en el último pabellón aislado el uruguayo juega con sus dedos rotos desentendiéndose de la muerte
es esta incertidumbre
cara o cruz del destino
vivir pagando cuentas atrasadas
o vivir
alguien
alguno
ha invertido toda la desgracia en nuestra cuenta
corriente
o será
que nos han invertido la cara
y andamos todos descarados
llevando la desgracia por esquinas impares
sin podernos encontrar
la cara
y así
cómo la vamos a encarar
nos dejaron pagando
los cheques diferidos que
nos valleja la muy muerte
es esto de andar sin cara
con una cruz
X tal
SEGUNDA PUERTA
la cancel no cancela nada
el vidrio está roto
ya no hay dibujos ni flores ni cincel
los celos son vidrios rotos una puerta
que gira loca la cancel
se da de portazos vez tras vez acaso el viento
lo supo tía la señora de la casa y la muchachita
que limpiaba los vidrios y un día
se cortó
prender la hornalla antes de encender el fósforo perderse dentro de la casa el sillón parecer otro pantalón manchado predecir perder todas las conversaciones repetir la hornalla dos hijos cada perder nombres de hijo en cender el sillón dentro de cada perecer la horna llama
raya el silencio un grillo
el rojo de la flor después de la lluvia
no lo encontraré en caja alguna de colores
la u que estira el buque al salir del puerto
no tiene palabra
ausencias que el grillo raya
flaca
/ otra tía tenía soltera / cada vez más hija única /
tampoco tenía apellido paterno creo / nunca
nadie comentara en la familia / solo
madre católica hasta el desprecio / cuidaba
sus contenciones / la limpieza controlabavbr>
impecable / toda la vida / toda / del brazo
por cumpleaños bautismos comuniones y velorios /
visitaba con su madre a las primas del brazo / un paquetito envuelto en colores y una cinta con moño / apenas
una pavadita /
/ una mantenía el silencio latía / el gesto de madre tajantemente catoliquísima /
hasta el desprecio / despreciaba / la otra la tía mi tía
muy flaca / hablaba excitándose sin parar / hablaba
y hablaba / del tiempo hablaba / las cosas que están
pasando / recitaba nombre y fecha de cada santo / cada uno
de sus sobrinos / amaba
hasta la soledad / ustedes deben de haber tenido
una tía que hablaba sin parar / con su madre
dominantemente el gesto terrible / un par de pajarracas
grises / perfumadas / solteras las dos del brazo /
la vieja y la más vieja que su madre era / devota
hasta la soledad / inevitablemente / la madre murióse
una vez que estuvo segura / de que no contraería
abrazo alguno / hombre / otro apellido / una vez que
la hija mi tía ya tenía tantos años como la abuela /
inevitablemente adelgazaba aún más / cual pálido lirio
se fue marchitando / le merodeaban cangrejos
cangrejos cangrejos / gordos cargosos / cargaron
sus huesitos cuando ya no pesaba nada mi tía
ni lucecita
____________________
Gustavo Wojciechowski (Maca) nació en Montevideo en 1956.
Diseñador gráfico, escritor, editor. Ha publicado varios libros de poesía, una novela, un libro de pastiches, plagios y entretenimientos de palabras, un par de CDs, uno de ellos multimedia. Funda e integra el grupo de trabajo y sello editorial Ediciones de UNO (el cual integra desde 1982 hasta 1987). En 2004 crea su propio sello editorial: Yaugurú.
Los textos aquí presentados integran el volumen El faro de arena (Muestra de literatura uruguaya contemporánea, Federico Nogara, Editorial Pensódromo 21, Barcelona 2018), y pertenecen a los libros Segundas impresi(ci)ones (Ediciones de UNO, Montevideo 1984), (en)AJENA/ACCIÓN (Ed. de UNO, Mdeo. 1986) y De entonces acá (3a ed., Editorial Yaugurú, Mdeo. 2015). La selección es de Héctor Rosales.
De poemas que son siempre cuerpos / Jorge Rodríguez Padrón
RICARDO HERNÁNDEZ BRAVO (1966) es uno de los pocos poetas a los que vengo leyendo desde hace años, casi veinte, y a los que sigo con especial interés. Son muy pocos, insisto; y, cada vez más, son menos… La pobre poesía no está ya en manos de quienes la escriben, sino de desaprensivos que la utilizan con fines espúreos… Nada digamos si son esos adolescentes, encumbrados por los medios y por la que llaman crítica que nos los hacen pasar por deslumbrantes prodigios. Advierto; digo adolescentes no sólo por la edad (que también) sino en el sentido estricto del término. ¡Les falta tanto, tanto, para ser!… Pero yo estaba (estoy) con Ricardo Hernández Bravo, y no quiero desviarme de nuestro asunto: hoy estamos aquí por él, con él. Y decía que lo vengo leyendo desde hace mucho. Pero, ya en mi primera aproximación a su poesía, hice mi primer descubrimiento: con apenas veintipocos años, nuestro poeta escribe: «Cada palabra un palo de ciego,/ un movimiento de labios/ tras el cristal./ Ahonda/ en la mirilla el ojo entornado». Eso escribe; y resulta que ahí está todo dicho (todo lo que es poesía, se entiende). Aunque él ya sabe, en ese mismo momento, que –a partir de ahí- todo está por hacer. De entonces, también, ese «muro de pintadas», ese «frente de mina (…) veta/ de ojos que se resiste al picador». No sé yo, pero estoy convencido de que sí, por lo que luego viene, si nuestro escritor era del todo consciente entonces de lo que acababa de dejar escrito: el serio compromiso que, de ese modo, contraía con el oficio de la palabra; que no es broma, por cierto, como ahora nos hacen creer. En los versos citados, los tres vértices que sustentan su poesía, desde entonces a hoy: el ojo entornado, el mundo que se contiene y sucede en la pared de piedra, la mano que se aventura a rozarlo… Porque parecería que Ricardo Hernández Bravo es un poeta intelectual, cuyo pensamiento se adensa mucho en sus poemas; pero no podría ser quien es sin la sabia sensualidad que agita estos poemas que son siempre cuerpos.
Como adelanté, en aquel principio, todo queda dicho; pero allí todo está también por hacer. Así que el poeta incorpora a continuación, con rara madurez, el deslumbramiento que la memoria presta (no los recuerdos, subrayo siempre) para la explosión y expansión de una voz que se hace escritura: ritmo -sístole, diástole- de esa vitalidad a la cual también me he referido. Ahí radica -lo he pensado tantas veces- la rareza, que es singularidad, de nuestro escritor: con un plan como el enunciado en aquel primer envite, no le queda otra al poeta que ponerse en camino; y veremos cómo lo demás le será dado por añadidura. Eso sí, nunca de balde. La poesía -dejó escrito Gonzalo Rojas- es herida. Y no se me ha ido de la cabeza tal afirmación: un buen lío, sí; como, no hace mucho, dije en otro lugar. De modo que los poetas que lo son de verdad, esos que no andan por los escaparates (Ricardo Hernández Bravo es uno de ellos), lo confirman. El amor es un lujo, escribía Jürgen Theobaldy, y nuestro Ricardo lo trae a colación cuando ya se decide a excavar pozos donde los ojos mendigan y cada día pierdo; mira entonces la hierba crecer por una grieta herida en donde «reverdece el descarne». Cristóbal Cáceres me habla de la pérdida del pudor de nuestro poeta, al volcar su intimidad en sus versos… Quizá sea eso, y yo ande perdido; pero si me preguntan qué caracteriza, en pocas palabras, la poesía de Ricardo Hernández Bravo no dudaría en señalar que es extremadamente pudorosa: un rigor extremo se manifiesta en ella; nunca he visto que haya en sus poemas una sola palabra de más (¿no rondan por ahí Ungaretti y Rafael Cadenas?). Todo el esfuerzo de nuestro poeta es para que siempre -en el poema- «vaya de menos». Ni excesos, ni sobrantes: lo dicho debe quedar temblando ante el lector, de modo que éste se reconozca en aquella misma incertidumbre de ser. No hace concesiones nuestro poeta: él es quien escribe, quien respira, allí (¿por qué se mantiene al habla, si no, con Rimbaud?).
Anelio, admirado amigo, me descubre el secreto siguiente, que tanto tiene que ver con lo que intento explicar: el poeta Ricardo Hernández Bravo recorre -dice- «caminos y barrancos en busca de troncos resecos por el sol (hallos o jallos) para hacer verdaderas esculturas». Empiezo, entonces, a atar cabos y a comprender tantas cosas: la tierra, espacio primordial del origen; pero materia creciente, también, de lo que regresa: eterna transformación y disolución. Pero no se trata de cosas que sucedan porque sí; y si yo tengo a Ricardo Hernández Bravo por uno de los poetas de lengua española que merecen particular consideración es porque no elude, en ningún momento, ni la complejidad del mundo ni la dificultad para decirla: cercado como tienen hoy al lenguaje la corrección y la comunicación (nos lo han arrebatado, lo han deshecho y pretenden dejarlo en nada), Ricardo Hernández Bravo siempre halla salidas -como con sus restos de naturaleza reseca- y no para hacer las cosas más fáciles, para debatir, a verso partido, con las carencias del ser; sin ir a tontas y a locas, por donde hoy pretende ir nuestra poesía (y se celebra que lo haga: semejante aberración), y para encontrar ese camino que lo lleve «desde la realidad a la Realidad» – que así dice, con Jaime Siles. Pues bien, en este acarreo -no muy diferente del de los resecos troncos- reside la clave de su escritura. Así de sencillo. Pero…, a ver cómo. Con este aprendizaje hecho, con la voz del poeta tan próxima a lo que entiendo una poesía de verdad (con Rilke, Ricardo comparte el inquietante mirar de la palabra), puedo leer al poeta en ésta su desembocadura, límite también que habrá de afrontar a partir de este libro que hoy nos reúne.
La piedra habitada (que publica con todo esmero Ediciones La Palma, en su serie Ministerio del Aire) anda en el telar del poeta nada menos que desde 1997. Nuestro escritor se ha pensado mucho este libro; y confiesa, apenas comienza, su voluntad de abrirse desde la piedra -principio, fundamento: palabra- a la medición, meditación del mundo (espacio de la existencia), desde una exigida y exigente contención sintáctica que es precisión semántica. Palabra dicha, y dada, en la cual se manifiesta «el clamor emergido, insondable,/ las voces regresadas a su voz/ más allá del umbral,/ en el aire entornado». Hay, en la tensión de esta escritura, un deseo de conocer cuanto desborda los límites, cuanto pone a las carencias naturales del ser en disposición de ser superadas; para pasar hasta un más allá, más adentro. ¿A qué luz? Un ejemplo muy revelador: «una madre celosa de su orden/ volvió al polvo la piedra,/ su exacta redondez, su cálida ternura,/ toda aquella belleza codiciada/ que sólo en el destiempo poseímos». Y una imagen que resume la tensión y la dimensión poéticas que la palabra propone: «camuflada en su herrumbre,/ tras el umbral que sólo el aire cruza,/ como un resto de orden,/ en el dintel, la llave». Atendamos al léxico, al cuidadoso trato que el poeta le dispensa; cosas que ya nada parecen importar en la escritura literaria habitual: atento al adjetivo necesario, no almidona la frase con el primero que le viene; mimo para los diminutivos y la distancia que establecen, cuando es imprescindible. Todo ello contribuye a detener el descascaramiento, el descarnamiento del lenguaje para que diga nada, como quieren quienes buscan despojarnos de él, que es lo que somos. Ricardo Hernández Bravo, por el contrario, lo conjura con una sabiduría para mí tan natural: no hay retórica sino verdad; la palabra tiene tal plenitud porque el poeta sabe cómo arraigarla en el tiempo; no para contar lo que pasa, como se ha hecho malinterpretando a Machado; para cargarla de memoria, la verdadera dimensión del tiempo, vencedora del cómputo convencional: que decimos historia y creemos decir progreso.
Entrar en la memoria, circular hacia el principio, fondo u origen («piedra viva angular»: de nuevo, el adjetivo y su oportunidad), la apuesta poética por naturaleza. Hoy se desdeña porque exige pensar; peor, por ese inconsciente infantilismo que se detiene en lo banal del juego (que ni el riesgo de éste considera); y más grave aún: que se tenga por imprescindible para educar (¿recuerda alguien el fracaso de Summer Hill?). Esa ejercitación de la palabra poética para alcanzar los principios no impide a Ricardo Hernández Bravo ir también hasta lo más próximo, y con dedicación de miniaturista («viejos caminitos de cemento», «tercos malpaíses del origen»): una mirada tan particular, tan iluminadora de conocimiento. Esta mirada, como aquella memoria, nacen de su resistencia ante la que se denominó poesía del silencio; dejan el poema abierto a la perplejidad de su hallazgo («eterna infancia de la piedra») y no queda atado al artificio de la apariencia, a la exquisitez de la expresión que sólo reivindicaban la mezquina presunción del sujeto que la decía. Sin perder la exigente contención que su poema requiere, nuestro autor amplía la mirada y establece la distancia precisa (¡qué difícil, y qué bien lo hace!) hasta dar con la palabra exacta que hace poema, y no otra cosa. Entonces, su escritura se despliega a partir de aquella concisión, coteja su brevedad primera con su desarrollo ulterior, en el cual se completa la lectura; y hasta podemos ver ambos poemas, uno frente a otro, recíprocamente reflejados en las páginas que los acogen: un diálogo implícito entre ambos. Bastará un ejemplo:
Llama junto al camino
la piedra a la quietud,
invita a diferir la urgencia,
a saborear un dulce aplazamiento:
ese dejarse estar,
acogerse a su pulso
escindido del tiempo,
avenirse en el margen
antesala del último deslinde.
__________
Me demoro
en la sed del camino.
En sus vueltas
se hace albergue el paisaje,
serventía a los ojos,
agua ofrecida.
Ni retórica, ya dije; ni patetismo: una total naturalidad en la caligrafía del poema; incluso cuando deben aflorar los sentimientos (aquí, con Daniel Faria, poeta en quien concordamos); algo que me parece importante porque dará sentido a la ecuación padre que es isla que es abuelo. Dimensiones del límite y tensión de orilla, en donde una verdadera escritura insular se halla ante su propio ser, ajena a tanta simpleza geográfica, a tanto reduccionismo timorato. Por supuesto, el paisaje en la poesía de Ricardo Hernández Bravo es más que reconocible, y no lo disimula; pero debo advertir que no se trata de una simple presencia pintoresca: es el vértigo de un espacio que es tiempo, en donde el individuo se halla entre el permanecer y la memoria que lo reclama para darle verdadero sentido. Sigo pensando lo mal que se ha leído -sólo se ha utilizado a conveniencia- la reflexión de Pedro García Cabrera acerca del hombre en función del paisaje. Voy a unos versos de Ricardo Hernández Bravo, para ver si puedo decirlo mejor: «no sé,/ quizá por ser aún fiel a su memoria,/ quizá/ por contener un poco mi derrumbe». Su escritura toda, una reflexión muy seria: nada del fácil recurso a la anécdota (aunque la haya; o precisamente porque la trae al poema de modo consciente). La de Hernández Bravo, una mirada poética de limpieza absoluta. No digo pureza, con toda intención. La vida es, de suyo, impura; tal ve y reconoce nuestro escritor, una vez y otra, en su contacto con ella, tan directo (tacto físico de las cosas) que las imágenes, deslumbradoras siempre, no ocultan el temblor que las mueve y hace que el poema respire, sea materia verbal desde el silencio previo hasta el que queda después de haber sido dicha.
Si hasta ahora he dicho yo lo que debía, habrá quedado claro que la escritura poética de Ricardo Hernández Bravo tiene un fundamento oral de primera importancia; algo sin lo cual no hay poesía que tenga verdad, que sea verdadera entrega del sujeto que en ella da su palabra. Puede quedar en un más o menos aseado artificio; pero por sus versos no correrá la sangre y savia de la memoria. Por ello, no es casualidad que Ricardo Hernández Bravo permita que la suya se refleje, por ejemplo, en la escritura de las endechas. La oralidad, como decía, determina el ritmo de los poemas: una forma particular de respiración de la palabra y de la frase, del verso y del poema. Hagan la prueba, sin no me creen: lean dejando que la voz suene… Lo sorprendente será, entonces, cómo ese ritmo oral es también visual y otorga a la expresión una densidad más que notable: «como quien anda su alma» -escribe nuestro poeta. Y, por si no bastara, la continuidad propia de esta escritura adquiere el modo del caminar humano, y hasta el movimiento cuidadoso -como insinué más arriba- del tacto y del latido consecuente que se recibe del ser primordial (origen) del mundo; que es adonde el poeta nos ha llevado con su palabra. Comprensible, en este sentido, el extraordinario paralelismo -por ser tan natural- entre el movimiento tan cauteloso del ser en su búsqueda -contacto vivo con el mundo- y la tensión en el desarrollo de la misma, que puede observarse en versos como estos: «Bajo mi planta,/ ora cantos gastados,/ amplias lajas pulidas,/ ora calzos salientes,/ duras lascas filudas, moledoras./ En el apoyo,/ la traza de otros pasos en la piedra,/ en su firmeza un leve encogimiento,/ minúsculo acolcharse bajo el peso».
¿Y qué con el poema que cierra el libro? Del cual, yo diría, nos avisa el propio escritor, a medida que nos aproximamos al final y nos habla de la «antesala del último deslinde»… Aquí debo -y ya concluyo; aunque no sé si es acabar, y nada más- hacerles partícipes de mi experiencia como lector, de la implicación que no he podido eludir… Yo me pongo a escribir, creyendo que estoy a salvo, pero nada más lejos de la realidad. Cuando se leen poemas como estos, un libro tan serio como éste, con tan sólida unidad, les puedo asegurar que no sale uno indemne. Al menos, esto me ha pasado con La piedra habitada: cuando menos lo esperaba, y estoy tan ricamente en la apacible tardecita, con los viejos sentados a la fresca bajo un grueso eucalipto; cuando seguía pensando en el vigor de memoria que, como he contado, atraviesa todo este libro, me doy de bruces con el vértigo que aguarda al otro lado de la «orilla del camino» en que los viejos quedan. Son apenas tres versos, pero con la intensidad, con la inminencia de un hai-kú:
Sobre las aguas
del aljibe sin techo,
sombra de nubes.
Y este lector se queda mirando, absorto en la hipnótica superficie honda, allí quieta; pero es llevado, sin que lo note casi, por las nubes que pasan. Aún no me he repuesto de la impresión; por eso la comparto con todos ustedes. Allí, quieto. Con la pena de no seguir; con la evidencia de tener que arreglármelas ya sin ayuda, por mi cuenta y riesgo, en un silencio que queda balbuciendo… Tal cual. ¿Y tengo la osadía de seguir hablando?
Desde la alta terraza del hotel contemplo en mi torno las luces de la bahía de Río y las de la montaña próxima, todavía más atrayentes. No se sabe a qué pueden estar prendidas esas estrellas terrestres, en la noche que profundizan.
Pienso: «¿Por qué este viaje al interior? ¿No es acaso lo peculiar del Brasil el entregarse empezando por sus costas? Las montañas y su vegetación, todo lo que hace habitualmente el interior de un país, vienen aquí al encuentro del viajero, en plena mar, lo interpelan y lo reclaman».
Aun antes de desembarcar se oye cómo dice la tierra al mar: «Te doy estas montañas, las mejores que tengo, mira sus formas suntuosas y extraordinarias, mira sus palmeras». Y el océano, sobre las playas, asiente con ruidosas protestas de amistad.
Sin embargo mañana dejaré esta ciudad que conozco tan mal todavía (sería preciso un mes para darse una idea). Rumbo a Ouro Preto con mi amigo Gerardo Seguel, amigo de Neruda y de Díaz Casanueva, notables poetas chilenos los tres. El viaje, mantenido hasta hoy en estado de proyecto, va a tomar forma de vagón, de un vagón determinado, distinto de las gentes que nos enfrentan con sus cabezas rotundas.
Domingo 13
Estamos en el tren. Las curvas no escasean y la locomotora se ve, por la ventanilla, como una extraña que se olvidara totalmente de nosotros. El paisaje responde a todas nuestras preguntas repitiendo: «Palma, palmas, bananas, bananeros, muy agradables montañas». Se tiene una impresión tal de sueño, en estas primeras horas de viaje, que no parece sino que se pudiera meter el índice sin peligro entre las alas de un ventilador. Y, de pronto, nos asombramos al ver por la ventanilla que ya no quedan bosques. Entramos en el estado de Minas Geraes. Las muchachas de las estaciones se suceden tomadas de la cintura. Tengamos aún confianza en lo futuro y comencemos por olvidar ese horrible ruido del tren que no había advertido hasta ahora. Sueño con un tren que sólo tuviera la sonoridad de un velero.
Nos detenemos todavía en una estación. Una niña besa en el andén la mano de su padre. Está bien: aún queda respeto en el mundo.
Comienza a hacer calor, sopla un viento norte. Un vecino acusa a los Estados Unidos de enviarnos esa ola caliente. Otro ríe: «No es necesario ir a buscarla tan lejos».
A la derecha y a la izquierda aparecen adorables montículos. Me dicen que son nidos de termitas. Es decir, que yo habré visto, que yo también habré visto, esos nidos de termitas de que tanto había oído hablar.
Seguel me tiende un diario y me señala un artículo. Se dice ahí que el explorador inglés Adem, al llegar al poblado de una tribu de indígenas, quiso darles pruebas evidentes de sus buenas intenciones. Tomó entre sus manos los senos de la mujer del cacique y los acarició con suma deferencia. El cacique se adelantó entonces hacia la mujer del explorador e hizo lo propio.
Trabamos relación con un vecino.
– ¿Sabe usted cuál es el país latino más poblado? -me pregunta en francés, con muy buen acento.
Busco ingenuamente. Pienso en Francia, en Italia. No es, a pesar de todo, Rumania, y olvido al Brasil, que tiene cerca de 44 millones de habitantes. ¿Pero son todos latinos?
Alguna vez he oído a una negra pronunciar graciosas palabras en francés, con el aire de decir: «Yo también soy latina», y no costaba trabajo creérselo.
En las calles de Río, y en las estaciones de la línea de Minas Geraes, los pocos negros que se encuentran al pasar, entre muchos blancos, son lo bastante numerosos como para que se puedan tener en la calle impresiones sucesivas.
– Hola, parece que sucede algo por ahí.
Es como una prueba negativa, una ausencia que toma cuerpo poco a poco y se vuelve singularmente presente a medida que avanza. Un rostro blanco se entrega siempre de golpe. Desde lejos dice lo que tiene que decir. A mí me gusta ese mensaje diferido de los negros, esa manera de no estar en el primer encuentro y de dar sin embargo valor al paisaje que los rodea. No vaya a creerse que me burlo. Confieso que hay en mí un poco de romanticismo negro y se diría que tengo en las venas algunas pintas de sangre muy morena…
Negros, amo vuestras canciones y vuestros lamentos: nada refresca de un modo semejante. Estáis cerca de la fuente y nosotros podemos también mirarnos en ella.
Ese inmenso deseo de reconfortamiento que hay en vosotros, esa invitación al consuelo, y después, de pronto, esa manera de olvidar, de creer que no es nada, que nadie ha advertido vuestro color diferente. Observad la tarjeta de visita de un negro: el mismo rectángulo, la misma cartulina, los mismos caracteres, el nombre, la profesión y el domicilio, lo mismo que si se tratara de un blanco. Nada indica al ojo advertido…
¡Felices las tierras donde también hay negros! Ver sólo blancos, qué tristeza: todos esos semblantes amarillentos a fuerza de sol de medianoche. Me gustan los países donde los negros llevan consigo sus árboles de hojas frescas y sus calurosas montañas y esos frutos que no es necesario endulzar en los platos. Si el sol del Brasil es, por veces, demasiado pegajoso, vale en cambio a ese país una naturaleza singularmente propicia a todas las necesidades. Y el poeta Alfonso Reyes ha podido así decir, con todo el aire de lo que se afirma con sangre fría y de un modo racional, que en esta tierra los claveles brotan solos en el ojal de los smokings.
Gran cortesía del clima. Son tan benévolos los hombres con el turista como la densa fronda y la tibieza del aire. Se me decía que esta cortesía del habitante, comparable a la de los japoneses o los chinos, a la de la vieja Francia, proviene de la educación de un gran número de brasileños por los hermanos y hermanas de los colegios cristianos. Pero yo creería más bien en una inclinación natural de la raza, sensible aun en los incultos. (Acaso para reaccionar contra la gentileza excesiva, unos jóvenes han fundado en San Pablo cierta revista titulada: “Antropófagos”).
Los brasileños reservan casi siempre sus asperezas para ellos mismos. ¿No lo dice uno de sus proverbios? «El Brasil progresa de noche, mientras duermen los brasileros». Y es perfectamente injusto tal decir. ¿No han llegado acaso a hacer de su capital una ciudad maravillosa, perfectamente sana a fuerza de vigilancia? ¿Quién dirá las victorias logradas por los 10.000 hombres de la policía sanitaria contra el mosquito negro y contra el blanco, que produce la fiebre amarilla? ¿Existe en el mundo otra ciudad de gran sol, fuera de Río, donde se pueda leer en la cama sin mosquitero?
Llegamos de noche a Ouro Preto y ya, al atravesar la ciudad, poco alumbrada sin embargo, tengo la impresión de no haber hecho un viaje inútil. ¡Esas fachadas de las casas! ¡Y en medio de la sombra, aquella iglesia!
Después de dieciocho horas de ferrocarril pienso complacido en la perspectiva de pasar la noche en un lecho amplio; pero apenas acostado advierto que sólo algunas tablas de madera realizan, obedeciendo al espíritu del propietario, sin duda, las funciones de colchón. Es un típico lecho de Bahía. Me levanto para que me cambien de alcoba. Llego a la estancia que hace las veces de salón y trato de hacerme comprender ante tres personas que no saben lo que pretendo de ellas.
Al fin me indican el cuarto del mozo. A medio vestir, éste no opone dificultades para mudarme de pieza, aunque me previene: «La cama será mejor, pero el cuarto menos bueno». ¿Menos bueno? ¿Por qué dice menos bueno?
¡Ah!, el viaje está hecho también de esos detalles y de mil interrogaciones que tienen la misma importancia, al menos para el viajero, que los monumentos y los paisajes.
¿Quién hablará de vosotros, pierna sin atractivos de la dama de enfrente, en el compartimiento, que nos impide estirar las nuestras, siquiera sea débilmente; ventana que desearíamos abrir o cerrar si no fuera por no perturbar al vecino; fatiga de los museos donde se agotan pronto las reservas de admiración con que nos despertamos cada mañana; sueño que nos apresa frente a las obras maestras?
Lunes 14: Paseo por Ouro Preto
Feliz impresión de lo imprevisto. Arquitectura barroca en este grave país de montañas. Calles que suben, bordeadas de alegres casas coloridas, llenas de niños blancos o negros, casi desnudos. Ciudad de provincia con el encanto que supone cuando la provincia está muy lejos del mar y las montañas la alejan aún más. Suburbios que se van con un descuido acariciante hacia alguna iglesia colonial, adonde mueren silenciosamente. Calles difíciles de subir, pero donde los ojos tienen siempre, a la izquierda y a la derecha, su recompensa.
Tierra del primer ímpetu humano hacia el oro. Millares de esclavos murieron aquí exhaustos, y de todas esas miserias y de esas epidemias, de todo aquel sufrimiento, nacieron bellas iglesias con sus torres y sus fachadas y un gran escultor, gloria de su país y del arte barroco, Alejadinho.
Se quiere erigir un monumento a este artista con motivo del bicentenario de su nacimiento, pero el dinero es difícil de encontrar («debido a la angustia de los tiempos», dice el presidente del Comité).
La ciudad donde trabajó no es ya una ciudad rica. Tristeza de los habitantes de un país adonde hubo minas de oro. Se ha hecho ahora el vacío en estas plazas y estas calles. Ciudad muerta para todo lo que sea circulación, pero no para sus casas, cuyas fachadas viven frescamente. Y también las iglesias, sin penumbra, tan magníficas y luminosas en el interior como por fuera.
Son las gentes de la calle las que parecen turbadas entre todas esas piedras parlantes con un aire tan suntuoso. Como Rothenburg en Alemania y Toledo en España, Ouro Preto no parece gobernado por sus actuales habitantes, sino por bellas y poderosas abstracciones, por personajes muertos en siglos pasados. Aquí, por ejemplo, es el propio Alejadinho a quien en vano han creído enterrar en la cripta de la Buena Muerte, en la iglesia de Antonio Díaz, cerca del primer altar, a la derecha del que entra. Y sin embargo sus biógrafos disputan por saber si murió de escorbuto o de viruela, de encefalitis letárgica o de lepra nerviosa.
Lo único seguro es que apenas podía tenerse sobre los pies roídos por la enfermedad y que los dedos de su mano se atrofiaban y encogían. De dolor llegó a arrancarse uno con sus útiles de escultor. Alejadinho, el mulato colérico, con sus párpados atrozmente inflamados, con su boca sin dientes que torcía la parálisis.
Mariana
Todavía las altas iglesias como en Ouro Preto, en medio de un paisaje más abierto; aquí las montañas no forman parte de la ciudad. Frente a nosotros tenemos una plaza infinitamente graciosa donde los árboles, con un fondo de casas, tienen el aire de ser más árboles que en cualquier otra parte.
Entramos en un café donde no pasa nada, donde ni siquiera beben los clientes. Se tiene una impresión vaga de que es domingo. Pero esa impresión no obedece a nada. No debe haber aquí diferencia entre los días de la semana: no deben éstos parecer sino un domingo diluido.
Paseamos por la ciudad. Gentes de a pie o sentadas se contemplan sin placer ni curiosidad. A veces nos miran también a nosotros, pero como si siempre hubiéramos estado aquí. Falta de iniciativa de los negros, como si su color bastara para todo. Es cierto que lo mismo podríamos decir, al pasar, de los blancos, de los mulatos. Uno de ellos (poco importa su color) se deja crecer el bigote. Es, visiblemente, su única ocupación. Otro se satisface con mostrar una corbata encarnada. Pasan dos mujeres llevando una carga de leña al hombro. Todo esto es tedioso. Y, sin embargo, ¡cuántas lindas casas hay en el país, pintadas de tonos claros! ¡Cómo atrae esta arquitectura, esos balcones alegres y vivos con el júbilo de las líneas curvas!
Lo mismo que en Ouro Preto parece que los habitantes de aquí, de esta hermosísima ciudad, fuesen extranjeros. Ninguna unión. ¿Es posible que en un país nuevo estén ya tan aplastados por la historia? ¿O no será más bien la geografía, quiero decir, el clima? Con todo, no se puede decir que haga mucho calor.
Martes 15: Samara
A mediodía llegamos a un hotelito que hay detrás de la estación. Una vista hermosa de la ribera limosa en un marco de montañas.
Después de almorzar salimos a ver las iglesias. También ha pasado por aquí Alejadinho.
A pie por la ciudad calurosa. Nos acompañan niños semidesnudos. En estos días pesados las iglesias se encuentran más lejos que nunca unas de otras. Buscamos un automóvil. Vemos uno que no está libre, pero el “chauffeur” nos hace señas de que va a dejar a su cliente no lejos de allí y que volverá para cargarnos. Todo esto a 40 la hora.
Ahora nos pasea por calles tan difíciles de escalar como de bajar. Estamos ante una iglesia. Nos acompaña un bedel negro. El “chauffeur” nos sigue pues no tiene cosa mejor que hacer. Ante un púlpito de madera tallada preguntamos:
– ¿Y esto…? ¿Es de Alejadinho?
– Sí, es de Alejadinho -responde el bedel.
– ¿Y esto otro…?
– Sí, es de Alejadinho.
Si le creyéramos, todo es de Alejadinho. ¿Y este cuadro también? Pero nuestro “chauffeur” contradice al bedel. En realidad, sucede que éste, por ignorancia, carga todo a cuenta del gran escultor. Quizá sea también por temor a contrariarnos. Y porque, indudablemente, nosotros merecemos que todo sea de Alejadinho.
Al salir, el “chauffeur” nos pregunta si hemos visto tal o cual iglesia. Las acabamos de ver.
– Pues bueno -dice el “chauffeur” -entonces ya no falta nada por ver.
– Pero aún quedan 25 minutos de paseo para completar la hora.
(Silencio del “chauffeur”).
– Pues bien, dedúzcanos usted los 25 minutos.
(Cálculo escrupuloso del “chauffeur”, al que pagamos).
A vosotros que, en viaje, amáis la honradez, os recomiendo cierto “chauffeur” de Samara…
Volvemos al hotel donde habíamos almorzado. Las negras que nos sirvieron lavan el piso del comedor. No acaban nunca; se diría que quieren borrar su sombra, demasiado negra para su gusto. Y la restriegan sin desesperar.
Existen canciones silenciosas que el alma dice para sí. Estas mujeres cantan, evidentemente, el himno al piso bien limpio. No hay nada más limpio que el negro cuando se lo propone.
¿Dónde meternos, mientras lavan el comedor, los corredores? No nos queda sino irnos de nuevo afuera. Costeamos la vía férrea que sigue al río.
Tengo calor con mi traje de invierno, pero prosigo no obstante mi paseo, saboreando el recuerdo que me quedará para algún día y que no cesará de embellecerse. La fatiga y el calor, tomados de la mano, habrán quedado rezagados por los caminos del olvido. Y este río cuyo nombre ignoro continuará siempre corriendo en mi memoria al dejar las montañas de Minas Geraes.
Miércoles 16: Bello Horizonte
Me habían dicho: «Es una ciudad nueva»; y yo no reaccionaba con mucho entusiasmo. Al salir de Ouro Preto, de Mariana, de Samara, ¿cómo podía interesarme una ciudad de almacenes nuevos y palacios recién construidos? Pero me equivocaba. Hay mucho que ver aquí y constituye un impresionante espectáculo el oír crecer esta ciudad que no está trazada en damero sino erguida en puntas, desordenadamente, a modo de estrellas.
– No deje de ver las hortensias de Bello Horizonte -me habían dicho.
– ¿Dónde se pueden ver las hortensias? -preguntamos varias veces.
Vana búsqueda de esas flores que nadie conocía. Sin duda no era la estación. Pero he aquí otros árboles de soberbias flores rojas. Yo nunca las había visto iguales.
Un día encontraré su nombre en algún libro y no sabré que me he inclinado sobre ellas, largamente.
Yo voy, estuve, ví, decidí pensar y mi pensamiento hizo viajes, lejos no supe hablar, materia de mis ojos esparcida en círculos habló de mí, traída por el amor estoy otra vez donde la marea de imágenes me pertenece.
Itinerarios repetitivos, deslizamientos en un espacio tan conocido como la página del libro, cada árbol suelta sus jugos, sombras sobre los rostros, sombra menor sobre la entrada del camino a la casa, sobre la cama, la mesa, las sillas alrededor un manto de luz.
Nada semejante a estar viendo permite que el nudo sea un perfecto lazo, que la presencia sea el presente.
……
Lo perdido visto no como pérdida: en una nostalgia inminente se incrusta la conciencia de saber sobre unas vidas en lo distinto, admirables en su separación del universo de lo materno.
……
Así lo imagino: que siempre necesite mi amor, digo, así lo imagino: que siempre esté cuando la necesite, dice ella.
……
Y yo sólo puedo llegar y volver a llegar, y volver, en un trenzado de palabras que convoquen, como campanas en la llamada.
Octubre 2014/ Marzo 2015
________
* De Morir por pensar, Pascal Quignard
1
qué ajenidad anida en ella,
esa crecida de madre,
la gran otra, y no se puede ver?
ella mira, desde el oído anudado
que es ancla y es amor llamado
necesidad,
mira desde el diapasón y
permanece ciertamente abierta,
estupefacta a la luz,
con ojos libres cauteriza allí
el aire frío, el viento pequeño, más
pequeño que el viento de su parición.
En la gravidez, la ebria, grávida
certeza de estar, embarazada de ideas,
la miro ser un punto de emoción
en el mundo de las repeticiones:
crece la carne de sus pupilas
hacia el centro de una forma llamada
ver, y cuando pestañea, sus ojos,
cayendo sobre sí mismos, producen
un intervalo en el fluir de lo llamado tiempo
incandescencia es lo que hay,
y ser amamantada como vivir único,
plétiro de la gran forma del Origen:
Con todos los ojos ve la criatura
lo Abierto*. Mira y ve puntos,
el pixel de un futuro conocimiento
transmuta sonidos, hace de lo criado
en la cueva del sentido, luz corpórea,
qué ajenidad que todavía no se ve?
“mirlos, qué son los mirlos?
y el coral? Qué son esas
reverberaciones que adoro como
poseída, y trago y muerdo
con encías curvas, leche y sangre,
costras para devorar en una sola
ingesta infinita, que desea infinita
mi demonio, en el llanto
de la madre que no sacia?
citronella, qué será en la partitura
que cantan mis memorias todas una
anudadas en este verde furor de mamar?”
qué ajenidad anida en ella
que deberé escrutar,
ambicionando ser parte de
su voracidad, su arañe
con manitas prensiles de huesos
largos mi ser gastado y deseante?
y amarlos, dice, “qué son los marlos?”
y picaflor, qué será en el titilar
de su cambiante ajenidad?
Agosto 2015.
2
Prescribe en su estar la carencia
de luces: las ‘lucciole’ en la cueva
de las arboledas, en los alrededores
blandos de follaje bailan, “eh”, “aquí”,
“por aquí”, “hacia allí”,
la supervivencia
de las luciérnagas provoca su risa,
ella ríe al verlas, estupefacta, y
entiendo la forma brillante y móvil
de su aumentada
felicidad: una señal
en lo oscuro, entre las hojas,
una minúscula partícula
que se desplaza en el vacío y hace de él
hogar inmune al tiempo, las tormentas
del cielo, las lluvias que lavan
la memoria del agua.
3
Yo le traigo a ella
el presente continuo de mi
conciencia para entrar
en su magnífico universo,
que ella, la que señala
los pájaros en el cielo antes
de que nadie recuerde mirar
hacia arriba, más allá del árbol
más alto, domina
antes que el habla.
Le traigo algo de
lo vivido como prenda,
ofrenda, donación: desde mí,
un recreo de la mente para
reciclar impulsos, propósitos,
oscilaciones, y verlas encarnar
en un lugar que es todos los
lugares: creencia sin vencimiento
para armar frente a sus ojos
otra partida de dados que me vuelva
imposible de olvidar.
4
Ella dice esa es
mi abuela y abre
una sombra que estaba
cerrada, una sombra
de vivacidad incandescente,
precipitada en el camino
a casa entre perros y verdes
obstáculos que son, ahora,
la piedra basal de la melancolía:
estar en ese filo de amor,
en la para siempre pura carne
inscripta ya, ser ésa, ‘mi abuela’,
y ser des dicha que da a las horas
su país de algarabía,
el palacio de coral.
5
Las hojas de las plantas
se mueven como sus piececitos
y yo bailo al son de sus deseos.
Qué más, qué otra capacidad
que recordar y repetir los
bordados hechos en el tiempo?
Qué otra virtud
que hacer reír a la
criatura?
Coda
Fotos, rostros pequeños de lo que fuimos,
las branquias que se abren y cierran
mientras los cuerpos sedosos golpean en la arena,
el agua lejos, apenas pasando su lengua en una
línea al atardecer después
de la caída, gris y plata
acumulándose en más y más recreaciones:
nosotros, copiando en la arena niños,
(volver con la última ola, muertos pronto,
ahogados en su propia reconstrucción)
un dedo basta para señalar, reconocer en el borde
algas o la basura
que deja el mar al retirarse las fotos,
sueltos, sin redes, nosotros,
pronto boqueando, aletas
al aire con la marea baja
……
……
y lo que esa luz que resplandece
en los rostros
dice de haber estado, pero
nada más, muda mira, y calla.
El borde de plata de la nube negra / Entrevista de Eduardo Galeano a Juan Carlos Onetti
Entrevista de Eduardo Galeano a Juan Carlos Onetti (tras el Premio Cervantes a Onetti en 1980)
– Mirá que cantidad de telegramas. Mirá qué pila.
– Elegí uno, a ver.
– Este: “Onetti que no ni no. La Pocha y el Pibe”, desde Montevideo. Pero el más lindo, el más lindo lo escribí yo. Resulta que el ministro español de Justicia, Fernández Ordóñez, me mandó un telegrama de felicitación; y yo que lo veo pelear tanto por la ley del divorcio, le contesté con otro. Le puse: “Las felicitaciones son para usted, por su lucha a favor de la civilización”.
– ¿Cuál fue la reacción oficial ante el Premio?
– Aquí en España, todos…
– No, no. En Uruguay.
– Hasta ahora, y va para tres días, nada. La Academia uruguaya y la argentina habían propuesto para el premio a Octavio Paz. Supongo que no habrá sido muy satisfactorio para él.
– ¿Y esperás alguna reacción oficial?
– A mí, las autoridades uruguayas me han invitado a no volver nunca.
– Y la prensa, ¿publicó algo?
– Parece que sí. Me telefonearon desde Montevideo, uno o dos periodistas, a las cuatro de la mañana. Yo les dije: “Muchos saludos para mis amigos. A los que están ahí, a los que ya no están y a los fantasmas”.
– ¿A los fantasmas?
– Sí, a los asesinados. Si les digo asesinados, no publican. Yo no podía nombrar a Julio Castro, a Michelini… Pero les dije: “¡Qué bien que les fue con el plebiscito, eh!”.
– ¿Los diarios uruguayos pueden publicar tu nombre?
– Ahora, parece que sí, desde hace un tiempo. Creo que fue desde que me dieron el “Premio de la Crítica”, aquí en España. Hasta no hace mucho, los libreros no se animaban a poner mis libros en los escaparates y en los diarios yo estaba negado. Negado. Los chicos de “El Día”, que es el único diario donde se puede decir algo, ponían: “Como el autor de “La vida breve…”; y los tipos pensaban que era Manuel de Falla, y entonces pasaba…
– Eso ocurre a la mayoría de los uruguayos. Quien más, quien menos, todos prohibidos.
– Pero yo, ¿qué pecado cometí? Presidir un jurado de literatura y premiar un cuento que la dictadura consideró pornográfico. Por eso me tuvieron tres meses preso. Y al pobre autor, le dieron como cuatro años. Llegaron telegramas de todo el mundo. Hasta el “New York Times” mandó un telegrama. El jefe de policía preguntó: “¿Pero quién mierda es este Onetti?”.
– ¿Cómo aguantaste la cárcel?
– Al principio, muy mal. Me tuvieron ocho días incomunicado. Yo muchas veces elijo la soledad, vos sabés; me meto en el cuarto y que nadie me joda. Pero cuando te obligan, es diferente. Y tenés que pedir permiso para ir al baño… Fue Dolly que me salvó de la claustrofobia. Ella consiguió meter en la celda unas cuantas novelas policiales.
– Vos sos el famoso devorador de novelas policiales. Buenas o malas, pero policiales. ¿Por qué te gustan tanto?
– Me atrae una trama que se desarrolla y me despierta curiosidad sin exigirme participación. Yo estoy ajeno mientras leo, no tengo que ponerme del lado de nadie; pero estoy atrapado por la curiosidad. Quiero saber adónde va a parar todo eso, cuál será el desenlace…
– Preferís, entonces, las policiales de enigma y suspenso. El tigre en el aire…
– Las otras, las de puro balazo, me hartan. Las de la banda de Jackson contra la banda de Mulligan, me hartan.
– ¿Autores nuevos?
– No… Hay una decadencia del género policial. Se lo está tragando la ciencia-ficción.
– ¿Y las no policiales?
– Hace tiempo que no encuentro una novela no policial que me apasione. A falta de cosas nuevas, releo. Releo mucho. Hasta “Rebeca”, he releído. Hasta eso he llegado.
– ¿Cuáles son los novelistas a los que siempre volvés?
– Faulkner, Balzac, que no se parecen en nada. Cuando pesco un Henry James, gran admiración. Admiración no te digo. Cariño. “La lección del maestro”, te pongo por caso. Y Melville. El “Bartleby”, de Melville. “Preferiría no hacerlo…” ¿Te acordás? “Preferiría no hacerlo…” La traducción es de Borges. Y otros, no sé… Es un entrevero. Depende de lo que me cae en las manos.
– Y entre todos, ¿cuál?
– Faulkner, Faulkner. Yo he leído páginas de Faulkner que me han dado la sensación de que es inútil seguir escribiendo. ¿Para qué corno? Si él ya hizo todo. Es tan magnífico, tan perfecto…
– ¿”Absalón, Absalón”?
– Sí. Es la más Faulkner de todas. “El sonido y la furia” tiene demasiado Joyce para mi gusto.
– ¿No ha sido bastante maltratado Faulkner en las traducciones? Aquí publicaron, hace poco, “Light in August”. Le pusieron, como en la edición argentina, “Luz de agosto”.
– Sí, y es “Light” en el sentido de dar a luz, de alumbramiento, no de luz. Sí. También “Intruso en el polvo” es, en realidad, “Intruso en la disputa”. Estoy hecho un león con el inglés.
– Hablemos de escritores en lengua castellana.
– Mirá, no jodas.
– No; no es para hacerte quedar mal con nadie. Contestame con clásicos, si querés.
– Y bueno, claro, Cervantes, Quevedo… Algunas cosas de Quevedo. Otras son muy gongorianas, aunque él era enemigo a muerte de Góngora. Y más cerca, te puedo nombrar a Valle Inclán, Baroja…
– ¿Poesía, leés?
– Muy poco. Solamente cuando siento que detrás del poema hay alguien que tiene algo nuevo que decir o sufrir. Si no, me aburro.
– De tus libros, ¿cuál querés más?
– “Los adioses”. Y en música, prefiero a Tchaicowski y Gardel. ¿Para qué preguntás lo que ya sabés? Hace como veinte años que lo sabés.
– Esta es una entrevista, Juan.
– Ah. ¿Vos también?
– ¿Y vos? ¿O ahora vas a abandonar el periodismo?
– Y… Ahora podría, ¿no? Con diez millones de pesetas… Pero sería desleal, me parece.
– ¿Qué vas a hacer con el dinero del premio?
– Yo quiero una casa con jardín. Me han dicho que los escritores laureados tenemos derecho.
– ¿Para tomar aire?
– Estás loco. Para quedarme adentro. Escribiendo. Yo he dedicado toda mi vida a escribir, sin esperar ninguna recompensa. En mí, es un vicio.
– ¿A partir de qué escribís? ¿Recuerdos, imágenes, melodías?
– O a partir de un recorte de un diario usado, o de un chisme, o de algo que escuché ayer. Soy muy chismoso, yo. Y cuando escribo, veo los escenarios, los personajes, las situaciones. Al escribir, o antes. Por ejemplo, “El astillero”. Esa novela yo la vi, una noche, en Buenos Aires, mientras caminaba por el pasillo de mi apartamento. En veinte o treinta pasos la vi, entera, de punta a punta. El astillero en ruinas, todo…
– Y el exilio, ¿no te ha potenciado la memoria como fuente de atmósfera y de imágenes?
– A mi edad, sabés, yo ya no me entrevero. Ahora soy marido fiel. Por eso me refugio más en la memoria y le pido que me devuelva experiencias. La confusión de habitaciones en “Dejemos hablar al viento”, ¿te acordás?, viene de algo que me ocurrió, casi igualito. Y la memoria influye mucho en el novelón que ahora estoy escribiendo. Serán cien historias. Cien pantallazos. Por qué cien, exactamente cien, se sabrá en la última página.
– ¿Por el “Decamerón”?
-Nada que ver. Aguantate.
– ¿Y el sueño? ¿Soñás imágenes o situaciones que después escribís?
– “Un sueño realizado”. Soñé el final de ese cuento. Ella estaba sentada, tomando cerveza. Pasaba un automóvil y ella caía muerta. Pero en general, olvido los sueños no bien me despierto. Sé que he soñado algo que vale la pena y paf, lo olvido.
– A mí me pasa lo mismo. Se me escapan los sueños. Tengo envidia de Helena, que sueña cosas maravillosas y las recuerda enteras. En ella, es una forma de creación. La otra noche soñó que iba al mercado de sueños, a elegir sueños hermosos, y recorría los puestos de sueños, buscando aromas, colores…
– ¡Te jodiste! Ya te lo robé. Lo escribo mañana. Tomá. Tomate un vinito. Lo merecés.
– Gracias.
– No hay de qué.
– Otra pregunta. ¿Para quién escribís?
– Para mí. Para Onetti, que es mi mejor amigo.
– ¿Estás seguro?
– O para mis personajes. También para ellos.
– ¿Y para los lectores? Si escribieras para vos, no publicarías.
– Bueno, yo sé que hay alguien que me va a leer y va a entender las tristezas que escribo.
– Entonces…
– Pero yo escribo para mí, por el placer que siento.
– Al sentir placer, lo das. Lo trasmitís. Comunicás cosas.
– Lo doy o no lo doy. Yo qué sé. Sin voluntad de hacerlo. Sucede, simplemente. Una vez, una mujer me mandó una carta. Me dijo que quería suicidarse y que había leído “El astillero” y que “El astillero” le había levantado el ánimo. No pude entenderlo. Es increíble. Nena, dame una aspirina.
– ¿Qué te pasa?
– Estoy mareado.
– Las entrevistas. Muchas entrevistas.
– No, si yo aguanto.
– Será el vino.
– ¿Qué tenés contra el Cuné? Son los cigarrillos, me parece. Me despierto con un cigarrillo en los dedos.
– Y no caminás. Eso te pasa por vivir acostado.
– Si camino es peor. Ya probé. Una vez.
– ¿Te gustaría volver al Uruguay?
– ¿Cuándo?
– Cuando se pueda. Cuando cambien las cosas. Parece que están empezando a cambiar.
– ¿Por el plebiscito, decís? Sí, sí… Cómo se ensartaron, ¿eh? Pero el país donde yo nací, no existe más. La ciudad donde yo me enamoré a los quince años, no existe más. Esa ya no es mi Montevideo. Pasarán muchos años… Yo estoy viejo. Las cosas cambiarán, porque la dictadura ha fracasado. Pero la esperanza de ese cambio no me sirve. El borde de plata de la nube negra… Me gustaría… ¿Sabés qué?
– ¿Qué?
– No sé; estaba pensando…
– Sí.
– La muerte. La muerte es una cosa que me indigna.
El Informe Petras (1995) / James Petras, publicado en la revista Ajoblanco
(Publicado en la revistaAjoblanco)
La estrategia de Modernización
La modernización de la economía española entre 1982 y 1995 (período de gobierno del PSOE) involucró fundamentalmente tres estrategias interrelacionadas: liberalizar la economía, ahondar la inserción de España en la división internacional del trabajo (integración en la CE) y configurar un nuevo “régimen regulador”.
La liberalización tuvo lugar a lo largo de un marco prolongado de tiempo y fue de naturaleza global. Abarcó todo el período que consideramos y afectó profundamente a todos los sectores, regiones y clases de la población. Las medidas clave incluían la liberalización de los mercados, privatización de empresas públicas y bancos, libre convertibilidad y la flexibilización del mercado laboral. La aplicación de cada una de las medidas difirió en el tiempo: algunas se produjeron a mitad de los 80 (privatizaciones). Otras, de un modo poco sistemático, comenzaron en la última parte de la década y se prolongaron hasta mitad de los 90.
A la estrategia de liberalización la acompañó (siendo causa como consecuencia) la creciente inserción de España en la división internacional del trabajo, en particular como miembro a todos los efectos de la Comunidad Europea. La integración implicaba fundamentalmente especialización, desde el momento que España sólo era capaz de competir con éxito en un número limitado de áreas. En particular, la inserción de España en la división europea del trabajo tuvo por resultado la expansión de los servicios, especialmente del turismo, y un declive relativo de la industria. Inserción e integración implicaron básicamente dos procesos asimétricos interrelacionados: una transferencia desproporcionada de fondos de la CE a España (en relación con los pagos) y una balanza comercial muy desfavorable para el país. La entrada creciente de España en el mercado internacional condujo también a flujos de préstamos inversiones y beneficios desproporcionados: más préstamos e inversiones hacia España que viceversa; como consecuencia hubo mayor salida de beneficios e intereses devengados a inversores extranjeros que afluencias derivadas de los inversores extranjeros en España.
Las relaciones asimétricas caracterizaron también la “internacionalización del capital”. La práctica común del capital foráneo (europeo, en la mayoría de los casos) fue adquirir empresas españolas, mientras no hubo apenas participación española en compañías extranjeras. El resultado en muchos casos fue la conversión de España en una plataforma de exportación de mano de obra a compañías multinacionales de capital extranjero.
Esta inserción creciente de España en la división internacional del trabajo vino acompañada de la emergencia de un nuevo “régimen regulador”. El post-1982 fue un período de transición desde una industria nacional hacia un régimen internacional basado en los servicios. El “régimen regulador” son las reglas y los actores sociales que dan forma al proceso de acumulación. En esencia, las “reglas” se refieren al campo de acción y al método de la intervención estatal en la economía, las fronteras entre actividad pública y privada, capital nacional y extranjero, la distribución de los ingresos del Estado entre el capital privado y el bienestar social, la promoción de “mercados nacionales” y las exportaciones. Los actores sociales son los principales decisores (estatales y privados) que establecen las reglas y dirigen el proceso de acumulación. Durante el régimen regulador “industrial-nacional”, los principales actores sociales eran funcionarios públicos nacionales (electos y no electos) y líderes empresariales, sindicales y cívicos. Bajo el nuevo régimen regulador, los actores principales son prestamistas extranjeros, directores de bancos multinacionales, altos funcionarios de la CE y funcionarios públicos (elegidos o no) vinculados a las redes internacionales.
El nuevo régimen regulador y el proceso de acumulación que éste dirige ha tenido dos impactos principales: 1) ha facilitado la desindustrialización de la economía y la ascendencia de la economía de servicios; 2) ha fomentado la desnacionalización de la economía y la ascendencia del capital de propiedad extranjera.
En el contexto español, “liberalización” no significa “desregulación” o ausencia de “reglas” que gobiernen la economía, ni significa tampoco la eliminación de la intervención estatal. Lo que implica más bien es un cambio en las reglamentaciones, que facilita la expansión del capital extranjero, el crecimiento de los servicios y mayores prerrogativas del personal directivo en el puesto de trabajo. Paradójicamente, la intervención estatal aumenta; pero cambian tanto la naturaleza de los actores sociales que dirigen el Estado como la dirección de la intervención estatal. El nuevo régimen regulador amplía el papel del Estado a la hora de financiar, subvencionar y sacar de apuros al capital privado, multinacionales extranjeras incluidas. Bajo el nuevo régimen regulador, el predominio de los servicios y de los actores sociales de orientación internacional reemplaza a los anteriores “tecnócratas nacionales”, empresarios y actores sociales con vocación local.
Hay una lógica coherente en la estrategia de modernización que adoptó el gobierno socialista. La liberalización de la economía en los 80 era una condición necesaria para profundizar la inserción en la división internacional del trabajo. La inserción en Europa, a su vez, dio como resultado la consolidación de un nuevo régimen regulador basado en los “actores internacionales”. La ascendencia del nuevo régimen regulador prolongó el proceso de liberalización en los 90 y abrió las puertas a ulteriores tomas de poder extranjeras de la economía (internacionalización asimétrica y mayor especialización en los servicios).
El carácter mutuamente reforzador de los componentes de la estrategia de modernización hace difícil cambiar o reformar alguna parte por separado. La consolidación de la inserción en Europa dificulta los cambios en las políticas de liberalización, a causa de las nuevas reglas y decisores. La estrategia de modernización se mantiene en pie o se desploma como un todo.
Una advertencia de rigor. Cualquier análisis de la historia económica asiática o euroamericana deja claro que la liberalización no es el único método para aumentar o profundizar la participación en el mercado mundial. El proteccionismo estatal selectivo y las estrategias de exportación han sido prácticas muy extendidas y de éxito. En segundo lugar, los regímenes industriales nacionales han tenido éxito al formular estrategias económicas globales y fomentar estrategias económicas liberales, especialmente para sus dependencias de ultramar.
En resumen, mientras que hay una “lógica interna” en la estrategia española de modernización, sus componentes particulares no son ni los únicos, ni los más comunes, ni los de más éxito.
Este ensayo tiene en cuenta la coherencia y la lógica de la estrategia de modernización, pero nuestra preocupación de base es su impacto en la estructura social y política. En sus términos más amplios, la cuestión principal es si la estrategia de modernización ha conducido a unas mayores equidad y libertad política o a unas más hondas desigualdades y a un debilitamiento de la democracia política. En este sentido, la “modernización” y sus componentes interrelacionados son medios, no fines en sí mismos. Es útil tomar nota del grado de éxito que ha tenido el régimen socialista al liberalizar la economía, integrar a España en el mercado europeo y desarrollar un nuevo régimen regulador, pero el test definitivo de estas medidas radica en cómo afectan a la vida de las personas. Las cifras económicas globales, ya sea en términos de aumento de la productividad, volumen e ingreso de las exportaciones, número de turistas o transferencias de la CE en ecus, son pertinentes en términos de cómo afectan a la gente.
En este sentido, descartamos el supuesto de muchos economistas liberales de que un funcionamiento favorable del mercado se traduce necesariamente en mayores niveles de vida y en más libertad política. Para nosotros, las consecuencias socio-políticas de la modernización son tema de análisis empírico, no algo comprensible por lógica deductiva a partir de los supuestos a priori de la teoría neoliberal.
El impacto en la estructura social
Nuestro ensayo se centra en el impacto de la estrategia de modernización en dos dimensiones específicas de la estructura social: la calidad de la vida social y de la organización social de dos generaciones de trabajadores. Ambas dimensiones brindan una comprensión básica del aumento de la equidad social y de la fuerza de la sociedad civil. Nos fijamos no sólo en los resultados materiales de la política de modernización, sino en la manera en que la sociedad se organiza.
Al examinar el impacto de la modernización en la calidad de vida de la clase trabajadora, consideramos varias áreas generales: ingresos, empleo, vivienda y ocio. Para comprender el impacto de la estrategia de modernización, era fundamental determinar si había causado un efecto “homogeneizador” o “diferenciador” sobre dos generaciones de trabajadores. En otras palabras, si la distribución de bienes y servicios aumentaba o disminuía, y cómo se habían distribuido. Un modelo, que llamaremos “tecnocrático” se concentraría en la producción global de bienes sociales. El otro, el “optimizador social” examinaría la distribución de bienes y servicios entre diferentes segmentos de la clase trabajadora. En otras palabras, un aumento de los gastos sociales en educación puede tener diferentes consecuencias para diferentes grupos sociales. Mayores gastos en la educación superior, en un sistema donde predomina la clase media y gastos relativamente más bajos en la formación profesional, los cuales afectan a la clase trabajadora, podrían incrementar las desigualdades, mejorar la calidad de educación de la clase media y tener el efecto contrario en la clase trabajadora.
En este ensayo, el análisis se centra en los efectos específicos de la estrategia de modernización en dos generaciones de trabajadores.
Al examinar los niveles de vida intergeneracional de la clase trabajadora, revisamos la estabilidad de los niveles de renta, salarios sociales e ingresos en metálico, y si éstos han crecido o disminuido a lo largo del tiempo. Sometemos a examen las diferencias de ingresos entre generaciones para determinar si las diferencias entre los grupos de más edad y los más jóvenes aumentan o disminuyen.
Al hablar de empleo en la clase trabajadora nos centramos en varias dimensiones: empleo versus paro, empleo estable versus eventual y empleo en trabajos bien remunerados versus trabajos mal pagados. El estudio muestra que la estrategia de modernización ha incrementado el empleo en los trabajos inestables y mal pagados para la gente joven y emplea a los trabajadores por debajo de sus niveles educativos.
Un segundo tema en nuestro análisis es el impacto de la modernización en la organización social. La modernización modera el discurso y debilita la organización de la sociedad civil. Las organizaciones del lugar de trabajo, cívicas y comunitarias han decaído en número de miembros, autonomía y capacidad para formular y aplicar políticas, especialmente entre los trabajadores jóvenes. La modernización ha debilitado el sentido de compromiso comunitario en los asuntos sociales y ha creado mayor atomización social y desarticulación de las organizaciones sociales, en especial entre la gente joven. La formación y articulación de organizaciones sociales, así como su influencia política y social, eran más fuertes entre la generación mayor de trabajadores, que entró al mercado laboral antes de que el gobierno socialista diera comienzo a la “modernización”. Nuestro estudio muestra que una mayor dependencia del “mercado” se acompaña de un papel creciente del Estado versus la sociedad civil, de modo que esta última se debilita. La “sociedad civil” está dividida por clases y generaciones. El proceso de modernización tiene un efecto diferenciador sobre la organización social de las generaciones de trabajadores jóvenes/mayores.
En resumen, el estudio se centra en la naturaleza cambiante de la clase trabajadora y en los efectos a largo plazo y a gran escala de la modernización en los niveles de vida, en la política y en la cultura de diferentes segmentos generacionales de la clase trabajadora.
El impacto en la estructura política
La estrategia de modernización, con su énfasis en el sector privado, una más honda integración en el mercado europeo y un régimen regulador basado en actores internacionales, tiene un efecto profundo sobre un cierto estilo de toma de decisiones políticas y sobre el concepto de ciudadanía, de los que, a su vez, depende. La rama ejecutiva del gobierno ha determinado cada vez más el proceso de toma de decisiones; el decreto ley se ha usado mucho en el proceso de modernización. Debido a la ruptura radical con el anterior régimen regulador y al coste social que implican la liberalización y la integración, el énfasis en el ejecutivo se convierte en un acompañamiento “natural” de la modernización.
Distinguimos tres tipos de liderazgo: a) concentrado en el ejecutivo; b) con reparto de poder; c) consultivo.
El liderazgo concentrado en el ejecutivo implica en esencia la restricción a un número limitado de confidentes cercanos, cuyo poder discrecional es estrechamente supervisado por el Presidente, bajo cuya dirección actúan. El flujo de influencia y poder combina las vinculaciones “horizontales” (entre jefes de Estado, funcionarios de la CE, las principales instituciones de préstamo y grupos empresariales y financieros de orientación internacional) y los vínculos verticales (entre los parlamentarios, el partido y las organizaciones cívicas y sociales).
El liderazgo con reparto de poder se centra en la difusión del poder entre distintas ramas del gobierno (Parlamento-Presidente), el partido y el Estado, y organizaciones sociales. Aunque no todos los grupos comparten el poder equitativamente, hay un proceso de regateo y negociación sobre diversas áreas temáticas. La fragmentación del poder y la necesidad de coaliciones facilita la defensa de intereses sectoriales, al tiempo que limita la capacidad del Ejecutivo de imponer cambios estructurales básicos.
El liderazgo consultivo cuenta en gran medida con los flujos de influencia, ideas y propuestas, que van de abajo arriba. Está ligado estrechamente a una sociedad civil fuerte, en la cual las organizaciones sociales autónomas juegan un papel determinante en la formación y articulación de las cuestiones. La capacidad del Ejecutivo para aplicar medidas de alto costo social se ve restringida. Los partidos, el Parlamento y los funcionarios de la Administración quedan bajo un estrecho escrutinio público. La opinión pública se configura mediante intercambios horizontales entre las organizaciones sociales. La influencia de fuentes de información, centralizadas e impersonales como los medios de masas se ve disminuida. Los decisores extranjeros y los funcionarios no electos, que desempeñan un papel central en el liderazgo ejecutivo, y que son influyentes en un esquema de reparto de poder, quedan relegados a una posición marginal bajo los modelos de liderazgo consultivo.
El liderazgo concentrado en el Ejecutivo es, según la teoría democrática clásica, el más elitista y restrictivo, aunque es con toda probabilidad el más eficaz para llevar a cabo una modernización como la española.
El liderazgo con reparto de poder es menos elitista, en la medida que se incluye a un conjunto más amplio de fuerzas políticas y sociales, pero es menos capaz de aplicar la estrategia de la modernización, y excluye o margina a sectores significativos de la sociedad civil. El liderazgo consultivo es prácticamente incompatible con la estrategia de la modernización (al menos tal como se ha elaborado en el caso español), pero es el más inclusivo y democrático, en la medida que consulta activamente a sectores importantes de la sociedad civil.
Cultura cívica
La estrategia de modernización ha tenido un gran impacto en la cultura cívica (relaciones entre la sociedad civil y el Estado, nivel y calidad de la actividad ciudadana, acceso a la clase gobernante e influencia del gobierno sobre los ciudadanos). Una democracia viable depende de la capacidad de los ciudadanos de sentirse libres para ejercer sus derechos, sin las amenazas o la intimidación de aquellos que ejercer el poder. Los regímenes autoritarios exigen que los movimientos sociales subordinen sus demandas a las prioridades de las élites (inversores extranjeros, prestamistas, la CE, etc.). En una cultura cívica, los líderes políticos incitan a los ciudadanos a actuar como los agentes del cambio social, mientras en una cultura política autoritaria (haya elecciones o no) los líderes políticos fomentan la creencia de que los movimientos sociales “amenazan la estabilidad democrática”, siembran el miedo y la inseguridad entre los ciudadanos y promueven la idea de que sólo la élite política puede decidir cuándo, dónde y cómo hay que proceder para poner en práctica el cambio social.
En el terreno jurídico, la igualdad ante la ley y la subordinación a ella de los funcionarios públicos (incluyendo policía y ejército) es un ingrediente esencial para la creación de una cultura cívica. Ésta excluye, por definición, el uso por parte del Estado de cualquier organización paramilitar. La creciente evidencia de la implicación del Gobierno en la organización y financiación de los GAL es totalmente incompatible con cualquier noción de cultura cívica.
La opción política, el libre acceso a la información y la libertad para organizarse son variables significativas a la hora de medir la cultura cívica. La opción política no se basa sólo en el número de partidos sino en el grado de apertura del sistema político a debatir estrategias alternativas de desarrollo. El libre acceso a información no se basa sólo en la libertad para publicar o leer cualquier cosa que se desee, sino en el acceso equitativo a la media para presentar ideas. La libertad para organizarse implica “bajo coste” al unirse a una organización; los trabajadores eventuales pueden ser legalmente libres de afiliarse a un sindicato, pero los empresarios son igualmente libres de no renovarles el contrato, lo cual socava en la práctica el derecho de asociación.
Los programas de empleo subvencionados por el Estado y vinculados a clientes políticos, en los que se ligan las preferencias del empresario con la consecución del empleo, son incompatibles con la cultura cívica. El acceso a la clase gobernante de una minoría que tiene como resultado el enriquecimiento personal, es incompatible con la cultura cívica. La integridad política vincula la responsabilidad del gobierno con una ciudadanía activa y autónoma, organizada en sociedad civil.
Hay dos culturas políticas bien determinadas. Una cultura cívica donde las leyes se aplican por igual a todos los ciudadanos, y donde los funcionarios políticos electos fortalecen la participación ciudadana y fomentan el crecimiento de los movimientos sociales. La actividad gubernamental se rige por la ley y no se usa el cargo público para imponer preferencias políticas a los ciudadanos ni para el enriquecimiento personal. Una cultura política autoritaria es aquélla donde la corrupción es desenfrenada y el enriquecimiento personal es endémico al sistema político. Las organizaciones paramilitares violan los derechos humanos y la política estatal se encamina a limitar la participación ciudadana, dominar las cadenas de comunicación y concentrar la actividad política en el liderazgo personal de la élite política. La “ciudadanía” se reduce a votar por un menú político de élite en lugar de ser orientada a formular los contenidos de ese menú. En ese sentido, los votantes no son ciudadanos, en la medida en que no son miembros de una comunidad política. Aunque votar es un ingrediente necesario, resulta entonces insuficiente. La cultura política gobernante puede debilitar seriamente la posibilidad de crear una cultura cívica.
Se ha argumentado mucho que la modernización es condición sine qua non para la consolidación de la democracia en España. Han surgido suficientes evidencias que ponen en duda ese supuesto.
La modernización a través de la liberalización de la economía se ha consumado en gran parte vía decreto ley, lo que ha favorecido las estructuras estatistas-autoritarias, a expensas de la sociedad civil y la consulta pública.
La centralidad del mercado como el principal mecanismo para la modernización ha reforzado los lazos entre los negocios y el Estado, y ha fomentado los valores mercantiles dentro de la clase política. El resultado ha sido que la corrupción a gran escala ha impregnado el sistema político, minando la ciudadanía. La liberalización, con su énfasis en la privatización y en la flexibilidad laboral, conduce al aumento del trabajo eventual, a un declive de la organización social y a mayores disparidades de renta entre capital y trabajo.
La liberalización y el nuevo régimen regulador fortalecen a los empresarios sobre los trabajadores, al capital extranjero sobre el nacional, a los “servicios” (banca, especulación, bienes inmobiliarios, turismo) sobre el capital productivo (industria, minería, agricultura).
El nuevo régimen es “inclusivo” por lo que se refiere a multinacionales y banqueros extranjeros y excluyente respecto a trabajadores y productores locales.
La inserción de España en el mercado europeo del trabajo aumenta el desempleo porque la industria española no es competitiva. Al tiempo que la especialización en el sector de los servicios incrementa las desigualdades entre el capital financiero y los trabajadores mal pagados de dichos servicios. Aumenta el turismo, junto con el empleo estacional mal pagado, lo que ensancha las disparidades entre regiones y clases.
El aumento de industrias de propiedad extranjera está directamente relacionado con la liberalización y la inserción de España en la división europea del trabajo. El incremento del capital controlado por extranjeros aumenta la influencia política de actores políticos no electos, que configuran más y más la agenda política. Esa inserción de España en la división europea del trabajo incrementa el flujo de pagos por transferencia hacia España, al tiempo que aumenta su deuda externa y su déficit comercial. Los pagos por transferencia subvencionan parte de los costes sociales de la modernización y de los clientes políticos del régimen, pero a expensas de las actividades con valor productivo. El aumento de la integración externa (turismo/comercio intereuropeo) va ligado a la desintegración interna (sub y desempleo).
La liberalización incrementa los flujos de capital, pero la corrupción socava la confianza de los inversores extranjeros en el Estado y en sus colegas españoles del sector privado. De aquí el modelo de crecientes inversiones especulativas y con subvenciones especiales del Estado en cortos ciclos expansivos, seguidos de crisis y tendencia al estancamiento.
La modernización “desde arriba y desde fuera” se basa en un régimen político con fuertes vinculaciones horizontales (negocios, bancos, instituciones financieras foráneas) y cultura política autoritaria. La economía de mercado se casa con una estructura política de “mando”. Pero la liberalización socava la estructura productiva interna mientras la inserción creciente en la CE aumenta los pagos por transferencia compensatorios: se crea así una economía débil y un vasto programa de bienestar social. La contradicción entre inserción exterior y clientelismo social es de duración limitada. Las exigencias de la liberalización de mayores subvenciones del Estado y menores gastos sociales conduce a un deterioro del apoyo político a la estrategia de modernización.
Brecha generacional
La clase trabajadora española está profundamente dividida entre una menguante minoría de trabajadores fijos y sindicados, con un salario llevadero y beneficios complementarios, y una masa creciente de trabajadores eventuales que trabajan por el salario mínimo o por debajo, con horarios irregulares (que oscilan de unas pocas horas a la semana a cincuenta o más), sin beneficios complementarios y totalmente sujetos a los dictados del empresario. Esta división social corresponde en gran parte a una división generacional, que a su vez coincide con los cambios en las estrategias económicas globales. La mano de obra fija y mejor pagada son normalmente los “padres” y las “madres” que entraron en el mercado laboral a finales de los 60 y a principios de los 70, durante la estrategia de industrialización nacional del tardofranquismo. La mano de obra eventual son “hijos e hijas” que entraron en el mercado laboral a finales de los 80 y principios de los 90, en plena aplicación, a gran escala, de una estrategia económica neoliberal por parte del PSOE.
Las diferencias intergeneracionales dentro de la clase trabajadora son profundas y duraderas, y afectan a todos y cada uno de los aspectos de la vida política, social, cultural y familiar. Las diferencias socio-económicas están profundamente ligadas a la brecha comunicativa entre generaciones, que ha sido materia de numerosos analistas. Los valores culturales que chocan, los discordantes estilos de vida y el impacto de la cultura de masas a través de los media son factores importantes en sí mismos, pero también reflejan y son producto de diferentes “situaciones vitales”.
Para la generación mayor el empleo no era un problema grave; y una vez se estaba empleado aquello era, si uno quería, de por vida, siempre que no se infringieran las normas políticas del régimen franquista. De este modo, la estabilidad en el empleo proporcionaba una base para la continuidad y un grado relativo de certidumbre a la hora de hacer proyectos para el ciclo vital. El trabajo, por supuesto, era duro, las horas muchas y los salarios bajos, pero había, sobre todo a principios de los 70, un montón de oportunidades para presionar y luchar por incrementos salariales y por ensanchamiento de la red social. Empleo, matrimonio, montar la “casa”, alquilar, luego ahorrar, un pago al contado y la compra del piso, los hijos, visitas a la familia los domingos, para algunos incluso una casa de campo o playa.
Para la nueva generación, el empleo es el problema número uno. El empleo eventual crea una gran incertidumbre en lo concerniente a ingresos, al futuro, al presente. Se vive con miedo al despido súbito. Un fuerte sentimiento de vulnerabilidad junto a un salario pobre crea inseguridad personal y falta de autoestima, al tiempo de que hay una reticencia a hablar de lo mal que te pagan, de las muchas horas de trabajo y de lo obediente que tienes que ser para mantener un empleo de miseria. La vida no tiene la continuidad que te permite hacer amigos en el trabajo y planes para el futuro. Las relaciones estables, a largo plazo, ni se plantean. ¿Cuándo y dónde podrían consumarse? De modo que las relaciones transitorias, de fin de semana, se vuelven la norma.
Los “placeres de la familia extensa” se ven muy constreñidos. Los padres se quejan de que sus hijos se limitan a “ir y venir” y no contribuyen en nada cuando trabajan, a menos que se les presione. Mientras que los hijos se gastan los ingresos en equipos electrónicos, fines de semana en bares y discotecas y lo que sobra en eventuales vacaciones.
Si los padres son a veces demasiado indulgentes, es quizá por la mala conciencia de que son unos “privilegiados”, o como una autoayuda a su propia seguridad laboral. La mayoría de trabajadores de edad tienen un fuerte sentimiento de que se “sacrifican” para dar a sus hijos lo que ellos no tuvieron al crecer en la pobreza. La ironía es que los padres esperaban que, con ingresos añadidos, más educación y una familia estable, los hijos conseguirían más que ellos, alcanzarían un status más alto con empleos mejor pagados. En lugar de eso, los hijos de los trabajadores no pueden lograr siquiera el nivel de seguridad e ingresos de sus padres. La gran paradoja del último cuarto del siglo XX es que las mayores inversiones de las familias en los hijos no pudieron contrarrestar los efectos retrógrados del sistema económico neoliberal. Hace casi setenta años, durante los años 30, tuvo lugar un proceso similar, durante la Gran Depresión.
La movilidad intergeneracional descendente no es un fenómeno sólo español, en diversos grados se está dando entre los trabajadores de USA y Europa, especialmente allí donde el modelo neoliberal ha reemplazado el Estado de Bienestar. Un artículo reciente del New York Times señalaba:
“La movilidad social no ha aumentado, como demuestran los últimos estudios, por mucho que los conservadores afirmen que aún abundan los Horatio Algers. La movilidad, en efecto, ha disminuido en especial para los pobres. Y lo más preocupante de todo: las tendencias al ensanchamiento de las desigualdades de renta y la de entre los jóvenes, lo cual sugiere que el país se dirige hacia una sociedad más estratificada. Al comparar los años 80 y los primeros 90 con los últimos 60 y los 70, los investigadores comprobaron que cada vez es más probable que los pobres sigan siendo pobres y los ricos, ricos. Vieron también que la clase media, definida como familias con ingresos, después de impuestos, entre 24.000 y 72.000 dólares (entre tres y nueve millones de pesetas), se va rompiendo: las probabilidades de volverse rico o pobre habían aumentado, mientras que las probabilidades de permanecer en la clase media habían menguado”.
El estudio comprobó también que las oportunidades de los jóvenes de alcanzar unos ingresos de clase media hacia los 30 años están disminuyendo. Mientras que el 60% de aquéllos que cumplían los 30 antes de 1989 lo conseguían, sólo el 42% lo han conseguido desde entonces. “Lo impresionante es el modo tan uniforme en que se ha producido esta caída de la movilidad ascendente, a lo largo y ancho de todos los grupos demográficos del mercado laboral”, dice el profesor Duncan.
Además el fenómeno ya no se limita a la clase obrera o a los jóvenes. Cada vez más la clase media, los profesionales y los técnicos cualificados, incluyendo a individuos de media edad, se ven afectados por la “reducción de tamaño” de las empresas y la subcontratación. El trabajo eventual afecta cada vez más a los empleados de clase media.
Lo que está claro, sin embargo, es que España representa un especial caso “avanzado”. Sus niveles de desempleo y paro juvenil son los más altos de Europa Occidental y USA. Además, ha sido España quien se ha encaminado más lejos y más rápido hacia un sistema laboral de dos tercios, donde las ordenanzas laborales establecen abiertamente por ley desigualdades de renta sustanciales y salarios por debajo del límite de pobreza; con escasas, cuando las hay, reglamentaciones en lo que concierne a abusos patronales. Lo que está pasando en España es tal vez un espejo de lo que podríamos esperar en otros países en el futuro.
Empleo / Paro
Entre mediados de los 70 y final de los 80, el índice de desempleo en España ha empeorado en relación a su propio pasado y a Europa. Mientras que en 1974, antes de las políticas de liberalización del PSOE, dicho índice era similar al europeo, a mediados de los 80 se había multiplicado por siete y casi doblaba la tasa europea. Una tendencia que continuó hasta el final de la década y más allá, como veremos. La ironía es que, en la retórica “europeísta” del régimen de González, el argumento de que la liberalización era la vía para volverse europeos encubría el hecho de que la distancia entre España y Europa se había ensanchado, al menos en cuanto a los índices de paro. En realidad, el índice de paro español aumentó hasta acercarse al de las crisis europeas de los años 30 y a los países del Tercer Mundo antes que al de la Europa moderna. Con uno de cada cinco trabajadores sin empleo, la estrategia de liberalización deja claro que no está dirigida a aumentar el empleo, sino a facilitar la adquisición extranjera de industrias locales y a incrementar la presión a la baja de los salarios para facilitar la acumulación de capital.
Los datos en secuencia temporal, que atienden a las cohortes de edad y desempleo, ilustran el hecho de que el aumento del paro ha tenido impacto sobre todo en la gente joven.
En 1975 sólo el 8,1% de los hombres y el 6,3% de las mujeres entre 20 y 24 años estaba desempleado, mientras que en 1985 las cifras eran el 42,2% y el 47,8% respectivamente. En 1988 los índices eran de cuatro a ocho veces más altos que antes de las reformas liberales y sobre todo entre gente joven, lo cual refleja que la generación mayor entró en el mercado de trabajo antes de la liberalización. Esto se ve claro si comparamos las diferencias en desempleo entre los grupos de edad antes y después de la liberalización. En 1975, en el grupo de edad entre 16 y 24 años, el índice de desempleo era del 9%; para aquellos por encima de 24 era del 2,9%, una diferencia de 6 puntos porcentuales. En 1985 la diferencia variaba entre 30 y 40 puntos. En términos absolutos, el número de parados aumentó de 150.000 en 1974 a 2.750.000 en 1988. Durante ese período, el porcentaje de personas que recibían el subsidio de desempleo bajó del 69% en 1976 al 42,5% en 1988. El grueso de los parados venía del sector industrial, la construcción y agrícola, todos ellos golpeados por la liberalización y la entrada de España en el Mercado Común. Igualmente desastroso es el hecho de que el número de parados de larga duración (aquellos fuera del trabajo por más de dos años) creció con la prolongación y profundización de las políticas de libre mercado. En 1977 sólo el 15,6% de los parados habían quedado fuera del mercado de trabajo durante más de dos años o más: en 1984 la cifra se elevó al 31,7% y en 1988 casi la mitad de los parados eran de larga duración.
Los altos índices de desempleo se han mantenido en los 90, lo cual demuestra que el problema tiene sus raíces en las estructuras profundas de la economía liberal. Hubo una leve caída del desempleo en los 80 entre jóvenes (16-24), pero las cifras llegaron a elevarse hasta rozar el 50%. Entre 1984 y 1993, el índice de desempleo se incrementó para todos los grupos, salvo los jóvenes, que ya habían alcanzado los niveles máximos.
Para los jóvenes trabajadores entre 25 y 29 años el paro aumentó del 23,9%; entre 30 y 34 años, del 15,1% al 21, 6%. Los mayores de 40 años, mientras tanto, tenían los niveles más bajos de desempleo. Sin embargo, es necesario hacer notar que los índices de paro entre los trabajadores maduros aumentaron durante el proceso de liberalización, aunque las imponentes diferencias en el paro entre los jóvenes por debajo de 25 años (40% y más) y los mayores de 40 (14,5%) es uno de los factores clave que explican las diferencias “generacionales”.
Contratos de trabajo
Parte de la estrategia de libre mercado del PSOE tratando de reforzar el poder de las empresas consistió en una serie de leyes laborales aprobadas en los 80 que socavaron el empleo estable de los trabajadores. Se fueron permitiendo, cada vez más, los contratos eventuales, que en la mayoría de los casos eran de seis meses de duración y estaban sujetos a cancelación a discreción de los empresarios y sin indemnización ni despido. Junto al aumento del paro masivo entre los jóvenes trabajadores, está la creciente inestabilidad y discontinuidad del empleo entre los que lo encuentran. Y los altos índices de paro se dan a todos los niveles de la educación. A pesar de los crecientes logros educativos, la economía de libre mercado muestra poco interés y flexibilidad por la mano de obra cualificada. Los trabajadores cualificados y educados hacen frente hoy a índices de desempleo que sobrepasan un cuarto de la fuerza laboral, por eso la escolarización puede parecer fuera de lugar para unos jóvenes trabajadores con pocas perspectivas de empleo. La formación técnica y profesional parece fuera de lugar en una economía orientada al turismo, la administración pública y las plantas de montaje. Los nuevos contratos temporales, que proveen a los empresarios de una enorme ventaja sobre los jóvenes trabajadores, son los preferidos por los empresarios de Cataluña. Está claro que la abrumadora mayoría de los contratos temporales para la gente joven son hoy inseguros, mal pagados y temporales, un fenómeno que crece con el tiempo y está empezando a afectar a todos los grupos de edad en mayor o menor medida. De persistir la tendencia actual, está claro que los trabajadores fijos, bien pagados y sindicados van a ser una clara minoría. El gobierno de Jordi Pujol es uno de los arquitectos y promotores clave de los contratos temporales y es probable que los estimule con el tiempo. En ese sentido, las políticas nacionalistas son, en un sentido estricto, “lingüístico-culturales” y se combinan con un contenido social profundamente anti-trabajo. De hecho, a nivel económico, el nacionalismo no existe, en la medida que Pujol es un ardiente partidario y defensor del libre mercado y promotor de las tomas de posesión extranjeras de la economía nacional.
La centralidad del mercado como principal mecanismo de modernización ha reforzado los lazos entre el mundo de los negocios y el gobierno central y los regímenes autónomos, particularmente en Cataluña. La liberalización, con su énfasis en la flexibilidad laboral, ha estimulado altos índices de paro y de empleo eventual, el declive de la organización social y una mayor desigualdad de rentas. Lo importante no son sólo las negativas consecuencias objetivas sino las respuestas subjetivas a estos procesos económicos. ¿Cómo viven los trabajadores jóvenes y mayores estas experiencias? ¿Cómo afectan las políticas económicas liberales a los trabajadores mayores, que entraron en el mercado laboral antes del proceso de liberalización, y a los trabajadores jóvenes que intentan conseguir empleos? ¿Qué diferencias en los ciclos vitales, valores y actitudes frente al trabajo surgen con estos cambios en el mercado laboral? ¿Cómo se experimenta la liberalización desde abajo? ¿Cuáles son las consecuencias humanas de las abstractas doctrinas económicas liberales?
Cada día las radios y televisiones sorprenden a los europeos con noticias cada vez más alarmantes sobre el crecimiento de los movimientos racistas. Para los jóvenes (y una enorme cantidad de no tan jóvenes) es una novedad. Pero el fenómeno no tiene nada de novedoso. En el semanario uruguayo Brecha aparecían, el 14 de febrero de 1992, dos artículos esclarecedores. Recordemos que por esas fechas se estaban preparando las Olimpíadas de Barcelona y España se modernizaba. Todo era optimismo y había confianza en un futuro que aparecía prometedor. Todo duró hasta 2008.
Como siempre, algunos pensadores no eran tan optimistas. Formaban parte de esa minoría que recurre a la filosofía y a la historia para acertar casi siempre en sus pronósticos, pero no son escuchados, leídos y mucho menos atendidos por una población alienada que prefiere los cantos de sirena de quienes defienden un sistema económico y social dudoso.
Presentamos aquí tres textos. El primero es la introducción del semanario uruguayo a los otros dos, el primero de Miguel Ángel Nieto desde Madrid y el segundo de Albérico Lecchini desde Estocolmo.
Una cruz gamada recorre Europa
Las necesidades de la explotación mercantil primero y capitalista después llenaron los barcos europeos con soldados, comerciantes y por último con campesinos y desheredados que partían a los confines del mundo en busca de riquezas o simplemente con la esperanza de una vida sin el espectro del hambre. Luego de siglos de saqueo los soldados se retiraron, los obreros y campesinos se quedaron a disfrutar una vida a veces más que decorosa y los comerciantes cambiaron barcos por aviones. Después los europeos inventaron la importación de mano de obra para abaratar su vida. Pero de tanto vender el modelo de vida occidental, los gobernantes comunitarios están tratando ahora de expulsar a los “intrusos” que intentaron verlo con sus propios ojos. Pero racistas de todo pelo, neonazis y neofascistas, desde Gibraltar a Budapest hoy quieren expulsarlos o hacerlos desaparecer como sea. Lentamente un movimiento antirracista se despereza y empieza a combatir la cruz gamada.
Europa, una fortaleza de raza Miguel Ángel Nieto (Madrid)
Al fantasma que en 1848 recorría una Europa de la que ya no queda ni la Unión Soviética le ha quitado la sábana otro espectro, que, al borde del año 2000, alza la palma derecha contra el cielo. Al ritmo al que aumenta la xenofobia y se refuerza la muralla para los tercermundistas que quieren acceder a la fortaleza comunitaria, crece el espejismo de la cruz gamada sobre el viejo continente.
Estados Unidos hace lo imposible para que en su territorio no queden haitianos. Italia consiguió expulsar de sus puertos a los albaneses. Ningún país quiere cargar con refugiados yugoslavos. Alemania, como denunciaba el escritor Günter Grass, ha convertido a los ciudadanos de la RDA en “ciudadanos de segunda”. El pionero de las “identidades nacionales”, el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen, tiene ya un suelo electoral del 10% y el 32% de los franceses apoya sus ideas según Le Monde.
El Vlaams Blok, de Filip De Man, reelegido diputado en Bélgica, ha conseguido 12 escaños en un parlamento de 212 escaños y en Italia, el ascenso de la Liga Lombarda de Umberto Bossi se compara ya con la popularidad de Mussolini.
Para el nazi español Pedro Varela, coordinador del Círculo Español de Amigos de Europa (Cedade), el avance del neofranquismo es “irreversible”.
Crear el IV Reich es el objetivo del neonazi austríaco Gottfried Küssel, líder indiscutible del fascismo alemán. Para ello cuenta con medio millón de simpatizantes y 15 mil militantes.
Otro fascista austríaco, Joerg Haider, que llama a su partido “el de la libertad”, quedó segundo en las elecciones al ayuntamiento de Viena y confirmó así una tendencia que inauguró Kurt Waldheim tras llegar a la presidencia de Austria habiendo tomado parte en el holocausto.
España, país que no persigue a los neonazis, acogerá en abril una concentración mundial de fascistas. Berlín pretende montar un hipermercado sobre las tumbas de un campo de concentración. En Polonia proliferan las asociaciones antisemitas y en Luisiana el dirigente del Ku Klux Klan, David Dukem, promete competir por la presidencia con el propio Bush. Michel Poniatowski, lugarteniente de Giscard D´Estaing, llegó a decir que Francia es objeto actualmente de “una ocupación extranjera similar a la nazi”.
¿Se trata de una resurrección de Hitler?, se preguntan sociólogos y politólogos de todo el mundo.
La xenofobia, incendiada por la crisis económica y el resurgimiento de los nacionalismos, parece estar detrás de un fenómeno que en Francia ya tiene categoría de alternativa política.
En la nueva Alemania unificada, donde renace con mayor pureza el fenómeno fascista, la discusión política sobre el recorte del derecho al asilo, el elevado desempleo de la ex RDA y la escasez de viviendas son los factores que han despertado los reprimidos resentimientos racistas.
Los domingos por la noche, la televisión germana hace un resumen de la violencia racista registrada en el país. La Brigada de Investigación revela que los ataques racistas en Alemania son ya cinco veces superiores a los registrados en 1990. Inglaterra no se queda atrás. En 1989 Scotland Yard contó 7 mil agresiones racistas y en 1990 la cifra se elevó a 10 mil.
El politólogo Hajo Funke, del Instituto Otto Suhr de Berlín, considera que la xenofobia y los continuos éxitos electorales de los partidos de la extrema derecha alemana tienen su origen en un nacionalismo exclusivo, despertado por la escenificación de la reunificación nacional. El sociólogo Wolfang Brück, de la Universidad de Leipzig, asegura que “la derecha domina en toda la escena juvenil”.
En Alemania la distorsión ha llegado a los límites del paroxismo. Mientras el seminario Die Zeit responsabiliza a pedagogos y asistentes sociales de difundir el fascismo entre la juventud, el diácono social Thomas Sprung culpa a la prensa, que a su juicio “no hace sino acelerar la ideologización de los jóvenes extremistas, sobrevalorando los contenidos políticos y proporcionando arquetipos a los jóvenes que luego los imitan de verdad”.
La Oficina Federal ofrece datos que asustan: en Alemania hay 4500 militantes ultraderechistas, 40 mil seguidores y otros tantos miles de simpatizantes.
El neonazismo, apuntaba el politólogo norteamericano James Petras, tiene una diferencia con el nazismo: crece en las democracias. Es un “fascismo parlamentario” que utiliza las hasta ahora estructuras democráticas para impulsarse y que cobra fuerza en un momento en el que los nacionalismos han despedazado Yalta. Un ejemplo. Los neofranquistas, a los que se les prohibió manifestarse el 20 de noviembre, se manifestaron hace dos semanas bajo este eslogan: “Sólo pedimos la palabra”. Un eslogan nacido, paradójicamente, de versos de Blas de Otero, un poeta amordazado por Franco al que ahora, en plena libertad, recurren los franquistas.
Desde la democracia, los grupos neofascistas han tendido sus tentáculos hasta catalizar el malestar social. En Francia, según André Comte-Sponville, filósofo de mayo del 68, el FN de Le Pen se ha convertido en el “beneficiario exclusivo de la protesta social”, en el catalizador de quienes consideran que el Estado les quita mucho –altos ejecutivos y pequeños trabajadores independientes– y de los que consideran que les da muy poco, los parados.
“El sistema no tiene errores; el sistema es el error”, dice Alberto Vázquez, líder del grupo Nación Joven, que agrupa a los decepcionados de Falange, el Frente Nacional y las Juntas Nacionales.
A juicio del profesor José Luis López Aranguren, sin embargo, lo que impulsa al fascismo no es la crisis del sistema democrático, si bien el divorcio cada vez mayor “entre por ejemplo Miterrand y la sociedad francesa” haya propiciado la búsqueda de nuevas vías de diálogo con el poder.
La incomunicación del poder ha llegado al extremo en el caso italiano, siempre atípico. “Seremos la chispa que perforará el sistema de partidos”, advierte Bossi, líder de la Liga Lombarda y senador desde 1987. Las raíces de la Liga están entroncadas con el desencanto que sienten los italianos hacia la política, la desconfianza hacia sus dirigentes y la protesta contra un sistema corrupto.
“No tenemos absolutamente nada que ver ni con los seguidores de Le Pen ni con los neonazis alemanes, ni con la extrema derecha española”, afirmó Giorggio Foletti, secretario provincial de la Liga Lombarda. Esta fuerza política, que en los comicios de 1990 se convirtió en el primer partido de Lombardía, obteniendo el 28% de los votos en Brescia y el 23% en Milán, tiene un principio sagrado: controlar la inmigración. “A los negros démosle trabajo, pero en su país”, dice Bossi en los auditorios del norte de Italia, la zona más desarrollada, industrializada y europeizada del país. Bossi ya ha metido un pie en el parlamento nacional, comenzando a hacer daño a la Democracia Cristiana. La mecha está encendida, la dinamita esparcida por el país.
En Francia el discurso de Le Pen dejó de ser idealista; ahora es realista, y su estrategia política, pragmática. Le Pen habla de la “toma legal” del poder y su partido va puerta a puerta en busca de votos. Su propuesta educativa (y las 50 sugerencias sobre inmigración) han recibido elogios hasta de la neogaullista Agrupación para la República. Neonazis, monárquicos e incluso skinheads piden el voto para el Frente Nacional.
Le Pen, con 80 mil militantes, ha logrado “una penetración sensible en todos los medios sociales, con puntos de apoyo sensibles en pequeños trabajadores independientes (19%), parados (16%) y ejecutivos de alto nivel (16%)” según un estudio de 1988 del Instituto CSA. Cada día 200 periódicos franceses salen a la calle con el sello ultraderechista.
Como subraya el historiador Pierre Milza, la extrema derecha francesa ha obtenido el éxito tras adoptar la táctica de “no avanzar a cara descubierta”, mensaje lanzado en 1962 por el ideólogo ultraderechista Dominique Vennert. Su prosperidad llega cuando adopta la táctica de los discursos respetables, lejos de la marginalidad y del rechazo de la tradición republicana. Los fascismos empujan a las democracias, las democracias a los emigrantes y los emigrantes a los gobiernos. El tiovivo gira en el carrusel de la impunidad de los negocios.
En 1990 Amnistía Internacional denunció la “bunkerización” de Europa. “A medida que el continente se desarrolla en términos económicos, crece la discriminación hacia los pobres”. La coyuntura económica está en el fondo del fenómeno. La irrupción en el mercado de trabajo de “todos esos emigrantes a los que despectivamente llamamos extranjeros”, es el desencadenante, opina Aranguren: Si a ese “temor a que vengan” se une “una falta de estima por otras familias o etnias diferentes a las nuestra, se obtiene ese resultado”. El semanario The Economist insistía que para el éxito de Duke en USA, hizo falta la recesión económica estadounidense.
En Suiza, el país perfecto, el odio racial ha ganado terreno entre los jóvenes de una clase media emergente a la que la crisis ha truncado su carrera. Los sociólogos y psicólogos investigan el fenómeno a partir de una subterránea injusticia social en sectores de la sociedad suiza, en ese “cuarto mundo” que ve con malos ojos que musulmanes, árabes, amarillos y negros puedan tener un puesto de trabajo que ellos no consiguen y con ello alquilen las escasas viviendas. La prosperidad de antaño es cuestionada por el incremento del desempleo y por los sacrificios que exige la candidatura de Suiza a la CE. Quizá esto explique por qué 15 de los 200 escaños del Congreso suizo quedaron en manos de los partidos xenófobos en las elecciones generales del 20 de octubre.
El huevo de la serpiente Albérico Lecchini (Estocolmo)
Seis personas de origen extranjero fueron baleadas en las últimas semanas en Estocolmo y Uppsala, resultando con diversas heridas. Dos se encuentran en grave estado. Todas fueron atacadas por un enmascarado, que les disparó a quemarropa. El episodio amenaza con convertirse en algo casi habitual en la otrora pacífica Suecia.
Lo ocurrido es una expresión más de la violencia que se viene ejerciendo en contra de la población no escandinava por los grupos neonazis.
Durante décadas la policía concentró su trabajo en infiltrar y controlar los grupos de izquierda, mientras la ultraderecha –si bien con poco espacio político– ha ido tejiendo con tranquilidad su red de contactos y comunicaciones, infraestructura militar y objetivos políticos. De la teoría han pasado a la práctica aprovechando la crisis económica, la casi indiferencia de un gobierno de centro derecha y la pasividad de la mayoría de la población. Sus objetivos son mantener pura, dicen, la raza aria nórdica de cualquier contaminación amarilla, negra o menos blanca. Políticamente admiran y sueñan con estados autoritarios. El retroceso de la izquierda, la caída de los regímenes socialistas, les ha permitido pescar en aguas revueltas a jóvenes que ya no tienen alternativa a su frustración.
Los atentados son parte del camino de estos grupos para sembrar el terror. Desde hace tres años vienen ocurriendo atentados con cócteles molotov contra campos de refugiados, robos de armas en comisarías, municiones y explosivos en depósitos militares y asaltos a bancos. La tristemente conocida cruz de madera del Ku Klux Klan ha sido quemada frente a viviendas y campamentos de refugiados. Familias enteras han visto sus comercios, o sus casas, quemados. Durante octubre y noviembre los extranjeros vivieron días de terror al asolar las calles un tirador emboscado que hirió a varias personas y mató a un iraní de 35 años. La policía no ha logrado hasta ahora encontrar pistas para detener al tirador, como no las ha encontrado en casos anteriores. Hasta el momento el único resultado concreto de la búsqueda policial ha sido la detención de dos miembros del grupo Resistencia Aria Blanca, que asaltaron una comisaría donde robaron armas y participaron en asaltos a bancos. Pero en los tribunales los jueces no reconocieron la estrecha vinculación entre la propaganda política violenta de estos grupos y los delitos cometidos.
La ignorancia y la desinformación hace creer que los refugiados llevan una vida lujosa. La realidad de los campamentos es bien otra. Los refugiados deben esperar meses, a veces años, a que sus casos sean investigados. No pueden trabajar, están aislados de la sociedad por no saber el idioma, no pueden mantener contacto con el personal del campamento (los funcionarios son trasladados o despedidos si esto ocurre). Decenas de menores de edad que han llegado solos a Suecia, o que viven con sus familias, han sido arrestados durante días hasta que sus casos se aclararan, pese a que la Constitución y la Convención de Ginebra prohíben tal medida. Han ocurrido varios casos de suicidio.
Lejos quedan los días en que los suecos se prendían de la solapa una mano con señal de stop y el texto “No toques a mi compañero”. Ahora los neonazis usan lo mismo, pero con el texto “No toques mi patria”. La guerra de razas ha entrado en una nueva fase, gritan en las plazas los cabezas rapadas que andan a la caza de un “cabeza negra”.
En estrecha colaboración con otros movimientos de Europa y EEUU, las organizaciones suecas han creado su propia Federación Nacional de Suecia integrada por varios partidos. En ella participan –en forma muy discreta– militares, políticos, juristas, policías, periodistas, pastores y otros, como revela un periodista sueco que durante años ha investigado este fenómeno. Las acciones violentas quedan en manos de la ya nombrada Resistencia Aria Blanca. Las milicias populares suecas, una especie de ejército local munido con armas de guerra liviana, son otra cantera de reclutamiento. Los cálculos hablan de entre 8 y 10 mil miembros activos en los grupos ultraderechistas.
¿Qué hacen las organizaciones populares, la oposición y el gobierno ante esta ofensiva?
Es tradición aquí en Suecia decir que la violencia es algo ajeno a la sociedad. Los conflictos se solucionan dialogando y a través de compromisos. La sociedad de bienestar se construyó en base a la negociación entre patrones y trabajadores. Pero las reglas de juego cambian rápido en un período donde todo ocurre a velocidad vertiginosa. Hoy un neonazi se atreve a decir: “El sueco es un cobarde. Por eso debemos hacer el trabajo sucio por él” en uno de los diarios más importantes de la capital.
El primer ministro Carl Bildt (Partido Conservador) se refirió a los hechos con una negligencia que les quitaba importancia. Las organizaciones de inmigrantes le han pedido que pronuncie un discurso televisivo condenando con claridad los hechos, pero él ha dicho que no, porque no es tradición en Suecia –al contrario que en los EEUU– que el primer ministro pronuncie discursos, y tampoco quiere crearla. Su irritante arrogancia ha despertado ácidos comentarios y mordazmente se le ha comenzado a llamar “cubito de hielo” por su frialdad y ausencia de sentimientos solidarios con las víctimas de los atentados y sus familias. Bildt llegó a sugerir que todo podría tratarse de un ajuste de cuentas entre mafiosos extranjeros, que en Estocolmo abundan. Esto despertó la reacción del socialdemócrata Pierre Schori, que pidió al gobierno una actitud clara ante los atentados, aunque su partido tampoco tuvo esa actitud. La única excepción fue la del liberal Bengt Westerberg, que desde un primer momento salió a defender a las personas de origen extranjero apoyando sus propuestas mientras los demás se escabullían.
La irritación de los inmigrantes fue tal que el primer ministro tuvo que acceder a reunirse con ellos. Más de mil personas acudieron a interrogarlo, por lo que salió bastante vapuleado. Aquí los políticos no están acostumbrados a que la gente los silbe, los abuchee o les haga preguntas incómodas. El público salió con las manos vacías, pero logrando que el primer ministro apoyara las protestas planeadas por las organizaciones de inmigrantes.
Desde hace un mes los sindicatos, las ONG y personalidades de la cultura iniciaron, inspirados en el llamado de un veterano de la guerra civil española, Per Eriksson (¿podía ser de otro modo?), un movimiento contra el racismo. Los medios de prensa cubrieron y anunciaron con bombos y platillos el advenimiento del movimiento, pero los ecos de las palabras se apagaron con los nuevos disparos que todavía siguen resonando en la ciudad vieja de Estocolmo, donde fueron heridos los africanos.
Organizándose en un comité llamado 21 de febrero los inmigrantes decidieron enfrentar el problema a partir de sus propias condiciones. Como constituyen el 10% de la población y la mayoría trabaja en servicios e industria, han decidido realizar un paro simbólico de una hora en la fecha de su nombre. De esta manera enviarán una fuerte señal a la sociedad: “Sin nosotros, Suecia se para”. Fábricas, hospitales, transporte colectivo y otros servicios quedarán paralizados si tienen éxito en su convocatoria.
Europa envía señales contradictorias y muchos temen que su futuro sea el de un supraestado policial. Defendiendo con todos los medios represivos la seguridad de sus “verdaderos ciudadanos”, los protegerá detrás de un nuevo muro, el más alto y extenso jamás construido.
Con el asesinato de Olof Palme la serpiente puso su huevo. Ahora observamos cómo sus descendientes –con los colmillos bien afilados– comienzan a atacar a las primeras víctimas.
En 1952, Ernesto Guevara y Alberto Granado realizaron un viaje de seis meses a través de América Latina que cambiaría sus vidas y forjaría una gran amistad. Así ve Granado a su amigo, el Che. (Extractos de entrevistas).
Conocí a Ernesto cuando tenía 14 años. Él quería jugar al rugby, pero como sufría de asma desde muy niño ningún entrenador lo quería aceptar. Jugar con asma es un riesgo grande. Entonces mi hermano pequeño (Tomás), compañero de estudios suyo, me lo presentó para saber si yo lo podía entrenar, sabiendo que yo creía mucho en el deporte como forma de mantener la salud. En aquellos días el rugby se estaba haciendo popular en Argentina, muchos querían jugarlo, pero después de las primeras prácticas se desencantaban y se iban con el equipo y las botas. Por esa razón pusimos una norma: para ser jugador nuestro el aspirante debía saltar sobre un palo de escoba colocado a un metro diez de altura y caer con el hombro, de golpe, una jugada que puede pasar 40 veces en un partido. La mayoría abandonaba al segundo salto. La excepción fue Ernesto, que no se puso ni el short, se colocó la camiseta y se tiró una vez, y se tiró otra y otra… ¡Si no le digo basta me hace un hueco en el patio! Tenía un tackle muy violento y, por lo demás, muy heterodoxo, no iba a la cintura, sino casi a la altura del hombro y aplicaba una fuerza increíble para su peso. Él jugaba de tres cuartos wing y cuando agarraba la pelota gritaba: ¡Acá va el furibundo Serna! Así que le pusimos Fuser, una síntesis de furibundo y Serna. Usaba el apellido Serna por su madre, quien le dio ímpetu y evitó que se transformara en un muchacho dominado por la enfermedad. En los partidos teníamos a alguien con el inhalador al lado del line-out y varias veces hubo que usarlo porque le daban unos ataques impresionantes de asma. Pero, aun así, era imposible decirle que no jugara. Tanto adoraba Fuser el rugby que en 1951, cuando el asma le arrancaba el aire y ya comenzaba a perfilar su vida hacia la medicina y otras inquietudes, se inició como periodista fundando y redactando crónicas para la revista Tackle, la tercera publicación dedicada exclusivamente al rugby que apareció en Argentina. El Che escribió seis artículos bajo el seudónimo de Chang-Cho. El oficio de reportero no fue ocasional, en 1955 cubrió como cronista y fotógrafo de Agencia Latina los Juegos Panamericanos de México.
Le gustaban los deportes y los practicaba todos como cualquier muchacho sano. Su paso previo al rugby había sido el fútbol. Fuser era “hincha canalla” (de Rosario Central) por dos razones: porque nació en Rosario y porque era admirador del Chueco García (Ernesto, el poeta de la zurda), un wing izquierdo muy bueno que después pasó a Racing, mi equipo. También jugaba, era un bastante buen arquero. Como esa posición requería menos movimiento y esfuerzo no necesitaba inhalador; lo usaba cuando jugaba de defensa, puesto en el que, pese a no ser muy heterodoxo ni elegante, se desenvolvía bien, sobre todo por su perseverancia.
Sus conocimientos de fútbol unidos a los míos nos sirvieron mucho en el viaje. Una vez nos encontramos con unos camioneros que practicaban con vistas a un partido el domingo siguiente. Entonces me puse a hacer “chiches”, jueguitos con la pelota. Estuve varios minutos haciéndolos y los deslumbré. El domingo jugamos en una cancha de tierra, salitrosa. Ernesto se colocó de arquero y yo de ocho. Nos fue bien. Después del partido me puse a hacer un chivito como los hacemos en Córdoba y me los gané a todos. Fue muy lindo. Otra vez, en Machu Pichu, nuestro juego nos ganó el alojamiento en un hotel que estaba cerrado. En esa ocasión mentí, le dije a la gente del equipo que jugaba en primera en un equipo de Buenos Aires. Allí no hicimos ninguna hazaña, eran muy malos, éramos tuertos en un país de ciegos. Y en Leticia, Colombia, fuimos entrenadores por necesidad económica y terminamos jugando. Ahí conocimos a Alfredo Di Stefano. Fuimos al hotel donde se alojaba y le pedimos entradas. Nosotros no éramos tímidos, si lo hubiéramos sido no llegábamos ni a la mitad del viaje. Con las entradas que nos dio Di Stefano vimos al Millonarios (el equipo donde jugaba él) contra el Real Madrid. Fue la primera vez que vimos fútbol europeo contra sudamericano.
Nuestro último partido juntos fue en 1963, siendo Ernesto ministro de Industria. Jugamos un partido contra un equipo universitario. Él no tenía complejos de ningún tipo y en ese partido marcó al rival y se tiró al piso como siempre. Nadie pensaba que el ministro iba a actuar así, pero por mucho ministro que fuera dentro de la cancha seguía siendo Fuser.
En el deporte, como en la vida, dos cosas llamaban la atención en Ernesto: su tenacidad y su inteligencia. Su tenacidad siempre me impresionó. También era temerario. Recuerdo cómo le gustaba tirarse clavados desde una piedra o un sauce a cuatro o cinco metros de altura. Lo hacía muy bien y era riesgoso, porque el agua era casi siempre baja y los pozos estrechos. Ese era uno de sus problemas, no tenía sentido del peligro. Cruzar el Amazonas a nado, por ejemplo, fue suicida. Allí hay una cantidad enorme de caimanes y pirañas. Si te golpea una rama y te saca un poco de sangre, al minuto te rodean las pirañas. Yo temía eso, pero bueno, cuando él tomaba una decisión era imposible decirle que no. En la película el cruce aparece en la noche para darle más tono poético y dramático, pero en realidad fue por la tarde.
Otro de los aspectos que resaltaban en su personalidad era la afición a la lectura. Desde chico, en lugar de lamentarse por su enfermedad hacía deporte y leía sin descanso. Con los libros leídos escribía lo que llamó su Diccionario Filosófico. Llegó al extremo de leer la obra de Marx como una lectura más, no como si estuviera leyendo a un filósofo. Más de una vez tuve que defenderlo de los demás muchachos, que lo llamaban loco porque se sabía de memoria los versos de Neruda. Les decía: “Ernesto es mucho Ernesto”. En lugar de médico podía haber sido un literato porque escribía muy bien; pero también un físico, un químico o lo que se hubiera propuesto.
En lo único que no destacaba era en el baile. Yo intenté enseñarle a bailar el tango sin resultado, carecía totalmente de sentido del ritmo.
Además de tenaz era muy firme en sus convicciones, muy drástico y duro. Durante nuestro viaje –está relatado en la película- cuando el doctor Pesce en Perú le pide opinión sobre el libro que había escrito y él le dice que era una porquería, podría haber sido más suave. Mi hermano Tomás me contó que una vez hablaban sobre García Lorca en clase y el profesor citó mal unos versos. Ernesto le soltó: “Para que vamos a hablar si usted no se sabe ni los versos”. El profesor tenía una bronca bárbara. Cuando era ministro, los muchachos de la escolta le agarraron el auto y salieron a levantarse un par de minas. Como era un auto del Estado, el Che usó su mano de hierro y les aplicó su propia ley. Les daba donde más les dolía, que era dejarlos sin comer y en calzoncillos para que pagaran su fechoría. Otra vez, en 1963, pasamos delante de los chóferes de Fidel. El Che le tocó la barriga a uno y dijo: “ ¡Ah!, están gorditos, ¡eh! ¡Para lo que trabajan! El chofer se quedó petrificado. Ernesto se dio cuenta que había metido la pata, volvió, le agarró el cabello y le dijo como manera de romper con lo que había dicho: “Se te está cayendo el pelo”.
Hay mucha gente que quiere imitar su dureza, pero él, además de duro, tenía mucha mano izquierda, como se dice de los toreros; sabía rectificar, aunque te hacía pasar muchos calores por esa forma tan brusca. Con quien era más duro era consigo mismo. Para él ser mentiroso o cobarde era el mayor defecto. También le gustaba el sacrificio, y no a todo el mundo le gusta el sacrificio. El que se metía con él tenía que sacrificarse.
Pero pese a sus virtudes tampoco hay que endiosar a Ernesto, así se lo va lavando mucho. Hay que recordar también las partes negativas. En la película quise evitar eso para que no hicieran de él un cowboy del oeste, un tipo que todo lo hacía bien.
Cuando llegué a Cuba después del triunfo de la revolución encontré al amigo afectuoso, un poco sardónico, pero igualito en cariño. Enseguida me di cuenta cómo había profundizado en la parte política nada más oírlo en la forma de expresarse, de tomar las cosas. Un día al escucharlo hablar en un acto oficial me volví hacia Celia, su madre, que nos acompañaba, y le dije como decía antes: ”Viste Celia, Ernesto es mucho Ernesto”.
Al hablar de sus condiciones les llamo sus tres incapacidades: incapacidad de mentir y aceptar mentiras, de recibir algo que no le correspondiera y de no dar el ejemplo. Todo lo demás es relativo. Tú puedes ser buen médico, buen poeta, buen guerrillero, estadista, pero si luchas contra la mentira ya lo haces contra otras muchas cosas; igual si no aceptas lo que no te corresponde. Y si dices vamos a cortar caña en vez de hay que ir a cortar caña, o vamos a ser maestros en lugar de necesitamos maestros, entonces actúas como él.
De todas formas yo lucho contra el mito porque crea una imagen falsa ¡Qué vamos a ser como el Che, si él era buen médico, buen mozo, valiente, inteligente! Es difícil ser como él. Era inteligente, pero también muy trabajador. Y valiente, aunque hay muchos valientes que terminan asaltando bancos. Pese a todo yo creo que hay mucha gente valiente y trabajadora en el mundo, muchos como él. El Che no era un mito, es un hombre que hizo y pagó las consecuencias.
Ernesto Guevara: Rastros de lectura / Ricardo Piglia
Movimientos
El lector, entendido como descifrador, como intérprete, ha sido muchas veces una sinécdoque o una alegoría del intelectual. La figura del sujeto que lee forma parte de la construcción de la figura del intelectual en el sentido moderno. No sólo como letrado, sino como alguien que se enfrenta con el mundo en una relación que en principio está mediada por un tipo específico de saber. La lectura funciona como un modelo general de construcción del sentido. La indecisión del intelectual es siempre la incertidumbre de la interpretación, de las múltiples posibilidades de la lectura.
Hay una tensión entre el acto de leer y la acción política. Cierta oposición implícita entre lectura y decisión, entre lectura y vida práctica. Esa tensión entre la lectura y la experiencia, entre la lectura y la vida, está muy presente en la historia que estamos intentando construir. Muchas veces lo que se ha leído es el filtro que permite darle sentido a la experiencia; la lectura es un espejo de la experiencia, la define, le da forma.
Hay una escena en la vida de Ernesto Guevara sobre la que también Cortázar ha llamado la atención: el pequeño grupo de desembarco del Granma ha sido sorprendido y Guevara, herido, pensando que muere, recuerda un relato que ha leído. Escribe Guevara en los Pasajes de la guerra revolucionaria:
“Inmediatamente me puse a pensar en la mejor manera de morir en ese minuto en el que parecía todo perdido. Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista, apoyado en el tronco de un árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida al saberse condenado a muerte, por congelación, en las zonas heladas de Alaska. Es la única imagen que recuerdo.”
Piensa en un cuento de London, To build a fire (Hacer un fuego) del libro Farther North, los cuentos del Yukon. En ese cuanto aparece el mundo de la aventura, el mundo de la exigencia extrema, los detalles mínimos que producen la tragedia, la soledad de la muerte. Y parece que Guevara hubiera recordado una de las frases finales de London: «Cuando hubo recobrado el aliento y el control se sentó y recreó en su mente la concepción de afrontar la muerte con dignidad.»
Guevara encuentra en el personaje de London el modelo de cómo se debe morir. Se trata de un momento de gran condensación. No estamos lejos de Don Quijote, que busca en las ficciones que ha leído el modelo de vida que quiere vivir. De hecho, Guevara cita a Cervantes en la carta de despedida a sus padres: “Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga al brazo.” No se trataría aquí sólo de quijotismo en el sentido clásico, el idealista que enfrenta lo real, sino del quijotismo como un modo de ligar la lectura y la vida. La vida se completa con un sentido que se toma de lo que se ha leído en la ficción.
En esa imagen que Guevara convoca en el momento en el que imagina que va a morir, se condensa lo que busca un lector de ficciones; es alguien que encuentra en una escena leída un modelo ético, un modelo de conducta, la forma pura de la experiencia. Un tipo de construcción del sentido que ya no se transmite oralmente, como pensaba Benjamin en su texto “El narrador”. No es un sujeto real que ha vivido y le cuenta a otro su experiencia, es la lectura la que modela y transmite la experiencia, en soledad. Si el narrador es el que transmite el sentido de lo vivido, el lector es el que busca el sentido de la experiencia perdida.
Hay una tensión prepolítica en la búsqueda del sentido en Guevara. Pero a la vez podríamos decir que ha llegado hasta ahí porque ha resuelto ese dilema. De hecho, ha llegado hasta ahí también porque ha vivido su vida a partir de cierto modelo de experiencia que ha leído y que busca repetir y realizar.
En un sentido más general Lionel Gossman se ha referido a la misma cuestión en Between History and Literature, cuando señala que la lectura literaria ha sustituido a la enseñanza religiosa en la construcción de una ética personal.
El hecho de que Guevara haya registrado los efectos y el recuerdo de una lectura para sostenerse ante la inminencia de la muerte nos remite a una serie de situaciones de lectura no sólo imaginadas en los textos, sino presentes en la historia propiamente dicha. Los que han visto por última vez a Ossip Mandelstam, el poeta ruso que muere en un campo de concentración en la época de Stalin, lo recuerdan frente a una fogata, en Siberia, en medio de la desolación, rodeado de un grupo de prisioneros a los que les habla de Virgilio. Recuerda su lectura de Virgilio, y ésa es la última imagen del poeta. Persiste ahí la idea de que hay algo que debe ser preservado, algo que la lectura ha acumulado como experiencia social. No se trataría de la exhibición de la cultura, sino, a la inversa, de la cultura como resto, como ruina, como ejemplo extremo de la desposesión.
Podríamos hablar de una lectura en situación de peligro. Son siempre situaciones de lectura extrema, fuera de lugar, en circunstancias de extravío, de muerte, o donde acosa la amenaza de una destrucción. La lectura se opone a un mundo hostil, como los restos o los recuerdos de otra vida.
Estas escenas de lectura serían el vestigio de una práctica social. Se trata de la huella, un poco borrosa, de un uso del sentido que remite a las relaciones entre los libros y la vida, entre las armas y las letras, entre la lectura y la realidad.
Guevara es el último lector porque ya estamos frente al hombre práctico en estado puro, frente al hombre de acción. “Mi impaciencia era la de un hombre de acción”, dice de sí mismo en el Congo. El hombre de acción por excelencia, ése es Guevara (y a veces habla así). A la vez Guevara está en la vieja tradición, la relación que mantiene con la lectura lo acompaña toda su vida.
Una foto
Hay una foto extraordinaria en la que Guevara está en Bolivia, subido a un árbol, leyendo, en medio de la desolación y la experiencia terrible de la guerrilla perseguida. Se sube a un árbol y está ahí, leyendo.
En principio, la lectura como refugio es algo que Guevara vive contradictoriamente. En el diario de la guerrilla en el Congo, al analizar la derrota, escribe: “El hecho de que me escape para leer, huyendo así de los problemas cotidianos, tendía a alejarme del contacto con los hombres, sin contar que hay ciertos aspectos de mi carácter que no hacen fácil el intimar.” La lectura se asimila con la persistencia y la fragilidad. Guevara insiste en pensarla como una adicción. “Mis dos debilidades fundamentales: el tabaco y la lectura.”
La distancia, el aislamiento, el corte, aparecen metaforizados en el que se abstrae para leer. Y eso se ve como contradictorio con la experiencia política, una suerte de lastre que viene del pasado, ligado al carácter, al modo de ser. En distintas oportunidades Guevara se refiere a la capacidad que tenía Fidel Castro para acercarse a la gente y establecer inmediatamente relaciones fluidas, frente a su propia tendencia a aislarse, separarse, construyéndose un espacio aparte. Hay una tensión entre la vida social y algo propio y privado, una tensión entre la vida política y la vida personal. Y la lectura es la metáfora de esa diferencia.
Esto ya es percibido en la época de la Sierra Maestra. En alguno de los testimonios sobre la experiencia de la guerra de liberación en Cuba, se dice del Che: “Lector infatigable, abría un libro cuando hacíamos un alto mientras que todos nosotros, muertos de cansancio, cerrábamos los ojos y tratábamos de dormir.”
Más allá de la tendencia a mitificarlo, hay allí una particularidad. La lectura persiste como un resto del pasado, en medio de la experiencia de acción pura, de desposesión y violencia, en la guerrilla, en el monte.
Guevara lee en el interior de la experiencia, hace una pausa. Parece un resto diurno de su vida anterior. Incluso es interrumpido por la acción, como quien se despierta: la primera vez que entran en combate en Bolivia, Guevara está tendido en su hamaca y lee. Se trata del primer combate, una emboscada que ha organizado para comenzar las operaciones de un modo espectacular, porque ya el ejército anda rastreando el lugar y, mientras espera, tendido en la hamaca, lee.
Esta oposición se hace todavía más visible si pensamos en la figura sedentaria del lector en contraste con la del guerrillero que marcha. La movilidad constante frente a la lectura como punto fijo en Guevara.
“Característica fundamental de una guerrilla es la movilidad, lo que le permite estar, en pocos minutos, lejos del teatro específico de la acción y en pocas horas lejos de la región misma, si fuera necesario; que le permite cambiar constantemente de frente y evitar cualquier tipo de cerco”, escribe Guevara en 1961 en La guerra de guerrillas. La pulsión territorial, la idea de un punto fijo, acecha siempre. Pero, a la inversa de la experiencia política clásica, el acumular y tener algo propio supone el riesgo inmediato. Régis Debray cuenta la caída del primer punto de anclaje en Bolivia, la microzona propia: “Tiempo antes se había hecho una pequeña biblioteca, escondida en una gruta, al lado de las reservas de víveres y del puesto emisor.”
La marcha supone además la liviandad, la ligereza, la rapidez. Hay que desprenderse de todo, estar liviano y marchar. Pero Guevara mantiene cierta pesadez. En Bolivia, ya sin fuerzas, llevaba libros encima. Cuando es detenido en Ñancahuazu, cuando es capturado después de la odisea que conocemos, una odisea que supone la necesidad de moverse incesantemente y de huir del cerco, lo único que conserva (porque ha perdido todo, no tiene ni zapatos) es un portafolio de cuero, que tiene atado al cinturón, en su costado derecho, donde guarda su diario de campaña y sus libros. Todos se desprenden de aquello que dificulta la marcha y la fuga, pero Guevara sigue todavía conservando los libros, que pesan y son lo contrario de la ligereza que exige la marcha.
El ejemplo antagónico y simétrico es desde luego Gramsci, un lector increíble, el político separado de la vida social por la cárcel, que se convierte en el mayor lector de la época. Un lector único. En prisión Gramsci lee todo el tiempo, lee lo que puede, lo que logra filtrarse en las cárceles de Mussolini. Está siempre pidiendo libros y de esa lectura continua (“leo cada día por lo menos un libro”, dice), de ese hombre solo, inmóvil, aislado, en la celda, nos quedan los Cuadernos de la cárcel, que son comentarios extraordinarios de esas lecturas. Lee folletines, revistas fascistas, publicaciones católicas, lee los libros que encuentra en la biblioteca de la cárcel y los que deja pasar la censura, y de todos ellos extrae consecuencias notables. Desde ese lugar sedentario, inmóvil, encerrado, Gramsci construye la noción de hegemonía, de consenso, de bloque histórico, de cultura nacional-popular.
Y obviamente la teoría de la toma del poder en Guevara (si es que eso existe) está enfrentada con la de Gramsci. Puro movimiento en la acción pero fijeza en las concepciones políticas, nada de matices. Sólo es fluida la marcha de la guerrilla. No hay nada que transmitir en Guevara, salvo su ejemplo, que es intransferible. De esa imposibilidad surge tal vez la tensión trágica que sostiene el mito.
La teoría del foco y la teoría de la hegemonía: no debe haber nada más antagónico. Como no debe haber nada más antagónico que la imagen de Guevara leyendo en las pausas de la marcha continua de la guerrilla y la de Gramsci leyendo encerrado en su celda, en la cárcel fascista. En verdad, para Guevara, antes que la construcción de un sujeto revolucionario, de un sujeto colectivo en el sentido que esto tiene para Gramsci, se trata de construir una nueva subjetividad, un sujeto nuevo en sentido literal, y de ponerse él mismo como ejemplo de esa construcción.
En la historia de Guevara hay distintos ritmos, metamorfosis, cambios bruscos, transformaciones, pero hay también persistencia, continuidad. Una serie de larga duración recorre su vida a pesar de las mutaciones: la serie de la lectura. La continuidad está ahí, todo lo demás es desprendimiento y metamorfosis. Pero ese nudo, el de un hombre que lee, persiste desde el principio hasta el final.
Esa serie de larga duración se remonta a la infancia y está ligada al otro lado de identidad del Che Guevara: el asma. La madre le enseña a leer porque no puede ir a la escuela y ese aprendizaje privado se relaciona con la enfermedad. A partir de entonces se convierte en un lector voraz. “Estaba loco por la lectura”, dice su hermano Roberto. “Se encerraba en el baño para leer.”
La lectura como práctica iniciática fundamental, al decir de michel De Certeau, funciona como modelo de toda iniciación. En este caso, el asma y la lectura están vinculados al origen. Hacen pensar en Proust, que justamente ha narrado muy bien lo que es esta relación, un cruce, una diferencia que define ciertas lecturas en la infancia, cierto modo de leer. Basta recordar la primera página del texto de Proust Sobre la lectura: “Quizá no hay días en nuestra infancia tan plenamente vividos como aquellos que creímos haber dejado sin vivir, aquellos que pasamos con nuestro libro predilecto.” La vida leída y la vida vivida. La vida plena de la lectura.
La lectura, entonces, lo acompaña desde la niñez igual que el asma. Signos de identidad, signos de diferencia. Signos en un sentido fuerte, porque ya se ha hecho notar que los senos frontales abultados que vienen del esfuerzo por respirar, definen el rostro de Guevara como una marca que no puede disfrazarse. En sus fotos de revolucionario clandestino es fácil reconocerlo si uno le mira la frente.
Y, a la vez, señalan cierta dependencia física, que se materializa en un objeto que hay que llevar siempre. “El inhalador es más importante para mí que el fusil”, le escribió a su madre desde Cuba en la primera carta que le envía desde Sierra Maestra. El inhalador para respirar y los libros para leer. Dos ritmos cotidianos, la respiración cortada del asmático, la marcha cortada por la lectura, la escansión pausada del que lee. Eso es lo persistente: una identidad de la que no puede (y no quiere) desprenderse. La marcha y la respiración. La lectura vinculada a cierta soledad en medio de la red social es una diferencia que persiste. “Durante estas horas últimas en el Congo me sentí solo como nunca lo había estado, ni en Cuba, ni en ninguna otra parte de mi peregrinar por el mundo. Podría decir: nunca como hoy había sentido hasta qué punto, qué solitario era mi camino.” La lectura es la metáfora de ese camino solitario. Es el contenido de la soledad y su efecto.
Desde luego, como Guevara lee, también escribe. O, mejor dicho, porque lee, escribe. Sus primeros escritos son notas de 1945. Ese año comienza un cuaderno manuscrito de 165 hojas donde ordena sus lecturas por orden alfabético. Se han encontrado siete cuadernos escritos a lo largo de diez años. Hay otra serie larga, entonces, que acompaña toda la vida de Guevara y es la escritura. Escribe sobre sí mismo y sobre lo que lee, es decir, escribe un diario. Un tipo de escritura muy definida, la escritura privada, el registro personal de la experiencia. Empieza con un diario de lecturas y sigue con el diario que fija la experiencia misma, que permite leer luego su propia vida como la de otro y reescribirla. Si se detiene para leer, también se detiene para escribir, al final de cada jornada, a la noche, cansado.
Entre 1945 y 1967 escribe un diario: el diario de los viajes que hace de joven cuando recorre América, el diario de la campaña de Sierra Maestra, el diario de la campaña del Congo y, por supuesto, el diario en Bolivia. Desde muy joven encuentra un sistema de escritura que consiste en tomar notas para fijar la experiencia de inmediato y después escribir un relato a partir de las notas tomadas. La inmediatez de la experiencia y el momento de la elaboración. Guevara tiene clara la diferencia: “El personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra argentina, el que las ordena y pule (yo), no soy yo”, escribe en el inicio de Mi primer gran viaje.
En ese sentido, el Diario en Bolivia es excepcional porque no hubo reescritura, como tampoco la hubo en las notas que tomó de su primer viaje por la Argentina, en 1950, y que su padre publicó en su libro Mi hijo el Che: “En mi casa de la calle Arenales hace poco tiempo descubrí por casualidad dentro de un cajón que contenía libros viejos, unas libretas escritas por Ernesto. El interés de estos escritos reside en que puede decirse que con ellos comenzó Ernesto a dejar asentados sus pensamientos y sus observaciones en un diario, costumbre que conservó siempre.”
Había en el joven Guevara el proyecto, la aspiración, de ser un escritor. En la carta que le escribe a Ernesto Sábato después del triunfo de la revolución, donde le recuerda que en 1948 leyó deslumbrado Uno y el Universo, le dice: “En aquel tiempo yo pensaba que ser un escritor era el máximo título al que se podía aspirar.”
Podríamos pensar que esa voluntad de ser escritor, para decirlo con Pasolini, esa actitud previa a la obra, ese modo de mirar el mundo para registrarlo por escrito, persiste, entreverada, con su experiencia de médico y con su progresiva –y distante- politización, hasta el encuentro con Fidel castro en 1955.
En una fecha tan tardía como febrero de 1955, hace en su diario un balance de su crítica situación económica, y concluye diciendo que en general está estancado “y en producción literaria más, pues casi nunca escribo.”
De hecho, en un sentido, el político triunfa donde fracasa el escritor y Guevara tiene clara esa tensión. “Surgió una gota del poeta frustrado que hay en mí”, le escribe a León Felipe luego del triunfo de la revolución. Por un lado, se define varias veces como un poeta fracasado pero, por otro, se piensa como alguien que construye su vida como un artista: “Una voluntad que he pulido con la delectación de artista sostendrá unas piernas fláccidas y unos pulmones cansados”, escribe en la carta de despedida a sus padres. Hay un antecedente de esta actitud en la notable carta a su madre el 15 de julio de 1956, en la que señala su decisión de unirse a la guerrilla. Ha estado preso con Castro y está decidido a irse en el Granma. “Un profundo error tuyo es creer que de la moderación o el “moderado egoísmo” es de donde salen los inventos mayores u obras maestras del arte. Para toda obra grande se necesita pasión y para la Revolución se necesita pasión y audacia.” Y concluye: “Además es cierto que después de desfacer entuertos en Cuba me iré a otro lado cualquiera.” La cita implícita del Quijote es anuncio de lo que viene; en todo caso, del sentido de lo que viene.
Philipp De Rieff ha trabajado la figura del político que surge de las ruinas del escritor. El escritor fracasado que renace como político intransigente, casi como no-político, o al menos como el político que está solo y hace política primero sobre sí mismo y sobre su vida y se constituye como ejemplo. Y aquí la relación, antes que con Gramsci, es por supuesto con Trotski, el héroe trágico, “el profeta desarmado”, como lo llamó Isaac Deutscher. Hay también en Trotski una nostalgia por la literatura: “Desde mi juventud, más exactamente desde mi niñez, había soñado con ser escritor”, dice Trotski al final de Mi vida, su excelente autobiografía. Y Hans Mayer, por su parte, en su libro sobre la tradición del outsider, también ha visto a Trotski como el escritor fracasado y, por lo tanto, el político “irreal”, opuesto a Stalin, el político práctico.
Salir al camino
Guevara, el joven que quiere ser escritor, en 1950 empieza a viajar, sale al camino, a ese viaje que consiste en construir la experiencia para luego escribirla. En esa combinación de ir al camino y registrar la inmediatez de los hechos, podemos ver al joven Guevara relacionado con la beat generation norteamericana. Escritores como Jack Kerouac, en On the road, el manifiesto de una nueva vanguardia, son sus contemporáneos y están haciendo lo mismo que él. Se trata de unir el arte y la vida, escribir lo que se vive. Experiencia vivida y escritura inmediata, casi escritura automática. Como él, los jóvenes escritores norteamericanos, lejos de pensar en Europa como modelo del lugar al que hay que viajar, al que generaciones de intelectuales han querido ir, se van al camino, a buscar la experiencia en América.
Hay que convertirse en escritor fuera del circuito de la literatura, sólo los libros y la vida. Ir a la vida (con libros en la mochila) y volver para escribir (si se puede volver). Guevara busca la experiencia pura y persigue la literatura, pero encuentra la política, y la guerra.
Estamos en la época del compromiso y del realismo social, pero aquí se define otra idea de lo que es ser un escritor o formarse como escritor. Hay que partir de una experiencia alternativa a la sociedad, y a la sociedad literaria en primer lugar. Ya sabemos, es el modelo norteamericano: “He sido lavacopas, marinero, vagabundo, fotógrafo ambulante, periodista de ocasión.” Ser escritor es tener ese fondo de experiencia sobre el que se apoyan y se definen la forma y el estilo. Escribir y viajar, y encontrar una nueva forma de hacer literatura, un nuevo modo de narrar la experiencia.
Estamos ante otro tipo de viajeros. Quiero decir, en un contexto que ha redefinido el viaje y el lugar del viajero. Es la tensión entre el turista y el aventurero de la que habla Paul Bowles (otro escritor vinculado a la Beat Generation).
Por su lado, Ernest Mandel ha escrito en su libro sobre la novela policial:
“Evelyn Waugh una vez hizo notar que los verdaderos libros de viajes pasaron de moda antes de la Segunda Guerra Mundial. El verdadero significado de este pronunciamiento snob fue que los viajes internacionales que hacían la élite de administradores imperiales, banqueros, ingenieros de minas, diplomáticos y ricos ociosos (con el ocasional aventurero militar, amante del arte, estudiante universitario o vendedor internacional al margen de la sociedad) quedaban relegados gracias al turismo de las clases medias bajas, así que los libros de viajes tenían que tomar en cuenta ese nuevo y más amplio mercado. La guía de viajes Michelin ha ocupado el lugar del Baedeker clásico.”
El Guevara que va al camino y escibe un diario no se puede asimilar ni al turista ni al viajero en el sentido clásico. Se trata, antes que nada, de un intento de definir la identidad: el sujeto se construye en el viaje; viaja para transformarse en otro. “Me doy cuenta de que ha madurado en mí algo que hacía tiempo crecía dentro del bullicio ciudadano: el odio a la civilización, la burda imagen de gente moviéndose como locos al compás de ese ruido tremendo”, escribe en sus notas, en 1952.
Guevara condensa ciertos rasgos comunes de la cultura de su época, el tipo de modificación que se está produciendo en los años cincuenta en las formas de vida y en los modelos sociales, que viene de la Beat Generation y llega hasta el hippismo y la cultura del rock. Paradójicamente (o quizá no tanto), Guevara se ha convertido también en un icono de esa cultura rebelde y contestataria. Esa cultura supone grupos alternativos que exhiben una cualidad anticapitalista en la vida cotidiana y muestran su impugnación de la sociedad. La fuga, el corte, el rechazo. Actuar por reacción y, en ese movimiento, construir un sujeto diferente.
En el caso de la Beat Generation, la idea básica es despojarse por completo de cualquier atributo que pueda quedar identificado con las formas convencionales de sociabilidad. Algo que es antagónico a la noción de clase e implica otra forma de pertenencia. Una nueva identidad social que se manifiesta en el modo de vestir, en la relación con el dinero y el trabajo, en la defensa de la marginalidad, en el desplazamiento continuo.
Guevara se vestía para verse siempre desarreglado, una manera de exhibir el rechazo de las normas. Entre los compañeros del “Chancho”, como lo llamaban, circula una serie de historias muy divertidas sobre su desaliño deliberado: que tenía una camisa que se cambiaba cada quince días, que una vez en México “paró” un calzoncillo. “Su desparpajo en la vestimenta nos daba risa, y al mismo tiempo un poco de vergüenza. No se sacaba de encima una camisa de nylon trasparente que ya estaba tirando al gris por el uso”, cuenta su amiga de la juventud Cristina Ferreira.
Se podría ver ahí un nuevo dandismo. Basta observar las fotos de Guevara a lo largo de su vida.. Los borceguíes abiertos, desabrochados, en su época de ministro, o un broche de colgar ropa en los pantalones, son indicios, rasgos mínimos de alguien que rechaza las formas convencionales.
La construcción de la imagen de Guevara es un signo de los tiempos. Está ligada al momento en que la juventud se cristaliza como un modo horizontal de construcción de la identidad, que está entre las clases y entre las jerarquías sociales, una nueva cultura que se difunde y se universaliza en esos años. Sartre marcaba esa diferencia entre clase y juventud a propósito de Paul Nizan: “Los jóvenes obreros no tienen adolescencia, no conocen la juventud, pasan directamente de la niñez a ser hombres.”
A partir de la Beat Generation la juventud se convierte en emblema y se liga con el sujeto que no ha quedado atrapado por la lógica de la producción. Y el Che está, en cierto sentido, fijado a ese emblema.
La relación de Guevara con el dinero está en la misma línea. Por eso es sorprendente que haya llegado a ser director del Banco Nacional en Cuba. Siempre vive de una economía personal precaria, fuera de lo social, nunca tiene nada, nunca acumula nada, sólo libros. “Tengo doscientos de sueldo y casa, de modo que mis gastos son en comer y comprar libros con que distraerme”, le escribe el 21 de enero de 1947 a su padre, en una de las primeras cartas conocidas. No tener dinero, no tener propiedades, no poseer nada, ser “pato”, como se dice. Ganarse la vida a desgano, en los márgenes en los intersticios, sin lugar fijo, sin empleo fijo. Así se entiende su fascinación por los linyeras que recorren los diarios de juventud y la identificación con esa figura: “Ya no éramos más que dos linyeras, con el mono a cuestas y con toda la mugre del camino condensada en los mamelucos, resabios de nuestra aristocrática condición”, dice en Mi primer viaje. El marginado esencial, el que está voluntariamente afuera de la circulación social, afuera del dinero y del mundo del trabajo, el que está en la vía. El vago, otro modo que tiene Guevara en esa época de definirse a sí mismo. El vagabundo, el nómade, el que rechaza las normas de integración. Pero también el que divaga, el que sólo tiene como propiedad el uso libre del lenguaje, la capacidad de conversar y de contar historias, las historias intrigantes de su exclusión y de su experiencia en el camino. Ya en la primera de sus notas de viaje de 1950, reproducida en Mi hijo el Che, escribe: “En el (palabra ilegible) ya narrado me encontré con un linyera que hacía la siesta debajo de una alcantarilla y que se despertó con el bochinche. Iniciamos una conversación y en cuanto se enteró que era estudiante se encariñó conmigo. Sacó un termo sucio y me preparó un mate cocido con azúcar como para endulzar a una solterona. Después de mucho charlar y contarnos una serie de peripecias…” La marginalidad es una condición del lenguaje, de un uso particular del lenguaje. Y son siempre los linyeras aquellos con los que Guevara encuentra un diálogo más fluido y más personal.
Entre nos
En esta prehistoria de Guevara, el otro elemento que está presente es justamente el tipo de uso del lenguaje. Debemos recordar que lo identifica un modismo lingüístico ligado a la tradición popular. Se lo conoce como “el Che” porque su manera de utilizar la lengua marca, de un modo directo, una identidad. Por un lado, el uso del “che” lo diferencia dentro de América Latina y lo identifica como argentino. De joven, en sus viajes, a veces lo exagera para llamar la atención y lograr que lo reciban y lo dejen hospedarse: sabe el valor de esa diferencia lingüística. Y, a la vez, el “che” funciona como una identidad de larga duración, quizá la única seña argentina, porque en todo lo demás Guevara funciona con una identidad no-nacional, es el extranjero perpetuo, siempre fuera de lugar.
El uso coloquial y argentino de la lengua se nota inmediatamente en su escritura, que es siempre muy directa y muy oral, tanto en sus cartas personales y en sus diarios como en sus materiales políticos. Esta idea de que escribe en la lengua en la que habla, sin nada de la retórica que suele circular en la palabra política –y en la izquierda, básicamente-, está clara desde el principio, y termina por ser el elemento que le da nombre, el signo que lo identifica. El “Che” como sinécdoque perfecta. Hay algo deliberado ahí, una seña de identidad construida, inventada, casi una máscara. La carta final a Fidel Castro está firmada sencillamente “Che” y así firmaba los billetes del banco que dirigía. La prueba de autenticidad del dinero en Cuba era esa firma. (Difícilmente haya otro ejemplo igual en la historia de la economía mundial, alguien que autentifica el valor del dinero con un sudónimo.)
Al mismo tiempo, ese uso libre y desenfadado de la lengua es la marca de una tradición de clase. En esto Guevara se parece a Mansilla y a Victoria Ocampo, y fue María Rosa Oliver (otro ejemplo magnífico de esa prosa deliberadamente argentina y coloquial) quien hizo notar la relación. Un uso del lenguaje que no tiene nada que ver con la hipercorrección típica de la clase media, ni con los restos múltiples que constituyen la lengua escrita de las clases populares (como es el caso de Arlt o de Armando Discépolo o de las letras de tango). Cierta libertad y cierto desenfado en el uso del lenguaje son una prueba de confianza en su lugar social, como también lo son su modo de vestirse o su relación con el dinero. Esa lengua hablada es una lengua de clase que funciona como modelo de lengua literaria. Escribe como habla, lo que no es frecuente en la literatura argentina de la época. El túnel de Sábato, de 1948, para referirnos a un libro que posiblemente Guevara ha leído y admirado, está escrito de “tú”, lejos del voseo argentino, en una lengua que responde a los modelos estabilizados y escolares de la lengua literaria. Y ése es el tono dominante en la literatura argentina de esos años (basta pensar en Mallea o en Murena). Pero no es el caso de Guevara, que no hace literatura, o, mejor, hace literatura de otra manera, sin ninguna afectación, o con una afectación diferente, si se quiere. Habría que decir que escribe como habla su clase y en eso se parece a Lucio Mansilla (y no sólo en eso).
Su madre está en el centro de ese uso del lenguaje. Y lo explicita en su última carta, escrita cuando el Che había salido de Cuba y nadie sabía dónde estaba. Ante las versiones oficiales que decían que se había ido un mes a cortar caña, Celia de la Serna, enferma grave y a punto de morir, le escribe y hace visible el contraste entre el lenguaje familiar y la lengua cristalizada. Enfrenta la escritura directa, una ética implícita en el uso del lenguaje, al conformismo y la hipocresía del lenguaje político, que encubre todo lo que dice. La madre se refiere a “ese tono levemente irónico que usamos en las orillas del Plata” y se queja del estilo burocrático. “No voy a usar lenguaje diplomático. Voy derecho al grano.” La madre lo convoca a usar el lenguaje que el Che siempre ha usado para contarle lo que pasa.
Como político, Guevara usa ese mismo lenguaje directo, seco, irónico y, a diferencia de Fidel Castro, nada retórico ni efectista. Frases cortas, entrada personal en el discurso, apelación a la narración y a la experiencia vivida como forma de argumentación, intimidad en el uso público del lenguaje. Por eso Guevara, que no era un gran orador en el sentido clásico, está más ligado a la carta, a la narración personal, a la comunicación entre dos (al “entre nos”, como diría Mansilla), a la conversación entre amigos, a las formas privadas del lenguaje. Como orador político parece un escritor de diarios. No hay más que analizar el comienzo de sus discursos públicos, su modo de entrar en confianza.
El tipo de relación con el lenguaje y con el dinero, el modo en que se viste, indicios a la vez personales y de época, son entonces el primer contexto para discutir a Guevara y para pensar cómo Ernesto Guevara de la Serna se convierte en el Che Guevara, o mejor, qué caminos sigue para encontrar la política y qué clase de política encuentra. Guevara practica cierto dandismo de la experiencia y en ese viaje, como veremos anseguida, encuentra la política.
La Metamorfosis
Hay varias metamorfosis en la vida de Guevara, y esas mutaciones bruscas son un signo de su personalidad. Tiene varias vidas “de las siete me quedan cinco”, dice) que son simultáneas: la del viajero, la del escritor, la del médico, la del aventurero, la del testigo, la del crítico social. Y todas se condensan y cristalizan, por fin, en su experiencia de guerrero, de guerrillero, de condottieri, como se llama a sí mismo. Esa historia de sus transformaciones encuentra el primer punto de viraje en el viaje de 1952, cuando va hacia Bolivia, y la política latinoamericana empieza a incorporarse a la experiencia del viaje. El objetivo de este viaje es la experiencia misma, salir de un mundo cerrado y libresco a la vida para encontrar el fundamento que legitime lo que escribe. Pero, en el caso de Guevara, el camino hacia América Latina lo lleva hacia la política. Descubre el mundo político, o cierta mirada sobre el mundo político. Va de Bolivia a Guatemala y por fin a México, y en el proceso la politización se va haciendo cada vez más nítida. En principio, se trata de una politización externa, casi de observador que registra matices y realidades diversas.
Una característica de este tipo de viaje, ajeno al dinero y al turismo, es la convivencia con la pobreza. Sartre lo decía bien: el color local, lo que llamamos color local, es la pobreza y la vida de las clases populares. De modo que el viaje es también un recorrido por ciertas figuras sociales: el linyera, el desclasado y el marginal, los enfermos y los leprosos, los mineros bolivianos, los campesinos guatemaltecos y los indios mexicanos, son estaciones en su camino.
Los registros del diario acompañan ese descubrimiento de la diferencia pura, del marginado como antecedente de la víctima social. El otro, la figura pura de ese viaje, es en principio el otro como paciente y como víctima. Ése es el primer descubrimiento. No se trata de la figura del marginal deliberado, sino de la víctima que ha sido acorralada y explotada, y en su dolencia expresa una injusticia y un crimen. La tensión entre el marginado y el enfermo termina por construir la figura de la víctima social que debe ser socorrida. Es el médico el que descifra el sentido de lo que ve: “La grandeza de la planta minera está basada sobre los 10 mil cadáveres que contiene el cementerio más los miles que habrán muerto víctimas de neumoconiosis y sus enfermedades agregadas”, le escribe en mayo de 1952 a Tita Infante, su compañera en la Facultad de Medicina de Buenos Aires que es militante del Partido Comunista argentino.
El viaje consiste en una experiencia médico-social que confirma lo que se ha leído o, mejor aún, que exige un cambio en el registro de las lecturas para descifrar el sentido de los síntomas.
Entonces, está el viaje errático, sin punto fijo, del que sale al camino a buscar la experiencia pura y encuentra la realidad social, pero a la vez están las lecturas, que son una senda paralela que se entrevera con la primera. El marxismo empieza a ser un camino. Una de las primeras referencias al marxismo aparece, en esa misma carta a Tita Infante, como una ironía frente a la imposibilidad de explicar su condición indecisa, sus idas y venidas. Luego de contarle cómo fue que llegó a Miramar, en la costa argentina, cuando había partido hacia Bolivia, escribe: “Observe qué claro queda el hecho paradójico de que vaya al norte por el sur, a la luz del materialismo histórico.”
Guevara ha leído marxismo, y en sus cuadernos de 1945 ya registra esas lecturas (ese año aparecen notas sobre El Manifiesto Comunista). Pero la lectura del marxismo no convierte a nadie en guerrillero. Todavía falta un paso, un punto de viraje, que permitirá a este joven –cuyo destino parece ser el Partido Comunista, ser un médico del PC, quizá- convertirse en una suerte de modelo mundial del revolucionario en estado puro. Y ese paso, me parece, se construye con la unión de esas lecturas y esa experiencia que podríamos llamar flotante. Ir al sur cuando se pretende ir al norte. Básicamente, la pulsión del viajero, del aventurero y, sobre todo, la situación del que ha dejado atrás las fronteras y la pertenencia nacional. Guevara es un expatriado voluntario, un desterrado, un viajero errante que se politiza y no tiene inserción. Tiende hacia una forma no-nacional de la política, hacia una forma sin territorio. En eso también es la antítesis de Gramsci, el pensador de lo nacional-popular, de las tradiciones locales, de la localización de las relaciones de fuerza como condición de la política.
Y esta inversión es una característica que define la política de Guevara: sin fronteras, sin enclave nacional, en Cuba, en Angola, en Bolivia. Y también su aspiración secreta, de larguísima duración, casi un horizonte imposible, utópico: encontrar un lugar propio, regresar a la Argentina como guerrillero desde el norte, desde Bolivia, con una columna de compañeros, repetir allí la invasión de Castro a Cuba pero ampliada y sin tener en cuenta las condiciones políticas, haciendo depender la intervención, exclusivamente, de su fuerza propia, de la formación de su grupo, y no de las relaciones concretas ni del análisis de la situación del enemigo. Ese sueño del guerrero que vuelve es su forma particular de pensar en el regreso a la patria, “a morir con un pie en la Argentina”, según le dice a Ulises Estrella, uno de sus hombres de confianza. Todos hablan de esa ilusión para explicar su decisión de llevar la guerrilla a Bolivia, de instalarse en un país ajeno para construir una zona liberada, una retaguardia desde la cual entrar, por fin, en su propio espacio.
Guevara define la política de un modo absolutamente novedoso y personal (más allá de sus consecuencias): no hay nunca lugar fijo, no hay territorio, sólo la marcha, el movimiento continuo de la guerrilla. Cualquier situación puede ser propicia; importa la decisión, no las condiciones reales.
Y eso parece estar ligado al modo en que encuentra la política o, digamos mejor, su inserción en la política. Y por eso son muy significativas las cartas de los días anteriores a conocer a Fidel Castro y sumarse a la expedición del Granma. Son cartas a su madre, a Tita Infante, a su padre, que muestran que sus proyectos del momento, poco antes de encontrarse en julio de 1955 con Castro, siguen siendo abiertos. Está disponible, empieza a pensar que debe ir por fin a Europa, conocer Francia, más tarde la India (como le dice en una carta de marzo de 1955 a su padre). Imagina a veces seguir desde México hacia el norte, llegar a Estados Unidos y Alaska. Hay, como siempre en Guevara, cierta imprevisibilidad, cierta disponibilidad y cierto azar en sus decisiones. “Me avisaron que me pagaban con diez días de antelación (se refiere a un dinero que le debían en México por su trabajo de periodista durante los Juegos Olímpicos) e inmediatamente me fui a buscar un barco que salía para España (…) Ya tengo programado quedarme aquí hasta el 1º de setiembre para agarrar un barco para donde caiga”, le escribe a su madre el 17 de junio de 1955, un mes antes de conocer a Fidel Castro. Y cierra diciendo: “tenés que largarte a París y allí nos juntamos”.
La política aparece como un efecto de la búsqueda de experiencia, del intento de escapar de un mundo cerrado. Lo que está primero es el intento de romper con cierto tipo de ritual social, con cierta experiencia estereotipada, escapar, como dice Guevara, de todo lo que fastidia: “Además sería hipócrita que me pusiera como ejemplo, pues yo lo único que hice fue huir de todo lo que me molestaba”, le escribe a Tita Infante el 29 de noviembre de 1954. La política surge como resultado de ese proceso: hay una tensión entre un mundo que se percibe como clausurado y la política como corte tajante y paso a otra realidad. Guevara va descubriendo la política en el proceso de cierre de la experiencia. La política es el resultado del intento de descubrir una experiencia que lo saque de su lugar de origen, del mundo familiar, de la vida de un estudiante de izquierda en Buenos Aires, incluso de la vida de un joven médico que quiere ser escritor y vacila.
Un encuentro
Su viaje tiene itinerarios paralelos, redes múltiples: Son series, mapas que se superponen y nada está muy definido. Está el viaje literario, el viaje político, el viaje médico. Y es la política, y no la literatura, la que terminará articulando esos mundos paralelos. Pero para eso hace falta el encuentro con la retórica de Fidel Castro.
En el recorrido de Guevara se reformulan las relaciones entre literatura y política. Es el intento de escapar de cierto lugar estereotipado de lo que se entiende por un intelectual, lo que empuja lo empuja a la política y a la acción. La política aparece como un punto de fuga, como un lugar de corte y transformación.
Todo esto forma parte de una tradición literaria: cómo salir de la biblioteca, cómo pasar a la vida, cómo entrar en acción, cómo ir a la experiencia, cómo salir del mundo libresco, cómo cortar con la lectura en tanto lugar de encierro. La política aparece a veces como el lugar que dispara esa posibilidad. El síntoma Dahlmann ya no es la acción como encuentro con el otro, el bárbaro, sino la acción como encuentro con el compañero, con la víctima social, con los desposeídos.
La prehistoria de ese pasaje, en el caso de Guevara, está en la experiencia del médico. Ésa es la figura que articula la relación con lo social, la intención de ayudar al que sufre, hacerse cargo de él, socorrerlo. De hecho, el viaje está pautado por la visita a los leprosarios. Guevara registra imágenes y escenas notables: “En realidad fue éste uno de los espectáculos más interesantes que vimos hasta ahora: un acordeonista que no tenía dedos en la mano derecha y los reemplazaba por unos palitos que se ataba a la muñeca, y el cantor era ciego, y casi todos con figuras monstruosas provocadas por la forma nerviosa de la enfermedad, muy común en las zonas, a lo que se agregaban las luces de los faroles y linternas sobre el río.” En esta carta a su madre, escrita desde Bogotá, en julio de 1952, está el reconocimiento de las figuras extremas, de los restos de la sociedad, de la víctima social.
Desde luego, no se trata del médico del positivismo, del modelo de científico que revela los males de la sociedad, una gran metáfora de la visión de las clases dominantes sobre los conflictos sociales pensados como enfermedades que deben ser erradicadas a partir del diagnóstico neutral y apolítico del especialista que sabe sobre los síntomas y su cura. Se trata, en cambio, del médico como figura del compromiso y la comprensión, del que socorre y salva. En este sentido, una acotación de Richard Sennett al analizar Los conquistadores, la novela de Malraux sobre la Revolución China, hace notar la relación entre el revolucionario profesional y los médicos: “Hong, el joven revolucionario, igual que estos jóvenes médicos, han hecho alarde de una singular clase de fuerza: el poder de aislarse del mundo que los rodea, haciéndose distantes y a la vez solidarios, definiéndose de un modo rígido. Esta autodefinición inimitable les confiere un arma poderosísima contra el mundo exterior. Anulan un intercambio flexible de ideas entre ellos y los hombres que los rodean y con ello adquieren cierta inmunidad ante el dolor y los acontecimientos conflictivos y confusos que de otro modo los desconcertarían y tal vez los aplastarían.” Sennett llama a este movimiento la identidad purificada. Estar separado y a la vez ir hacia los otros. La distancia aparece como una forma de relación que permite estar emocionalmente siempre un poco afuera, para ser eficaz.
Hay una foto inolvidable de Guevara joven, cuando era estudiante de medicina. Se ve un cadáver desnudo con el cuerpo abierto en la mesa de disección y un grupo de estudiantes, con delantal blanco, serios y un poco impresionados. Guevara es el único que se ríe, una sonrisa abierta, divertida. La relación distanciada con la muerte está ahí cristalizada, su ironía de siempre.
Me parece que Guevara encuentra la política en este proceso. Un joven médico, que secretamente quiere ser escritor, que sale al camino como muchos de su generación, un joven anticonvencional que va a la aventura y en el camino encuentra a los marginales, a los enfermos, y luego a las víctimas sociales, y por fin a los exiliados políticos. Una travesía por las figuras sociales de América Latina.
También en su relación con el marxismo y con el Partido Comunista, Guevara se mueve por los bordes. Hay un momento en el que se aparta de la experiencia posible de un joven marxista en esos años, se aleja de la cultura obrera de los partidos comunistas y va hacia la experiencia extrema y la guerra casi sin pasos previos. Una práctica de aislamiento, ascetismo, sacrificio, salvación, como será la guerrilla para él, a la que, como sabemos, entra como médico para convertirse rápidamente en combatiente. Y eso sucede en el primer combate, cuando tiene que elegir entre una caja de medicamentos y una caja de balas y, por supuesto, se lleva la caja de balas. Guevara cuenta esa historia microscópica, un detalle mínimo, con gran maestría, usando su extraordinaria capacidad narrativa para fijar el sentido de esa pequeña situación y convertirla en un mito de origen.
Entra como médico y sale como guerrillero. E inmediatamente se constituye en el modelo mismo del guerrillero, en el guerrillero esencial digamos, el que ve la vida en la guerrilla como el ejemplo puro de la construcción de una nueva subjetividad.
El momento clave y un poco azaroso, notable como metamorfosis, se da –como dijimos- en julio de 1955, cuando se encuentra con Fidel Castro en México y se suma a su proyecto de desembarcar clandestinamente en Cuba y luchar contra Batista. Para entonces Guevara ha entrado en relaciones con sectores exiliados de América Latina, en Guatemala y México, básicamente a través de Hilda Gadea, militante del Partido Comunista peruano, que lo pone en conexión con la política práctica.
Si uno lee las cartas de Guevara de esos días, más que la decisión, encuentra la incertidumbre. En julio de 1955, Guevara está en disponibilidad, no sabe muy bien lo que va a hacer, y entonces aparece Fidel Castro. Es uno de los grandes momentos de la dramatización histórica en América Latina. Castro lo encuentra a las ocho de la noche y lo deja a las cinco de la mañana convertido en el Che Guevara. Esa conversación que dura toda la noche es un punto de viraje, una conversión. Ha quedado capturado por el carisma y la convicción política de Castro. De hecho, la figura de Castro se convierte inmediatamente para Guevara en un punto de referencia esencial. Podemos pensar a Guevara como un marxista y seguramente lo era, pero eso no termina de explicar su decisión de sumarse a la expedición. Se trata de un salto cualitativo, para decirlo de algún modo.
Guevara se integra entonces como médico a la expedición del Granma, pero rápidamete se convierte en un combatiente, y al poco tiempo es ya el comandante Guevara. En setiembre de 1957, Fidel castro lo designa comandante. Están definiendo las funciones de la tropa y, cuando llegan a Guevara, un poco sorpresivamente Castro dice “Comandante”. Lo convierte en el comandante Guevara, y le da la estrella de cinco puntas. A partir de entonces su imagen está cristalizada. El guerrillero heroico.
La consecuencia
Poco después, entre agosto y octubre de 1958, Guevara vive –y narra mientras vive- la primera experiencia de lo que podríamos llamar el ascetismo guerrillero, la capacidad de sacrificio, y de ella saca una conclusión que lo va a marcar en toda su experiencia futura. En esos meses, es el comandante de la Octava Columna, de ciento cuarenta hombres, y recorre medio país, va desde Sierra Maestra a la provincia de Las Villas, en una caminata muy dificultosa, con el sistema clásico de esconderse y escapar y marchar incesantemente. Ante la dificultad del avance, Guevara registra en su diario un hecho que después no aparece en la reescritura de Pasajes de la guerra revolucionaria. Dice así. “La tropa está quebrantada moralmente, famélica, los pies ensangrentados y tan hinchados que ya no entran en lo que les resta de calzado. Están a punto de derrumbarse. Sólo en las profundidades de sus órbitas aparece una débil y minúscula luz que brilla en medio de la desolación.” Parece un apunte de Tolstói, y a la vez se encuentra en la escena algo que se repetirá luego: el sacrificio y el exceso, la ruptura del límite como condición de la subjetividad política. La imagen anticipa la experiencia en Bolivia pero concluye de otra manera, y toda la diferencia consiste en las condiciones políticas que hay en Cuba, la debilidad de Batista, la crisis de la hegemonía que decide la política, como diría Gramsci. Pero Guevara parece borrar las condiciones políticas específicas para quedarse con el momento de la decisión pura como condición de la política.
Están ahí, hambrientos, los guerrilleros en el monte, tratando de avanzar de cualquier modo, y Guevara dice: “Sólo al imperio de insultos, ruegos y exabruptos de todo tipo podía hacer caminar a esa gente exhausta.” Él está con ellos, en la misma situación que ellos, exhausto, pero a la vez está afuera, los impulsa y los guía. “Los jefes deben constantemente ofrecer el ejemplo de una vida cristalina y sacrificada”, escribirá en 1961 en La guerra de guerrillas.
Aparece ahí por primera vez la idea de la construcción de una ética del sacrificio como modelo de la guerrilla, la construcción de una subjetividad nueva. Y es lo que parece haber quedado como condición de la victoria y de la formación de un cuadro político.
No sé hasta dónde podemos integrar esta idea en el marco de la tradición popular. Esa tradición está en la ética de Brecht, Me-ti. El libro de las mutaciones. Se trata de una ética de las clases subalternas que implica negociar, romper la negociación, hacer alianzas, abrir el juego, cerrarlo. Gramsci, obviamente, podría ser otro ejemplo de esa estrategia de acumulación. Se parte de la distinción entre amigo y enemigo como condición de la política, pero esa oposición es muy fluida y se modifica según la coyuntura. La noción de enemigo es la clave: cuáles son sus fisuras, cómo fragmentarlo y con quién, cómo construir el consenso, cuáles son las relaciones de fuerza y la conciencia posible.
Podría decirse que Guevara piensa al revés: primero decide la táctica y luego adapta las condiciones a esa táctica. Define quién es el amigo, con quién construye el núcleo guerrillero, cómo se prepara (y ésa es la base de su libro La guerra de guerrillas). Guevara tiende a pensar al grupo propio, más que en términos de clase, casi como una secta, un círculo de iniciados del que debe estar excluida cualquier ambigüedad. En ese sentido, su política tiende a ver al enemigo como un grupo homogéneo y sin matices, y a los amigos como un grupo siempre en transformación, que corre el riesgo de abdicar o de ser captado o infiltrado. En el grupo de amigos entrevé la figura encubierta del enemigo, lo que va a generar esa tradición terrible del guevarismo que se va a repetir en casi todas las experiencias posteriores, la vigilancia continua, la tendencia a descubrir el traidor en el débil, en el que vacila en el interior del propio grupo. Guevara mismo hace una anotación sobre el tema en La guerra de guerrillas: “En la jerga nuestra, en la guerra pasada, se llamaba “cara de cerdo” a la cara de angustia que presentaba algún amedrentado.”
La noción del amigo como el que potencialmente puede desertar y traicionar es el resultado extremo de la propia teoría (y ya sabemos cuáles han sido las consecuencias). El ejemplo más conocido quizá es el fusilamiento del poeta Roque Dalton en El Salvador por sus propios compañeros de la guerrilla, pero hay muchos otros.
La política se vuelve una práctica hacia el interior del propio grupo, a través de la desconfianza, las acusaciones, las medidas disciplinarias. No hay nunca política de alianzas. En todo caso, la posibilidad de las alianzas está definida por la desconfianza y la sombra de la traición.
En este sentido hay dos momentos centrales en la experiencia de Guevara, uno al comienzo y otro al final de su vida política. El primero, en su primera experiencia de lucha en Cuba. En Pasajes de la guerra revolucionaria, cuando Guevara narra su bautismo de fuego en Alegría del Pío, en el desembarco del Granma, culpa a un traidor del ataque del ejército que casi le cuesta la vida: “No necesitaron los guardias de Batista el auxilio de pesquisas indirectas, pues nuestro guía, según nos enteramos años después, fue el autor principal de la traición, llevándolos hasta nosotros.” Ésta es su primera experiencia y algo parecido ocurre al final, en la última anotación del Diario en Bolivia, cuando registra el encuentro inesperado con la vieja campesina que está “pastoreando sus chivas” y tienen que sobornarla para que no los delate: “A las 17.30, Inti, Aníbal y Pablito fueron a la casa de la vieja que tiene una hija postrada y medio enana; se le dieron 50 pesos con el encargo de que no fuera a hablar ni una palabra, pero con pocas esperanzas de que cumpla, a pesar de sus promesas.” La categoría básica de la política para Carl Schmitt (y también para Mao Tse-Tung), la distinción entre amigo y enemigo, se disuelve para Guevara, el enemigo es fijo y está definido. La categoría del amigo es más fluida y ahí se aplica la política. La única garantía de que la categoría de amigo persista es el sacrificio absoluto y la muerte. Porque, paradójicamente, esta experiencia de aislamiento, de rigor, de vigilancia y sacrificio personal, tiene como resultado, según Guevara, la construcción de una conciencia nueva. El mejor es el más fiel y el más sacrificado. El Che plantea una relación, nunca probada, entre ascetismo y conciencia política. El sacrificio y la intransigencia no garantizan la eficacia, y la vigilancia no se debe confundir con la política; cuando se confunde hamos pasado a una práctica de control. La guerrilla funciona como un estado microscópico que vive siempre en estado de excepción.
Básicamente, es un sistema para formar sujetos políticos capaces de reproducir esa estructura. Porque al revés, la contrarréplica de la traición –obviamente- es el heroísmo absoluto. La garantía de que no habrá traición es la fidelidad total y la muerte. Pobres de los pueblos que necesitan héroes, decía Brecht. Y aquí en esta microsociedad que es la guerrilla, se trata de producir automáticamente al sujeto como héroe, en una construcción directa, sin pasos previos.
En cada uno de los enfrentamientos, Guevara forma un pelotón de vanguardia, una especie de pelotón suicida que enfrenta al grupo que lo está hostigando en las primeras escaramuzas. Sobre esta práctica Guevara escribe en su diario de la época de Sierra Maestra: “Es un ejemplo de moral revolucionaria, porque ahí sólo iban voluntarios escogidos. Sin embargo, cada vez que un hombre moría, y eso ocurría en cada combate, al hacerse la designación del nuevo aspirante, los desechados realizaban escenas de dolor que llegaban hasta el llanto. Es curioso ver a los curtidos y nobles guerreros mostrando su juventud en el despecho de una lágrima, pero por no tener el honor de estar en el primer lugar de combate y de muerte.” Podría decirse que aquí hay un exceso en la representación de la fidelidad, una exhibición opuesta a “la cara de cerdo” del amilanado.
La experiencia que Guevara hace en Cuba le va a servir como modelo para definir la experiencia de la guerrilla, sea donde sea que se realice. En un sentido, podríamos decir que el triunfo de la revolución cubana es un acontecimiento absolutamente extraordinario, que se da en condiciones únicas. De ella infiere una hipótesis política general, que aplica en cualquier situación y sobre la cual va a forjar modelos de construcción de la subjetividad y de una nueva ética.
Apenas termina la experiencia en Cuba, define las características del guerrillero, la idea del pequeño grupo que funciona por fuera de la sociedad y que es capaz de afrontar cualquier situación. Un grupo de élite que parece vivir en el futuro.
Es notable la metafórica cristiana del sacrificio que acompaña este tipo de construcción política. El propio Guevara dice en la primera página de La guerra de guerrillas: “El guerrillero como elemento consciente de la vanguardia popular debe tener una conducta moral que lo acredite como verdadero sacerdote de la reforma que pretende. A la austeridad obligada por las difíciles condiciones de la guerra debe sumar la austeridad nacida de un rígido autocontrol que impida un solo exceso, un solo desliz, en ocasión en que las circunstancias pudieran permitirlo. El guerrillero debe ser un asceta”.
En definitiva, el modelo de la ética que se busca es la del cristianismo primitivo.
Ahí aparecen algunos elementos que quizá nos permitan pensar qué tipo de concepción de la política está implícita en la idea de un pequeño grupo capaz de producir una revolución en condiciones absolutamente adversas.
Es imposible, por ejemplo, imaginar peores condiciones objetivas que las que encuentra cuando va al Congo: no conoce la lengua y la gente con la que trabaja tiene creencias y nociones de cómo debe ser un guerrero que Guevara nunca termina de entender.
Y lo mismo le ocurre en Bolivia, aunque allí la situación política le resulta más conocida. Pero apenas llega, todo se complica, está aislado, sin contactos, y empieza a imaginar que se van a convertir en una especie de grupo que sobrevive hasta fortalecerse, una especie de escuela de cuadros, destinada a crear sujetos nuevos casi por descarte. “De mil, cien; de cien, diez; de diez, tres”, dice en una frase impresionante, que muestra la matemática fatídica que rige en el grupo.
Por supuesto, Guevara no propone nada que no haga él mismo. No es un burócrata, no manda a los demás a hacer lo que él sostiene. Ésta es una diferencia esencial, la diferencia que lo ha convertido en lo que es. El que paga con su vida la fidelidad con lo que piensa. Es similar a la experiencia de los anarquistas del siglo XIX, cuando tratan de reproducir la sociedad futura en una experiencia personal. Viven modestamente, reparten lo que tienen, se sacrifican, definen una nueva relación con el cuerpo, una nueva moral sexual, un tipo de alimentación. Se proponen como ejemplo de una nueva forma de vida.
Se trata de una posición extrema en todo sentido. Y si volvemos a la noción de experiencia de Benjamin en El narrador, podríamos decir que Guevara es la experiencia misma y a la vez la soledad intransferible de la experiencia. Es el que quema su vida en la llama de la experiencia y hace de la política y de la guerra el centro de esa construcción. Y lo que propone como ejemplo, lo que transmite como experiencia, es su propia vida.
Paralelamente persiste en Guevara lo que he llamado la figura del lector. El que está aislado, el sedentario en medio de la marcha de la historia, contrapuesto al político. El lector como el que persevera, sosegado, en el desciframiento de los signos. El que construye el sentido en el aislamiento y en la soledad. Fuera de cualquier contexto, en medio de cualquier situación, por la fuerza de su propia determinación. Intransigente, pedagogo de sí mismo y de todos, no pierde nunca la convicción absoluta de la verdad que ha descifrado. Una figura extrema del intelectual como representante puro de la construcción del sentido (o de cierto modo de construir el sentido, en todo caso).
Y en el final de Guevara las dos figuras se unen otra vez, porque están juntas desde el comienzo. Hay una escena que funciona casi como una alegoría: antes de ser asesinado, Guevara pasa la noche previa en la escuelita de La Higuera. La única que tiene con él una actitud caritativa es la maestra del lugar, Julia Cortés, que le lleva un plato del guiso que está cocinando su madre. Cuando entra, está el Che tirado, herido, en el piso del aula. Entonces –y esto es lo último que dice Guevara, sus últimas palabras-, Guevara le señala a la maestra una frase que está escrita en la pizarra y le dice que está mal escrita, que tiene un error. Él, con su énfasis en la perfección, le dice: “Le falta el acento.” Hace esta pequeña recomendación a la maestra. La pedagogía siempre, hasta el último momento.
La frase (escrita en la pizarra de la escuelita de La Higuera) es “Yo sé leer”.
Que sea ésa la frase, que al final de su vida lo último que registre sea una frase que tiene que ver con la lectura, es como un oráculo, una cristalización casi perfecta.
Murió con dignidad, como el personaje del cuento de London. O, mejor, murió con dignidad, como un personaje de una novela de educación perdido en la historia.
El 9 de octubre de este año se cumplieron cincuenta años de la desaparición física de Ernesto Che Guevara. Uso este término porque seres humanos como él, de una enorme lucidez incluso en el error, nunca desaparecen realmente, están siempre entre nosotros, los sobrevivientes, haciéndose sentir de una forma u otra. Y conste que no estamos refiriéndonos al personaje de la foto de Korda que aparece en las camisetas de medio mundo. Hablamos del aventurero de familia acomodada que sale al camino y se topa con América Latina, del médico del leprosario, del hombre que se plantea hacer una revolución para instaurar en el subcontinente injusto y dolorido la justicia social, del guerrillero, del ministro tan desinteresado en el dinero que firma los billetes con su nombre de guerra y, por encima de todo, del lector constante, del escritor, del pensador, en síntesis, del intelectual.
Nos servimos, para llevar a cabo nuestra tarea, de varios textos que ilustran al personaje y a su época.
Quienes nos aportan los datos históricos son Eric Hobsbawm y Abelardo Ramos, dos de los más brillantes historiadores del siglo XX. Era importante la visión de un europeo y la de un latinoamericano sobre los hechos de una época que cambió totalmente al mundo.
Por encima de los textos y las elucubraciones, la figura del Che -tan difundida y tan poco entendida- alzándose en este comienzo de un nuevo siglo que parece convocar lo más atávico, brutal y despiadado del ser humano.