En 2017 celebramos el primer centenario del nacimiento de Violeta Parra. Fue recordada en diferentes lugares y momentos, y este texto se suma, argumentando varias razones.
Primero, porque fue una artista-artista, una enorme creadora en una amplia gama de actividades. Nosotros la conocemos más por la música, pero incluso dentro de la música debemos incluir, por una parte, sus letras (ahora que hasta los Nobel han reconocido, aunque tarde, el potencial valor literario de tantas canciones), y su formidable trabajo de musicología, investigando y recopilando mucha música folklórica durante años por todo su fino y largo país. Pero es que Violeta Parra fue también pintora, ceramista, bordadora, y escultora. Toda ella era Arte, era Creatividad, y lo era de forma natural, sin haber completado más que sus estudios primarios, y apenas haber iniciado los que la hubieran hecho maestra.
Segundo, porque al menos en su faceta de música (y poeta, como su también famoso hermano Nicanor, fallecido a sus 103 años mientras pulíamos esta nota), su figura tiene, para quien esto escribe, tanto peso, tanta proyección, ha sido tan influyente, como la de su hermano trasandino, Atahualpa Yupanqui. Tras ellos, debajo, a sus costados, todos los demás.
Tercero, porque hay que reivindicar su faceta de cantora. El gran público ha conocido y gustado de muchas de sus canciones, sobre todo las más famosas, cantadas por otras voces. Sin embargo, su canto, como su guitarra, han sido tan distintos, tan originales, tan sinceros, tan geniales, que -aunque sin duda nos pueden gustar también otras versiones de sus canciones- nos baste y nos llene perfectamente su propia voz.
En otras palabras, el centenario de su nacimiento nos cuadra perfectamente, como ocasión culturalmente aceptada, para repasar brevemente su vida. Pero teniendo en cuenta que por merecimientos todo esto podríamos haberlo escrito en cualquier otro momento, como tanta gente ya lo hizo.
Violeta Parra nació en 1917 en un pueblito del sur de Chile (hay dudas sobre cuál), pero pasó la mayor parte de su infancia en la ciudad de Chillán. Su padre era profesor de música en primaria, y su madre campesina. Seguramente por la influencia paterna y por la gran tradición regional del canto más popular, Violeta y sus hermanos tenían gran predisposición a cantar, bailar y entretener, incluso organizando espectáculos para los niños del barrio.
Violeta empezó a tocar una guitarra con 9 años, y a componer con 12. Ya se mostraba sumamente inquieta. El padre enfermó y falleció en 1931, por lo cual Violeta comenzó a ayudar a su madre a coser, trabajando también en el campo, para contribuir a los pocos ingresos del hogar. Violeta fue a la escuela y empezó la Normal, pero sólo fue un año. Con 15 de edad la llama su hermano mayor, Nicanor, para que viniera a acompañarlo a Santiago. En la capital retoma sus estudios normales, pero por poco tiempo.
Casi en seguida empieza a cantar en bares del barrio, y cuando el resto de su familia se les une en la capital tres años más tarde, en 1935, forma primero un dúo con su hermana Hilda, para luego crear un cuarteto, los “Hermanos Parra”.
Tenía poco más de 20 años cuando conoce a Luis Cereceda, con quien se casa un año después. Al tiempo nacen sus primeros hijos, Isabel y Angel, que también tendrían una extensa carrera artística como cantores, adoptando el apellido de su madre. Una natural inquietud lleva a Violeta a andar siempre activa, dando vueltas, cantando, componiendo,…y ese primer matrimonio dura diez años. A pesar de esa brevedad, un elemento que se revelará de gran importancia en la vida posterior de Violeta es que Pepe era ferroviario, y comunista. Por él empezará a aparecer la Violeta comprometida con los humildes (su propia clase social), la Violeta que se manifestaba, y que poco después comenzaría a componer algunas canciones políticas. Pero la suya era una ideología, digamos, popular. Sólo está fugazmente en el partido Comunista, por 1946.
De nuevo yo solicito perdón por irme alejando Lo que les iba explicando se me refala solito. El pensamiento infinito traicióname a cada instante, no puede ni el más flamante pasar en indiferencia si brilla en nuestra consciencia amor por los semejantes.(1)
Casi sin solución de continuidad nace Carmen Luisa, coincidiendo con su segundo matrimonio, en 1949; poco después, en 1952, nace su tercera hija, Rosita Clara, que sólo vivirá dos años.
Nicanor será el responsable de otra faceta crucial en la carrera de su hermana Violeta, cuando le da la idea de salir a recopilar canciones por los pueblos de su país. Violeta no se podía estar quieta un minuto, así que agarró su guitarra y a sus tres hijos y con 36 años se pone a recorrer el país. Por un lado, cantando y actuando en teatros, circos, bares, tugurios, donde encontraran. Isabel y Angel, a veces sin mucha conciencia por su corta edad, ya la acompañan en escena. Y grabadora en mano se va a los pueblos más perdidos, donde nada más llegar, pregunta “¿Quién se sabe canciones viejas por aquí?”. Comienza así un formidable trabajo de recopilación, que se extenderá hasta 1959, y que luego será de reelaboración, pues muchas de esas canciones terminarán siendo reinterpretadas por Violeta en sus espectáculos, y muy pronto, en sus discos. De hecho, sus primeras grabaciones las hizo con su hermana Hilda, en varios discos simples (de 78 rpm), a comienzos de los años 50. Fue en esas andanzas que conoció a dos de los poetas esenciales de su país, Pablo Neruda y Pablo de Rokha.
Neruda que, unos años más tarde escribiría:
…Entró Violeta Parrón Violeteando la guitarra Guitarreando el guitarrón entró la Violeta Parra…
En el mismo ventarrón consigue un programa en Radio Nacional de Chile, que se llamará “Canta con Violeta Parra”. Primero sobre todo sus actuaciones circenses, y luego este programa radial la harán ya muy conocida en todo el país. Es de destacar que ese contacto con las propias raíces de la canción tradicional de su país le cambia y al mismo tiempo le enriquece el repertorio, que antes de ello se componía de boleros, rancheras, canciones españolas, y similares. A partir de ese contacto con la historia musical de su propia gente, la hará suya y la volcará luego en su repertorio y en sus propias composiciones. Puede afirmarse también que todo aquel contacto con el cancionero tradicional le enseña, además, a componer.
Un primer reconocimiento en su país, de los escasos que recibió en vida, fue el Premio Caupolicán a la folklorista del año, en 1954.
Como consecuencia de aquel premio, recibe una invitación para asistir al Festival de la Juventud, que se realizaba aquel año en Polonia. Estos “Festivales de la Juventud” eran encuentros internacionales de las organizaciones juveniles comunistas de todo el mundo. A Europa marcha Violeta con sus tres hijos, y después de Varsovia, decide radicarse en París, por primera vez; se queda dos años. Estadía fructífera, pues allí realiza sus primeras grabaciones personales, plasmadas en dos EP bajo el título “Guitare et Chant: Chants et Rhythmes du Chili”; otras canciones grabadas también en 1956 en París serán editadas posteriormente, y todas en una reedición de 1975 que salió con el título “Presente/Ausente”.
Poco después de esas grabaciones Violeta y sus hijos regresan a Chile. Me imagino que casi sin respirar, Violeta se mete nuevamente en los estudios de grabación, para realizar el que será su primer LD grabado en su país: “Canto y Guitarra. El Folklore de Chile, Vol. 1”. Contaba sobre todo, al igual que lo que había grabado en París, con canciones tradicionales, más algunas composiciones propias, entre ellas una dedicada a Gabriela Mistral, que había fallecido poco antes. Violeta llegará a grabar cuatro volúmenes de esa serie, más el octavo, que será una antología. (2)
El mismo año de su regreso se va a Concepción, en cuya universidad inaugura su nueva creación, un Museo Nacional de Arte Folklórico. Luego, vuelve a recorrer el país cantando y dando conferencias sobre el folklore de su país. Es a partir del regreso de su primera estadía en Francia que comienza a pintar y a hacer tapices. Una enfermedad que la deja en cama durante varios meses en 1960 le da la ocasión de comenzar también con los trabajos en arpillera. Por esos años aterriza en Santiago un músico y antropólogo suizo, Gilbert Favre, con quien se enamoran rápidamente. Gilbert permanecerá a su lado por varios años, pero su separación constituirá una de las losas que Violeta no soportaría llevar hacia mediados de la década.
En 1961 viaja a la Pampa, y de allí a Buenos Aires: un año completo en Argentina, donde grabaría un LD que no llegaría a ser publicado en el momento, o si fue publicado (al menos se sabe, o parece que se sabe, que llegó a ser fabricado) tuvo una difusión mínima. Sería reeditado a comienzos de los 70, sobre la ola de interés que generó el disco que le dedicó a Violeta, Mercedes Sosa.
En 1962, es el turno de sus hijos Isabel y Angel de ser invitados a un Festival Mundial de la Juventud, esta vez en Finlandia. Así que marchan todos para Europa, incluído Gilbert Favre. Después del Festival, Violeta vuelve a radicarse en París, con una temporada en Ginebra junto a Favre, que sería, según dicen quienes vivieron el momento, el gran amor de su vida.
En esos años pasan muchas cosas en la vida de Violeta Parra. En 1963 el gobierno de Franco ajusticia al comunista Julián Grimau, lo que genera en la chilena una de sus más fuertes canciones políticas: Qué dirá el Santo Padre. (3)
Lanza al mundo del disco y del espectáculo a sus hijos Angel e Isabel, bajo el nombre de “Los Parra de Chile”. Graba algunas canciones, de las que no tengo registro editado en Francia (habrá) pero que aparecen en un álbum publicado en Chile, con el título de “Recordando a Chile (Una chilena en París)”. Y aparece, por instigación de una amiga hispano-francesa, un libro con una selección de los textos de las canciones populares que Violeta había recopilado. Ese libro fue publicado por la venerable editorial François Maspéro (hoy diluida parcialmente en una multinacional), se llamó Poésiepopulaire des Andes, apareció en 1965 y se encuentra en librerías en línea, de segunda mano, amás de mil euros.
Pero tal vez lo más importante, lo que más se destaca de esa segunda estadía en París, es la exposición que hace en abril de 1964 en el Museo de Artes Decorativas del Louvre. Presenta allí 22 arpilleras, 26 óleos y 13 esculturas de alambre; era la primera exposición de una artista latinoamericana en el Louvre.
En 1965 regresa a Chile. Como siempre, con hormigas en el cuerpo, inmediatamente se pone a la obra para montar una carpa donde dar clases, exponer y por la noche, cantar con sus hijos y nieta. Encuentra una ubicación que le satisface en el barrio de La Reina, de ahí el nombre de “La Carpa de La Reina”. El proyecto fue un fracaso. Al mismo tiempo, Gilbert Favre viaja a Bolivia, encuentra allí músicos para tocar, y una mujer con la que casarse (de lo que Violeta se entera cuando viaja a Bolivia buscándolo, en 1966).
Violeta regresa a Santiago herida en lo más íntimo, y sin muchas esperanzas con “La Carpa”. En esa época aparece por ahí, porque hay trabajo para remendar la carpa, un uruguayo: Alberto Zapicán. Este había sido cañero, y como tal se había manifestado y probablemente participado en actividades del incipiente MLN; estuvo preso entre 1963 y 1965, y al salir se fue para Chile. Allí se quedó 30 años, aunque en 1968 tuvo la oportunidad de grabar un álbum con Washington Carrasco, “El grito salvaje de Alberto Zapicán”. Zapicán vive desde hace diez años en algún lugar de la costa uruguaya; tiene ahora 90 años. Lo que nos interesa aquí es que Zapicán se pone un buen día a tocar el bombo, interesando a Violeta de tal manera que empiezan a tocar y cantar juntos en “La Carpa” y en el que sería el último álbum de la Viola, “Últimas composiciones”. Un título con doble sentido, sólo que en el momento en que se graba y se publica sólo se conocía el primero, o sea, que eran las más recientes canciones de Violeta.
Una de ellas, al menos, hecha en recuerdo de Gilbert Favre: “Maldigo del alto cielo”, donde se vuelcan frases terribles: “…maldigo el vocablo amor / con toda su porquería / cuánto será mi dolor…”.
Mientras, la inagotable Violeta trata de sacar adelante un nuevo proyecto: un documental sobre las regiones chilenas. Pero en ese momento, su país decididamente le daba la espalda. Favre, en Bolivia y casado. La Carpa, sin público. El documental, sin patrocinadores. Era demasiado. El domingo 5 de febrero de 1967, Violeta Parra se pega un tiro.
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Hoy en día, Violeta es una institución en Chile, y debería serlo en América Latina, por no decir en el mundo entero.
En 1991 se creó la Fundación Violeta Parra, para rescatar, organizar, proteger y difundir la obra múltiple de Violeta Parra. Fue presidida originalmente por su hija Isabel, que actualmente es vicepresidenta.
En 2011, el chileno Andrés Wood le dedicó su octavo largometraje: “Violeta se fue a los cielos”, basada en el libro homónimo de Angel Parra. Con el material rodado para el largo, se realizó también una serie para televisión, de tres capítulos. Violeta fue interpretada (incluso en canto y toque) por la actriz Francisca Gavilán.
En 2015 abrió en Santiago el Museo Violeta Parra, lugar de exhibición, estudio y difusión de la obra de Violeta Parra: museovioletaparra.cl. Entre sus publicaciones, está disponible en descarga gratuita el catálogo del museo, una verdadera maravilla.
Fuentes
Patricio Manns: Violeta Parra (Ediciones Júcar, Colección Los Juglares, Madrid,1977). Personalísima visión de quien fue uno de sus “pichones”, de los más importantes cantautores de lo que se conoció como “Nueva Canción Chilena”.
Violeta Parra: Décimas. Autobiografía en versos. (Editorial Pomaire, Barcelona, 1976). Además de escuchando sus discos, leer esta belleza es el mejor medio para conocerla en sus primeros años.
Innumerables documentales, artículos, discos.
El libro seguramente fundamental sobre Violeta Parra, y que el autor de este artículo no ha podido encontrar a tiempo, es Isabel Parra: El libro mayor de Violeta Parra. (EdicionesMichay, Colección Libros del Miridión, Madrid, 1985). Se realizó una versión ampliada, publicada por Cuarto Propio, Santiago de Chile, 2011 (ambas agotadas y descatalogadas).
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(1) Los tiempos se van volando, en Décimas, p. 51 (ver bibliografía).
(2) Los demás volúmenes son dedicados por la discográfica Odeón a otros artistas.
(3) Canción a la que tengo particular estima, pues cuando hice la producción del álbum de Dino y Montevideo Blues, en 1972, les propuse que la versionaran y grabaran, y así lo hicieron; apareció entonces en un disco simple, pero luego fue recuperada en la reedición en CD del sello estadounidense Lion, en 2007.
Queda allí su vestigio,
como el hoyo en la arena donde un niño
quiso apresar el mar.
Por las junturas
de la piedra labrada
la sal rezuma aún,
adarce fósil, brillo
de otro tiempo para el ojo que guarda
la sed en su mirada,
para el hombre que mide como un crío
el tamaño del mar.
(Mareta)
Veo mi mano en la mano de este niño
en el coche que arrastra por el muro
sobre una carretera imaginaria
tendida de mis años a sus años.
Siento vibrar las ruedas en el roce
de las losas mil veces recorridas,
las grietas, los perfiles familiares,
los viejos caminitos de cemento
trazados en un juego que aún no acaba.
Mi cara es hoy la cara de este niño
sumido en su destiempo,
embarcado en un viaje
cuyo brillo me alcanza:
en el mismo poyo del mismo patio
dos ávidas infancias superpuestas
sobre la eterna infancia de la piedra.
Cesaba el vendaval
y aún caían los frutos de mi padre,
caían de su sangre magullada,
de sus manos venidas a mis manos,
llamándome a palpar por él,
a adentrarme en el daño,
a medirme en la criba de los vientos.
En sus ojos hincados
vi de cerca la sombra aniquilada
y, cada vez, erguido ante el estrago,
vi su pulso creyente
afirmarse en la pega, doblegar
en la eterna sorriba
la memoria del hambre,
los tercos malpaíses del origen.
Insemina la piedra
el tiento de la mano en su escrutinio.
Su pulso con la forma
penetra la aspereza.
Como pegue invisible
en la roca trampeada
la tensión del sentido.
La casa en ruinas,
los objetos dejados de la mano,
los muros demorando su desplome,
y aún allí, camuflada en su herrumbre,
tras el umbral que solo el aire cruza,
como un resto de orden,
en el dintel, la llave.
Acaricio la cara de la piedra,
la oscura piel curtida de intemperie.
Acaricio su paz devotamente,
su contorno de luz,
su raigambre de liquen y silencio.
Escruto con mis dedos
la humilde trabazón de su edificio,
la imperfecta textura
modelada en el tiempo,
su extraña calidez
como un tacto lejano que me habita.
Llama junto al camino
la piedra a la quietud,
invita a diferir la urgencia,
a saborear un dulce aplazamiento:
ese dejarse estar,
acogerse a su pulso
escindido del tiempo,
avenirse en el margen
antesala del último deslinde.
A la tardecita suelen sentarse los viejos
en la frescura de un grueso eucalipto
orilla del camino.
Cada uno en su piedra, en silencio
como si todo se supiera
y al fin no hicieran falta las palabras,
la espalda recostada contra el muro,
miran al cielo y al camino, ven alejarse
las nubes y las gentes, ya sin magua
pues sus ojos esperan otra lluvia.
Como ellos, desecharé algún día las palabras,
rebuscaré en el cielo
lunas de agua, lisuras a mi sed,
y poco podré aún
sino poner la mano,
cuando de viejo me siente a la sombra
y conozca las nubes.
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Del libro La piedra habitada (Ediciones La Palma, Madrid, 2017) Selección del autor
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Ricardo Hernández Bravo (El Paso, Isla de La Palma, 1966), es licenciado en Filología Hispánica y profesor de Lengua y Literatura en Enseñanza Secundaria.
Tiene editados los libros de poesía El ojo entornado (1996), En el idioma de los delfines (Premio Julio Tovar / 1996, ed. 1997), la antología El aire del origen (Poemas 1990-2002 / ed. 2003), Los posos de la sed (2014), La piedra habitada (2017) y dos poemarios en colaboración con pintores: La tierra desigual (2005), con Hugo Pitti, y Alas de metal (2008), con Graciela Janet.
Como narrador ha publicado Siete cuentos (1997), libro que recoge sus relatos premiados en diferentes certámenes como el Félix Francisco Casanova, Facultad de Filología de la Universidad de La Laguna y Tomás de Iriarte.
Figura en las siguientes antologías poéticas: De Canarias a Marsella, edición bilingüe de los Cuadernos del Ateneo de La Laguna y la revista Autre Sud de Marsella (2002); Poetas canarios en Buenos Aires (2009), Poesía canaria actual (2010), Poetas de una sola isla. El grupo de La Palma / 1990-2011 (2012) y Poesía canaria actual / 1960-1992 (La manzana poética, Córdoba, 2016).
Se han publicado poemas y cuentos suyos en suplementos de periódicos insulares (Ítaca, El vuelo de Ícaro, Borrador) y revistas literarias como Azul, La fábrica, Perenquén, Cuadernos del Ateneo de La Laguna, Casatomada, Paralelo Sur, Ágora, Círculo de poesía, Librújula, Turia, entre otras.
Los fundamentos bíblico-cristianos de la concepción de la feminidad en Fausto de Goethe / Anna Rossell
(Conferencia en el marco del congreso “Los hábitos del deseo”, UAB, 2004. Publicada en las actas del congreso)
I. PRELIMINAR
Quiero abordar en esta exposición el tema amoroso en Fausto, el gran poema dramático de Goethe. Teniendo en cuenta que el autor aborda en esta obra el periplo de la vida humana, personificada en el personaje de Fausto, es lícito preguntarse qué lugar ocupa en la vida del individuo masculino la relación amorosa.
La primera impresión que domina cuando se lee Fausto es que la relación amorosa parece simplemente una anécdota en la vida del protagonista. Curiosamente el autor le dedica sólo dos capítulos de su magna obra. A pesar de la agitación que domina a Fausto cuando piensa en Margarita, a pesar del desasosiego que domina su deseo de ella en el episodio amoroso de la primera parte y a pesar de la atracción irresistible que ejerce sobre él la belleza de Helena en el episodio de la segunda parte, llama la atención que en ninguno de los dos episodios el autor se detenga en la descripción del sentimiento en la entrega amorosa de Fausto. En ambos episodios la relación amorosa da como fruto un hijo, pero nada sabemos sobre qué significa para Fausto esta unión, nada sabemos de su pasión. Las dos relaciones amorosas están caracterizadas por el apasionamiento del deseo, no por la entrega ni por la unión. Parece sintomático que Goethe no se adentre en la esencia de la unión amorosa, sobre todo si tenemos en cuenta que esta unión es la culminación de la relación humana y que Goethe estudia en la obra la esencia de la naturaleza humana, las inquietudes y las pasiones que dominan al ser humano encarnado en un hombre. Así pues me planteo si esta gran ausencia puede considerarse un síntoma del carácter fáustico-goethiano.
Fausto, cuyo nombre proviene del latín “feliz”, es paradójicamente el ser más infeliz del mundo. Aparece en escena por primera vez dominado por la inquietud, lamentándose de su ignorancia: A Fausto le domina un ansia inagotable de saber. Sumido en este estado de profundo desasosiego se le aparece Mefistófeles y le propone el conocido pacto.
Es importante preguntarse qué beneficio se promete obtener Fausto de este pacto: Lo que le cautiva es la promesa de que obtendrá reposo y paz para su espíritu eternamente inquieto. En el pacto con Mefistófeles lo que Fausto manifiesta es un intenso deseo de liberarse de este anhelo de saber inagotable que le atormenta. Fausto describe más concretamente aún los síntomas de su malestar: ¡Ah! Me doy ahora cuenta de que al hombre nada perfecto se le ofrece. Junto a este arrobamiento, que me transporta cada vez más cerca de los dioses, me diste el compañero de quien no puedo ya privarme, a pesar de que, frío y procaz, me humilla a mis propios ojos y con un soplo de su palabra reduce tus dones a la nada. Con empaño atiza en mi pecho un violento fuego que me arrastra hacia aquella hermosa imagen.Así, ando vacilante del deseo al goce, y en el goce suspiro por el deseo (p. 149) So tauml’ich von Begierde zu Genuss/Und im Genuss verschmacht’ ich nach Begierde (p. 98). (1)
Es precisamente cuando Mefistófeles le propone “gozar del mundo” como oposición a “pensar o reflexionar sobre el mundo” que Fausto se aviene a pactar y a vender su alma; es entonces cuando dice las famosas palabras: Si alguna vez me tiendo a descansar sobre un lecho ocioso, perezca yo al instante; si con halagos puedes engañarme hasta el punto de estar yo satisfecho de mí mismo, si logras seducirme a fuerza de goces, sea ése para mí el último día.[…] Si un día le digo al fugaz momento: “¡Detente, eres tan bello!”, puedes entonces cargarme de cadenas; entonces consentiré gustoso en morir. Entonces podrá doblar la fúnebre campana; entonces quedarás eximido de tu servicio; podrá pararse el reloj, caer la manecilla y finalizar el tiempo para mí (p. 102-103).
Werd ich beruhigt je mich auf ein Faulbett legen,/So sei es gleich um mich getan!/Kannst du mich schmeicheld je belügen,/Dass ich mir selbst gefallen mag,/Kannst du mich mit Genuss betriegen:/Das sei für mich der letzte Tag!/[…]//Werd ich zum Augenblicke sagen:/Verweile doch! Du bist so schön!/Dann magst du mich in Fesseln schlagen, /Dann will ich gern zugrunde gehn!/Dann mag die Totenglocke schallen,/Dann bist du deines Dienstes frei,/Die Uhr mag stehn, der Zeiger fallen,/Es sei die Zeit für mich vorbei (p. 52).
Fausto manifiesta aquí que sólo en el reposo podría entregarse al placer y que él tiende al no-reposo –a la actividad- y por tanto al no-placer. Fausto está diciendo que él no puede gozar y que éste es su deseo vehemente. Pero de sus palabras se desprende un tono de desafío, es como si retara al Diablo, como si quisiera decir “si lo consigues te entregaré mi alma. ¡Veremos si puedes!”
Fausto está marcado por dos anhelos opuestos que para él se excluyen mutuamente: por un lado, el deseo de saber, de ambicionar metas más altas; pero por otro lado le obsesiona el anhelo de reposar, de ser feliz. La aspiración eterna de saber parece excluir el placer. Esta aspiración es una inagotable fuente de insatisfacción que se le impone a pesar suyo.
Fausto está incapacitado para el goce. Esto lo confirma Mefistófeles que en el momento del pacto le propone “gozar del mundo” en lugar de “pensar o reflexionar sobre el mundo”. “Gozar del mundo” significa, en el contexto inmediato en que se pronuncian estas palabras, salir del enclaustramiento de su estudio, disfrutar de la primavera al aire libre, mezclarse con la gente. Fausto ya intuye cuál es su problema incluso momentos antes de descubrir la presencia de Mefistófeles que se ha presentado ante él bajo la apariencia de un perro: Haciendo un diagnóstico de su situación Fausto comenta: Abandoné el campo y los prados, cubiertos por una densa noche, que con santo temor lleno de presentimientos despierta en nosotros el alma superior.Adormecidos están ahora los ímpetus desordenados […] (p. 93).
Verlassen hab ich Feld und Auen,/Die eine tiefe Nacht bedeckt,/Mit ahnungsvollem, heilgem Grauen/In uns die bessre Seele weckt./Entschlafen sind die wilden Triebe/Mit jedem ungestümmen Tun (p. 39).
Así pues Fausto se lamenta de que una actividad desenfrenada mantiene adormecidos sus instintos más impetuosos. A aquella oposición excluyente entre reflexión y goce debemos añadir ahora la de actividad y goce. Porque, según Fausto, es la actividad la que adormece sus instintos.
La aspiración fáustica a saber más y más se ha interpretado a menudo como una voluntad de emular a Dios y, por lo tanto, como un rasgo condenable. Por ello muchos críticos consideran el Fausto de Goethe como una obra anticristiana. Personalmente pienso que, al contrario, Fausto es una obra impregnada de cristianismo puesto que de ella se desprende una concepción negativa de la relación amorosa, en el sentido de que ésta supone una pérdida, supone la condena del alma. Quisiera apoyar brevemente esta hipótesis con algunos argumentos:
II. FAUSTO COMO OBRA CRISTIANA
En primer lugar el eterno anhelo de sabiduría de Fausto no tiene por qué interpretarse como un deseo de emular a Dios, sino como una tendencia natural de Fausto hacia Dios, como una manifestación de que la criatura humana participa en cierta medida de la esencia divina. Así lo dice la Biblia: Entonces dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza …’ Fausto -la criatura humana- participa de la esencia de Dios en su aspiración de sabiduría absoluta; lo que diferencia al humano de Dios es precisamente el hecho de que aquél está condenado a quedarse eternamente en la aspiración, en el anhelo.
Tampoco su Creador entiende aquella eterna ansia de saber como un acto de rebeldía, ni siquiera como un rasgo de carácter que pudiera conducirlo a la perdición. Mefistófeles es el único que entiende este gesto de Fausto como un desafío a su Creador. En el prólogo, que se desarrolla en el cielo, asistimos a una conversación entre Dios y Mefistófeles en la que éste llega a un acuerdo con Dios para poner a prueba a Fausto. Pero las palabras de Dios dan a entender claramente que Él sabe que Fausto no caerá en la tentación de Mefistófeles. Incluso parece que Dios utiliza al Diablo para facilitar la salvación del alma de Fausto puesto que el Creador comenta para sí: […] de todos los espíritus que niegan, el burlón es el que menos me molesta. Harto fácilmente puede relajarse la actividad del hombre, y éste no tarda en aficionarse al reposo absoluto. Por esta razón le doy gustoso una compañía que lo seduzca e influya y obre como diablo […] (p. 73).
Von allen Geistern, die verneinen,/Ist mir der Schalk am wenigsten zur Last./Des Menschen Tätigkeit kann allzu leicht erschlaffen,/Er liebt sich bald die unbedingte Ruh;/Drum geb ich gern ihm den Gesellen zu,/Der reizt und wirkt und muss als Teufel schaffen (p. 15).
Y Fausto no decepciona a Dios, porque su alma no se condena. ¿Y por qué? Los ángeles en su parlamento final responden a esta pregunta: Se ha librado del Maligno el noble miembro del mundo de los espíritus. “Aquel que se afana, siempre aspirando a un ideal, podemos salvarlo” (p. 357).
Gerettet ist das edle Glied/Der Geisterwelt vom Bösen:/Wer immer strebend sich bemüht,/Den können wir erlösen (p. 346). Lo que Dios premia es el perpetuo camino hacia el ideal, no el hecho de llegar a él. Fausto no se ha librado nunca de aquel impulso de su corazón que lo obliga a la actividad constante, que le impide el descanso y con él el goce y la felicidad. Fausto no puede entregarse al amor.
Fausto muere, pero no porque se cumplan los términos de su pacto con el Diablo. Mefistófeles no puede llevarse su alma precisamente porque Fausto no ha conseguido nunca el placer. Y salva su alma por esta misma razón. Concluimos pues que Dios premia aquella actuación del hombre que excluye el goce y por tanto el amor.
Fausto no ha experimentado en toda su vida ningún instante de placer que le impulsara a pronunciar las palabras con las que se comprometió a entregar su alma al Diablo: “¡Detente, eres tan bello!” (p. 103) Verweile doch! Du bist so schön! (p. 52).
Cuando, ya anciano, Fausto expresa este deseo lo hace refiriéndose a un momento hipotético, refiriéndose a un tiempo futuro en el que sueña construir un mundo paradisíaco de hombres libres, tätig frei (p. 335). Se trata en realidad de una situación imaginaria, de nuevo la manifestación de un anhelo: Quisiera ver una muchedumbre así en continua actividad, hallarme en un suelo libre, en compañía de un pueblo también libre. Entonces podría decir al fugaz momento: “Detente; ¡Eres tan bello!” […] En el presentimiento de tan alta felicidad, gozo ahora del momento supremo (p. 351).
Solch ein Gewimmel möcht ich sehen,/Auf freiem Grund mit freiem Volke stehn!/Zum Augenblicke dürft ich sagen:/’Verweile doch, du bist so schön!/ … Im Vorgefühl von solchem hohen Glück/Geniess ich jetzt den höchsten Augenblick (p. 335).
Debemos concluir pues que Fausto no ha experimentado realmente el placer de la entrega amorosa a Margarita ni a Helena. Si lo hubiera hecho Mefistófeles hubiera ganado la partida. Fausto no ve satisfecha su ansia de reposo; esto hubiera significado parar el tiempo, eternizar el momento, y, por lo tanto, la muerte y la condena. Consecuentemente el placer de la entrega amorosa comporta automáticamente muerte y condena. La vida se le presenta a Fausto en términos tan radicales como la alternativa: VIVIR ATORMENTADO (y hay que añadir Y SALVAR EL ALMA) vs. MORIR HABIENDO EXPERIMENTADO EL PLACER (y hay que añadir Y CONDENARSE).
Ante esta opción Fausto no parece realmente libre: Su naturaleza le impide la elección en tanto que el anhelo perpetuo se impone a pesar suyo. Pudiera decirse que Fausto desea el placer, pero es incapaz de obtenerlo. Ni siquiera con la ayuda sobrenatural del Espíritu del Mal, porque Mefistófeles se esfuerza por conseguirle una cita nocturna con su amand en la noche clave en que se consumará su unión, una escena que tiene un evidente paralelismo con la escena bíblica de la tentación de Adán: Porque Adán-Fausto es tentado por la Serpiente-Mefistófeles que se sirve de Eva-Margarita. La aceptación de la manzana por parte de Adán supone el principio de todos los males, porque ello supone el pecado original y la posibilidad de condenarse.
III. FAUSTO Y EL PSICOANÁLISIS
En mi opinión el rasgo más eminentemente cristiano del Fausto de Goethe es precisamente esta concepción subyacente del placer como pérdida, una concepción completamente asumida por el protagonista que por ello se hace merecedor del premio divino.
Es muy interesante la coincidencia de la actuación de Fausto con la interpretación que la teoría psicoanalítica ha hecho de los mitos de la creación. Emilio García Estébanez en su obra ¿Es cristiano ser mujer? (2), en la que hace un recorrido por los materiales con los que la ideología patriarcal construye el edificio arquitectónico en que se basan las grandes mitologías, dedica un capítulo a la interpretación psicoanalítica basado en el libro de Dorothy Dinnerstein The Mermaid and the Minotaur (3). La autora ve en la construcción de la sociedad patriarcal una consecuencia de la relación que experimenta el individuo primero con su madre y después con su padre en la infancia: La madre, experimentada por el niño como un ser omnipotente de cuya voluntad depende su existencia, ejercerá sobre el varón un doble efecto de placer y de frustración del que difícilmente conseguirá liberarse. Así, una vez conseguida su autonomía, el varón sentirá temor de volver a ponerse en manos de lo femenino. Esto marcará para siempre su relación con el otro sexo porque entregarse al placer irá inconscientemente asociado a entregarse a aquel poder omnipotente y a la posibilidad de perder la autonomía.
García Estébanez alude a algunas de las estrategias que la ideología patriarcal pone en marcha para compensar este temor. Una de ellas es la de sobrevalorar la acción. Así la productividad aparece como una manera de encubrir la frustración del placer al que el hombre no podría entregarse. Quiero recordar aquí el lema que Fausto ha adoptado como guía de su vida: En el principio era la acción (p. 94) / Im Anfang war die Tat.
Otra cita significativa de García Estébanez recoge la idea del reposo como posibilidad para el placer carnal amoroso: […] el acto fundacional del mundo patriarcal está marcado por la ruptura con lo corpóreo, ruptura ésta que se refleja conspicuamente en los mitos cosmogónicos en los que el demiurgo procede a separar violentamente las cosas que va creando de la masa primordial con que están mezcladas […] Se abraza el mundo espiritual soltándose del corporal. La pérdida de este último […] nos priva de las satisfacciones que le son propias […]. Cuerpo y espíritu se viven como opuestos, como irreconciliables, incluso como antagónicos, ya que la presión corporal, la sentida como pesantez o la sentida como nostalgia de volver al reposo y regodeo de la carne, se perciben como una amenaza para el espíritu y sus empresas (pp. 63-64).
En cuanto al placer, en cuanto a lo femenino, Fausto no lo alcanza, sólo lo anhela. Quizá en este sentido haya que entender las palabras del Coro Místico con que concluye la obra: Todo lo perecedero no es más que figura. Aquí lo inaccesible se convierte en hecho; aquí se realiza lo inefable. Lo eterno-femenino nos atrae a lo alto (p. 359).
Alles Vergängliche/Ist nur ein Gleichnis;/Das Unzulängliche,/Hier wird’s Ereignis;/Das Unbeschreibliche,/Hier ist’s getan;/Das Ewigweibliche/Zieht uns hinan (p. 351).
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Anna Rossell (Barcelona) Licenciada en Filología Alemana por la Universidad de Barcelona, cursó el Doctorado en la Universidad de Bonn.
(1) Las citas se refieren a las siguientes ediciones: Johann W. Goethe, Fausto, trad. de J. Roviralta Borrell, Editorial Arte y Literatura, Ciudad de la Habana, 1980 y Johann Wolfgang Goethe, Faust. Der Tragödie erster und zweiter Teil, Deutscher Taschenbuch Verlag (Band 9), München, 1969.
(2) Emilio García Estébanez, ¿Es cristiano ser mujer?, Siglo XXI de España editores, Madrid, 1992, pp. 51-67.
(3) Dorothy Dinnerstein, The Mermaid and the Minotaur. Sexual Arrangenments and Human Malaise, New York, Harper and Row, 1976.
– ¿Qué le parece si empezamos por su infancia, en esa lejana provincia que para muchos es La Pampa?
– No, no. No quiero hablar de mi infancia. Ya hablé mucho.
– Resulta difícil hacer una entrevista a un escritor sin hablar un poco de su infancia.
– Sí, yo entiendo. Pero es que no quiero, no quiero ir para atrás, tan lejos. No quiero.
– Lo único que me puede convencer es que ir para atrás lo ponga triste.
– No sé, no sé si es eso. No sé.
– Está bien, dejemos su infancia. ¿Cuándo descubrió que quería escribir?
– Después de que tenía empezada la primera novela.
– Eso es muy extraño. ¿Y cómo empezó?
– Yo quería hacer cine. Hacía guiones con temas muy escapistas en general que, además, copiaban películas de Hollywood y que, además, no gustaban a nadie.
– Salvo a usted.
– No, a mí tampoco. Menos que a nadie.
– ¿Y por qué los hacía?
– No sé. Mientras los hacía me gustaban. Pero cuando los terminaba me daba cuenta que había algo que no funcionaba.
– ¿Eso le ocurría siempre? ¿Por qué insistía?
– Porque yo escribía rememorando películas que me habían dado mucho placer.
– ¿Qué edad tenía en ese momento?
– Ya era grande. Estaba por cumplir 30 años y tenía que resolver mi situación económica. Vivía en Roma y estaba cansado de lo que hacía.
– Quiere decir que tomó el oficio de escribir para resolver su economía. Eso es muy curioso. Es común a los escritores que pasen hambre antes de vivir de lo que hacen.
– Yo tenía un buen manejo del lenguaje porque mi trabajo consistía en hacer traducciones de subtítulos para cine. Confiaba en que podría escribir y vender. Traducir para cine no es fácil. Hay que acortar los diálogos guardando la esencia, adaptar el humor de un país al otro y otras cosas. Toda mi actividad estaba vinculada al cine, pero nada de lo que hacía en cine era lo que yo realmente hubiera querido.
– ¿Qué pasó cuando se enfrentó a un material real como los amores de su primo?
– No me ubicaba. Decidí entonces hacer una especie de bosquejo previo de cada personaje a fin de aclarármelos. Ese bosquejo tampoco sabía cómo hacerlo. Lo que sí tenía claro en la memoria era la voz de los personajes. No sabía tampoco si quería hablar de los personajes en tercera persona.
– ¿No sabía?
– No. Hablar en tercera persona significaba juzgarlos y esto me resultaba antipático. Lo que sí me pareció posible fue comenzar a registrar la voz de cada uno de ellos.
– Quiere decir el habla, las palabras.
– Sí, sí. Las palabras, y los pensamientos. Para empezar pensé escribir una hojita con las cosas que decía una tía mía, pero esa voz empezó a dictarme y ya no pude parar. Escribí de un tiro 30 páginas.
– ¿Y qué cosas decía la voz de esa tía?
– Cosas de entrecasa, banalidades, cosas cotidianas. ¿Qué hacer con esto?, pensé. Extractar algo, tal vez. Sin embargo, no. Lo que resultaba expresivo era la suma de las banalidades. La acumulación. Y eso no era un material de cine, era literatura. Así seguí haciendo hablar a algunos personajes hasta que pasé a otras formas de expresión.
– Siempre evitando la tercera persona.
– Sí, decididamente me chocaba la tercera persona.
– ¿Por la razón que me dijo, únicamente?
– También era algo que tenía que ver con la pérdida del idioma español.
– ¿La pérdida en qué sentido?
– En el sentido del español castizo. Se me planteaba el problema de cómo pasaría el lenguaje argentino al español castizo de la tercera persona.
– ¿Usted piensa que debía hacer ese pase, que debía abandonar su lengua?
– No, creo que en el fondo eran pretextos. Creo que la verdadera razón era una resistencia a juzgar a los personajes colocándome en el lugar de la autoridad.
– Más que un dios creador quería ser un testigo.
– Sí, yo quería saber por qué habían sucedido ciertas cosas en mi infancia.
– Y la manera de saber era relatarlas.
– Sí.
– Es decir que registraba la historia a fin de entenderla. Entonces lo que llega primero es la historia.
– Más que la historia, los personajes. La anécdota se deriva del carácter de los personajes. Si se colocan varios personajes juntos y se los conoce bien, uno sabe qué hará cada uno de ellos
– ¿Cómo trabaja? ¿Con regularidad, con horarios, sólo cuando tiene ganas?
– Con regularidad. Y no puede ser de otro modo. Cuando uno hace novelas tiene que ser así. Yo trabajo todos los días. Y todos los días tengo la misma resistencia a sentarme y seguir.
– Quiere decir que, para usted, escribir es un trabajo.
– Por lo menos me demanda un enorme esfuerzo. Creo que hay allí, en esa resistencia a empezar cada día, el terror a la página en blanco, el terror a equivocarme. La cuestión es que hay, antes de sentarme, una hora o dos, en que doy vueltas y vueltas y vueltas. Todos los días es lo mismo, desde hace 20 años. Más, hace 21 años que escribo y esto no cambia. Al contrario, cada vez se hace más difícil.
– Habló de “la página en blanco”, “el temor a equivocarme”.
– Se necesita un grado de concentración muy profundo para tocar la zona que uno quiere. Entonces hay que hacer un gran esfuerzo para no escuchar la primera voz que se oye. En general, la primera voz es la de las influencias, la del conformismo. Hay que tratar de llegar a otros sustratos.
– Debe ser muy difícil eso, saber cuándo la voz que se escucha es la verdadera.
– No, no es difícil. Cuando la escucho la reconozco, sé que es ésa. Con todo, hay veces en que caigo en la facilidad. Es tiempo perdido.
– Pero todo no puede ser esfuerzo. Tiene que haber también el momento del placer.
– Cuando logro establecer un contacto con la zona que me interesa, ahí, ahí, porque llegué a la verdad, llegué a las esencias. A lo que para mí son la verdad y las esencias. Ese momento es muy remunerativo.
– García Márquez dice que él nunca deja de trabajar hasta que no llega el momento en que sabe perfectamente cómo va a seguir. Allí deja. Ese sistema me parece que le haría ganar tiempo.
– Yo tengo bastante poca resistencia. Me canso muy rápido. Si estoy cansado tengo que dejar esté donde esté. A la mañana corrijo. A veces corrijo traducciones. A la tarde, entre cuatro y ocho, escribo.
– La traducción al portugués de Sangre de amor correspondido me pareció fantástica.
– Lo que ocurre es que largos párrafos fueron tomados directamente de la cinta que yo grabé.
– Quiere decir que el protagonista está tomado de alguien que conoce de aquí, de Brasil.
– Sí, se trata de un obrero brasileño. Alguien con quien tuve una enorme empatía a pesar de ser tan diferente. Se trata de un albañil. Lo primero que me llamó la atención de él fue su forma de hablar. Despertó muchísimo mi curiosidad. Siempre había en su lenguaje un desvío, un trabajo metafórico.
– Sí, yo recuerdo que en un momento le dice a la mujer a la que había pasado un tiempo sin ver: “Las flores de mi jardín te están precisando”, o algo parecido.
– Sí, eso me llamó la atención y quise registrar su habla, tratar de captar su lenguaje, sin pensar que además había en ese hombre una historia. Y menos aún que esa historia podía transformarse en una novela.
– ¿Qué dijo cuando leyó el libro?
– No lo leyó, no sabe leer. Lee sólo algunas palabras separándolas en sílabas.
– ¿Cómo imagina su vida sin la literatura? ¿La imagina como algo posible, se ve haciendo otra cosa?
– No soy un lector ni un devorador de libros. Tengo un problema muy serio con la ficción, con la novela.
– Usted está hablando de usted mismo como consumidor de literatura, no como productor.
– Sí, tal vez, debido al hecho de que trabajo en ficción me cuesta muchísimo leer. Llega la noche, estoy cansado, busco una novela y la leo como si estuviera revisando un texto.
– Es decir que novela no lee jamás.
– Se me ha hipertrofiado el gusto por la ficción. No sé cómo explicarle, pero mi conducta es siempre crítica. No puedo acercarme a un texto con actitud inocente. Siempre me implico.
– Una lectura así es un martirio.
– Me agota. A las tres o cuatro páginas caigo muerto de cansado. En cambio puedo leer biografías. Yo tomo una biografía y de pronto me doy cuenta que son las tres de la mañana y me cuesta parar.
– Esto le ha cerrado toda un área de placer.
– Sí, yo recuerdo con nostalgia la época en que leía novelas y me gustaba.
– ¿Lo angustia que sus libros no sean bien recibidos?
– Me angustia cuando siento que en la crítica hay mala intención.
– Siempre se habla de ser uno mismo. Esta parece ser una búsqueda constante de los seres humanos. Pienso que esta búsqueda debe ser más intensa o desesperada en el caso de un escritor. Porque cuanto más adentro de sí mismo llegue más rico será lo que haga. Usted hablaba hace un rato de “llegar al centro”.
– Sí, a aquello que no está contaminado por las influencias y las ideas fáciles.
– ¿Cómo sería el proceso por el que llega a lo más auténtico de usted mismo? Hay algo que dice Céline: “Tal vez la razón de vivir sea sufrir lo más intensamente posible para llegar a ser uno mismo antes de morir”.
– Creo que sí, porque el sufrimiento nos acerca a la muerte. Para apartarnos de ese abismo buscamos lo que hace posible la vida. Nos defendemos de la muerte recurriendo a las fuentes del deseo de vivir. En cuanto a su pregunta sobre el proceso por el que se llega a uno mismo… veamos. Cuando yo empiezo a trabajar en una novela es porque he encontrado un personaje con el que siento una afinidad especial.
– Sería a través de ese personaje que usted intenta el análisis.
– Es a través de ese personaje que yo planteo cosas que no podría plantearme en mí mismo directamente. A través de él me planteo problemas míos no resueltos.
– Deme un ejemplo.
– Pensemos en un caso extremo, el del albañil de Sangre de amor correspondido. Aparentemente nadie más alejado de mi realidad. Se trata de un muchacho mucho más joven, con una salud rebosante, muy físico, sin la menor educación, muy imbuido de machismo, de otra clase social y de otra raza.
– ¿Qué raza?
– El tiene mucha sangre india. Yo soy europeo por todos lados. Parecería que no habría nada que pudiera acercarme a él. Sin embargo yo sentí esa necesidad que él tenía de transformar las cosas, de envolverlas en poesía.
– Eso lo acercó.
– Me acercó y me provocó una inmensa curiosidad. Deseos de conocerlo a fondo haciéndolo hablar.
– Lo atraía esa gran semejanza en medio de tantas diferencias. Vamos a suponer que conoce a un ser muy perverso. ¿También sentiría curiosidad?
– No, porque yo no he desarrollado mi perversidad para nada.
– Es decir que realmente no se interesa por los que son, en esencia, totalmente diferentes a usted.
– No, no me interesa porque alrededor de un ser así no puedo construir nada. ¿Sabe por qué? Porque no consigo entenderlo. Un torturador, por ejemplo, nunca podría ser un personaje mío, porque lo rechazo de tal manera que no consigo penetrar ni sus razones ni sus sinrazones.
– Yo recuerdo un diálogo de El beso de la mujer araña, una discusión entre los dos personajes (me refiero al teatro, no a la novela). Yo sentí allí, muy claramente, que usted era cada uno de ellos, y no porque fueran muy parecidos ya que eran muy diferentes.
– Yo puedo ser los dos personajes, ambos son posibilidades mías.
– ¿Cuál es, según usted la razón que mueve al revolucionario a acostarse con el homosexual en esta pieza? Es evidente para mí que la obra de teatro resulta más impactante que la novela. ¿Piensa que es el deseo?
– No, en su comienzo no. Lo que lo mueve, para mí, es la necesidad de dar algo, a cambio o en pago, de lo mucho recibido. Se siente muy pobre, no tiene otra forma de responder a toda la bondad del otro. El factor inicial es la piedad. Luego, claro, juegan otros factores. Pero es la piedad la que hace superar los prejuicios.
– Me gustaría que recordara las experiencias que marcaron en su vida un cambio, un viraje.
– Un momento muy importante lo marcó la entrada como interno a un colegio de Buenos Aires a los 12 años. Allí conocí a un chico de 13 años, del primero del Nacional, que ya leía y vivía en un mundo de fantasías literarias, así como yo vivía en un mundo de fantasías cinematográficas. El me reveló La sinfonía pastoral que fue un hito en mi vida, un antes y un después. Yo hasta ese momento había creído que tenía que esperar mucho más para empezar a leer, me parecía una cosa de grandes, casi de viejos, leer. Con este chico se me abrieron las puertas de un mundo totalmente nuevo. Justamente en un momento en que el cine me empezaba a decepcionar. Era el año 45 o 47, plena crisis de Hollywood, comienzos del neorrealismo italiano y del cine francés, más intelectual, mientras Hollywood intentaba repetir fórmulas, pero sin acertar. Lo que habían hecho en los años 30 y en los años 40 ya no tenía cabida. Todo eso me perturbaba, era un mundo que se venía abajo.
– La literatura era un buen sustituto.
– Sí… este chico, que me metió en ese mundo, se reía de las películas de Hollywood, las encontraba tontas. Y yo, en algunos casos, quería defenderlas, pero no tenía instrumentos para hacerlo. Luego, más tarde, en Roma, un amigo al que aún veo, me llamó la atención sobre la falta de realismo de las cosas que yo escribía.
– El quería que usted hiciera realismo partiendo de la realidad.
– No, él entendía que yo procuraba hacer una cosa de otro orden, algo vinculado con lo poético. Pero para eso yo debía partir de mis propias experiencias, no de experiencias prestadas.
– Y usted lo escuchó.
– Sí, lo escuché. Encontré razón en lo que decía. Y es allí que empezó, también, una nueva etapa.
– Fíjese que las etapas en su vida están más vinculadas al trabajo que al amor.
– ¿Sí? No lo había pensado.
– Usted tuvo mucho éxito ya con su primer libro: La traición de Rita Hayworth ¿No habrá allí otra etapa? Debe haber sido importante para usted el sentimiento de que podía vivir de escribir, ¿o ese sentimiento lo tuvo recién más tarde, con Boquitas pintadas?
– Boquitas pintadas fue el libro que me hizo conocido. Pero esa primera etapa no es tan satisfactoria. Hay cierta amargura. Cuando entré al mundo de la literatura yo venía del mundo del cine, tan difícil. Donde expresarse implicaba la movilización de medios fenomenales. El cine era de pesadilla en oposición a la libertad que me daba la literatura. Durante los años de escritura del primer libro yo me sentía en un terreno muy especial.
– ¿Que luego perdió?
– Sí, que luego perdí. Yo sentía que eso que yo escribía iba dirigido a un lector especial. Que mi palabra llegaría directamente, sin transferencias, a la gente. Pero luego, al intentar publicar, y al publicar, descubrí todo ese mundo de interferencias que existe en la literatura.
– No sé a qué se refiere, ¿tal vez a la crítica?
– Sí, a la crítica, a la prensa mal intencionada, al lector mal predispuesto.
– Es decir que con esa primera publicación usted se sintió como arrojado a un mundo enemigo.
– No sé si tanto, pero a la primera sensación de haber encontrado un medio noble de expresión que me permitía corregir, revisar y que, a diferencia del cine no tenía cortes ni censura, se sobrepuso la realidad. Yo no podía como lo había creído, comunicarme directamente con mi lector.
– ¿Cómo ve ahora sus primeros libros?
– Me parecen escritos por otro. Hay cosas que no entiendo de dónde pueden haberme salido.
– Para algo está el inconsciente. Tal vez sólo para sorprendernos.
–Y… ése es el punto. Cuando digo que siento haber tocado una verdad, es que logré contacto con algo mío muy profundo y en relación con un inconsciente colectivo. Ahí, si consigo deslindar mi inconsciente del plano del inconsciente colectivo, lograré una visión de la realidad que será mía, única.
– ¿Por qué piensa que es tanto mayor el número de homosexuales hombres que el de mujeres?
– Por la mayor libertad sexual que tiene el hombre. Aun las sociedades más represivas dan libertad sexual al hombre. El hombre va al prostíbulo y tiene relaciones fuera del matrimonio como algo permitido. La mujer no. Aunque yo creo que la homosexualidad no existe. Existen personas que llevan a cabo actos homosexuales. Pero como considero las actividades sexuales totalmente intrascendentes no admito que la identidad pase por la sexualidad.
– ¿Cómo habrá el hombre conseguido esa mayor disponibilidad de sexo en comparación con la mujer?
– Lo que yo supongo es que en el patriarcado se pasó a dar peso a la sexualidad.
– A la sexualidad femenina.
– Sí, a la femenina, claro. Se le dio un peso negativo para que el hombre pudiera tener a su disposición a la santa en la casa y a la puta en la calle. Si la sexualidad no hubiera tenido ese peso, la mujer también se hubiera liberado. Así fue que la sexualidad fue perdiendo el carácter inocente, inicial, con lo cual pasaron a crearse los roles del explotado y del explotador. El orificio pasa a identificarse con el terreno a ser explotado, y el falo con el instrumento de la explotación. Se crean entonces los buenos explotados y los malos explotadores. Y no hay para los seres humanos, o no había, otra posibilidad de elección.
– ¿Qué opina sobre los movimiento de liberación de la mujer, de los homosexuales?
– Admiro los movimientos de liberación que han conseguido igualdad en terrenos laborales. Pero esos mismos movimientos han ayudado a crear ese otro gueto: el gueto gay.
– Es decir que el movimiento gay habría errado el objetivo.
– El error está en no ver que la especie humana no es ni heterosexual ni homosexual. La homosexualidad no es incuestionablemente diferenciable de la heterosexualidad. Ambas actitudes no son irreconciliables como el aceite y el vinagre. Creo que son actitudes que tienen más que ver con lo cultural, por ejemplo. Tienen que ver con las presiones que las sociedades represivas vienen ejerciendo desde hace siglos. Si la elección del rol sexual no fuera coercitiva en nuestra sociedad, si la sexualidad gozase de toda la libertad que su carácter de juego presupone, no habrían existido los personajes caricaturescos que hasta hace pocos años resultaban ser el macho, la hembra y el homosexual o la homosexual, típicos de nuestra sociedad.
Después de hacer la nota, le pedí dejar el grabador en su casa hasta el día siguiente por temor a que me lo arrancaran de las manos, como suele ocurrir sobre todo de noche en las calles de Río. Al día siguiente pasé a buscarlo. Por la ventana me gritó que no subiera, que él me lo bajaba. Bajó los cuatro pisos corriendo. Su expresión era más alegre que la del día anterior. Vestía short y camisa blanca y no representaba más de 40 años. “Venga, sentémonos un poco”, dijo sentándose en el muro del jardín. “Quiero decirle algo más sobre la sexualidad. Tome nota: la sexualidad, como le dije anoche, es algo intrascendente. Algo opuesto a la afectividad que sí es trascendente. Lo que ocurre es que se confunden esos dos planos cuando no se deberían confundir. Por eso, para mí, el concepto de hombre es un concepto reaccionario”, dijo, y enseguida comenzó a prestar atención a algo que ocurría lejos de nosotros en la esquina.
– ¿Qué pasa?
– Nada. Que deben ser las 11 porque allí llega el cartero. Este es uno de los mejores momentos de mi día: las cartas.
– Entonces usted dice que “el concepto de hombre es un concepto reaccionario”.
– Sí –dijo, dirigiéndose al encuentro del cartero.
Prólogo a la Historia del siglo XX / Eric Hobsbawm
El 28 de junio de 1992, el presidente francés François Mitterrand se desplazó súbitamente, sin previo aviso y sin que nadie lo esperara, a Sarajevo, escenario central de una guerra en los Balcanes que en lo que quedaba de año se cobraría quizás 150.000 vidas. Su objetivo era hacer patente a la opinión mundial la gravedad de la crisis de Bosnia. En verdad, la presencia de un estadista distinguido, anciano y visiblemente debilitado bajo los disparos de las armas de fuego y de la artillería fue muy comentada y despertó una gran admiración. Sin embargo, un aspecto de la visita de Mitterrand pasó prácticamente inadvertido, aunque tenía una importancia fundamental: la fecha. ¿Por qué había elegido el presidente de Francia esa fecha para ir a Sarajevo? Porque el 28 de junio era el aniversario del asesinato en Sarajevo, en 1914, del archiduque Francisco Femando de Austria-Hungría, que desencadenó, pocas semanas después, el estallido de la primera guerra mundial. Para cualquier europeo instruido de la edad de Mitterrand, era evidente la conexión entre la fecha, el lugar y el recordatorio de una catástrofe histórica precipitada por una equivocación política y un error de cálculo. La elección de una fecha simbólica era tal vez la mejor forma de resaltar las posibles consecuencias de la crisis de Bosnia. Sin embargo, sólo algunos historiadores profesionales y algunos ciudadanos de edad muy avanzada comprendieron la alusión. La memoria histórica ya no estaba viva.
La destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores, es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo xx. En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres, de este final de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven. Esto otorga a los historiadores, cuya tarea consiste en recordar lo que otros olvidan, mayor trascendencia que la que han tenido nunca, en estos afios finales del segundo milenio. Pero por esa misma razón deben ser algo más que simples cronistas, recordadores y compiladores, aunque esta sea también una función necesaria de los historiadores. En 1989, todos los gobiernos, y especialmente todo el personal de los ministerios de Asuntos Exteriores, habrían podido asistir con provecho a un seminario sobre los acuerdos de paz posteriores a las dos guerras mundiales, que al parecer la mayor parte de ellos habían olvidado. Sin embargo, no es el objeto de este libro narrar los acontecimientos del período que constituye su tema de estudio —el siglo xx corto, desde 1914 a 1991—, aunque nadie a quien un estudiante norteamericano inteligente le haya preguntado si la expresión «segunda guerra mundial» significa que hubo una «primera guerra mundial» ignora que no puede darse por sentado el conocimiento aun de los más básicos hechos de la centuria. Mi propósito es comprender y explicar por qué los acontecimientos ocurrieron de esa forma y qué nexo existe entre ellos. Para cualquier persona de mi edad que ha vivido durante todo o la mayor parte del siglo xx, esta tarea tiene también, inevitablemente, una dimensión autobiográfica, ya que hablamos y nos explayamos sobre nuestros recuerdos (y también los corregimos). Hablamos como hombres y mujeres de un tiempo y un lugar concretos, que han participado en su historia en formas diversas. Y hablamos, también, como actores que han intervenido en sus dramas —por insignificante que haya sido nuestro papel—, como observadores de nuestra época y como individuos cuyas opiniones acerca del siglo han sido formadas por los que consideramos acontecimientos cruciales del mismo. Somos parte de este siglo, que es parte de nosotros. No deberían olvidar este hecho aquellos lectores que pertenecen a otra época, por ejemplo el alumno que ingresa en la universidad en el momento en que se escriben estas páginas, para quien incluso la guerra del Vietnam forma parte de la prehistoria.
Para los historiadores de mi edad y formación, el pasado es indestructible, no sólo porque pertenecemos a la generación en que las calles y los lugares públicos tomaban el nombre de personas y acontecimientos de carácter público (la estación Wilson en Praga antes de la guerra, la estación de metro de Stalingrado en París), en que aún se firmaban tratados de paz y, por tanto, debían ser identificados (el tratado de Versalles) y en que los monumentos a los caídos recordaban acontecimientos del pasado, sino también porque los acontecimientos públicos forman parte del entramado de nuestras vidas. No sólo sirven como punto de referencia de nuestra vida privada, sino que han dado forma a nuestra experiencia vital, tanto privada como pública. Para el autor del presente libro, el 30 de enero de 1933 no es una fecha arbitraria en la que Hitler accedió al cargo de canciller de Alemania, sino una tarde de invierno en Berlín en que un joven de quince años, acompañado de su hermana pequeña, recom’a el camino que le conducía desde su escuela, en Wilmersdorf, hacia su casa, en Halensee, y que en un punto cualquiera del trayecto leyó el titular de la noticia. Todavía lo veo como en un sueño. Pero no sólo en el caso de un historiador anciano el pasado es parte de su presente permanente. En efecto, en una gran parte del planeta, todos los que superan una cierta edad, sean cuales fueren sus circunstancias personales y su trayectoria vital, han pasado por las mismas experiencias cruciales que, hasta cierto punto, nos han marcado a todos de la misma forma. El mundo que se desintegró a finales de los años ochenta era aquel que había cobrado forma bajo el impacto de la revolución rusa de 1917. Ese mundo nos ha marcado a todos, por ejemplo, en la medida en que nos acostumbramos a concebir la economía industrial moderna en función de opuestos binarios, «capitalismo» y «socialismo», como alternativas mutuamente excluyentes.
El segundo de esos términos identificaba las economías organizadas según el modelo de la URSS y el primero designaba a todas las demás. Debería quedar claro ahora que se trataba de un subterfugio arbitrario y hasta cierto punto artificial, que sólo puede entenderse en un contexto histórico determinado. Y, sin embargo, aun ahora es difícil pensar, ni siquiera de forma retrospectiva, en otros principios de clasificación más realistas que aquellos que situaban en un mismo bloque a los Estados Unidos, Japón, Suecia, Brasil, la República Federal de Alemania y Corea del Sur, así como a las economías y sistemas estatales de la región soviética que se derrumbó al acabar los años ochenta en el mismo conjunto que las del este y sureste asiático, que no compartieron ese destino.
Una vez más hay que decir que incluso el mundo que ha sobrevivido una vez concluida la revolución de octubre es un mundo cuyas instituciones y principios básicos cobraron forma por obra de quienes se alinearon en el bando de los vencedores en la segunda guerra mundial. Los elementos del bando perdedor o vinculados a ellos no sólo fueron silenciados, sino prácticamente borrados de la historia y de la vida intelectual, salvo en su papel de «enemigo» en el drama moral universal que enfrenta al bien con el mal. (Posiblemente, lo mismo les está ocurriendo a los perdedores de la guerra fría de la segunda mitad del siglo, aunque no en el mismo grado ni durante tanto tiempo.)
Esta es una de las consecuencias negativas de vivir en un siglo de guerras de religión, cuyo rasgo principal es la intolerancia. Incluso quienes anunciaban el pluralismo inherente a su ausencia de ideología consideraban que el mundo no era lo suficientemente grande para permitir la coexistencia permanente con las religiones seculares rivales. Los enfrentamientos religiosos o ideológicos, como los que se han sucedido ininterrumpidamente durante el presente siglo, erigen barreras en el camino del historiador, cuya labor fundamental no es juzgar sino comprender incluso lo que resulta más difícil de aprehender. Pero lo que dificulta la comprensión no son sólo nuestras apasionadas convicciones, sino la experiencia histórica que les ha dado forma. Aquéllas son más fáciles de superar, pues no existe un átomo de verdad en la típica, pero errónea, expresión francesa tout comprendre c ‘est tout pardonner (comprenderlo todo es perdonarlo todo). Comprender la época nazi en la historia de Alemania y encajarla en su contexto histórico no significa perdonar el genocidio. En cualquier caso, no parece probable que quien haya vivido durante este siglo extraordinario pueda abstenerse de expresar un juicio. La dificultad estriba en comprender.
II
¿Cómo hay que explicar el siglo xx corto, es decir, los años transcurridos desde el estallido de la primera guerra mundial hasta el hundimiento de la URSS, que, como podemos apreciar retrospectivamente, constituyen un período histórico coherente que acaba de concluir? Ignoramos qué ocurrirá a continuación y cómo será el tercer milenio, pero sabemos con certeza que será el siglo XX el que le habrá dado forma. Sin embargo, es indudable que en los años finales de la década de 1980 y en los primeros de la de 1990 terminó una época de la historia del mundo para comenzar otra nueva. Esa es la información esencial para los historiadores del siglo, pues aun cuando pueden especular sobre el futuro a tenor de su comprensión del pasado, su tarea no es la misma que la del que pronostica el resultado de las carreras de caballos. Las únicas carreras que debe describir y analizar son aquellas cuyo resultado —de victoria o de derrota— es conocido. De cualquier manera, el éxito de los pronosticadores de los últimos treinta o cuarenta años, con independencia de sus aptitudes profesionales como profetas, ha sido tan espectacularmente bajo que sólo los gobiernos y los institutos de investigación económica siguen confiando en ellos, aparentan hacerlo. Es probable incluso que su índice de fracasos haya aumentado desde la segunda guerra mundial.
En este libro, el siglo xx aparece estructurado como un tríptico. A una época de catástrofes, que se extiende desde 1914 hasta el fin de la segunda guerra mundial, siguió un período de 25 o 30 años de extraordinario crecimiento económico y transformación social, que probablemente transformó la sociedad humana más profuridamente que cualquier otro período de duración similar. Retrospectivamente puede ser considerado como una especie de edad de oro, y de hecho así fue calificado apenas concluido, a comienzos de los años setenta. La última parte del siglo fue una nueva era de descomposición, incertidumbre y crisis y, para vastas zonas del mundo como África, la ex Unión Soviética y los antiguos países socialistas de Europa, de catástrofes. Cuando el decenio de 1980 dio paso al de 1990, quienes reflexionaban sobre el pasado y el futuro del siglo lo hacían desde una perspectiva cada vez más sombría. Desde la posición ventajosa de los años noventa, puede concluirse que el siglo xx conoció una fugaz edad de oro, en el camino de una a otra crisis, hacia un futuro desconocido y problemático, pero no inevitablemente apocalíptico. No obstante, como tal vez deseen recordar los historiadores a quienes se embarcan en especulaciones metafísicas sobre el «fin de la historia», existe el futuro. La única generalización absolutamente segura sobre la historia es que perdurará en tanto en cuanto exista la raza humana.
El contenido de este libro se ha estructurado de acuerdo con los conceptos que se acaban de exponer. Comienza con la primera guerra mundial, que marcó el derrumbe de la civilización (occidental) del siglo XIX. Esa civilización era capitalista desde el punto de vista económico, liberal en su estructura jurídica y constitucional, burguesa por la imagen de su clase hegemónica característica y brillante por los adelantos alcanzados en el ámbito de la ciencia, el conocimiento y la educación, así como del progreso material y moral. Además, estaba profundamente convencida de la posición central de Europa, cuna de las revoluciones científica, artística, política e industrial, cuya economía había extendido su influencia sobre una gran parte del mundo, que sus ejércitos habían conquistado y subyugado, cuya población había crecido hasta constituir una tercera parte de la raza humana (incluida la poderosa y creciente corriente de emigrantes europeos y sus descendientes), y cuyos principales estados constituían el sistema de la política mundial.
Los decenios transcurridos desde el comienzo de la primera guerra mundial hasta la conclusión de la segunda fueron una época de catástrofes para esta sociedad, que durante cuarenta años sufrió una serie de desastres sucesivos. Hubo momentos en que incluso los conservadores inteligentes no habrían apostado por su supervivencia. Sus cimientos fueron quebrantados por dos guerras mundiales, a las que siguieron dos oleadas de rebelión y revolución generalizadas, que situaron en el poder a un sistema que reclamaba ser la alternativa, predestinada históricamente, a la sociedad burguesa y capitalista, primero en una sexta parte de la superficie del mundo y, tras la segunda guerra mundial, abarcaba a más de una tercera parte de la población.
La historia del imperialismo moderno, tan firme y tan seguro de sí mismo a la muerte de la reina Victoria de Gran Bretaña, no había durado más que el lapso de una vida humana (por ejemplo, la de Winston Churchill, 1874-1965). Pero no fueron esos los únicos males. En efecto, se desencadenó una crisis económica mundial de una profundidad sin precedentes que sacudió incluso los cimientos de las más sólidas economías capitalistas y que pareció que podría poner fin a la economía mundial global, cuya creación había sido un logro del capitalismo liberal del siglo XIX. Incluso los Estados Unidos, que no habían sido afectados por la guerra y la revolución, parecían al borde del colapso. Mientras la economía se tambaleaba, las instituciones de la democracia liberal desaparecieron prácticamente entre 1917 y 1942, excepto en una pequeña franja de Europa y en algunas partes de América del Norte y de Australasia, omo consecuencia del avance del fascismo y de sus movimientos y regímenes autoritarios satélites. Sólo la alianza —insólita y temporal— del capitalismo liberal y el comunismo para hacer frente a ese desafío permitió salvar la democracia, pues la victoria sobre la Alemania de Hitler fue esencialmente obra (no podría haber sido de otro modo) del ejército rojo. Desde una multiplicidad de puntos de vista, este período de alianza entre el capitalismo y el comunismo contra el fascismo —fundamentalmente las décadas de 1930 y 1940— es el momento decisivo en la historia del siglo XX. En muchos sentidos es un proceso paradójico, pues durante la mayor parte del siglo —excepto en el breve período de antifascismo— las relaciones entre el capitalismo y el comunismo se caracterizaron por un antagonismo irreconciliable. La victoria de la Unión Soviética sobre Hitler fue el gran logro del régimen instalado en aquel país por la revolución de octubre, como se desprende de la comparación entre los resultados de la economía de la Rusia zarista en la primera guerra mundial y de la economía soviética en la segunda (Gatrell y Harrison, 1993). Probablemente, de no haberse producido esa victoria, el mundo occidental (excluidos los Estados Unidos) no consistiría en distintas modalidades de régimen parlamentario liberal sino en diversas variantes de régimen autoritario y fascista. Una de las ironías que nos depara este extraño siglo es que el resultado más perdurable de la revolución de octubre, cuyo objetivo era acabar con el capitalismo a escala planetaria, fuera el de haber salvado a su enemigo acérrimo, tanto en la guerra como en la paz, al proporcionarle el incentivo —el temor— para reformarse desde dentro al terminar la segunda guerra mundial y al dar difusión al concepto de planificación económica, suministrando al mismo tiempo algunos de los procedimientos necesarios para su reforma. Ahora bien, una vez que el capitalismo liberal había conseguido sobrevivir —a duras penas— al triple reto de la Depresión, el fascismo y la guerra, parecía tener que hacer frente todavía al avance global de la revolución, cuyas fuerzas podían agruparse en torno a la URSS, que había emergido de la segunda guerra mundial como una superpotencia.
Sin embargo, como se puede apreciar ahora de forma retrospectiva, la fuerza del desafío planetario que el socialismo planteaba al capitalismo radicaba en la debilidad de su oponente. Sin el hundimiento de la sociedad burguesa decimonónica durante la era de las catástrofes no habría habido revolución de octubre ni habría existido la URSS. El sistema económico improvisado en el núcleo euroasiático rural arruinado del antiguo imperio zarista, al que se dio el nombre de socialismo, no se habría considerado —nadie lo habría hecho— como una alternativa viable a la economía capitalista, a escala mundial. Fue la Gran Depresión de la década de 1930 la que hizo parecer que podía ser así, de la misma manera que el fascismo convirtió a la URSS en instrumento indispensable de la derrota de Hitler y, por tanto, en una de las dos superpotencias cuyos enfrentamientos dominaron y llenaron de terror la segunda mitad del siglo XX, pero que al mismo tiempo —como también ahora es posible colegir— estabilizó en muchos aspectos su estructura política. De no haber ocurrido todo ello, la URSS no se habría visto durante quince años, a mediados de siglo, al frente de un «bando socialista» que abarcaba a la tercera parte de la raza humana, y de una economía que durante un fugaz momento pareció capaz de superar el crecimiento económico capitalista.
El principal interrogante al que deben dar respuesta los historiadores del siglo XX es cómo y por qué tras la segunda guerra mundial el capitalismo inició —para sorpresa de todos— la edad de oro, sin precedentes y tal vez anómala, de 1947-1973. No existe todavía una respuesta que tenga un consenso general y tampoco yo puedo aportarla. Probablemente, para hacer un análisis más convincente habrá que esperar hasta que pueda apreciarse en su justa perspectiva toda la «onda larga» de la segunda mitad del siglo xx. Aunque pueda verse ya la edad de oro como un período definido, los decenios de crisis que ha conocido el mundo desde entonces no han concluido todavía cuando se escriben estas líneas. Ahora bien, lo que ya se puede evaluar con toda certeza es la escala y el impacto extraordinarios de la transformación económica, social y cultural que se produjo en esos años: la mayor, la más rápida y la más decisiva desde que existe el registro histórico. En la segunda parte de este libro se analizan algunos aspectos de ese fenómeno. Probablemente, quienes durante el tercer milenio escriban la historia del siglo xx considerarán que ese período fue el de mayor trascendencia histórica de la centuria, porque en él se registraron una serie de cambios profundos e irreversibles para la vida humana en todo el planeta. Además, esas transformaciones aún no han concluido. Los periodistas y filósofos que vieron «el fin de la historia » en la caída del imperio soviético erraron en su apreciación. Más justificada estaría la afirmación de que el tercer cuarto de siglo señaló el fin de siete u ocho milenios de historia humana que habían comenzado con la aparición de la agricultura durante el Paleolítico, aunque sólo fuera porque terminó la larga era en que la inmensa mayoría de la raza humana se sustentaba practicando la agricultura y la ganadería.
En cambio, al enfrentamiento entre el «capitalismo» y el «socialismo», con o sin la intervención de estados y gobiernos como los Estados Unidos y la URSS en representación del uno o del otro, se le atribuirá probablemente un interés histórico más limitado, comparable, en definitiva, al de las guerras de religión de los siglos xvi y xvii o a las cruzadas. Sin duda, para quienes han vivido durante una parte del siglo xx, se trata de acontecimientos de gran importancia, y así son tratados en este libro, que ha sido escrito por un autor del siglo XX y para lectores del siglo xx. Las revoluciones sociales, la guerra fría, la naturaleza, los límites y los defectos fatales del «socialismo realmente existente», así como su derrumbe, son analizados de forma pormenorizada. Sin embargo, es importante recordar que la repercusión más importante y duradera de los regímenes inspirados por la revolución de octubre fue la de haber acelerado poderosamente la modernización de países agrarios atrasados. Sus logros principales en este contexto coincidieron con la edad de oro del capitalismo. No es este el lugar adecuado para examinar hasta qué punto las estrategias opuestas para enterrar el mundo de nuestros antepasados fueron efectivas o se aplicaron conscientemente. Como veremos, hasta el inicio de los años sesenta parecían dos fuerzas igualadas, afirmación que puede parecer ridicula a la luz del hundimiento del socialismo soviético, aunque un primer ministro británico que conversaba con un presidente norteamericano veía todavía a la URSS como un estado cuya «boyante economía … pronto superará a la sociedad capitalista en la carrera por la riqueza material» (Horne, 1989, p. 303). Sin embargo, el aspecto que cabe destacar es que, en la década de 1980, la Bulgaria socialista y el Ecuador no socialista tenían más puntos en común que en 1939. Aunque el hundimiento del socialismo soviético —y sus consecuencias, trascendentales y aún incalculables, pero básicamente negativas— fue el acontecimiento más destacado en los decenios de crisis que siguieron a la edad de oro, serían estos unos decenios de crisis universal o mundial. La crisis afectó a las diferentes partes del mundo en formas y grados distintos, pero afectó a todas ellas, con independencia de sus configuraciones políticas, sociales y económicas, porque la edad de oro había creado, por primera vez en la historia, una economía mundial universal cada vez más integrada cuyo funcionamiento trascendía las fronteras estatales y, por tanto, cada vez más también, las fronteras de las ideologías estatales. Por consiguiente, resultaron debilitadas las ideas aceptadas de las instituciones de todos los regímenes y sistemas. Inicialmente, los problemas de los años setenta se vieron sólo como una pausa temporal en el gran salto adelante de la economía mundial y los países de todos los sistemas económicos y políticos trataron de aplicar soluciones temporales. Pero gradualmente se hizo patente que había comenzado un período de dificultades duraderas y los países capitalistas buscaron soluciones radicales, en muchos casos ateniéndose a los principios enunciados por los teólogos seculares del mercado libre sin restricción alguna, que rechazaban las políticas que habían dado tan buenos resultados a la economía mundial durante la edad de oro pero que ahora parecían no servir. Pero los defensores a ultranza del laissezfaire no tuvieron más éxito que los demás. En el decenio de 1980 y los primeros años del de 1990, el mundo capitalista comenzó de nuevo a tambalearse abrumado por los mismos problemas del período de entreguerras que la edad de oro parecía haber superado: el desempleo masivo, graves depresiones cíclicas y el enfrentamiento cada vez más encarnizado entre los mendigos sin hogar y las clases acomodadas, entre los ingresos limitados del estado y un gasto público sin límite. Los países socialistas, con unas economías débiles y vulnerables, se vieron abocados a una ruptura tan radical, o más, con el pasado y, ahora lo sabemos, al hundimiento. Ese hundimiento puede marcar el fin del siglo xx corto, de igual forma que la primera guerra mundial señala su comienzo. En este punto se interrumpe mi crónica histórica. Concluye —como corresponde a cualquier libro escrito al comenzar la década de 1990— con una mirada hacia la oscuridad. El derrumbamiento de una parte del mundo reveló el malestar existente en el resto. Cuando los años ochenta dejaron paso a los noventa se hizo patente que la crisis mundial no era sólo general en la esfera económica, sino también en el ámbito de la política.
El colapso de los regímenes comunistas entre Istria y Vladivostok no sólo dejó tras de sí una ingente zona dominada por la incertidumbre política, la inestabilidad, el caos y la guerra civil, sino que destruyó el sistema internacional que había estabilizado las relaciones internacionales durante cuarenta años y reveló, al mismo tiempo, la precariedad de los sistemas políticos nacionales que se sustentaban en esa estabilidad. Las tensiones generadas por los problemas económicos socavaron los sistemas políticos de la democracia liberal, parlamentarios o presidencialistas, que tan bien habían funcionado en los países capitalistas desarrollados desde la segunda guerra mundial. Pero socavaron también los sistemas políticos existentes en el tercer mundo. Las mismas unidades políticas fundamentales, los «estados-nación» territoriales, soberanos e independientes, incluso los más antiguos y estables, resultaron desgarrados por las fuerzas de la economía supranacional o transnacional y por las fuerzas infranacionales de las regiones y grupos étnicos secesionistas. Algunos de ellos —tal es la ironía de la historia— reclamaron la condición —ya obsoleta e irreal— de «estados-nación» soberanos en miniatura.
El futuro de la política era oscuro, pero su crisis al finalizar el siglo xx era patente. Más evidente aún que las incertidumbres de la economía y la política mundial era la crisis social y moral, que reflejaba las convulsiones del período posterior a 1950, que encontraron también amplia y confusa expresión en esos decenios de crisis. Era la crisis de las creencias y principios en los que se había basado la sociedad desde que a comienzos del siglo xviii las mentes modernas vencieran la célebre batalla que libraron con los antiguos, una crisis de los principios racionalistas y humanistas que compartían el capitalismo liberal y el comunismo y que habían hecho posible su breve pero decisiva alianza contra el fascismo que los rechazaba. Un observador alemán de talante conservador, Michael Stürmer, señaló acertadamente en 1993 que lo que estaba en juego eran las creencias comunes del Este y el Oeste.
Existe un extraño paralelismo entre el Este y el Oeste. En el Este, la doctrina del estado insistía en que la humanidad era dueña de su destino. Sin embargo, incluso nosotros creíamos en una versión menos oficial y menos extrema de esa misma máxima: la humanidad progresaba por la senda que la llevaría a ser dueña de sus destinos. La aspiración a la omnipotencia ha desaparecido por completo en el Este, pero sólo relativamente entre nosotros. Sin embargo, unos y otros hemos naufragado paradójicamente, una época que sólo podía vanagloriarse de haber beneficiado a la humanidad por el enorme progreso material conseguido gracias a la ciencia y a la tecnología, contempló en sus momentos postreros cómo esos elementos eran rechazados en Occidente por una parte importante de la opinión pública y por algunos que se decían pensadores. Sin embargo, la crisis moral no era sólo una crisis de los principios de la civilización moderna, sino también de las estructuras históricas de las relaciones humanas que la sociedad moderna había heredado del pasado preindustrial y precapitalista y que, ahora podemos concluirlo, habían permitido su funcionamiento. No era una crisis de una forma concreta de organizar las sociedades, sino de todas las formas posibles. Los extraños llamamientos en pro de una «sociedad civil» y de la «comunidad», sin otros rasgos de identidad, procedían de unas generaciones perdidas y a la deriva. Se dejaron oír en un momento en que esas palabras, que habían perdido su significado tradicional, eran sólo palabras hueras. Sólo quedaba un camino para definir la identidad de grupo; definir a quienes no formaban parte del mismo. Para el poeta T. S. Eliot, «esta es la forma en que termina el mundo; no con una explosión, sino con un gemido». Al terminar el siglo xx corto se escucharon ambas cosas.
III
¿Qué paralelismo puede establecerse entre el mundo de 1914 y el de los años noventa? Éste cuenta con cinco o seis mil millones de seres humanos, aproximadamente tres veces más que al comenzar la primera guerra mundial, a pesar de que en el curso del siglo xx se ha dado muerte o se ha dejado morir a un número más elevado de seres humanos que en ningún otro período de la historia. Una estimación reciente cifra el número de muertes registrado durante la centuria en 187 millones de personas (Brzezinski, 1993), lo que equivale a más del 10 por 100 de la población total del mundo en 1900. La mayor parte de los habitantes que pueblan el mundo en el decenio de 1990 son más altos y de mayor peso que sus padres, están mejor alimentados y viven muchos más años, aunque las catástrofes de los años ochenta y noventa en África, América Latina y la ex Unión Soviética hacen que esto sea difícil de creer. El mundo es incomparablemente más rico de lo que lo ha sido nunca por lo que respecta a su capacidad de producir bienes y servicios y por la infinita variedad de los mismos. De no haber sido así habría resultado imposible mantener una población mundial varias veces más numerosa que en cualquier otro período de la historia del mundo. Hasta el decenio de 1980, la mayor parte de la gente vivía mejor que sus padres y, en las economías avanzadas, mejor de lo que nunca podrían haber imaginado. Durante algunas décadas, a mediados del siglo, pareció incluso que se había encontrado la manera de distribuir entre los trabajadores de los países más ricos al menos una parte de tan enorme riqueza, con un cierto sentido de justicia, pero al terminar el siglo predomina de nuevo la desigualdad. Ésta se ha enseñoreado también de los antiguos países «socialistas», donde previamente reinaba una cierta igualdad en la pobreza. La humanidad es mucho más instruida que en 1914. De hecho, probablemente por primera vez en la historia puede darse el calificativo de alfabetizados, al menos en las estadísticas oficiales, a la mayor parte de los seres humanos. Sin embargo, en los años finales del siglo es mucho menos patente que en 1914 la trascendencia de ese logro, pues es enorme, y cada vez mayor, el abismo existente entre el mínimo de competencia necesario para ser calificado oficialmente como alfabetizado (frecuentemente se traduce en un «analfabetismo funcional») y el dominio de la lectura y la escritura que aún se espera en niveles más elevados de instrucción.
El mundo está dominado por una tecnología revolucionaria que avanza sin cesar, basada en los progresos de la ciencia natural que, aunque ya se preveían en 1914, empezaron a alcanzarse mucho más tarde. La consecuencia de mayor alcance de esos progresos ha sido, tal vez, la revolución de los sistemas de transporte y comunicaciones, que prácticamente han eliminado el tiempo y la distancia. El mundo se ha transformado de tal forma que cada día, cada hora y en todos los hogares la población común dispone de más información y oportunidades de esparcimiento de la que disponían los emperadores en 1914. Esa tecnología hace posible que personas separadas por océanos y continentes puedan conversar con sólo pulsar unos botones y ha eliminado las ventajas culturales de la ciudad sobre el campo. ¿Cómo explicar, pues, que el siglo no concluya en un clima de triunfo, por ese progreso extraordinario e inigualable, sino de desasosiego? ¿Por qué, como se constata en la introducción de este capítulo, las reflexiones de tantas mentes brillantes acerca del siglo están teñidas de insatisfacción y de desconfianza hacia el futuro? No es sólo porque ha sido el siglo más mortífero de la historia a causa de la envergadura, la frecuencia y duración de los conflictos bélicos que lo han asolado sin interrupción (excepto durante un breve período en los años veinte), sino también por las catástrofes humanas, sin parangón posible, que ha causado, desde las mayores hambrunas de la historia hasta el genocidio sistemático. A diferencia del «siglo XIX largo», que pareció —y que fue— un período de progreso material, intelectual y moral casi ininterrumpido, es decir, de mejora de las condiciones de la vida civilizada, desde 1914 se ha registrado un marcado retroceso desde los niveles que se consideraban normales en los países desarrollados y en las capas medias de la población y que se creía que se estaban difundiendo hacia las regiones más atrasadas y los segmentos menos ilustrados de la población.
Como este siglo nos ha enseñado que los seres humanos pueden aprender a vivir bajo las condiciones más brutales y teóricamente intolerables, no es fácil calibrar el alcance del retomo (que lamentablemente se está produciendo a ritmo acelerado) hacia lo que nuestros antepasados del siglo XIX habrían calificado como niveles de barbarie. Hemos olvidado que el viejo revolucionario Federico Engels se sintió horrorizado ante la explosión de una bomba colocada por los republicanos irlandeses en Westminster Hall, porque como ex soldado sostenía que ello suponía luchar no sólo contra los combatientes sino también contra la población civil. Hemos olvidado que los pogroms de la Rusia zarista, que horrorizaron a la opinión mundial y llevaron al otro lado del Atlántico a millones de judíos rusos entre 1881 y 1914, fueron episodios casi insignificantes si se comparan con las matanzas actuales: los muertos se contaban por decenas y no por centenares ni por millones. Hemos olvidado que una convención internacional estipuló en una ocasión que las hostilidades en la guerra «no podían comenzar sin una advertencia previa y explícita en forma de una declaración razonada de guerra o de un ultimátum con una declaración condicional de guerra», pues, en efecto, ¿cuál fue la última guerra que comenzó con una tal declaración explícita o implícita? ¿Cuál fue la última guerra que concluyó con un tratado formal de paz negociado entre los estados beligerantes? En el siglo xx, las guerras se han librado, cada vez más, contra la economía y la infraestructura de los estados y contra la población civil. Desde la primera guerra mundial ha habido muchas más bajas civiles que militares en todos los países beligerantes, con la excepción de los Estados Unidos. Cuántos de nosotros recuerdan que en 1914 todo el mundo aceptaba que la guerra civilizada, según afirman los manuales, debe limitarse, en la medida de lo posible, a la desmembración de las fuerzas armadas del enemigo; de otra forma, la guerra continuaría hasta que uno de los bandos fuera exterminado. «Con buen sentido … esta práctica se ha convertido en costumbre en las naciones de Europa.» {Encyclopedia Britannica, XI ed., 1911. voz «guerra»).
No pasamos por alto el hecho de que la tortura o incluso el asesinato han llegado a ser un elemento normal en el sistema de seguridad de los estados modernos, pero probablemente no apreciamos hasta qué punto eso constituye una flagrante interrupción del largo período de evolución jurídica positiva, desde la primera abolición oficial de la tortura en un país occidental, en la década de 1780, hasta 1914. Y sin embargo, a la hora de hacer un balance histórico, no puede compararse el mundo de finales del siglo xx con el que existía a comienzos del período. Es un mundo cualitativamente di.stinto, al menos en tres aspectos. En primer lugar, no es ya eurocéntrico. A lo largo del siglo se ha producido la decadencia y la caída de Europa, que al comenzar el siglo era todavía el centro incuestionado del poder, la riqueza, la inteligencia y la «civilización occidental». Los europeos y sus descendientes han pasado de aproximadamente 1/3 a 1/6, como máximo, de la humanidad. Son, por tanto, una minoría en disminución que vive en unos países con un ínfimo, o nulo, índice de reproducción vegetativa y la mayor parte de los cuales —con algunas notables excepciones como la de los Estados Unidos (hasta el decenio de 1990)— se protegen de la presión de la inmigración procedente de las zonas más pobres. Las industrias que Europa inició emigran a otros continentes y los países que en otro tiempo buscaban en Europa, al otro lado de los océanos, el punto de referencia, dirigen ahora su mirada hacia otras partes. Australia, Nueva Zelanda e incluso los Estados Unidos (país bioceánico) ven el futuro en el Pacífico, si bien no es fácil decir qué significa eso exactamente. Las «grandes potencias» de 1914, todas ellas europeas, han desaparecido, como la URSS, heredera de la Rusia zarista, o han quedado reducidas a una magnitud regional o provincial, tal vez con la excepción de Alemania. El mismo intento de crear una «Comunidad Europea» supranacional y de inventar un sentimiento de identidad europeo correspondiente a ese concepto, en sustitución de las viejas lealtades a las naciones y estados históricos, demuestra la profundidad del declive.
¿Es acaso un cambio de auténtica importancia, excepto para los historiadores políticos? Tal vez no, pues sólo refleja alteraciones de escasa envergadura en la configuración económica, intelectual y cultural del mundo. Ya en 1914 los Estados Unidos eran la principal economía industrial y el principal pionero, modelo y fuerza impulsora de la producción y la cultura de masas que conquistaría el mundo durante el siglo xx. Los Estados Unidos, pese a sus numerosas peculiaridades, son la prolongación, en ultramar, de Europa y se alinean junto al viejo continente para constituir la «civilización occidental». Sean cuales fueren sus perspectivas de futuro, lo que ven los Estados Unidos al dirigir la vista atrás en la década de 1990 es «el siglo americano», una época que ha contemplado su eclosión y su victoria. El conjunto de los países que protagonizaron la industrialización del siglo XIX sigue suponiendo, colectivamente, la mayor concentración de riqueza y de poder económico y científico-tecnológico del mundo, y en el que la población disfruta del más elevado nivel de vida. En los años finales del siglo eso compensa con creces la desindustrialización y el desplazamiento de la producción hacia otros continentes. Desde ese punto de vista, la impresión de un mundo eurocéntrico u «occidental» en plena decadencia es superficial.
La segunda transformación es más significativa. Entre 1914 y el comienzo del decenio de 1990, el mundo ha avanzado notablemente en el camino que ha de convertirlo en una única unidad operativa, lo que era imposible en 1914. De hecho, en muchos aspectos, particularmente en las cuestiones económicas, el mundo es ahora la principal unidad operativa y las antiguas unidades, como las «economías nacionales», definidas por la política de los estados territoriales, han quedado reducidas a la condición de complicaciones de las actividades transnacionales. Tal vez, los observadores de mediados del siglo XXI considerarán que el estadio alcanzado en 1990 en la construcción de la «aldea global» —la expresión fue acuñada en los años sesenta (Macluhan, 1962)— no es muy avanzado, pero lo cierto es que no sólo se han transformado ya algunas actividades económicas y técnicas, y el funcionamiento de la ciencia, sino también importantes aspectos de la vida privada, principalmente gracias a la inimaginable aceleración de las comunicaciones y el transporte. Posiblemente, la característica más destacada de este período final del siglo xx es la incapacidad de las instituciones públicas y del comportamiento colectivo de los seres humanos de estar a la altura de ese acelerado proceso de mundialización. Curiosamente, el comportamiento individual del ser humano ha tenido menos dificultades para adaptarse al mundo de la televisión por satélite, el correo electrónico, las vacaciones en las Seychelles y los trayectos transoceánicos.
La tercera transformación, que es también la más perturbadora en algunos aspectos, es la desintegración de las antiguas pautas por las que se regían las relaciones sociales entre los seres humanos y, con ella, la ruptura de los vínculos entre las generaciones, es decir, entre pasado y presente. Esto es sobre todo evidente en los países más desarrollados del capitalismo occidental, en los que han alcanzado una posición preponderante los valores de un individualismo asocial absoluto, tanto en la ideología oficial como privada, aunque quienes los sustentan deploran con frecuencia sus consecuencias sociales. De cualquier forma, esas tendencias existen en todas partes, reforzadas por la erosión de las sociedades y las religiones tradicionales y por la destrucción, o autodestrucción, de las sociedades del «socialismo real».
Una sociedad de esas características, constituida por un conjunto de individuos egocéntricos completamente desconectados entre sí y que persiguen tan sólo su propia gratificación (ya se le denomine beneficio, placer o de otra forma), estuvo siempre implícita en la teoría de la economía capitalista. Desde la era de las revoluciones, observadores de muy diverso ropaje ideológico anunciaron la desintegración de los vínculos sociales vigentes y siguieron con atención el desarrollo de ese proceso. Es bien conocido el reconocimiento que se hace en el Manifiesto Comunista del papel revolucionario del capitalismo («la burguesía ha destruido de manera implacable los numerosos lazos feudales que ligaban al hombre con sus «superiores naturales» y ya no queda otro nexo de unión entre los hombres que el mero interés personal»). Sin embargo, la nueva y revolucionaria sociedad capitalista no ha funcionado plenamente según esos parámetros. En la práctica, la nueva sociedad no ha destruido completamente toda la herencia del pasado, sino que la ha adaptado de forma selectiva. No puede verse un «enigma sociológico» en el hecho de que la sociedad burguesa aspirara a introducir «un individualismo radical en la economía y … a poner fin para con.seguirlo a todas las relaciones sociales tradicionales» (cuando fuera necesario), y que al mismo tiempo temiera «el individualismo experimental radical» en la cultura (o en el ámbito del comportamiento y la moralidad) (Daniel Bell, 1976, p. 18). La forma más eficaz de construir una economía industrial basada en la empresa privada era utilizar conceptos que nada tenían que ver con la lógica del libre mercado, por ejemplo, la ética protestante, la renuncia a la gratificación inmediata, la ética del trabajo arduo y las obligaciones para con la familia y la confianza en la misma, pero desde luego no el de la rebelión del individuo.
Pero Marx y todos aquellos que profetizaron la desintegración de los viejos valores y relaciones sociales estaban en lo cierto. El capitalismo era una fuerza revolucionaria permanente y continua. Lógicamente, acabaría por desintegrar incluso aquellos aspectos del pasado precapitalista que le había resultado conveniente —e incluso esencial— conservar para su desarrollo. Terminaría por derribar al menos uno de los fundamentos en los que se sustentaba. Y esto es lo que está ocurriendo desde mediados del siglo. Bajo los efectos de la extraordinaria explosión económica registrada durante la edad de oro y en los años posteriores, con los consiguientes cambios sociales y culturales, la revolución más profunda ocurrida en la sociedad desde la Edad de Piedra, esos cimientos han comenzado a resquebrajarse. En las postrimerías de esta centuria ha sido posible, por primera vez, vislumbrar cómo puede ser un mundo en el que el pasado ha perdido su función, incluido el pasado en el presente, en el que los viejos mapas que guiaban a los seres humanos, individual y colectivamente, por el trayecto de la vida ya no reproducen el paisaje en el que nos desplazamos y el océano por el que navegamos.
Un mundo en el que no sólo no sabemos adonde nos dirigimos, sino tampoco adonde deberíamos dirigimos. Esta es la situación a la que debe adaptarse una parte de la humanidad en este fin de siglo y en el nuevo milenio. Sin embargo, es posible que para entonces se aprecie con mayor claridad hacia dónde se dirige la humanidad. Podemos volver la mirada atrás para contemplar el camino que nos ha conducido hasta aquí, y eso es lo que yo he intentado hacer en este libro. Ignoramos cuáles serán los elementos que darán forma al futuro, aunque no he resistido la tentación de reflexionar sobre alguno de los problemas que deja pendientes el período que acaba de concluir. Confiemos en que el futuro nos depare un mundo mejor, más justo y más viable. El viejo siglo no ha terminado bien.
El faro entre los árboles/editorial / Revista Malabia
En abril de 2018 se publicó en Barcelona El faro de arena, muestra de literatura uruguaya contemporánea, de la que ahora damos noticia en una nueva edición de MALABIA. Si bien nuestro número 65 es (como en la mayor parte de la serie) un espacio dedicado a creadores y temas diversos, deseamos compartirlo bajo la estela de este libro, cuya recepción nos está sorprendiendo positivamente.
En estas líneas editoriales no nos extenderemos con las características de El faro de arena. Preferimos incorporar en páginas de la revista el prólogo, el texto de solapa, y varios enlaces que dan cuenta de la razón de ser del volumen y de la repercusión que viene suscitando. Lectores de muy diversas disciplinas nos han alentado con sus comentarios e incluso se han sumado a la difusión del título, lo que aquí agradecemos.
El ex presidente uruguayo José Mujica con un ejemplar del libro, en visita a España, agosto 2018.
Esta muestra de literatura uruguaya complementa la que publicamos en 2010, Los árboles sin bosque, ampliando la nómina de autores a un total de 38, cifra más que elocuente en un país que apenas supera los tres millones de habitantes.
Partiendo de un nivel literario que podría situarlos en culturas universales, estos escritores acreditan trayectoria, formación, reconocimiento crítico, premios y traducciones, entre otros atributos. De haber nacido en el primer mundo, la mayoría habría logrado una mejor proyección internacional.
MALABIA dedica su número 65 a estos títulos, y muy especialmente a dos escritores amigos (presentes en Los árboles sin bosque) que fallecieron hace muy pocos años, prematuramente: Roberto Genta y Enrique Bacci, poetas con voces propias y obra de significativo, largo recorrido.
Enrique Bacci y Roberto Genta en Montevideo, hacia 2011.
En próximos números aparecerán varios autores de los volúmenes citados. Aquéllos que no fueron publicados en MALABIA. En la mayoría de los casos con los textos incluidos en estos libros, dejando abierta la posibilidad de alternarlos con piezas inéditas o escogidas de otras fuentes.
Arena, polvo, ceniza. Al ritmo del tiempo, esos nombres describen la meta.
Quienes viven y trazan huellas, llegan antes a ella. (Las piedras tardan más).
En buena medida ese destino se ralentiza con la cultura. Algunas de sus señales quedan en la luz que da perfiles a una sociedad, sentido a su pasado y, en un presente difícil, senderos más visibles para atravesar la noche.
Un país joven, pequeño y recluido al sur de América Latina, con nombre heredado del río Uruguay, presenta uno de los porcentajes más altos del mundo en vocación literaria y artística. En la mayoría de los casos estas experiencias suceden bajo complejas circunstancias, asordinadas por un entorno indiferente, devoto de las referencias extranjeras.
Durante los últimos cincuenta o sesenta años, y en sus vertientes más profundas, la identidad uruguaya ha estado disgregándose por numerosos contravientos, derivando en un páramo donde sólo se agitan (al son de la llanura del territorio) aquellas propuestas que quedarán allí, sin otro objetivo que entretenerse y pasar con ojos cerrados las hojas de los calendarios.
Pero a la orilla de ese cauce supuestamente inexorable surgieron voces dispuestas a otros enfoques, empezando por el conocimiento crítico del presente, explorándolo, definiéndolo, comunicando qué significa transcurrir dentro y fuera de Uruguay.
Voces o luces sin medios para construir sus soportes. Con un horizonte callado y oscuro delante y a la espalda. Aun así, con la misma arena del páramo se fue formando un faro que, a pesar de múltiples intermitencias, intenta determinar rumbos, cruzar días y fronteras, dialogar con las realidades de otros semejantes enfrentados a tanto planetario aturdimiento.
El halo que llega hasta estas páginas revela una sociedad quizá más cercana de lo que un lector foráneo podría esperar. Y deja nombres y textos para demorar la ceniza.
El importante movimiento cultural uruguayo de la primera mitad del siglo XX ha causado estupor y sorpresa en el mundo, sobre todo teniendo en cuenta las dimensiones del país, uno de los más pequeños de América Latina, y su escasa población (apenas llegó a superar los tres millones de habitantes). Una de las explicaciones de ese casi milagro podría estar en su historia contada por los historiadores revisionistas de los años sesenta, que encajaría perfectamente dentro de la obra de algún escritor del realismo mágico. Encontramos en ella enviados ingleses expertos en desestabilización, fuerzas extranjeras de diversos orígenes, una oligarquía reaccionaria, criollos ambiciosos, caudillos locales sin demasiados escrúpulos, religiosos retrógrados, los imperialismos, y por encima de todo un problema de identidad: ¿Es Uruguay un país inventado, es cierto lo del Estado tapón? ¿Artigas era en realidad uruguayo o se le endilgó la nacionalidad por intereses políticos? ¿Los uruguayos son latinoamericanos o europeos nacidos fuera del continente?
Con este panorama ya tenemos el caldo de cultivo para la ficción. Y todavía falta el aliciente de la masiva inmigración europea y, a principios de los sesenta, el impulso de la Revolución Cubana.
La cultura uruguaya, con su multitud de acontecimientos y su mezcla de gente de diferentes lugares, tenía que ser inexorablemente política y universal. También fue vanguardista.
Tres escritores destacan en el siglo XIX y principios de XX: Bartolomé Hidalgo, un guerrero de las luchas por la independencia, que inaugura la literatura gauchesca; Eduardo Acevedo Díaz ─otro hombre de acción─, quien nos cuenta las vicisitudes de su patria por escapar al poder español, argentino y portugués para caer víctima de sus propias guerras civiles; y Juan Zorrilla de San Martín con su Leyenda patria y Tabaré, dos libros emblemáticos (es importante destacar que Zorrilla era diplomático y representaba a Uruguay en España).
El “nacionalismo uruguayo” se termina de concretar en 1876 de forma curiosa. Un grupo de comerciantes, hacendados y extranjeros residentes en el país, liderados por el presidente de la primera Asociación Rural del Uruguay, todos ellos hartos de las luchas intestinas interminables, se dirigió al domicilio del general Latorre y lo colocó directamente en el sillón presidencial. En este período histórico ─llamado Militarismo, otro gobierno bonapartista─ se impone el orden de la oligarquía y las clases acomodadas: el respeto a la propiedad privada es máximo, el alambrado cerca los latifundios eliminando al gaucho (convertido en peón de estancia) y al productor mediano, y en el campo jurídico se realiza una verdadera revolución. Para los optimistas es la modernización del país, para los demás otra cosa.
El aspecto positivo del período está en la educación, de la que se hace cargo José Pedro Varela, cuya consigna era “educar, educar, educar”. Su reforma instaura en Uruguay una escuela gratuita, obligatoria y laica. Otra contradicción generadora de muchos ensayos.
El país se estabiliza totalmente durante el gobierno de Batlle y Ordóñez. Sus políticas sociales, pioneras en Occidente, marcaban la modernidad del país, a la cabeza de América Latina en todo. Se trataba más bien de un país europeo, “la Suiza de América” como fue llamado. Las escuelas harán durante años la apología de su gobierno. Batllismo en política, positivismo en filosofía, la cultura europea, en especial la francesa, como arquetipo. Dentro de esa atmósfera de tranquilidad y siesta la literatura apuesta por el Modernismo y aparecen tres figuras fundamentales: José Enrique Rodó, con varios textos que tendrían enorme difusión y serían estudiados y criticados (negativa y positivamente) fuera de fronteras, en especial su Ariel; Julio Herrera y Reissig, un escritor de precaria salud que vivía encerrado en el París inventado de su torre, llamando “Tontovideo” a su ciudad natal, y que recibía en sus tertulias literarias las novedades del París real de manos de Roberto de las Carreras; y Delmira Agustini con una poesía que en el momento en que se publica desafía lo que para las convenciones sociales era decoroso decir en una mujer. Rubén Darío opinaba que desde Santa Teresa de Jesús la poesía hispánica no había producido versos tan intensos. La poesía de Juana de Ibarbourou, «Juana de América», también se expande por todo el subcontinente. Horacio Quiroga llama la atención del lector internacional con sus cuentos escritos en plena selva, luego traducidos a diversos idiomas, entre ellos el ruso, el griego y el sueco y que todavía hoy se siguen editando en España. Felisberto Hernández pasa desapercibido, sobre todo por su posición política (un reaccionario en tiempos de cambio) y pese a sus esfuerzos por ser publicado en el exterior (incluso con la ayuda en Francia de Jules Supervielle, escritor uruguayo-francés) recién es valorado tras su muerte, cuando es considerado el buen escritor que era y se le traduce a varios idiomas.
Por los años cuarenta se publica un libro, El Pozo, que tardará diez años en vender sus primeros cien ejemplares. Su autor, Juan Carlos Onetti, se convertirá después en el escritor clave de la literatura uruguaya. Sus obras llegan a las universidades europeas y causan, una vez más, estupor y sorpresa. ¿Cómo un escritor del tercer mundo, ese lugar exótico, puede escribir sobre temas que parecen reservados a escritores de la Europa culta? Es importante recordar que en Francia comenzaba a germinar la revuelta estudiantil de los sesenta (un cambio generacional relevante en las costumbres), y Onetti, desde su tercer mundo europeo, les contaba cómo eran sus mayores. En la enorme ola generada por el autor se montan Benedetti y Galeano, dos escritores altamente politizados y muy cercanos al periodismo, que causan furor en Europa, donde sus textos son leídos con profusión en la época de las dictaduras latinoamericanas. Hasta hoy ambos son referencia para gran número de lectores en todo el mundo.
Refiriéndonos a escritores uruguayos, no debemos olvidarnos de Juan José Morosoli, Serafín J. García, Francisco Espínola, Armonía Somers, Álvaro Figueredo, Amanda Berenguer, Juan Cunha, Orfila Bardesio, Marosa di Giorgio, Idea Vilariño o Enrique Estrázulas, entre una lista tan diversa como digna de atención. Y conste que hemos citado a unos pocos autores ya fallecidos.
La cultura uruguaya no se ha limitado a la literatura. El filósofo Carlos Vaz Ferreira planteaba las escuelas en los parques, como en la antigua Grecia. Ochenta años después Islandia causa la admiración de Europa con la misma idea. Los pintores Barradas y Torres García destacan en Cataluña (un centro cultural barcelonés lleva el nombre del primero) y hasta hoy aparecen en los catálogos. Homero Alsina Thevenet, crítico cinematográfico, fue el primero en escribir elogiosamente sobre Ingmar Bergman, cuando el cineasta sueco era apenas reconocido en su país, mucho antes de que Europa reconociera su talento. Los críticos literarios Ángel Rama y Emir Rodríguez Monegal son reconocidos mundialmente aun hoy. Carlos Quijano, redactor responsable de Marcha, marcó una época en el periodismo. Rafael Barret, español afincado en Paraguay, buscó refugio en Uruguay y colaboró en diarios y revistas. Y José Zorrilla de San Martín, hijo del poeta ya citado, fue pintor y escultor, como también diplomático.
En la década de los sesenta Uruguay entra en dificultades, la situación económica se deteriora, las protestas y movilizaciones se suceden y aparece la guerrilla urbana. El Parlamento es impotente para establecer el orden y se hace necesaria una solución drástica. En la democracia de casi cien años asoma el golpe militar como única salida posible. Esa era la parte visible de un problema internacional más complejo. No olvidemos que los Estados Unidos y Europa tenían, por primera vez desde el fin de la guerra, graves desafíos. Había que frenar una cultura desmadrada que reivindicaba todo aquello que desafiaba el pensamiento imperante y aceptado. En el tercer mundo se estaba poniendo en duda la esencia del capitalismo. tomando como ejemplo las revoluciones cercanas en el tiempo. Las medidas adoptadas por el gobierno de facto cívico-militar uruguayo, entre otros puntos, establecen: prohibición del uso de ciertas palabras, control de los programas educativos, limitación del derecho de reunión y censura a diarios y revistas, que culmina con el cierre del semanario Marcha, nexo entre los intelectuales uruguayos con los del resto del mundo. Y encima la Operación Cóndor, que empujó a miles de intelectuales al exilio. De ahí en adelante la cultura quedó en manos de los medios de comunicación adeptos al régimen.
Cuando acabó la dictadura Occidente ya entraba en una fase del capitalismo (muchos estudiosos opinan que ya no es capitalismo), iniciado por la escuela económica de Chicago y llevado a la práctica, en la nación imperial por excelencia, por Margaret Thatcher, que con sus políticas destruyó (o domesticó) los poderosos sindicatos británicos.
El poder de las corporaciones y bancos se alzó por encima de los parlamentos globalizando el planeta. La cultura quedó convertida entonces en cultura de masas: la combinación de la televisión, los grandes diarios, radios y editoriales, cuyos dueños son los mismos de todo el conjunto, grandes corporaciones o millonarios mesiánicos. Los ministerios de cultura occidentales, incluidos los “progresistas”, aceptaron hablar de industria cultural. El problema de esta denominación consiste en que el producto de cualquier industria (en este caso libros, pinturas, películas, etc.) es una mercancía cuyo valor se mide por las ventas. Ganar dinero es el objetivo de la cultura de masas y el dinero se obtiene fácil alienando a las clases populares de bajo nivel cultural con productos de ínfima calidad y a la mayoría de los seudointelectuales, que son legión, con la falsa libertad de las redes sociales, último paso de gigante de la cultura de masas.
Como consuelo quedaba la percepción de que en esa globalización las oportunidades serían iguales para todos los artistas de Occidente. Nada más lejos de la verdad. Un libro de un escritor español publicado por una editorial española importante es difundido en todo el ámbito de habla hispana, mientras que el de un uruguayo (editado por la sucursal uruguaya de esa misma editorial) no sale de aquel país.
La revolución cultural de finales del siglo XX (desde 1968 diría yo) y principios del XXI ha consistido en la victoria del individualismo sobre la sociedad. El director de cine italiano Roberto Rossellini decía: “La sociedad está basada en las leyes, la comunidad en el amor”. Primero perdimos la comunidad y ahora la sociedad.
Dentro de este panorama la literatura uruguaya tiene varios desafíos. El principal es salir al exterior, como hacían los escritores de antaño. Esto consiguen hacerlo hoy sólo algunos escritores aislados, pero sus esfuerzos, aunque logren formalizar alguna presentación testimonial, carecen de difusión. La aventura debería plantearse desde el colectivo, pero para fundar una literatura la condición esencial es tener un espacio donde obras y autores sean evaluados y discutidos, como nos dice Octavio Paz. El Uruguay actual carece de ese espacio y también de una tradición literaria, aunque la tradición se inventa (como la identidad nacional) partiendo de un escritor o de un grupo de escritores. El país, como hemos visto, los tiene, aunque en el olvido o cuestionados, sepultados por esa escritura de “use y tire” que plantea la cultura de masas. Ahí radica el otro punto fundamental: entrar en Europa para llamar la atención y ser difundido, como hizo la generación del boom, sólo se logra desde la vanguardia. Baste recordar que el libro que posibilitó el boom mencionado fue Ficciones de Borges.
En Barcelona se ha editado hace unos años una relevante muestra de literatura uruguaya, Los árboles sin bosque. El acertado título define perfectamente al buen escritor uruguayo actual: aislado, solo, limitado en lo material, rumiando en silencio su calidad creativa.
El faro de arena es una nueva muestra con otros autores que complementan a los del libro anterior.
¿Por qué decimos muestra? Porque antología es la elección de una serie de textos con un fin concreto, y cuando se dice “de antología” nos estamos refiriendo a algo magnífico, generalmente elegido por el gusto de los antólogos. La muestra no maneja ninguna idea predeterminada. Los autores seleccionados envían sus textos y nosotros, a manera de puente, comunicamos a los lectores: aquí lo que escriben los uruguayos en esta época, ustedes lean y, si quieren, juzguen. Por lo que respecta a los editores, nuestra verdadera intención es que ese faro surgido del páramo haga viable el camino de los árboles. Árboles únicos hacia un bosque que ya se advierte en estas páginas.
Montevideo, 1957-2014. Poeta, narrador, editor, gestor cultural, director y locutor de radio. Ha sido director-fundador de la revista La Crítica y de Ediciones de la Crítica.
Sus textos han sido publicados en diversas revistas, periódicos y antologías uruguayas y extranjeras.
En poesía ha editado: De puño y letra (Montevideo, 1986), Geometrías y Elegías (Mdeo., 1987), Piedra Abierta (Mdeo., 1994), Caída Libre (Mdeo., 1996), Paraíso Breve (Mdeo., 1999, Segundo Premio de poesía inédita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), Sangre Sucia (Mención especial en poesía inédita 2002 y Segundo premio en poesía édita 2003 / MEC Uruguay), Salida de emergencia (Madrid, 2004), Fractal (Mdeo., 2008) y Desapalabrar (Mdeo., 2014).
En 2003 editó el CD Amecedario (Ed. Civiles Iletrados, Maldonado).
Su novela El Cerco se publica en 1990 (Editorial Signos, Montevideo).
Durante siete años fue director del programa radial De puño y letra, un encuentro con la poesía y la cultura nacional (CX38 y CXA4, SODRE, Uruguay), declarado de interés cultural por el Ministerio de Educación y Cultura. Por tres años se desempeñó como columnista en CX30 Radio Nacional (Uruguay).
El grupo de rock noruego The Crest musicalizó en inglés y castellano textos de su penúltimo libro publicado.
Como gestor cultural, en los últimos diez años ha desarrollado ciclos semanales de lecturas en vivo en diversos lugares de Montevideo y Canelones, con la participación de figuras destacadas de la literatura uruguaya.
POEMAS
No está buscándote. No sabe que lo buscas en el aire en paredes entre piedras ignoradas por el viento. No sabe/ no está no espera en ningún sitio/ a nadie espera porque se aguarda a sí mismo y hay todo lo que no es él y debe esconderse de la sombra/ de extranjeros de vísceras calientes/ de su propio esqueleto de palabras. No dice estoy en el vacío Dice soy el vacío y apenas puedo distinguir mi cuerpo.
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Prepara la valija llénala de nada solamente un libro una toalla un revólver. Tómate el primer ómnibus bájate en cualquier parte y camina entre desconocidos hasta perder los zapatos hasta que la valija pese y con el arma en la mano en otras direcciones sigue hasta encontrarle hasta saber qué rostro tiene el muerto cuál es la cara del asombro —si hay asombro— cómo será el grito —si es que hay grito— antes del estampido. Antes de apoyar el metal en tu cabeza.
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No sabíamos madre. No concurrimos al templo. No sospechamos la sombra. Fuimos enemigos de Dios y entre píldoras y viento nos fue desnudando lo siniestro en el áspero gozo de la vigilia.
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Nota actualizada y textos del libro Los árboles sin bosque. (HR)
Paso de los Toros, 1960 – Atlántida, 2015 (Uruguay). Poeta y narrador. Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Residió en el balneario Las Toscas (Canelones), al este de la capital.
Bibliografía publicada en Uruguay: La flor difícil (1999), La luz ese río (2000), Midland (2002), Temprana bocanada (2004), Valdirio, maquinista (2006), Isabelas (2008), Lejanías (2009), Cimental, la culpa (2009), abrA (2011), aguas de Te Aroha (2011) y, póstumamente, Polcasola (2016).
Su poemario Midland se incluyó íntegramente en la antología Pulir huesos, 23 poetas latinoamericanos (1950-1967), preparada por Eduardo Milán para el sello Galaxia Gutemberg (España, 2007).
Ha colaborado en varias publicaciones, entre ellas la revista cultural Crítica (Universidad Autónoma de Puebla, México), y participado en lecturas poéticas y eventos literarios de Uruguay y el exterior.
TEMPRANA BOCANADA / fragmentos
El sueño es del hombre su habitante.
Pertrecho, manojo de viento salido de madre que mira, ah, larguísimo tren baja del aire y da con esto en esa noche, ¿verdad? y queda orilla de la piel soñando el otro lado.
Por estos días la imagen de la cruz levanta el pelerío de los santos. En vagones van llegando.
Ya te dije la otra vez, hace falta una iglesia de verdad, con sus campanarios altos, sus palomas y una cruz que convoque al rayo de la tarde y algún rezo, cierto.
El sueño es una oración desnuda.
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Llegas y siempre hay entreabierta alguna puerta, ni te digo un día de lluvia. Se dejan por si acaso para ver lo que pedimos y no hace falta más que tiempo entre el horario de los trenes. Para ver lo que buscamos está la sombra y allí entramos. Te dice enseguida que dejes de llorar por tanta espera (entendé que la otra lengua está pidiendo que no cese de llover).
Al ratito esa casa se desnuda
y adentro de la duda una mujer
de rodillas mojadas pero cierta
te arrastra a sus entrañas. Entreabierta a la cosecha, bien mujer, te enseñan a morder sin lastimar y a levantar el verbo cosechar, esas costillas de todo y ahí sí que deja de llorar la sed sin que cese de llover.
En esos casos sabes que los rasguños te acompañan a la vuelta.
VALDIRIO, MAQUINISTA / fragmentos
Sedentario. De lo que fue y será,
de lo que entró a salir al paso de la hiedra enamorada. Disecado, ese grito de lenguas sin hablar en la grava cenicienta.
Ah… esta boca en balde, pendenciera,
alerta en la sombra, vertical,
con la encía corroída por el gusto del silencio.
Con el hábito del padre de alejarse a masticar la mañana —sabandija— de un dirá.
Que será lo que se hunde, lo finado,
las volutas de la cosa, conversando, en espiral.
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Y no sin dolor se abrió. Una frase de la otra, una noche y su destino. Lo contiguo y lo conmigo.
El tener que precisar el asiento de las voces, de la idea. Enamorada, la hiedra. Quién no.
Disecada, la espera de la huella. Donde fuí.
Sedentario, di sediento o serenado, sitio a cuestas. De pesado ve a la silla un pensamiento.
Al paso, en bocanada, viene el viento,
ocupado en descansarte la palabra si es, entra
por afuera de esa puerta.
LEJANÍAS / fragmentos
Midland
Nada queda ante la puerta de la luz
nunca deja de ser el viejo la sombra
de un niño. Viento de puerta abierta
¿recuerdas este mundo?
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Ars moriendi
Tu decisión, solitaria, me acercó a los sapos ciegos que quedaron del cincuenta y nueve y su inundación, a esas casas cariadas de humedad, a los caminantes hundidos en su huella. Así veo afilarse tus uñas en el mármol, empujar a la vejez tus encordados. Persignarte, céntima, y venirte abajo por las noches, con el niño que no duerme pero duerme. Traslúcido tremendo venirse encima, perrerías de tormenta con sus presuntos, bordes negros, vello ajado de la yegua. Carro de pasto tierno.
―Dios ve -decían aquellos, y lo creíste. Pero cuál fue la pregunta.
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Nota actualizada y textos del libro Los árboles sin bosque. (HR)