular cuño profético. Así el ciervo, símbolo de Cristo (“como el ciervo huiste habiéndome herido”, dice San Juan) es quien con sus sigilosas patas de bronce llega donde está el secreto y, con la luz de fuego de sus ojos, quema el error cuando lo mira. Lo que sí aparece irradiando es un amoroso tejido que reúne a todos los seres, los elementos y las cosas que habitan el mundo. Esto lo expone en una sabia técnica de efecto contrario, en el texto XX del mismo libro:

Un saludable viento agita las hojas verdes
que se estremecen alegremente
y delicadas abejas afinan el aire…
Solamente en el odio
las cosas permanecen inmóviles.


Sin embargo, La flor del llanto, que ilustra esta vía de enunciación más reposada en lo formal, aunque publicado en 1973 habría sido escrito en la década del 50. Susana Soca llegó a leerlo y a decirle que ella era una “poeta mística”, ante lo cual Orfila se dijo a sí misma: “está completamente loca, a mí me encanta la sensualidad de las cosas, qué voy a ser una mística. Después aprendí —afirma en la entrevista citada— la sensualidad fabulosa de ´El cantar de los cantares´, incluso de Sor Juana Inés de la Cruz”.

Aunque siempre agudamente sensitiva, esta segunda fase es más reflexiva; cultiva una palabra más precisa en poemas más breves, en pleno dominio de la llameante espiritualidad de su sello personal. Su pensamiento concentra la intensidad de lo espiritual y lo religioso en ceñidas imágenes psico-cósmicas, como la del poema final (XL), de La flor del llanto:

Blanco es el color
de la Penitencia y sus espumas
como la corona
de una jornada de olas.


Ella sabe por oficio de orfebre —y por haberse sentido más de una vez arrastrada más allá de sí misma a través de las palabras— que la poesía es experiencia de tensión entre el arrebato inspirado y el cultivo de la precisión. Por eso ha dicho: “nadie puede avanzar en poesía si no sabe mucho, si no tiene la experiencia. Por más inspiración, sin el trabajo de orfebrería la poesía no existe, necesita de un artista, evidentemente. Pero cuando se agota ese camino y te quedás como manso en silencio, como esperando, entonces es como si eso que no sabés viniera a vos y comenzás, y decís las cosas desconocidas”. Esta es, me parece, una certera descripción de la experiencia visionaria en materia poética. Sobre cómo opera la síntesis alquímica de la naturaleza de las cosas en la naturaleza de las palabras en el poema “El Equilibrio” se dice:

Cada vez que el silencio
desciende su escalera de pausas
hacia raíces oscuras
las palabras coronan
gloriosamente los tallos.


3. Una tercera zona estaría dada por Canción (1970), Dieciséis Odas y una Canción (2005) y La Canción de la Tierra (2009). El primero es un solo poema escrito en 1956, que conforma un libro breve dedicado a sus hijos. Estos, por entonces aún niños, son personajes del poema y se relacionan con ese mar como si éste fuera un juguete con el que experimentar la consistencia del mundo:

Mi hijo tal vez juegue contigo
como con un trompo de madera,
mi hijita
tal vez te estruje
con sus pequeños dientes nuevos,
tal vez estrene contigo
sus incisivos recientes.


Se impone lo concreto, el lenguaje directo y la cotidianeidad doméstica gira en torno al elemento cantado que es, a la vez, el canoro mar. Siendo éste omnipresente para los habitantes de Montevideo, la canción finaliza invitando al siempre activo mar a descansar, ya que en virtud de ese acostumbramiento no precisa representar papel protagónico alguno:

Están las estrellas, Mar.
Descansa un poco en Montevideo.
Oculto en mis costumbres
no eres importante.


Las Dieciséis Odas son una joya que, escrita en los primeros años 90, brillará finalmente a veintiún años de distancia de su último libro original. Hay que agradecerle el valioso rescate de las mismas al poeta Héctor Rosales, quien las preparó y prologó para una edición en Lisboa que, finalmente, ocurrió en México (2005) en formato digital. Rosales —quien en yunta con el humanísimo Rolando Faget (1941-2009) fue desde los años ochenta un devoto difusor de la obra de Orfila— había publicado anteriormente la plaquette antológica La mano desnuda (Barcelona, 1996). En su prólogo a las Odas (“La larga oración de Orfila”, 2005) dice: “el bagaje temático condensa sus múltiples reflexiones religiosas al lado de las inquietudes actuales del ser humano de cualquier tiempo y lugar. La figura de Jesús y la simbología cristiana, que ha estado presente en no pocas páginas de la producción bardesiana, se retoma en las odas con una tensión asombrosa (…) en una progresión que va aumentando en intensidad hasta desembocar en la formidable ´Oda Duodécima´, donde al final se nombra a ese ´Dios desconocido´”.

Con el libro La Canción de la Tierra (2009), publicado casi en simultáneo en lengua catalana (Barcelona) y en español (Montevideo), estamos ante una despedida que, siendo personal, apunta más a un legado dirigido a la humanidad en su conjunto. El mensaje es claro y trata de cómo la actual civilización debiera reconocer con urgencia que la naturaleza toda del planeta Tierra es la casa común que habitamos. Considera que sólo habrá futuro si hay reconciliación entre los seres humanos entre sí, y para con su casa compartida. El cometido es dar lugar a otro mundo pero en éste, en el que hoy la prodigiosa naturaleza se precipita velozmente al límite del equilibrio ecológico.

No era nuevo este compromiso de la escritora en responsabilidades individuales y colectivas. En el prólogo al ensayo de interpretación del Apocalipsis de San Juan, La luz del ojo en el follaje (1989), la poeta advertía: “Nuestro tiempo, a diferencia de los anteriores, conoce una nueva opción de poder: destruir o no destruir el mundo (…) desde entonces, el carácter de nuestra acción es de tal envergadura que la salud humana es prioritaria (…) nunca fue más necesario el desarrollo de los valores de convivencia, su ejercicio y su conocimiento cabal; valores que estén por encima de conveniencias que los posterguen”.

Luego de analizar el viraje producido en nuestra civilización por una confianza ciega en la ciencia y en su razón práctica, concluye: “se ha producido un lamentable menosprecio en nuestra cultura hacia el cosmos de fuerzas que exceden a la Ciencia, cuando, precisamente allí esté tal vez, en silencio, el gran descubrimiento que necesita de nuestra humildad de la razón, para manifestar su existencia (…) nunca se despeñaron los tiempos con más urgencia hacia las soluciones desprestigiadas por la pujanza lógica, porque nunca fue la luz de la Ciencia tan oscura (desde que perfecciona la destrucción) ni tan clara la oscuridad desconocida del corazón humano (…) tuvo que descender la Sombra, para que la Inteligencia reconociera al Sentimiento como hermano en la salvaguardia de la vida”.

Los 91 poemas breves y la canción final recogen en parte aquella visión y la amplían en clave lírica, en tanto síntesis de lenguajes. En su saludar amoroso a toda una heredad de nietos y nietas Orfila sabe que la humanidad toda aún es niña. Asoma allí una piedad en la que hay menos para juzgar y más para compartir, dando así paso a la voz misma de la Tierra. De sencilla composición versal, con un animismo consustancial a la inocencia infantil, estos poemas conmueven. Con sus 87 años la poeta adopta un tono de piedad por lo que se muere, mientras advierte sobre lo que se deja morir o se mata; no le ocupa el propio morirse, que es asunto natural, sino el de la naturaleza que nos habita y que, en lugar de habitarla armoniosamente, con violencia desalojamos.

En especial en este su libro de despedida, Orfila es la mujer— la madre y la abuela— quien con pulso lento pero actitud serena y firme, entona unos cantos terrenales donde tañe lo primordial. De accesible registro y comprensión, nada obvio hay sin embargo en el elaborado arte que los sostiene. Con la fe lúcida que la distingue, su voz canta por y con la Tierra, junto a sus habitantes todos: árboles, mares, pájaros rojos, niños y astros que miramos y nos miran hoy con desconcierto. Con pluma sin adornos abre un rastro de reflexiones cuestionadoras en la “baldía tierra” en la que esta civilización se ha empantanado.

En “Ritmo” se asiste a la transmutación de su propia poesía, transita desde una primera cualidad visionaria en la que la palabra desciende hermética incluso para la propia poeta, hasta esa otra lírica en la que el canto se abre a la común comprensión:

Siempre digo una cosa
que no comprendo
hasta que el Dueño
de las palabras
quiere revelarlo.
—Conozco a mis palabras
por la ignorancia
de lo que expreso—.
Cuando se levantan del lecho
con significado pleno,
ya no son mías
sino de todos.


En los dos últimos versos del poema “Un puñado de confianza”, tras la enumeración de lo perecedero que inunda la vida material — hay un eco manriqueano— se hace tangible el único vínculo posible entre la vanidad de las criaturas humanas y la infinita gracia de Dios: “Porque lo amamos/ nos reconocerá”.

En tiempos de fundamentalismos retro y de new age mercantilizadas, no es habitual reunir materiales del pensamiento cristiano con tropos de sorprendente factura, ni es común entablar la relación con lo divino desde interrogantes eto-ecológicas, a sana distancia de fáciles consejitos y previsibles dogmas. Ese mérito es poético y es también religioso en el sentido de lo sagrado, pues logra decirse religando un camino abierto de creencia en la cualidad amorosa. El poema “La canción de la Tierra” está dedicado a San Francisco de Asís, pero el libro en su conjunto participa de una poética en que las “florecillas franciscanas” anuncian la sonoridad de la inocencia en el lenguaje de la naturaleza: “el nomeolvides/ suena más fuerte en la llanura/ que campanas de bronce”

Es que el diálogo de la poesía es primero y antes consigo misma, de ahí que la poeta no se excluya a la hora de señalar el yerro de la condición humana, condición siempre a riesgo de ser desdibujada, ya en lo alienante, ya en la banalidad: “Con superficies, cubrimos / preguntas profundas, /con ellas frotamos la entrada / a dimensiones desconocidas” (“Velos”).

La conciencia del desmadre de los códigos naturales que la civilización actual ha traído hasta aquí —ahora a límites siniestros— comparece en La Canción de la Tierra, que, siendo una elegía, se va convirtiendo en oración; es también un diagnóstico que se va armando de fe y es un llanto que, sin embargo, no entrega en su dolor el temple de la esperanza.

4. La obra de Orfila Bardesio todavía no ha sido suficientemente leída ni abordada críticamente en la dimensión que merece y exige. Tras la relectura de todos sus libros resulta evidente lo mucho que aún queda por descubrir e investigar de ese universo que, con renovado asombro, apenas he podido aquilatar en esta introducción. Si cada poeta tiene su tiempo de crear, cada obra artística tiene su tiempo de llegada a destino. A ese tiempo apunta esta compilación de Poesía en dos volúmenes que desde ya propicia un más pleno conocimiento de su producción. Con esa fe presentamos aquí la poesía de Orfila, una de las más singulares voces de mujeres que, para ayudarnos a ver y oír y a gozar más hondo en el infinito bosque de la creación, entre nosotros se han encendido.

Luis Bravo, “Casa Soles” (Ciudad de la Costa, Uruguay), 9 de julio, 2019.

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Prólogo a Poesía (1946-2009) de Orfila Bardesio, Editorial Yaugurú, Montevideo, 2019.
Texto revisado y autorizado por el autor para Malabia / 67.

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Número 67

Pour Orfila / Jules Supervielle

Revista Malabia número 67

Pour Orfila / Jules Supervielle

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Acerca de antología poética / Marosa di Giorgio

Revista Malabia número 67

Acerca de antología poética / Marosa di Giorgio

Tomando como base varios fragmentos del poema “Han matado un cordero”, presente en la antología de Orfila Bardesio publicada por Ediciones de la Banda Oriental (Montevideo, 1994), la poeta uruguaya Marosa di Giorgio escribió en una reseña del libro y su autora:

Se trata de un gran cuerpo celeste, místico, adolescente, eterno, tachonado por cúmulos titilantes. La eterna ninfa mira acontecer la Gracia, la desgracia, oye y ve al Señor y a los Señores. Es fugitiva, pasajera, alada, va desnuda, espera tras de las puertas, por la venta, sin oropeles, los vestidos huyeron tal “glicinas, copas de vino”.
Es magnolia, ensueño, ciervo con astas de diamante, de dulce roble. Cordero sacrificial. Y cordero que encontró la grama que asusta, el aviso de los más altos pájaros. Cristiana y panteísta, Orfila, cantante, bailarina, en la diáfana y entre-cerrada escritura.
Y todos atentos al paso sagrado de su voz.

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Revista Posdata (Montevideo, julio 1996).

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La mano desnuda / Héctor Rosales

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La mano desnuda, por Orfila Bardesio

La mano desnuda / Héctor Rosales

A mediados de los noventa puse en marcha una serie de plaquetas bajo el título “Las hojas del diluvio”. La idea central fue distribuir entre creadores, críticos, suplementos y revistas literarias de España una selección de poetas contemporáneos en lengua castellana, en su mayoría poco difundidos o desconocidos aquí.

Partiendo de aquellas páginas, algunas personas y publicaciones difundieron textos/autores mediante sus propios canales, ampliando muy considerablemente la llegada a lectores en general.

En números monográficos, artesanales, con tiraje limitado y no venal, la serie despertó especial atención en varias poetas que, a los pocos años, cobrarían una dimensión internacional. El caso más notorio fue el de Marosa di Giorgio. Dada la singularidad de sus obras, también se destacó el dedicado a su amiga y compatriota, Orfila Bardesio.

Con formato pdf ofrecemos en Malabia una versión facsimilar de aquel número de enero 1996: “La mano desnuda”.

Tomando como fuente su antología poética, preparada por Orfila para Ediciones de la Banda Oriental (Montevideo, 1994), realicé una segunda selección de poemas, que ahora se podrá leer tal como aparecieron en las hojas mencionadas.

El enlace a ese archivo es el siguiente:
https://revistamalabia.com/wp-content/uploads/2019/10/lamanodesnuda_orfilabardesio.pdf

Héctor Rosales

Barcelona, octubre 2019

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Cuatro poemas manuscritos / Orfila Bardesio

Revista Malabia número 67

Cuatro poemas manuscritos / Orfila Bardesio

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Orfila en internet / Varios autores

Revista Malabia número 67

Orfila en internet / Varios autores

ENTREVISTAS EN RADIO SOBRE LA PUBLICACIÓN:

– SODRE (Radio Nacional de Uruguay), programa “La máquina de pensar” / 22/08/2019 – Pablo Silva Olazábal conversa con Sabela de Tezanos y Luis Bravo.
Poesía de Orfila Bardesio con Luis Bravo y Sabela de Tezanos – YouTube
30/08/2019 – Pablo Silva Olazábal conversa con Héctor Rosales.

Charla con Hector Rosales: Poesía de Orfila Bardesio – YouTube

– Radio SARANDÍ (Uruguay), programa “Sábado Sarandí” / 23/08/2019 – Jaime Clara conversa con José Fernández Bardesio y Luis Bravo.
https://radiouruguay.uy/orfila-bardesio-poesia-reunida/


– SODRE (Radio Nacional de Uruguay), programa “El Tungue Lé” / 2/09/2019 – Nelson Caula conversa con Luis Bravo.
http://radiouruguay.uy/al-rescate-de-orfilia-bardesio/

ORFILA LEE:

“Sueño” / Orfila Bardesio lee su poema «Sueño» – YouTube
“Canción” / Orfila Bardesio -» Canción» – YouTube
“El viaje” / «El Viaje» de Orfila Bardesio leído por su autora – YouTube

BIBLIOGRAFÍA DIVERSA:

Bibliografía de Orfila Bardesio

Revista “Lo que vendrá”, nº 8/9. Año III, segunda época / junio-setiembre 2013 (Montevideo)
https://issuu.com/loquevendra/docs/loquevendranumero8y9

Dieciséis odas y una canción, Orfila Bardesio

“Dieciséis odas y una canción”. Prólogo y edición de Héctor Rosales.
Palabra Virtual (México, 2005).
https://palabravirtual.com/pdf/odas_bardesio.pdf

Dieciséis odas y una canción, Orfila Bardesio

Orfila Bardesio en Alemania.
Revista Malabia / 62
http://www.revistamalabia.com/index.php/archivo/77-2016-09-20-18-57-05/204-orfila-bardesio-en-alemania.html

“CARTA” Y OTROS POEMAS” HOMENAJE A ORFILA BARDESIO
en la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca. 24/Junio/2016.
http://www.crearensalamanca.com/carta-y-otros-poemas-homenaje-a-orfila-bardesio-en-la-facultad-de-filologia-de-la-universidad-de-salamanca/

Biblioteca de autores uruguayos

BIBLIOTECA DIGITAL DE AUTORES URUGUAYOS
Universidad de la República – Uruguay
Orfila Bardesio / Poesía, ensayos, manuscritos y fotos.
http://anaforas.fic.edu.uy/jspui/handle/123456789/41638