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Número 64

Algunas veces el Che / Roberto Fernández Retamar

Algunas veces el Che / Roberto Fernández Retamar

Un montón de memorias

Lisandro Otero me invita a escribir algo sobre Las Villas, sobre la batalla de Santa Clara si es posible, y, por supuesto, sobre el héroe de esa batalla, el comandante che Guevara. Todo de prisa, a la cubana: y de prisa es que me he puesto a escribir, y me ha venido un montón de memorias.

El nombre de Las Villas, como todos sabemos, fue echado al mundo por razones enérgicas: la invasión que, encabezada por los comandantes Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara, iba recorriendo la Isla, a semejanza de aquella otra, capitaneada por Antonio Maceo, que hasta entonces había sido para nosotros “la invasión” por excelencia. De repente, la historia estaba ardiendo otra vez. A La Habana nos llegaban ráfagas de aquellas noticias estremecedoras.Cuando ya celebrábamos aquí la huida del tirano, la ciudad de Santa Clara caía en manos del Che, tras una campaña que había adquirido matices legendarios.

Vi al Che fugazmente pocos días después, cuando a instancias del músico Pablo Hernández Balaguer (entrañable amigo mío desde la niñez) fuimos a la fortaleza militar de la Cabaña, entonces bajo la jefatura del Che. Pero no vine a hablar con él sino meses más tarde, cuando ya se encontraba al frente del Departamento de Industrias del Instituto Nacional de la Reforma Agraria. Lo visité allí porque yo dirigía entonces la Nueva Revista Cubana, y quería pedirle una colaboración suya sobre el viaje que él había realizado a países de África y Asia. La antesala fue inacabable: en medio de lo que me parecía un desorden espumeante, pasé horas en las cuales almorcé o cené (o ambas cosas) con jóvenes militares que suponía su escolta, y con muchos más. El Che recibía a las personas más disímiles. Al cabo me llegó el turno. Cuando entré en su despacho, estaba allí, planteándole algún problema que implicaba la consulta de papeles, su bellísima compañera, Aleida March.

Finalmente pude abordar mi tema. Lo hice lo mejor que pude. Pero fue en vano. Él, abrumado de tareas, me sugirió amablemente trasmitir mi solicitud a Pancho García Valls, con quien trabajaba y lo había acompañado en el largo periplo. Pancho, compañero mío desde los años del Bachillerato, realizó la encomienda, en artículo que titulé “Viaje a las colonias de ayer”.

Dos años después de ocurrida, tuve la oportunidad de ver la batalla de Santa Clara, y de hablar con su protagonista. Fue el 30 de diciembre de 1960. Yo acababa de regresar de París, y estaba en el cine La Rampa, donde se estrenaba Historias de la Revolución, el primer largometraje de Tomás Gutiérrez Alea. La última parte de esta película trata de esa batalla, y lo hace con eficacia. A la salida de la proyección debía ir con el poeta Pablo Neruda, entonces de visita en Cuba, a una entrevista con el comandante Guevara, a la sazón presidente del Banco Nacional. A medianoche entramos Neruda y yo en el edificio de Cuba y Lamparilla que veinte años atrás, siendo niño, yo frecuentaba. Allí estuvo la Escuela de comercio de La Habana, y como mi padre enseñaba en ella, me llevaba algunas noches, en visitas que para mí eran grandes aventuras. De eso conversaba con Neruda cuando el Che llegó, puntualmente, y nos hizo pasar a su oficina. He dicho más arriba que entonces tuve ocasión de hablar con él. Exageré. Debí decir que tuve ocasión de oírlo. He perdido mucho, y de lo que recuerdo no puedo garantizar la completa fidelidad de las palabras, pero sí el sentido.

El Che no hubiera estado en la proyección de la película porque, según decía, una película tendría que basarse en los momentos culminantes de la batalla, y que para los que había estado en ella, no había tales momentos culminantes. Me dio la impresión de que cuando la realidad de su vida se convertía en ficción, él se sentía, como es natural, incómodo.

Después pasó a hablarse de la situación política. En Cuba esperábamos la agresión yanqui (que al cabo llegaría en abril del año entrante): había tensión y acuartelamiento. Él, convencido de que nos atacarían, lejos de descartar la agresión directa, me parece que la consideraba como la más probable. El Continente conocía en ese momento una intensa maquinación diplomática, con el fin de provocar antes la ruptura colectiva con Cuba. No sería extraño que los gobiernos latinoamericanos se plegaran a ello. De la endeblez de los “liberales” latinoamericanos acababa de dar prueba el ex presidente guatemalteco Arévalo, llamando a Cuba “sardina roja” o algo así. Pero el Che no tenía la menor duda sobre la capacidad de resistencia del pueblo, sobre su inquebrantable voluntad de victoria, pero que supondría grandes sacrificios, privaciones incluso de objetos importantes para la vida diaria.

Neruda quiso entonces asegurarse de que entre esos objetos no se encontrarían los libros. El Che le respondió que eso dependería de la agresión: en primer lugar, se necesitarían alimentos, medicinas, armas, instrumentos de trabajo. Neruda reiteró su preocupación por las publicaciones, no sólo las extranjeras sino también las nacionales, que debían ser, decía, cuidadosas y bellas. La tipografía debe atenderse, es algo delicado: cuando se pierde su tradición, se adquiere la costumbre de los libros feos, y cuesta mucho enderezar el mal gusto. Como es natural, el Che asentía. Me agradaba ver a Neruda volver sobre esta preocupación al parecer meramente esteticista. Mientras tanto, yo me había fijado en que, en un armario, había varios saquitos de mate. Empecé a esperanzarme con la idea de tomar al fin mate en la vida real, no sólo leyendo autores del Plata, que nos han inclinado a esa bebida como los escritores rusos del siglo XIX nos hacen requerir un samovar. En ese momento, alguien entró con una bandeja…de café. El mate resultó ser regalo accidental de un amigo. El Che habló luego de las lecturas en la Sierra para aprender y enseñar. Había leído Martí a sus hombres, y a veces les resultaba difícil. Les era menester una redacción más asequible. Jaime Barrios, economista chileno conocido por Neruda, entró entonces, y supimos que el Che era solicitado para una reunión. Se volvieron a retomar temas conversados y nos despedimos.

A partir de 1959 ó 1960 había coincidido varias veces con el Che en recepciones diplomáticas que entonces no eran nada formales, pero donde apenas me era dable, si acaso, saludarlo. No obstante, en una de esas oportunidades, en el restorán La Torre, el cual se usaba para esos menesteres, lo rodeamos varios escritores y artistas (recuerdo entre ellos a Adelaida y a Rine Leal) y tuvimos con él una conversación algo más extensa. Cada cual le hablaba de lo que quería, y él respondía con afabilidad y su habitual humor. Yo le mencioné su crónica ”Alegría de Pío”, que había aparecido no hacía mucho. En tal crónica, como se recordará, él contó cómo, al sentirse herido de bala en el pecho y pensar que iba a morir, recordó el cuento de Jack London donde un hombre perece de frío. Para tirarle de la lengua, le dije que eso demostraba que él era un intelectual de tiempo completo, ya que incluso en un momento tan crítico se ponía a evocar una obra literaria. Además, añadí, evidentemente el tiro no había resultado mortal: ¿adónde había ido a parar esa bala? A lo primero, el Che me replicó que parecía mentira que yo no me hubiera dado cuenta de que se trataba de morir con dignidad, como había hecho el personaje de London. En cuanto a lo segundo, tomó mi mano y la llevó a la parte posterior de su cuello, donde todavía podía sentirse la bala.

A propósito de crónicas como ésa, que el Che venía publicando sobre todo en la revista del Ejército, Verde Olivo, con el título Pasajes de nuestra guerra revolucionaria, Nicolás Guillén y yo, a nombre de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, lo visitamos a mediados de 1962, en el Ministerio de Industrias. Queríamos obtener su autorización para recoger dichas crónicas en un libro que publicaría la Unión. Cuando le informamos de nuestro propósito, el Che estuvo de acuerdo: como resultado de ese acuerdo, dio su título definitivo al libro (Pasajes de la guerra revolucionaria), revisó las planas últimas y se las devolvió a Guillén, añadiéndole al final unas líneas humorísticas.

En aquel encuentro hablamos después de otras cosas, y de repente, para mi sorpresa, Nicolás sacó un modelo de ingreso en la UNEAC, se la dio al Che (a quien tuteaba), y le pidió que lo llenara. El Che admiraba mucho a Guillén. Lo había presentado con palabras bien elogiosas en un recital que en febrero de 1959 se le organizó en La Cabaña al autor de la Elegía a Jesús Menéndez. Pero ni siquiera esa admiración fue suficiente para que accediera a la solicitud de Nicolás, a quien dijo que no se consideraba escritor. Tercié en la conversación, explicándole al Che que seguramente Guillén no pensaba al hacerle la solicitud en los versos del comandante, que al parecer él mismo no apreciaba demasiado, sino en textos como los que nos habían llevado allí, y donde él se revelaba un evidente escritor, si bien no un escritor al uso. Pero tampoco mi argumentación lo hizo variar de criterio.

Poco después de esa visita recibí desde París una carta de mi amigo Robert Altmann en que me pedía gestionarle una entrevista con el Che a David Rousset, quien pensaba visitar Cuba, Cuando el autor de El universo concentracionario llegó a la Isla, trasladé mi solicitud. El Che lo citó en el Ministerio, a las doce de la noche de un sábado. Me pareció natural que fuera con Rousset a la cita, y así lo hice. El Che salió puntualmente de su despacho, se dirigió a nosotros, habló con Rousset en un francés fluido, y volviéndose hacia mí me preguntó, con su ironía acostumbrada (que yo no pude dejar de vincular a su opinión sobre alguno de mis juicios durante la visita previa, con Guillén), si yo era el traductor. Hubiera querido irme en ese mismo momento, pero no había forma elegante de hacerlo, así que quedé con ellos durante el resto de la noche. El Che nos arrastró al trabajo voluntario que realizaría en una textilera, adonde llegamos en su auto, conducido por él mismo, para sobresalto de su escolta. Ignoro si Rousset escribió después algo sobre la singular visita.

Mi siguiente (y más memorable) encuentro con el Che se debió a un azar: un “seguro azar”, en las palabras de Salinas. En los primeros días de marzo de 1965, al ir a abordar ese avión Praga – Habana que todo cubano toma, o aspira a tomar, alguna vez, y que se va haciendo familiar como un tranvía de barrio, tuve la alegría de saber que haría el vuelo no sólo con muchos alumnos becados, sino también con el Che y otros compañeros del gobierno (Osmany Cienfuegos, Arnold Rodríguez), además del secretario del Che, Manresa. Cruzamos unas palabras, y todo no habría pasado de allí. Pero, por desperfecto del aparato, el vuelo supuso una larga detención en Shannon, Irlanda, y significó dos días con sus noches. En esas condiciones, sin tabaco que fumar, prácticamente sin libros que leer (el Che acabó leyéndose la antología poética compilada por De Onís, que yo llevaba, así como mi ensayo “Martí en su [tercer] mundo”, con el que fue generoso), y a pesar de ocasionales incursiones en el ajedrez y el dominó, la conversación adquirió una importancia especial. Debo a ese hecho fortuito el haber hablado algunas horas con él, lo que es una de las cosas gratas y aleccionadoras que en estos tiempos me han ocurrido. Se trata de una persona difícil de elogiar. Con una mirada, una sonrisa, o llegado el caso una frase mordaz, desarma al candoroso (o malicioso) alabador. Deplora a los turiferarios y sus variantes. Por otra parte, es imposible no sentir en su compañía, incluso en esa temporal y accidental intimidad, la impresión de rectitud y grandeza que emana de él. Y desde luego de austeridad. A la pobre aeromoza del avión de Cubana que en el aeropuerto de Shannon le llevó una caja de tabacos, le preguntó si la acababa de comprar en dólares, y al responderle ella afirmativamente, le pidió que la devolviera y reclamara el dinero.

La evidencia de la superioridad humana del Che la ha expresado admirablemente uno de los escritores más rigurosos de nuestra América en estos años: don Ezequiel Martínez Estrada. También él sintió esa impresión, y la dijo en su “Che Guevara, capitán del pueblo”. Véanse esas páginas del escritor menos áulico del Continente, y me será más fácil hacerme entender. Ellas expresan, mejor de lo que yo podría hacerlo, la experiencia que me fue dada tener en esas horas. Que no estaban hechas, por supuesto, de meros asentimientos.

Se comprenderá que en horas se habla de muchas cosas. Algunas iban a adquirir después, para mí, valor especial. Como su observación de que, a diferencia de Fidel, y de muy escasos gobernantes del Tercer Mundo, Ben Bella no contaba en torno suyo con un equipo de hombres fieles. Pero en general, volvía entusiasmado con África, y lamentaba lo poco que entre los pueblos africanos habíamos divulgado nuestros hechos, y lo poco que nosotros conocíamos los suyos. Es menester salvar ambas lagunas: enviarles, traducidos al inglés y al francés, nuestros textos más importantes, y editar aquí los de ellos. Él había recomendado la publicación entre nosotros del libro fundamental de Fanon, los Condenados de la tierra, y hablamos del mismo. A partir de la experiencia concreta de África, Fanon llegó, por sus propios pasos, a conclusiones bien cercanas a las de nuestra Revolución. Nos es menester pensar por nuestra cuenta los problemas y las soluciones. Es bien pobre, por ejemplo, lo que existe en relación con la economía política del período de transición. Hay que ir a las fuentes, estudiar acuciosamente a Marx y Lenin. Sólido conocimiento de los clásicos, y fidelidad, en los planteamientos, a nuestras realidades, nos permitirán eludir el escolasticismo contemporáneo. Esa es tarea particularmente importante y difícil para nuestros países, los países de eso que ahora han dado en llamar el Tercer Mundo. Carecemos de cuadros especializados, pero no por eso podemos quedarnos de brazos cruzados. Hay que interrogarse ante los errores, dar con sus raíces, rectificarlos. Arriesgamos quedar presos en la ley del valor y sus consecuencias, aún cuando creamos asumir posiciones inequívocamente revolucionarias.

Hablamos de un trabajo que había aparecido recientemente en la revista de Sartre, Les Temps Modernes. Se trata de “El castrismo: la larga marcha de la América Latina”. Su autor, Régis Debray, joven estudioso francés que viviera en Cuba y en otros países de la América Latina, es un admirador irrestricto del Che. En su casa, que yo acababa de visitar, sólo hay un retrato: una foto del Che que le tomó él mismo en La Habana. Esto no se lo dije al comandante, pero de la lectura del artículo se desprendía más lo que yo pudiera decir. Dicho artículo es sin duda notable, y a él le interesaba, aunque aquí o allá hubiera propuesto rectificaciones.

No sé como pasamos a hablar de lecturas juveniles. El Che tuvo esa formación de francotirador propia de muchos intelectuales latinoamericanos: se entusiasmó con Freud y se separó de él ante el fanatismo estrecho de muchos sicoanalistas; no desconoció a Spengler, quien tanto influiría precisamente en Martínez Estrada; le atrajo la literatura, pero estudió Medicina. El resto de lo que sus biógrafos llamarán su evolución , pertenece ya a la historia de nuestros años. El Che en Guatemala, en México, en Cuba; el guerrillero, estadista, economista, escritor, teorizante. Se trata de uno de esos grandes hombres múltiples que nuestras tierras mestizas dan de tiempo en tiempo, y es ya inimaginable en un país capitalista desarrollado.

Le mencioné la nueva edición de su libro La guerra de guerrillas, que yo le había pedido para hacer con él un Bolsilibro, cuando me encontraba al frente de las ediciones de la UNEAC, donde ya habíamos publicado los Pasajes, pero él no estaba conforme con reeditar el libro tal como está en la actualidad: quiere rescribirlo, de acuerdo con nuevas experiencias, o al menos hacerlo preceder de un prólogo aclaratorio. Yo le expliqué que nos interesaba la obra en sí, por el valor histórico que ya posee, pero el Che pensaba sobre todo en la utilidad que podría prestar. También hablamos de sus Pasajes, y de una nueva estructura que hubiera querido darles. Al abordar las publicaciones cubanas, mencionamos los libros de la colección Arte y Sociedad, que él había leído. La necesidad de arte, de Fischer, le parecía interesante y útil, aunque considerara excesivo nuestro entusiasmo por el libro. Yo le hablé de la posibilidad de dar a conocer allí alguna obra non sancta (concretamente, Literatura y Revolución, de Trotski), y ello no le preocupó, aunque me sugirió que le añadiera un prólogo mío. Pero mucho de lo publicado por autores cubanos lo estimaba distante todavía de la calidad requerida. Coincidiendo en principio con él, le sugerí sin embargo que acaso esa opinión era un capítulo del contrapunto entre el hombre de acción y el hombre de contemplación. Este último aparece siempre a los ojos de aquél como defectuoso. Pero no: él no escatimó su elogio para aquellas obras cubanas de primer orden, especialmente la novelística de Alejo Carpentier, y fue generoso en muchos de sus juicios. Desde luego, consideraba imprescindible el mayor compromiso revolucionario por parte de nuestros intelectuales. Me prometió entonces dejarme ver copia de un trabajo que había escrito sobre esto.

El lector supondrá que se trataba de “El socialismo y el hombre en Cuba”, que ha sido amplia y justamente divulgado. Yo hubiera preferido, y así se lo hice saber personalmente y luego en una carta larga y acaso excesiva, que no metiera en un mismo saco a todos los escritores y artistas de su generación; pero los puntos de vista de ese trabajo son de una extraordinaria importancia, y enriquecerán mucho nuestro ámbito. Por cuestiones meramente profesionales, hablamos sobre todo de aquellas partes tocantes a la literatura y el arte. El Che ha desencuadernado, para siempre entre nosotros, los errores del llamado realismo socialista, si bien insiste en que no podemos bastarnos con esa actitud, sino proseguir hasta dar con un arte que sea expresión de nuestro grandioso proceso revolucionario.

Aunque me detuviera en esos puntos, por las razones mencionadas, ellos distan mucho de ser los más importantes del trabajo. Es tonto que ahora me ponga a glosar lo que ya está dicho, y muy bien dicho, en esas páginas memorables. Pero sí podría comentar sobre lo que no está escrito allí, y me pareció entender. Me pareció entender que considera la conversión de un hombre en revolucionario genuino como una ascesis, un proceso de purificación similar a aquel a que aspiran algunos religiosos. De más está decir que estas palabras no pretendo atribuírselas. Se trata de hacerse mejor, para decirlo en términos sencillos, de darse a los demás, de olvidarse de sí, cumpliendo un deber exigente. No encontramos otras ideas en José Martí. Por supuesto, cuando la vara de medir es el propio Che Guevara, y él se considera como un aspirante a esa meta, no puede parecer extraño que su juicio sobre los demás – los intelectuales, por ejemplo – sea duro. Él mismo es un intelectual, pero un intelectual que ha sufrido la experiencia de esa conversión, de esa purificación, al contacto con el pueblo, con sus miserias, con sus padecimientos, con sus luchas. No es cierto que no haya habido intelectuales en la Sierra: los hubo, comenzando por el propio Fidel. Pero se trata de intelectuales que fueron capaces de ir más allá, de transformarse, para servir más. En Martí, en Martínez Villena, Cuba nos había ofrecido ejemplos así. Naturalmente que no se supone que todos los intelectuales logren esa dimensión, que será alcanzada por la vanguardia, para decirlo en los términos del Che. Y son ellos los que, al hacer posible la configuración histórica del país, hacen posible, también, la tarea de los otros trabajadores intelectuales. A esos trabajadores intelectuales les ha sido dada una responsabilidad inmensa, que es un desafío: ser los contemporáneos, y alguna vez los contertulios, de los revolucionarios más importantes de estos años. Algo así como ser contemporáneo de Lenin, o, en nuestra área, de Bolívar. No cabe duda de que una zona de nuestro arte se ha lanzado a aceptar ese magno desafío; no cabe duda, tampoco, de que los resultados – y acaso los métodos – todavía no están por regla general a la altura de lo que se requiere. Negar lo primero, es equivocarse; también negar lo segundo. Pero no quiero desviarme hacia ese tema.

Ahora veo cuánto me he ido alejando de Santa Clara. De golpe, voy a meterla de nuevo en la conversación. Después de todo, ya no habrá manera de que oigamos hablar de la batalla de Santa Clara sin que nos venga al recuerdo el nombre del Che, ni viceversa. Puesto que de él he estado hablando, está bien que se piense en “su” ciudad. (Los poetas árabes solían comparar el asedio a una ciudad con el cortejo a una mujer). Porque él es, definitivamente, el héroe de Santa Clara. Su labor entera, además, forma parte de nuestra historia, de nosotros. Es menester merecerlo y aprender, Quiero escribir con mi mano y hacer mías estas palabras con que concluía el trabajo mencionado de don Ezequiel: «Comprendo que debo contar lo mejor que pueda, y en lo forma más fiel, lo que me ha sido revelado. Cumpliré ese deber hasta el fin.”

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Cuba, agosto de 1965, número dedicado a un Homenaje a Las Villas.

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El legado del Che / Federico Nogara

El legado del Che / Federico Nogara

El paso del tiempo va cambiando las circunstancias sociales en las que se desenvuelven las personas, sobre todo en los grandes núcleos urbanos, y aunque las circunstancias políticas y económicas de fondo siempre sean las mismas (el capitalismo lleva ya varios siglos y su razón de ser y objetivo, ganar dinero, sigue inalterable), los usos, las costumbres, la manera de actuar, los hábitos, difieren incluso en pocos años. Pero también ese cambio social es relativo. Queda muy claro que la diferencia en el trato del tema sexual, por poner un ejemplo, es notoria antes y después de los años sesenta del siglo pasado, pero es una problemática que ha tenido, y seguirá teniendo, muchos vaivenes a lo largo de la historia de la humanidad. Porque los grandes interrogantes del ser humano, el amor, el paso del tiempo, la vejez, la muerte, el sentido de la vida, el crimen, son atemporales, y se seguirán tratando mientras estemos sobre el planeta. También estará siempre presente la rebelión contra un poder injusto.

Ernesto Guevara ha quedado en el inconsciente colectivo como uno de los símbolos máximos de la lucha contra la injusticia, un personaje histórico también atemporal, un mito. Situarlo en una época precisa, su época, y buscar entenderlo en su faceta de ser humano es una tarea difícil, y doblemente difícil desde estos comienzos del siglo XXI. ¿Cómo podemos entender al hombre comprometido desde la falta casi absoluta de compromiso? ¿Cómo podemos entender al guerrero desde una época de paz, aunque se trate de una paz mentirosa, de guerras en lugares lejanos, que son nuestras guerras, pero no nos interesan ni nos incumben? ¿Cómo podemos entender al ser social desde el individualismo extremo? Vayamos por partes.


El principio del camino

Argentina tenía en la década del treinta, cuando nació Guevara, el problema de ser demasiado rica, por eso vivió en un sobresalto continuo la primera mitad del siglo XX. La oligarquía ganadera, situada en la bonanza económica y en la tranquilidad, había acuñado la frase «Dios es argentino», demasiado optimista dado que su condición era su problema: no se trataba de una oligarquía productiva sino rentista, razón por la cual aumentar la producción y considerar la explotación de sus campos como una empresa capitalista, una verdadera fábrica de carne, aparecía, a los ojos de esta clase privilegiada, como un esfuerzo innecesario. La burguesía industrial naciente, por su parte, carecía de una mentalidad de país, sólo le interesaban las ganancias. Era una burguesía en sí, sin espíritu capitalista. Por su parte, el nuevo proletariado que se había formado en esos años estaba desvinculado de los partidos, tanto de derecha como de izquierda, por la sencilla razón de que todos ellos se habían opuesto a Yrigoyen, el gran benefactor de las clases populares. Sólo los socialistas y los comunistas tenían cierto arraigo entre los trabajadores, pero casi limitado a Buenos Aires.

Diversos filósofos e historiadores han coincidido en un análisis: cuando las clases privilegiadas en los países dependientes (y Argentina lo había sido, y lo era en esa época, del Imperio británico) no pueden o no quieren hacerse con el poder, abren el camino a gobiernos bonapartistas. Esta clase de gobierno fue la tónica casi general de la Argentina del siglo XX.

El ejército, luego del yrigoyenismo, fue expurgado de oficiales que seguían esa corriente política. La nueva oficialidad detestaba al imperialismo británico, pues la crisis había puesto en evidencia la dependencia, de ahí parte la neutralidad cerrada del gobierno de Perón durante la Segunda Guerra Mundial, que llevó al Partido Comunista a repudiarlo por hitleriano, consideración a la que se sumaron los ganaderos y también los izquierdistas en general. No debemos dejar de lado un dato: los grupos de ultraderecha simpatizaron con el peronismo.

En 1943 Perón se hace con el mando del ejército y busca apoyo en los trabajadores sin organizar, agrupada una minoría de ellos en sindicatos poco representativos en manos de socialistas y comunistas. Para lograr su objetivo promueve desde el poder la creación de grandes entidades gremiales a las que se suman de inmediato ingentes masas de trabajadores provincianos y porteños, que obtienen derechos desconocidos hasta el momento. La oligarquía olió el peligro que encerraba la situación y con apoyo extranjero preparó el golpe que derribó a Perón. Los trabajadores, a su vez, también olieron el peligro y a través de huelgas y movilizaciones masivas devolvieron la situación al estado anterior.

Ganadas las elecciones, Perón buscó un acercamiento al Partido Comunista que fue rechazado por las consideraciones ya señaladas. El gobierno que se constituyó era un verdadero Frente Nacional con adherentes de diversas clases sociales y pensamientos políticos. En realidad, el partido de Perón era el ejército. Surge entonces una pregunta lógica: ¿por qué apoyaron los trabajadores un gobierno así? Engels nos da la respuesta: «Mientras un régimen de producción se desarrolla en sentido ascensional cuenta incluso con la adhesión y el homenaje entusiasta de aquellos que salen menos favorecidos de su régimen de distribución. Basta recordar el entusiasmo de los obreros ingleses al aparecer la gran industria. Y cuando este régimen de producción se consolida, pasa a ser un régimen normal que sigue despertando el apoyo del obrero por su forma de distribuir. Y si alguna voz de protesta se alza, sale de las filas de la clase dominante, sin encontrar apenas eco, de momento, en la masa explotada».

Una de esas voces sería la de Ernesto Guevara.

Durante la última etapa de la primera presidencia de Perón (1946-1952), Ernesto, hijo de Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna, ambos pertenecientes a familias de clase alta argentinas, era un adolescente que estudiaba medicina y jugaba al rugby, el deporte de los jóvenes de su clase social en aquellos tiempos. Publicaba además una revista sobre el juego que le apasionaba (Tackle) en la que escribía artículos con el seudónimo de Chang Cho, en alusión a su apodo, el Chancho. El joven Guevara vivía en un gran desacomodo social en aquella época. Sus amigos y compañeros de estudio lo criticaban por la forma de vestir y comportarse, de ahí su apodo. La relación amorosa de dos años con una joven perteneciente a una de las familias más ricas de Córdoba acabó en ruptura por la cerrada oposición de los padres de ella, superados por la personalidad del pretendiente. Era un outsider entre sus iguales.

Las lecturas y los cuadernos filosóficos que escribía sin descanso, en los que fue demostrando un interés creciente en la filosofía social, en especial Marx, constituían la conexión con un mundo exterior que comenzaba a llamarlo. En 1952 respondió a esa llamada partiendo en su primer viaje por América Latina con su amigo Alberto Granado. En el trayecto, como un personaje de Faulkner, comenzó a cambiar. Los marginados, los enfermos, las víctimas sociales, los exiliados políticos, ya no surgían de las lecturas de un muchacho de clase media alta, estaban ahí en todo su horror, eran reales.

La visita al Perú fue fundamental en ese cambio personal y en su pensamiento en general. Allí conoció al doctor Hugo Pesce, conocido especialista en el tratamiento de la lepra, discípulo de José Carlos Mariátegui en política y dirigente del Partido Comunista peruano, con quien mantuvo largas charlas. El resultado de las mismas quedó plasmado en su visita, días después de haberse despedido de Pesce, al leprosario de San Pablo, a orillas del Amazonas. La última noche de estadía sus colegas le organizaron una fiesta. Sus palabras de agradecimiento marcaron un final y un comienzo: “Creemos, y después de este viaje más firmemente, que la división de América en nacionalidades inciertas e ilusorias es completamente ficticia. Constituimos una sola raza mestiza, que desde México hasta el Estrecho de Magallanes presenta notables similitudes etnográficas. Por eso, tratando de quitarme toda carga de provincianismo exiguo, brindo por Perú y América unida”.

De esta forma no sólo entraba en el discurso político de manera abierta, sino que empezaba a decantarse por cierto discurso. El uruguayo Rodney Arismendi, destacado líder político del stalinismo americano, sostenía que “la unidad latinoamericana existe por el principal enemigo, el imperio estadounidense” y se pronunciaba “contra las utopías pequeño burguesas que parlotean acerca de una unidad o confederación latinoamericana”. Recordemos que la unidad latinoamericana la reivindicaban los trostkistas (Trotski había apoyado en México la vieja idea de los Estados Unidos de América del Sur), siempre acusados de pequeño burgueses. Al regresar a Buenos Aires Guevara escribe refiriéndose a sus apuntes de viaje: “El personaje que escribió estas notas murió al pisar suelo argentino. El que ordena y pule, “yo”, no soy yo; por lo menos no soy el mismo yo interior. Este vagar sin rumbo por nuestra “Mayúscula América” me ha cambiado más de lo que creí”.

Enseguida el segundo viaje. Un tiempo difícil en Guatemala y luego a México, donde se produce, al decir de Borges, ese momento central de una vida para el que se vive: su encuentro con Fidel Castro. Esa noche de julio de 1955, llegó a la cita como Ernesto Guevara y horas después salía convertido en el Che.


El mundo tal cual es (y era)

«Los Estados Unidos –amos del mundo- identificaban la inestabilidad del llamado tercer mundo con el peligro del comunismo soviético y por esa razón trataron de combatirla por todos los medios, desde la ayuda económica y la propaganda ideológica hasta la subversión militar oficial o extraoficial y la guerra abierta, en alianza con un régimen local, amigo o comprado, o sin apoyo local. Estas guerras y conflictos causaron en ese tercer mundo, entre 1945 y 1983, entre diecinueve y veinte millones de muertos». (1)

En aquella época el «gigante del norte» usufructuaba el 54% de la riqueza que generaba el planeta contando con un 9% de la población mundial. Europa, por su parte, vivía la situación económica más boyante de su historia, que acabaría en la década de los ochenta. Muchos estudiosos sostienen que, en esos años, la “ayuda” que daba el Occidente “feliz” al tercer mundo retornaba multiplicada por veinticinco. La felicidad de unos era la desgracia de otros.

Una mirada a los sucesos más relevantes de la década de los sesenta permite resumir lo anterior. Entre 1960 y 1965 surge el movimiento hippie; asesinan a Lumumba, líder de la revolución en el Congo; fracasa la invasión norteamericana a Cuba; es construido el Muro de Berlín; ejecutan en Repúbica Dominicana al dictador Trujillo, que gobernaba el país desde 1930; la crisis de los misiles en Cuba pone al mundo al borde de la guerra nuclear; finaliza la guerra de Argelia, en la que los franceses pusieron de moda el viejo método de la tortura; Nelson Mandela es encarcelado; asesinan a Kennedy en Dallas; Martin Luther King marcha sobre Washington; se inicia el conflicto armado en Colombia; se retoma la guerra en Vietnam; asesinan a Malcolm X; los militares toman el poder en Brasil y en China se lleva a cabo la Revolución Cultural. Y desde 1965 a 1970 comienza el gobierno militar conocido como Revolución Argentina; Israel declara la Guerra de los 6 días a los países árabes; los estudiantes franceses protagonizan el Mayo francés; la Junta Militar toma el poder en Grecia; asesinan a Martin Luther King y Gadafi encabeza la rebelión en Libia.

En ese mundo en guerra, bárbaro, violento, despiadado, donde la lucha por cualquier derecho ponía a la persona en riesgo de muerte, es donde debemos situar la aparición de los movimientos de liberación armados. Hacerlo desde la “pureza” de unos lugares supuestamente pacíficos como tenemos hoy, es casi una burla macabra.

Durante el 67 asesinan al Che en Bolivia, en el 73 un golpe militar acaba con el gobierno de Allende en Chile y otro liquida los cien años de democracia de Uruguay. La llamada Operación Cóndor, llevada a cabo en Argentina, Chile y Uruguay, termina el trabajo cortando la enorme cabeza del enano raquítico con el que se caricaturizaba a América Latina. Profesionales, intelectuales, sindicalistas, artistas, son detenidos, eliminados u obligados a exiliarse.

El sueño de avanzar hacia sociedades más justas acaba, en ese rincón del planeta, en un fracaso estrepitoso, del que todavía se sienten los efectos. Es cierto que el enemigo exterior era demasiado fuerte, pero, seamos justos, lo que se le oponía carecía por completo de posibilidades. La URSS, el stalinismo, escogió la revolución en un solo país (¿hubiera podido, con su atraso, decantarse por un fuerte movimiento revolucionario internacional?), para cuya consolidación utilizó a todos los partidos comunistas del planeta, que terminaron renunciando a sus propias revoluciones para consolidar la que serviría, cuando se dieran las condiciones, de faro. “Cuando el liderazgo soviético del movimiento comunista internacional fue amenazado por China en los años sesenta, por no mencionar a disidentes marxistas que lo hacían en nombre de la revolución, los partidarios de Moscú en el tercer mundo mantuvieron su opción política de moderación. El enemigo en esos países no era el capitalismo, si es que existía, sino los intereses precapitalistas locales y el imperialismo de Estados Unidos que los apoyaba. La forma de avanzar no era la lucha armada, sino la creación de un amplio frente popular o nacional en alianza con la burguesía y la pequeña burguesía “nacionales”. En resumen, la línea de Moscú en el tercer mundo seguía la línea marcada por el Comintern en 1930, pese a todas las denuncias de traición a la causa de la Revolución de Octubre. Esta estrategia, que enfurecía a quienes preferían la lucha armada, pareció tener éxito en Brasil y Chile, pero cuando el proceso llegó a cierto punto fue interrumpido, lo que no resulta sorprendente, por golpes militares seguido por etapas de terror”. (2) Las políticas que eligió la URSS la llevaban directamente al capitalismo (muchos ya lo dijeron en los últimos ochenta años). La guerrilla, el foco, el foquismo, un pequeño grupo que se instala en la sierra o en la ciudad y con su esfuerzo va captando nuevos miembros y concienciando a la población, tenía nulas posibilidades, a menos que la situación del país fuera la de Cuba en 1958, con un gobierno sin apoyos que se venía abajo, lo que permitió a 300 guerrilleros derrotar a un ejército de 30 mil soldados.

Finiquitada la revolución social, ¿qué quedaba? Keynes había sido olvidado, la crisis comenzaba a enquistarse en Europa y Estados Unidos y las “soluciones” quedaban en manos de gente como los economistas de Chicago y Margaret Thatcher, que traían bajo el brazo el capitalismo rancio de entre guerras, sobre el que Max Weber había escrito: “El hombre queda referido a ganar dinero como el objetivo de su vida, en lugar de quedar la ganancia referida a un simple medio para que el hombre pueda satisfacer sus necesidades materiales. Esta inversión de lo que llamaríamos la situación “natural” es el leit motiv del capitalismo, que resulta tan extraño a los seres humanos no alcanzados por su hálito”.

El resultado de ese ganar dinero como meta de la vida nos lleva a la situación actual: un 1% de la población mundial tiene más recursos materiales que la mitad de esa población. No quisiera entrar en detalles relativos al hambre, la miseria, la pobreza o la gente que duerme en la calle o bajo los puentes, para ello tenemos las páginas de las ONG y demás.

La mayoría de quienes opinan sobre la sociedad actual se quejan del excesivo individualismo y, peor aún, de personas que viven en un continuo presente, sin interés en el pasado. «Una sociedad constituida por un conjunto de individuos egocéntricos desconectados entre sí y que persiguen tan sólo su propia gratificación, ya se le denomine beneficio, placer o lo que sea, estuvo siempre implícita en la teoría de la economía capitalista. Desde la era de las revoluciones, observadores de distinta ideología enumeraron la desintegración de los vínculos vigentes (…) «Sin embargo), en la práctica, la nueva sociedad no ha destruido por completo toda la herencia del pasado, sino que la ha adaptado de forma selectiva. No puede verse un enigma sociológico en el hecho de que la sociedad burguesa aspirara a introducir un individualismo radical en la economía y a poner fin para conseguirlo a todas las relaciones tradicionales (cuando fuera necesario), y que al mismo tiempo temiera el individualismo experimental radical en la cultura (o en el ámbito del comportamiento y la moralidad). La forma más eficaz de construir una economía industrial basada en la empresa privada era utilizar conceptos que nada tenían que ver con el libre mercado, por ejemplo la ética protestante, la renuncia a la gratificación inmediata, la ética del trabajo arduo y las obligaciones para con la familia y la confianza en la misma, pero desde luego, no el de la rebelión del individuo». (3)

El tema del individualismo es bastante complejo y está sujeto a interpretaciones. Arístoteles consideraba al ser humano un animal político (zoonpoliticon), o sea, un animal ciudadano, un animal cívico, social, lo que significa para él que la virtud, la justicia y la felicidad sólo pueden alcanzarse socialmente en relación con los demás, en la ciudad, en la polis, políticamente. Tomando el mito de Robinson Crusoe, el hombre solo, perdido en una isla lejana, separado de los demás, Marx criticaba esa idea de la influencia nula de la sociedad en el mito: «El hombre es un zoon politikon, no sólo un animal social, sino un animal que sólo en la sociedad se puede aislar». Wittgenstein abundaba en el asunto: «La producción de un individuo aislado fuera de la sociedad es tan absurda como el desarrollo de una lengua que no tenga individuos que vivan juntos y hablen entre ellos».

Robinson Crusoe, solo en la isla, lee la Biblia y se dispone a dominar su reino y asegurar sus posesiones. Joyce opinó de la obra de Defoe, en 1912: «Es la profecía del imperio, el verdadero símbolo de la conquista británica, y Robinson Crusoe el prototipo del colonizador británico».

Podemos concluir entonces que el individualismo es un efecto de la sociedad y no su condición. Aparece, en su aspecto más negativo, cuando la economía renuncia a ser social.

Los políticos, la prensa, los tertulianos de las radios, justifican esta anomalía con un concepto político que han convertido en algo mágico y les sirve de coartada: democracia. Quienes vivimos en países democráticos (aunque nuestra situación sea la de individuos aislados) tenemos todos los mismos derechos, todos somos iguales ante la ley y nuestros «representantes» generan leyes para asegurar esa igualdad. Pero la maravilla choca con la realidad, porque está asentada en, y muchas veces dominada por, un sistema económico que no tiene nada de igualitario, por el contrario, en nuestros días la división entre quienes tienen y quienes no tienen, entre quienes viven bien y quienes subsisten, es escandalosa. ¿Son iguales ante la ley los ricos y los pobres? ¿Son iguales ante la ley los políticos y sus representados, los ciudadanos? ¿Se hacen las leyes pensando en el bienestar general o en los intereses particulares? Las respuestas son obvias.

La democracia, además, garantiza la paz, como escuchamos decir cuando hay desórdenes en cualquier lugar del planeta. Un revolucionario escribía hace noventa años: “¿Alguna vez hemos creído que la democracia es un régimen de paz social? ¿Es que acaso Kerensky no masacró a los campesinos y obreros en los meses de luna de miel de la revolución democrática? ¿Es que los franceses no han utilizado la fuerza armada contra los huelguistas antes y después de la guerra? ¿Acaso la historia de la dominación del partido republicano y el partido demócrata de los EEUU no es también la historia de las represiones sangrientas contra los huelguistas?” (4) Es curioso que, a este último país, agresor, represor, que utilizó (y legalizó) la tortura y donde todavía es legal la pena de muerte, se le considere la gran democracia de Occidente y se le ponga de ejemplo.

¿Cuál es el gran enemigo de la democracia? El comunismo está de capa caída, aunque aparezca en cada campaña electoral, y el terror golpea de vez en cuando, llena los telediarios y luego se olvida; queda el fascismo. La visión imperante sobre este movimiento político está totalmente distorsionada. Llamando fascista a todo aquel que golpea, que agrede, vaciamos el concepto de contenido, obviamos, como hacemos con tantas cosas, su verdadera esencia. Habría que aclarar que quien pega y agrede puede ser un bruto, un abusador, una bestia muchas veces, pero sin que tenga nada que ver con los movimientos políticos que se desarrollaron en Alemania e Italia a principios del siglo pasado. El fascismo, para empezar, es una distorsión del capitalismo, el lado oscuro de la democracia. “En Italia el movimiento fascista fue un movimiento espontáneo de amplias masas, con nuevos líderes desde sus bases (…) Primo de Rivera era un aristócrata. Poseía un alto grado militar y un puesto administrativo importante (Gobernador de Barcelona). Realizó su movimiento con la ayuda de fuerzas estatales y militares. Las dictaduras en España y en Italia son dos formas dictatoriales totalmente diferentes. Mussolini tuvo dificultad para conciliar muchas viejas instituciones militares con la milicia fascista. Este problema no existió para Primo de Rivera. El movimiento de Alemania tiene más analogía con el italiano. Es un movimiento de masas, con líderes que utilizan mucha demagogia socialista. Y esto es necesario para la creación del movimiento de masas”. (5)

¿No será por eso que en España no existen movimientos fuertes de ultraderecha? ¿Están los movimientos de ultraderecha en España ya instalados por tradición en los partidos conservadores?

El fascismo, o aquello que llamamos fascismo por el carácter peyorativo del término, no se caracteriza por los golpes y las agresiones, sino por razones mucho más sutiles. ¿Cuándo tenemos instalado el fascismo en un gobierno, que es lo que en realidad interesa?: “Después de la victoria del fascismo, el capital financiero reúne en sus manos –como en una garra de acero- directa e indirectamente todos los órganos e instituciones de la soberanía, el poder ejecutivo, administrativo y judicial del Estado, el ejército, las universidades, la prensa, los sindicatos y las cooperativas”. (6)

Algunos pensadores han sostenido que cuando la democracia pasa por una buena etapa acude a la socialdemocracia, y cuando las cosas van mal echa mano del fascismo. El fascismo, como hemos dicho antes, sería entonces el lado oscuro de la democracia. La historia comparativa podría ser un excelente ejercicio para muchos “demócratas”.

El desconocimiento general sobre las cuestiones históricas, sociales y políticas, pone en duda el nivel de la cultura occidental. Las clases populares están alienadas por la cultura de masas (dedicada a ganar dinero), la enseñanza primaria y secundaria son de baja calidad y la universidad ya no genera intelectuales sino empleados para las empresas o directamente desempleados. Claro que hasta aquí no sólo hemos llegado por culpa de una serie de poderes malignos. Un político estadounidense respondió, en una oportunidad, a un representante de otro país que lo llamaba amigo: «Estados Unidos no tiene amigos, tiene intereses». Una respuesta coherente. Los países, las compañías, los mercaderes, no se mueven por criterios humanísticos, sino por intereses.


El deterioro

Las revoluciones latinoamericanas influenciaron de manera importante el pensamiento europeo. Esa influencia, no obstante, no podía ser decisiva en un continente que estaba viviendo su edad de oro dentro de la democracia capitalista. El Mayo francés de 1968 es el mejor ejemplo. Un grupo de estudiantes izquierdistas, descontentos con la sociedad de consumo, comenzó las movilizaciones, a las que se unieron enseguida los trabajadores, que estaban pasando cierta crisis luego de años de bonanza, y el Partido Comunista. La revuelta creció tanto que llevó a la huelga general, la más grande de la historia de Francia, y puso en serias dificultades al gobierno del presidente De Gaulle, temeroso de estar ante una insurrección de carácter revolucionario. Los revoltosos, sin embargo, no se planteaban tomar el poder o rebelarse contra el Estado, ni siquiera el Partido Comunista. Tal es así que todo acabó cuando De Gaulle anunció elecciones generales.

Mirado a la distancia, pueden sacarse muchas conclusiones del Mayo francés. No olvidemos la gravedad de los hechos históricos ocurridos durante los ocho años anteriores: la guerra de Argelia con todas sus consecuencias, el asesinato de Kennedy que conmovió al mundo, la guerra de Vietnam. Era lógico que Francia, país central en el mundo, se sacudiera. Aunque no pasó de eso, una sacudida. Mayo francés fue la primera gran revuelta del siglo XX que careció de ideología. Luego, en los años posteriores, escribas imaginativos compararon la revuelta con las del tercer mundo y fabricaron leyendas.

La clase trabajadora participó con una consigna que daba cuenta de la decadencia: Por un cambio político de progreso social y democracia. Tan tremenda consigna podía ser compartida por cualquier movimiento de derecha en el futuro. La derrota total vendría con el Eurocomunismo, cuando la «izquierda y el progresismo» (lo único que quedaba) aceptaron retozar en el campo del neoliberalismo que, en su soledad, terminó imponiendo políticas de privatización sistemáticas y de capitalismo de libre mercado -tanto si eran adecuadas a sus problemas económicos o no- a países demasiado débiles para llevarle la contraria.

«La rebelión de los estudiantes europeos fue más una revolución cultural, un rechazo a todo aquello que en la sociedad representaban los valores de la «clase media»de sus padres». (7) Y hay quien va más allá: «Los acontecimientos de París de 1968 fueron un teatro callejero o un psicodrama». (8) Abundaron entre los estudiantes, eso sí, las consignas, tan «peligrosas» como la de los trabajadores: Prohibido prohibir; Pide lo imposible; Suéltate el pelo; Haz lo que quieras. Y las frases que pretendían ser ingeniosas: Cuando pienso en la revolución, me entran ganas de hacer el amor.

«Lo importante no era lo que se podía conseguir con los actos, sino el acto en sí mismo y cómo se sentían al consumarlo. La liberación social y personal iban de la mano y las formas más evidentes de romper con las ataduras del poder, las leyes y normas del Estado, de los padres y vecinos eran el sexo y la droga. Resulta significativo que el rechazo a las normas no se hiciese en nombre de otras pautas de ordenación social, sino en nombre de la ilimitada autonomía del deseo individual, con lo que se partía de la premisa de un individualismo egocéntrico llevado al límite». (9)

Mayo del 68 estaba relacionado directamente con el movimiento hippie, cuya rama cultural era la Beat Generation. «La idea básica de este movimiento es despojarse de cualquier atributo que pueda ser identificado con las formas convencionales de la sociedad. Se trata de una nueva identidad social -alejada del concepto de clase- que se manifiesta en el modo de vestir, en la relación con el dinero y el trabajo, en la defensa de la marginalidad, en el desplazamiento continuo». (9)(10)

Agreguemos la tecnología avanzada (móviles e internet) a este panorama y tendremos una descripción bastante precisa de los jóvenes de los primeros quince años del siglo XXI. “La revolución cultural de fines del siglo XX debe entenderse como el triunfo del individuo sobre la sociedad”. (11) De aquellos vientos vienen estos lodos.

Así llegamos hasta aquí, y ahora, ¿cómo funcionamos?

El siglo anterior enfrentaba dos concepciones, dos maneras de mirar la vida: capitalismo y socialismo. Dentro de estas dos dinámicas se trataban todos los temas de la sociedad, que respondían a un funcionamiento global. La división izquierda derecha tenía sentido, era una forma de simplificar la gran dicotomía. En nuestros días, al no existir una perspectiva real de cambio del sistema capitalista en lo económico, “izquierdistas y progresistas” están dedicados a mejorarlo en ciertos terrenos: la situación de la mujer, del homosexual, del excluido por su raza o su origen, del marginado, del desplazado, del refugiado. “La política postmoderna se caracteriza por una pluralidad de políticas de identidad que luchan por una causa cada una por separado. Esta lucha puede plantearse en términos religiosos, ecológicos o de derechos humanos, o contra el sexismo y el racismo. Pero la elección entre ellas y la lucha de clases es una alternativa falsa, ya que esta última está implícita en todas las demás, dado que las clases son el principio estructural de la totalidad social en el capitalismo, el cual, a su vez, va más allá de lo económico. La política postmoderna de subjetividades múltiples y aisladas, que se limita a problemas parciales, no cuestiona al capitalismo, sino que acepta sus reglas sin denunciar su responsabilidad en los desequilibrios de las relaciones económicas que se dan en él y, de esta manera, lo “naturaliza” como el único sistema económico viable”. (12)

No quisiera cerrar el tema sin tocar otro aspecto importante que se soslaya, y yo mismo he dejado de lado antes. La situación de decadencia en la cultura, la enseñanza, la universidad, la alienación de las clases populares, no es igual en toda Europa, aunque cuando hablamos del continente nos referimos a él como un conjunto homogéneo de países. Nada más alejado de la realidad. Las clases sociales no se detienen en las fronteras de cada país, las trascienden, especialmente en un mundo globalizado. A mediados del siglo pasado se acuñó la idea de la “aristocracia obrera”. ¿Qué quería decir? Llevado a la actualidad, que un obrero de la construcción noruego, comparado con su similar español, es un burgués, y comparado con su similar africano, un aristócrata. Pero la división mundial del trabajo ha sido abandonada como idea, incluso por los más radicales.

En las últimas campañas electorales en España -donde escribo- todos los candidatos trataron los problemas del país como si se hubiera vuelto al estado nacional, sin tener en cuenta la Unión Europea y el mundo globalizado. Ninguno mencionó, por supuesto al tercer mundo (salvo Venezuela, claro está) o a la cultura. Quizás analizando la historia y las cifras (España tiene 18% de paro general, 50% de paro juvenil, los salarios son muy bajos y el empleo precario predomina, las universidades según la CEOE están en el puesto 170 en el mundo en calidad, etc.) hubieran llegado a la conclusión de que Europa tiene países de primera (Alemania, Francia, Inglaterra, los Países Bajos, Suiza, los países escandinavos); de segunda (los llamados pigs (cerdos) durante la crisis del 2008(Portugal, Italia, Grecia y España)) y de tercera (Albania, Rumania, los países de la ex URSS y una larga lista).

¿Es posible una unión solamente económica entre ellos (UE) cuando tienen economías tan diferentes? ¿Es viable una moneda única cuando la única salida para los países más débiles es la devaluación? ¿Pueden países en dificultades económicas pagar su abultada deuda sin hacer sufrir a la ciudadanía?

De momento queda la despensa, los países latinoamericanos, África y los países árabes para seguir buscando recursos, pero la situación se complica. América Latina tuvo una serie de gobiernos “progresistas” fallidos, pero como enseña la historia, volverán. El tercer mundo despertará y ya me dirán cómo van a ser detenidos los cambios por un imperio caduco y un continente en decadencia.

“Las tensiones generadas por los problemas económicos socavaron los sistemas políticos de la democracia liberal, parlamentarios o presidencialistas, que tan bien habían funcionado en los países capitalistas desarrollados después de la segunda guerra mundial. Pero también los socavaron en el tercer mundo. Las mismas unidades políticas fundamentales, los “estados nación” territoriales, soberanos e independientes, incluso los más antiguos y estables, resultaron desgarrados por las fuerzas de la economía supranacional o transnacional y por las fuerzas infranacionales de las regiones y grupos étnicos secesionistas. Algunos de ellos –tal es la ironía de la historia- reclamaron la condición –ya obsoleta e irreal- de “estados nación” soberanos en miniatura». (13)

Las grandes demostraciones europeas de los últimos tiempos siguen careciendo de una ideología o de cualquier razón política y, para peor, están generadas por razones atávicas: nacionalismo, religión, contra la inmigración y los refugiados. Más allá de la identidad del grupo que se manifiesta, importa señalar al diferente. Y es bastante común encontrar en ellas antiguos simpatizantes del Partido Comunista y de la llamada izquierda radical.

Tenemos individuos egocéntricos desconectados entre sí viviendo de espaldas al pasado y persiguiendo su propia gratificación, corrupción política, ganar dinero como único objetivo, nivel cultural bajo, clases populares alienadas por la cultura de masas, una juventud sin esperanzas, totalmente desmoralizada, falta de ideología, de filosofía de vida; hambre, miseria, pobreza, gente tirada en la calle. Es en esta situación, tomada de forma global (una consecuencia del neoliberalismo), donde debería incidir el discurso de la supuesta izquierda.


El legado

“Me doy cuenta de que ha madurado en mí algo que hacía tiempo crecía dentro del bullicio ciudadano: el odio a la civilización, a la burda imagen de gente moviéndose como locos al compás de ese ruido tremendo”, escribe Guevara en sus notas en 1952, un tiempo antes de emprender su primer viaje por América Latina.

El médico de clase acomodada necesita romper con su medio, dar paso al aventurero. Y en la aventura su personalidad va cambiando. Descubre América Latina en todo su esplendor y sus miserias, y dentro de ese descubrimiento se prueba a sí mismo. El cruce a nado del río Amazonas, entre pirañas y caimanes, es un buen ejemplo. También la estadía en Guatemala tratando de sobrevivir sin trabajo estable ni perspectivas. Parece una forma de dar el paso siguiente, del aventurero al escritor y al político. Espera, está claro, ese momento que determinará su futuro, y que llega en su encuentro con Fidel Castro. Ahí está la clave de su vida, ahí nace el guerrillero, el Che.

El inicio en la guerrilla no podía haber sido peor. El desembarco fracasa y Guevara, herido, siente que ha llegado su hora. Enfrentado a ese momento supremo, a su mente viene un cuento de Jack London, Build a fire, situado en el Yukon. No es curioso, dada su personalidad, que en ese relato estén presentes la exigencia extrema y la soledad, que serán una constante en su experiencia en la guerrilla. Pero no lo recuerda por eso, sino por la parte final, en la que el protagonista se plantea, perdida toda esperanza, morir con dignidad. Porque la lectura no era para Guevara una manera de aprender teorías o de pasar el tiempo, era un modelo ético, como en los viejos tiempos lo fuera para quienes leían la enseñanza religiosa. Vivir con dignidad, enseñan los relatos clásicos; pero quien vive con dignidad debe estar a la altura en el momento de la muerte. Y Guevara cumplió con la idea en todas las etapas de su vida, incluso llevándola al sacrificio personal: “El guerrillero como elemento consciente de la vanguardia popular debe tener una conducta moral que lo acredite como verdadero sacerdote de la reforma que pretende. A la austeridad obligada por las difíciles condiciones de la guerra debe sumar la austeridad nacida de un rígido autocontrol que impida un solo exceso, un solo desliz, en ocasión de que pudieran permitirlo las circunstancias”, escribe en La guerra de guerrillas. Esa ética, modelo de la guerrilla, le acerca al cristianismo primitivo.

El foquismo (como lo llamó Debray elevándolo a categoría de “teoría política”) estaba, como era lógico, condenado al fracaso. Y ese fracaso dejó una estela de dolor a su paso. Las culpas, hasta hoy, recaen sobre Guevara, pero habría que matizar sobre este punto. Esas críticas negativas han sido vertidas, y aún lo son, sobre todo por parte de oportunistas, o personajes que siguieron la estela de la guerrilla, o la justificaron de forma activa o pasiva, y luego ocuparon cargos públicos, recibieron algún premio o se acomodaron en el sistema que antes combatían. En descargo de Guevara queda su muy ignorado discurso de 1961 en la Universidad de Montevideo, mediante el cual avisaba a quienes pretendían seguir su ejemplo que debía acudirse a las armas sólo en casos extremos, y que en el caso de Uruguay, país con una democracia antigua y sólida, era mejor descartar tal circunstancia.

¿Por qué no se le escuchó? Porque los movimientos guerrilleros rioplatenses carecían, como grupos, de una ideología concreta, y en el aspecto político no pasaban del nacionalismo como solución. Y, en su mayor parte (las FARC y Sendero Luminoso fueron una cierta excepción), los grupos guerrilleros eran cuerpos de élite casi suicidas, reclutados sus miembros en su inmensa mayoría de las clases medias intelectualizadas, que habían abandonado el trabajo político con las masas sustituyéndolo por el ejemplo directo, razón de su nulo contacto con las clases populares.

Cuando aparecen las guerrillas rioplatenses ya estaba claro que el triunfo revolucionario de la guerrilla cubana había sido posible no por el enorme sacrificio de sus combatientes ni por su ejemplo moral sobre la población y sobre la izquierda, sino porque el gobierno de Batista estaba acabado y basta decir que grandes e importantes sectores dentro de los EEUU, su gran valedor, apoyaban la revolución, a la que consideraban una necesaria etapa casi quijotesca antes de retomar su dominio. Fue la gran capacidad política de Fidel Castro la que permitió la consolidación revolucionaria. Por lo tanto, también debía saberse que no se volvería a sorprender a un enemigo poderoso y ahora en guardia, que el Partido Comunista y sus militantes no participarían en la “aventura” y que no existía apoyo alguno de la URSS (que incluso vendía armas a los países que combatían la guerrilla). Por si fuera poco, el consejo del Che de no llegar a las armas.

El legado del Che, no obstante y hechos los descargos, no está basado en lo que agrega en el terreno político y militar como estratega, que es poco, sino en lo que significa su figura como ejemplo personal para cualquiera que tenga un objetivo vital. No en vano movimientos de distinta índole pasearon su imagen por las calles de diferentes partes del mundo. Es importante recordar que estamos ante un médico descendiente de una familia rica, con una perspectiva de vida regalada en su micromundo: A él, no obstante, le importaba el mundo entero y hacia allí salió para encontrar a los desheredados, a los necesitados. Podría haberse limitado a asistirlos y cuidarlos desde su oficio de médico. Quiso reivindicarlos y a ello dedicó su corta vida. Por si fuera poco, desde joven huyó de cualquier atributo que pudiera identificarlo con las formas convencionales de la sociedad: vestía de cualquier manera, no le interesaba el dinero, soñaba con vivir como un nómada. Ya en la guerrilla, sólo su nombre de guerra, Che, revela su origen, por lo demás, es un internacionalista, el extranjero eterno, cuyo lugar en el mundo es aquel por dónde anda. Cuando debe encarar la función pública su figura crece, y mucho si juzgamos su actuación con los parámetros actuales. El gobierno lo nombra, curiosamente dicen algunos, pero yo no estoy tan seguro, Director del Banco Nacional de Cuba. Su escaso interés por el dinero, del que hablábamos, es extraño para alguien nacido en cuna de oro. Con tal de que me alcance para mis necesidades mínimas y para libros, está bien, dijo en más de una ocasión. Y para no generar dudas rechaza su salario de más de mil pesos como Director conformándose con los doscientos como Comandante y firma los billetes de banco, desde su función directiva, con su nombre de guerra, Che, lo que trae no pocos dolores de cabeza al gobierno. La cosa no queda aquí. Cuando sale al extranjero en misión diplomática prohíbe a sus subordinados concurrir a clubes nocturnos o a cualquier otro lugar similar, y en cuanto a gastos, no permite ninguno que no esté relacionado con la misión. En ocasión de una visita de sus padres a Cuba, puso a su disposición un coche diplomático, pero dejándoles claro que la gasolina o cualquier otro gasto corría a cuenta de ellos. Nunca se aprovechó de ninguna forma de sus relevantes cargos públicos.

“Como síntesis, podemos decir que Guevara no propone nunca nada que no pueda hacer él mismo, no es un burócrata, no manda a hacer a los demás lo que él sostiene. Esta es una diferencia esencial, la diferencia que lo ha convertido en lo que es. El que paga con su vida la fidelidad a lo que piensa”. (14)

El triunfo de la revolución cubana pasa a ser un arma de doble filo en su vida. Como un héroe clásico, Guevara entiende mal el mensaje de los dioses, extremo que lo conduce a la tragedia. Trasladar la guerrilla a otras partes de América Latina parecía (y parece a la distancia) un suicidio. ¿Fue El Che a inmolarse a Bolivia? Podemos seguir discutiendo sobre el tema, y de seguro se discutirá, porque es una parte importante de la historia, y porque Guevara estará siempre presente, como leyenda y mito, en cualquier revolución pendiente.

Bibliografía

(1-2-3-7-9-11-13) Eric Hobsbawm Historia del siglo XX

(4-5-6) Trotski El fascismo

(10-14) Ricardo Piglia Crítica y ficción

(12) Slavoj Zizek Postmodernism or class? Yes, please

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Número 64

El Tercer Mundo y la Revolución / Eric Hobsbawm

El Tercer Mundo y la Revolución / Eric Hobsbawm

I

Cualquiera que sea la forma en que interpretemos los cambios en el tercer mundo y su gradual descomposición y fisión, hemos de tener en cuenta que difería del primero en un aspecto fundamental: formaba parte de una zona de revolución, realizada, inminente o posible. El primer mundo se mantuvo estable política y socialmente cuando comenzó la guerra fría. Todo lo que pudiese bullir bajo la superficie del segundo mundo pudo ser contenido por la tapadera del poder de los partidos y por la posibilidad de una intervención militar soviética. Por el contrario, pocos estados del tercer mundo, cualquiera que fuese su tamaño, pasaron los años cincuenta sin revolución, sin golpes militares para reprimir, prevenir o realizar la revolución o cualquier otro tipo de conflicto armado interno.

La inestabilidad resultaba evidente para los Estados Unidos, protectores del statu quo global, que la identificaban con el comunismo soviético o, por lo menos, la consideraban como un recurso permanente y potencial para su contendiente en la lucha global por la supremacía. Casi desde el principio de la guerra fría, los Estados Unidos intentaron combatir ese peligro por todos los medios, desde la ayuda económica y la propaganda ideológica, pasando por la subversión militar oficial o extraoficial, hasta la guerra abierta, preferiblemente en alianza con un régimen local amigo o comprado, pero, si era preciso, sin apoyo local.

Esto es lo que mantuvo al tercer mundo como una zona de guerra, mientras el primero y el segundo iniciaban la más larga etapa de paz desde el siglo XIX. Se calcula que en las más de cien «guerras, conflictos y acciones militares» más importantes entre 1945 y 1983 murieron entre 19 y 20 millones de personas, casi todas en el tercer mundo.

Durante varias décadas la Unión Soviética adoptó una visión pragmática con los movimientos de liberación radicales y revolucionarios del tercer mundo, puesto que ni se proponía ni esperaba ampliar la zona bajo gobiernos comunistas más allá de los límites de la ocupación soviética en Occidente, y de la intervención china (que no podía controlar por completo) en Oriente. Esto no cambió ni siquiera en la época de Kruschev (1954-1964), cuando algunas revoluciones locales, en las que los partidos comunistas no tuvieron un papel significativo, llegaron al poder por sus propios medios, especialmente en Cuba (1959).

Cuando Fidel Castro se declaró comunista, la URSS lo puso bajo su protección, pero no a riesgo de poner en peligro permanente sus relaciones con EEUU. Sin embargo, no hay evidencias de que planeara ampliar las fronteras del comunismo mediante la revolución hasta mediados de los setenta, e incluso entonces se aprovechó de una situación favorable que no había creado. Lo que esperaba Kruschev es que el capitalismo fuera enterrado por la fuerza económica del socialismo.

Cuando el liderazgo soviético del movimiento comunista internacional fue amenazado en los sesenta por China, por no mencionar a disidentes marxistas que lo hacían en nombre de la revolución, los partidarios de Moscú en el tercer mundo mantuvieron su opción política de moderación. El enemigo no era el capitalismo en estos países, si es que existía, sino los intereses precapitalistas locales y el imperialismo (estadounidense) que los apoyaba. La forma de avanzar no era la lucha armada, sino la creación de un amplio frente popular o nacional en alianza con la burguesía y la pequeña burguesía «nacionales». En resumen, la estrategia de Moscú en el tercer mundo seguía la línea marcada en 1930 por la Comintern pese a todas las denuncias de traición a la causa de la Revolución de Octubre. Esta estrategia, que enfurecía a quienes prefería la vía armada, pareció tener éxito en ocasiones como en Brasil a principios de los sesenta y Chile en los setenta. Pero cuando el proceso llegó a cierto punto fue interrumpido, lo que no resulta sorprendente, por golpes militares seguidos por etapas de terror.

En cualquier caso, el tercer mundo se convirtió en la esperanza para quienes seguían creyendo en la revolución social. Representaba a la mayoría de los seres humanos y parecía un volcán pronto a entrar en erupción. Incluso el teórico de lo que denominó «el fin de las ideologías (Bell, 1960) en el Occidente estable, liberal y capitalista de la edad de oro, admitía que la esperanza milenarista y revolucionaria segía viva allí. Eltercer mundo no era sólo importante para los viejos revolucionarios en la tradición de Octubre o los románticos que estaban en retroceso desde la próspera mediocridad de los años cincuenta. La izquierda, incluyendo a los liberales humanitarios y a los socialdemócratas moderados, necesitaba algo más que leyes de seguridad y aumento de los salarios reales. El tercer mundo podía mantener vivos sus ideales, y los partidos que pertenecían a la gran tradición de la Ilustración necesitaban tanto de los ideales como de la política práctica. No podían sobrevivir sin aquéllos. ¿Cómo, si no, podemos explicarnos la pasión por ayudar a los países del tercer mundo en esos bastiones del progreso reformista que son los países escandinavos, Holanda y el Consejo Mundial de las Iglesias (protestante), que era el equivalente a fines del siglo XX del apoyo a las Misiones en el XIX? Esto llevó a los liberales europeos del siglo XX a apoyar a los revolucionarios y las revoluciones del tercer mundo.

II

Lo que sorprendió tanto a los revolucionarios como a quienes se oponían a ellos fue que, después de 1945, la forma más común de lucha revolucionaria fuera la guerrilla. Pero la imagen de la revolución emergiendo exclusivamente de las montañas no era exacta. Subestimaba el papel de los golpes militares izquierdistas, imposibles en Europa, hasta que se dio uno ejemplar en Portugal en 1974. En América Latina no eran nada raros. La revolución boliviana de 1952 fue obra de una alianza entre mineros y militares insurrectos y la más radical de las reformas sociales peruanas fue realizada por un régimen militar a finales de los sesenta y los setenta. Subestimaba también el potencial revolucionario de las acciones de masas al viejo estilo, tal como se dieron en Europa Oriental. Sin embargo, en el tercer cuarto del siglo, los ojos estaban puestos en la guerrilla. Sus tácticas fueron ampliamente propagadas por ideólogos de la izquierda radical, críticos de la política soviética. Mao Tse-tung (después de su ruptura con la URSS) y Fidel Castro después de 1959 (o más bien su camarada, el apuesto y errante Che Guevara, 1928-1967) sirvieron de inspiración a esos activistas.

Fue, singularmente, un movimiento relativamente pequeño, atípico pero victorioso, el que llevó la estrategia guerrillera a las primeras páginas del mundo entero: la revolución que se apoderó de la isla de Cuba el 1 de enero de 1959. Fidel Castro no era una figura insólita en la política latinoamericana: un joven vigoroso y carismático de una rica familia terrateniente, con ideas políticas confusas, pero decidido a demostrar su bravura personal y a convertirse en el héroe de cualquier causa de la libertad contra la tiranía que se le presentase en el momento adecuado. Incluso sus eslóganes políticos (¡Patria o Muerte! -originalmente ¿Victoria o Muerte! y ¡Venceremos!) pertenecían a una era anterior de los movimientos de liberación: admirables pero imprecisos. Tras un oscuro período entre las bandas de pistoleros de la política estudiantil en la Universidad de La Habana, optó por la rebelión contra el gobierno del general Fulgencio Batista (una conocida y tortuosa figura de la política cubana que había comenzado su carrera en un golpe militar en 1933, siendo sargento), que había tomado el poder de nuevo en 1952 y había derogado la Constitución. Fidel siguió una línea activista: ataque a un cuartel del ejército en 1953, prisión, exilio e invasión de Cuba por una fuerza guerrillera que, en su segundo intento, se estableció en las montañas de la provincia más remota.

Aunque mal preparada, la jugada mereció la pena. en términos militares la amenaza era modesta. Un camarada de Fidel, Che Guevara, médico argentino y guerrillero muy dotado, inició la conquista del resto de Cuba con 148 hombres, que llegaron a ser 300 cuando casi lo había conseguido. Las guerrillas del propio Fidel no ocuparon su primer pueblo de más de mil habitantes hasta diciembre de 1958. lo máximo que había demostrado hasta entonces -aunque no era poco- era que una fuerza irregular podía controlar un «territorio liberado» y defenderlo contra la ofensiva de un ejército desmoralizado. Fidel ganó porque el régimen de batista era frágil, carecía de apoyo real, excepto del nacido de las conveniencias e intereses personales, y estaba dirigido por un hombre al que la corrupción había vuelto ocioso.. se desmoronó en cuanto la oposición de todas las clases, desde la burguesía democrática hasta los comunistas, se unió contra el dictador y sus soldados, policías y torturadores llegaron a la conclusión de que su tiempo había pasado. Fidel lo puso en evidencia y, lógicamente, sus fuerzas heredaron el gobierno. Un mal régimen con escasos apoyos había sido derrotado. La mayoría de los cubanos vivió la victoria del ejército rebelde como un momento de liberación e ilimitadas esperanzas, personificadas en su joven comandante.Tal vez ningún otro líder del siglo XX, una era llena de figuras carismáticas, idolatradas por las masas, en los balcones y ante los micrófonos, tuvo menos oyentes escépticos u hostiles que este hombre corpulento, barbudo e impuntual, con su arrugado uniforme de batalla, que hablaba durante horas, compartiendo sus poco sistemáticos pensamientos con las multitudes atentas e incondicionales (incluyendo al que esto escribe). Por una vez, la revolución se vivía como una luna de miel colectiva. ¿Dónde iba a llevar? Tenía que ser por fuerza a un lugar mejor.

En los años cincuenta los rebeldes latinoamericanos no sólo se nutrían de la retórica de los libertadores históricos, desde Bolívar a Martí, sino de la tradición de la izquierda antiimperialista y revolucionaria posterior a 1917. Estaban a favor de una «reforma agraria», fuera cual fuese su significado y contra los Estados Unidos, especialmente en la pobre América Central, «tan lejos de Dios y tan cerca de los EEUU» como había dicho el viejo dirigente mexicano Porfirio Díaz. Aunque radical, ni Fidel ni sus camaradas (a excepción de dos de ellos) eran comunistas, ni aceptaban tener simpatías marxistas de ninguna clase. De hecho, el Partido Comunista cubano, el único partido de masas de la región junto al chileno, mostró escasas simpatías hacia Fidel, hasta que alguno de sus miembros se acercó bastante tarde en su campaña. Las relaciones entre ellos eran glaciales. Los diplomáticos estadounidenses discutían continuamente sobre la ideología comunista del movimiento, pero decidieron que no lo era. La CIA ya había derrocado un movimiento reformista en Guatemala y hubiera sabido muy bien qué hacer en Cuba.

Sin embargo la realidad empujaba al movimiento al comunismo, desde la ideología general de quienes estaban prestos a sumarse a insurrecciones armadas guerrilleras, hasta el apasionado anticomunismo del senador Mc Carthy, que hizo que los antiimperialistas latinoamericanos miraran a Marx con simpatía. La guerra fría hizo el resto. Si el nuevo régimen se oponía a Estados Unidos, y seguramente se opondría aunque fuera sólo amenazando las inversiones del país en la isla, podía contar con las simpatías del enemigo norteamericano. Además, la forma de gobernar de Fidel, con monólogos informales ante millones de personas, no era un modo adecuado para regir ni siquiera un pequeño país o una revolución por mucho tiempo. Incluso el populismo requiere organización. El Partido Comunista era el único que podía proporcionársela. Los dos se necesitaban y acabaron convergiendo. Sin embargo, en marzo de 1960, antes de que Fidel descubriera que Cuba tenía que ser socialista y que él mismo era comunista, aunque a su manera, Los EEUU habían decidido tratarle como tal y se autorizó a la CIA a derrocarlo. En 1961 lo intentaron a través de una invasión de exiliados en Bahía Cochinos y fracasaron. Una Cuba comunista pudo sobrevivir a unos ciento cincuenta kilómetros de Cayo Hueso, aislada por el bloqueo y cada vez más dependiente de la URSS.

Ninguna revolución estaba más preparada para atraer a la izquierda del hemisferio occidental y de los países desarrollados al fin de una década de conservadurismo general. O para dar a la estrategia guerrillera una mejor publicidad. La revolución cubana lo tenía todo: espíritu romántico, heroísmo en las montañas, antiguos líderes estudiantiles con la desinteresada generosidad de la juventud -el más viejo apenas superaba los treinta años-, un pueblo jubiloso en un paraíso tropical que latía a ritmo de rumba. Por si fuera poco, todos los revolucionarios de izquierda podían celebrarla. De hecho, los más inclinados a celebrarla habían de ser los críticos con Moscú, insatisfechos por la prioridad que los soviéticos daban a la coexistencia pacífica con el capitalismo. El ejemplo de Fidel inspiró a los intelectuales en toda América latina, un continente de gatillo fácil y donde el valor altuista, especialmente cuando se manifiesta en gestos heroicos, es bien recibido. Al poco tiempo Cuba comenzó a alentar una insurrección continental, animada especialmente por Guevara, el campeón de una revolución latinoamericana y de la creación de «dos, tres, muchos Vietnams». Un joven y brillante izquierdista francés (¿quién, si no?) proporcionó la ideología adecuada, que sostenía que, en un continente maduro para la revolución, todo lo que se necesitaba era llevar pequeños grupos de militantes armados a las montañas apropiadas y formar «focos» para luchar por la liberación de las masas (Debray, 1965).

En toda América latina grupos de jóvenes entusiastas se lanzaron a unas luchas guerrilleras condenadas de antemano al fracaso, bajo la bandera de Fidel, Trotsky o Mao. Excepto en América Central y en Colombia, donde había una vieja base de apoyo campesino para los resistentes armados, la mayoría de estos intentos fracasaron casi de inmediato, dejando tras de sí los cadáveres de los famosos -el mismo Che Guevara en Bolivia- y de los desconocidos. Resultaron ser un error espectacular, tanto más por cuanto, si se daban las condiciones adecuadas, en muchos de esos países eran posibles movimientos guerrilleros eficaces y duraderos, como mostraron las FARC.

Pero incluso cuando algunos campesinos emprendían la senda guerrillera, las guerrillas fueron pocas veces un movimiento campesino. Fueron sobre todo llevadas a las zonas rurales por jóvenes intelectuales que procedían de las clases medias de sus países, reforzados, más tarde, por una nueva generación de hijos y (raramente) hijas estudiantes de la pequeña burguesía rural. Esto era también válido en los casos en que la acción guerrillera se trasladaba de la zona rural al mundo de las grandes ciudades, como empezaron a hacer sectores de la izquierda revolucionaria del tercer mundo (por ejemplo en Brasil, Argentina y Uruguay). De hecho, las operaciones guerrilleras urbanas son más fáciles de realizar que las rurales, puesto que no es necesario contar con la solidaridad o connivencia de las masas, sino que pueden aprovechar el anonimato de la ciudad, el poder adquisitivo del dinero y la existencia de un mínimo de simpatizantes, en su mayoría de clase media.

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Número 64

Sobre Cuba / Abelardo Ramos

Sobre Cuba / Abelardo Ramos

El magnate Hearst gana una guerra

El magnate del periodismo amarillo, Hearst, propietario del Journal, envió a La Habana a su mejor dibujante, Frederic Remington y a un famoso periodista, Richard Harding Davis, a los que contrató por 3.000 dólares al mes para preparar la opinión pública norteamericana ante la guerra cuyo diario preconizaba. Pero ambos periodistas pasaban sus tediosas tardes en el bar del Hotel «Inglaterra»; bebiendo. Hasta que un día, casualmente sobrio, Remington telegrafió a Hearst: «Todo está tranquilo… No habrá guerra… Deseo volver». Hearst le respondió con otro telegrama que se hizo célebre: «Por favor quédese. Usted proporcione los dibujos y yo proporcionaré la guerra».

No eran sólo palabras. Hearst envió a las costas de Florida diversas naves cargadas de armas y medicamentos para los guerrilleros. Pulitzer, otro conocido periodista industrial de la Ética hacía lo mismo. Confesó más tarde que su propósito al provocar la guerra con España consistía en aumentar la circulación de sus diarios.

Finalmente, para «proteger los bienes norteamericanos», Estados Unidos envió una nave de guerra a La Habana. Era el «Maine». Una misteriosa explosión se produjo en la noche del 15 de febrero de 1898.

Con semejante y oportunísimo pretexto, Estados Unidos declaró la guerra al Imperio español moribundo. Los norteamericanos habían prestado antes su simpatía a los rebeldes cubanos para justificar su guerra contra España. Ahora les volvía la espalda y los calificaba de «bandoleros» o «aventureros». Si un Imperio terminaba, otro ocupaba su lugar.

Al saquear el legado colonial de España, Estados Unidos, sin reparar en la ironía de la historia, se anexó la Isla de los Ladrones.

A la luz de este somero cuadro se comprende que Fidel Castro no aparecería en la historia de Cuba por azar.


Los beneficios de la Enmienda Platt

Diversos procónsules yanquis se sucedieron en el gobierno de la infortunada Isla, entre ellos el célebre General Leonard Wood, que luego agitaría su látigo sobre las Islas Filipinas. Las disputas políticas internas de Cuba originaron la aplicación de las estipulaciones de la Enmienda Platt en varias oportunidades, o sea la intervención militar y política de Estados Unidos. De este modo, el Ministro de Guerra norteamericano, Taft, se proclamó a sí mismo gobernador general de la República de Cuba en 1906, siendo sucedido en tal cargo por Charles E. Magoon, que prosiguió una gestión caracterizada por la corrupción más desenfrenada y la entrega de descaradas concesiones a las grandes empresas mercantiles yanquis. Magoon, sin embargo, marcó su gestión por un hecho: fundó el ejército cubano, y puso a su frente al general Pino Guerra. No existía ejército en Cuba hasta ese momento, pues las fuerzas militares o habían sido españolas o norteamericanas. Las únicas fuerzas armadas realmente cubanas eran irregulares y habían combatido por la libertad de la isla hasta 1898. Su jefe, el general Máximo Gómez, recibió una compensación pecuniaria y se repartieron entre los soldados revolucionarios unos 3 millones de dólares, con lo cual entregaron las armas a las fuerzas de ocupación norteamericana. Así fue pacificada Cuba después de la derrota de España.

Magoon creó, pues, un «Ejército cubano»; hecho a su medida y a la medida del Ejército de ocupación yanqui, en otras palabras, un ejército de arribistas, concusionarios y policías típico de un protectorado. De ese cuerpo nació directamente Batista y el Ejército de Batista de 1958. Bajo la administración de Magoon «Cuba se convirtió en un paraíso para contratistas».

Una vez retiradas las fuerzas yanquis, los gobiernos cubanos sucesivos estuvieron sometidos al poder de veto del embajador yanqui.

El Congreso de Estados Unidos declaró la guerra a Alemania el 6 de abril de 1917; al día siguiente lo hacía Cuba. La prensa de La Habana llamaba al agregado militar yanqui el «asesor militar de Cuba». Un oficial yanqui dirigía un taller de confecciones para uniformes de soldados cubanos. Varios batallones de soldados yanquis acamparon durante toda la guerra (en realidad hasta 1922) en Camagüey. La censura postal y telegráfica durante la guerra estuvo a cargo de oficiales yanquis. Esto fue recompensado, porque una delegación cubana se sentó entre las potencias vencedoras en Versalles. La cotización del azúcar cubano subió durante el conflicto hasta 4,60 centavos de dólar la libra. Naturalmente este paraíso del dólar debía encontrar su estadista típico. El destino señaló a un obscuro empleado cubano de la General Electric Company, Gerardo Machado, que había brindado pruebas inequívocas de mansedumbre y destreza satisfactorias para sus amos. Para lanzarlo a la política con títulos suficientes, la General Electric lo hizo general del Ejército. Desde su nueva posición continuó prestando servicios con tal eficacia que hacia 1925 los intereses norteamericanos «dominaban virtualmente todos los servicios públicos en Cuba, fuera de la ciudad de La Habana». Como era de estricta justicia, esta proeza le abrió a Machado el camino del poder supremo.


La sociedad cubana

La dictadura del «general»; Machado entre 1924 y 1933 reafirmó los dos rasgos propios de los gobiernos cubanos desde principios de siglo: absoluto servilismo hacia Estados Unidos y un desenfrenado pillaje hacia adentro. A partir de 1930 la crisis mundial castigó cruelmente la economía monocultora de Cuba, como al resto de América Latina. La pequeña burguesía urbana y los intelectuales empobrecidos se hicieron nacionalistas. Comenzó a gestarse una protesta generalizada contra la abyección impuesta por Estados Unidos. La influencia del aprismo peruano se hizo sentir ideológicamente en la Universidad. El movimiento político encabezado por el Dr. Ramón Grau San Martín se extendió y alcanzó popularidad.

En 1933 cae Machado. Aparece en escena el sargento Fulgencio Batista, que organiza una conspiración de suboficiales, declara abolidos todos los grados superiores a coronel, se designa coronel él mismo y a sus camaradas sargentos y arroja del Ejército a la masa de oficiales ultracorrompidos y parásitos. «La mayor parte de esos oficiales jamás se habían levantado temprano. Solían dejar a Batista y a sus sargentos el trabajo de reemplazarlos». Desde esa época hasta el triunfo de la revolución cubana Batista domina directa o indirectamente la política de la Isla. Esos nuevos coroneles y generales designados por el ex sargento se instalan gozosamente en el presupuesto militar y en las granjerías del Estado. Siguen el camino ya abierto por los antecesores y jefes del procónsul Magoon. El Ejército de Batista refleja diáfanamente la putrefacción de la sociedad cubana creada por la Enmienda Platt. Una importante clase media urbana de altos ingresos, dependiente de la burguesía comercial portuaria, ofrecía el espectáculo brillante de La Habana, como en casi todas las capitales de las semicolonias. Esa burguesía comercial y esa aristocracia rural vivían en la ciudad, ligadas a la pequeña burguesía profesional, técnica e intelectual; gozaban de un nivel de vida radicalmente superior a la gran mayoría del pueblo cubano, sometido a la unilateral economía agraria.

Un adversario de la revolución cubana ha admitido que el alto ingreso per capita de Cuba no es una base suficiente para juzgar el nivel de su población. Confiesa que la economía azucarera de Cuba permanecía estancada y que «la zafra duraba generalmente sólo unos tres meses y durante el resto, ‘el tiempo muerto’, la mayoría de los trabajadores agrícolas o de los ingenios debían arreglárselas por su cuenta como mejor pudieran».

El mismo autor estima que en los peores momentos había en Cuba unos 500.000 trabajadores que no podían ser asimilados por el orden económico imperante. Esto significa, promedialmente, alrededor de 2.500.000 almas sobre 6 millones de habitantes que carecían de lo indispensable. Ni el profesor Draper podrá negar que Cuba careciera, aún sin ideología alguna, de un buen programa revolucionario. Pero, naturalmente, como en todos los países semicoloniales, había otro polo moderno. En las ciudades, la burguesía comercial, la clase media, y sus capas inferiores estaban vinculadas al vasallaje lucrativo del turismo, al mundo de «los servicios»: casas de juego,taxistas, proxenetas, burdeles, cabarets, hoteles, lustrabotas, fotógrafos,bailarinas, comisionistas, agencias de propaganda, gran prensa, dibujantes,talleres de reparación de automóviles, agentes de viajes, dentistas para turistas, parteras para turistas, médicos para turistas, granjas y productos especiales para consumo de altos ingresos, oficinas de importación de rubros suntuarios, cadenas de televisión y radio, la industria múltiple, pública y secreta de la diversión. El órgano habanero de la comunidad de negocios norteamericana escribía con orgullo: «La Habana es Las Vegas de Latinoamérica». Al mismo tiempo, surgía cierta forma de desarrollo industrial con su consiguiente clase obrera. Las industrias más importantes transformaban derivados del níquel, de azúcar o del tabaco en establecimientos industriales con altos salarios. Se trataba de productos destinados a la exportación.

Para el mercado interno se fabricaban fibras sintéticas, los detergentes, el vidrio, coca-cola, ginger ale: «estas industrias tenían un servicio de mantenimiento norteamericano y los elementos y repuestos necesarios se importaban por vía aérea en doce a veinticuatro horas».

Pero al mismo tiempo que el centro urbano asumía características modernas, el polo agrario reflejaba la rigidez de la producción azucarera y la dependencia de la estructura de precios dictada por Estados Unidos: un mundo de trabajadores marginales, o desocupados perpetuos, trabajadores ocasionales cuya cólera era contenida por el régimen de Batista, su gran policía militar y su Ejército policial de sátrapas.

No haremos aquí la historia política de las décadas anteriores a la revolución. Nuestro propósito se reduce a mostrar el cuadro social de esta revolución, sus tensiones internas y los factores desencadenantes de la crisis revolucionaria. El régimen de Batista que se había apoderado de Cuba durante largos años encontraba su verdadero fundamento en la absoluta incondicionalidad con Estados Unidos en el triple plano de la política militar, de la política exterior y de la política económica. Esto le aseguraba un «bill» de indemnidad e impunidad perenne. Pero lo que era soportable para Estados Unidos llegó a ser intolerable a la propia burguesía comercial pro-yanqui, a las clases medias, a los estudiantes y a un sector de los intereses norteamericanos radicados en Cuba. La pequeña burguesía acomodada de Cuba no sólo quería disfrutar de la leche norteamericana en lata y de los autos último modelo, sino que exigía también un pequeño Capitolio blanco y la vigencia del «habeas corpus». ¡Era demasiado! Justamente era lo único que Estados Unidos no podía exportar a sus colonias.


El «ejército» de Batista

El respaldo fundamental de Batista era el Ejército que había desmantelado en 1933 y que había rehecho con sus camaradas de confianza. Era muy fácil ascender en el Ejército de Batista. Se podía ingresar como simple soldado y treinta meses después ser subteniente. El Coronel Pedro A. Barrera Pérez ingresó como soldado en 1942 y en 1954 era teniente coronel. Y no se trataba de una carrera excepcional. De acuerdo con el Reglamento del Ejército de Cuba había tres formas de lograr ascenso: por selección, por antigüedad y por oposición. Naturalmente, todos los ascensos eran por selección: Batista ascendía de a tres grados de un golpe a los hombres de confianza. Convirtió al Ejército en una leonera de ambiciones e intrigas sin límite. Cuando Batista dio un golpe de Estado en 1952, para recuperar el poder, recompensó al teniente Rafael Salas Cañizares con el grado de Brigadier General y la Jefatura de Policía. Al capitán Luis Robaina Piedra lo ascendió a general de brigada; al capitán Jorge García Tuñón, a general de brigada; lo mismo que al capitán Juan Rojas González. ¿Quién se resistía a esta maravilla? El presupuesto militar se recargaba, naturalmente, porque ese Ejército estaba agobiado de generales y coroneles, pero Batista era un dispensador infatigable de ascensos napoleónicos. Cada sector del ejército o de las fuerzas de represión, se convertía en un feudo cerrado, en abierto antagonismo con los restantes. Entre el jefe de policía y el jefe del Ejército se luchaba por la hegemonía. Así, el segundo llamó a filas a oficiales retirados desde 1933 y los reincorporó para reforzar su posición en el Ejército, haciéndoles pagar la totalidad de los sueldos que habían dejado de percibir durante los veinte o veinticinco años de retiro. Con estas erogaciones monstruosas no resulta nada extraño que el Ejército de Batista al comenzar la lucha guerrillera careciera de las armas modernas y del equipo más indispensable, que hubo de importarse apresuradamente desde los Estados Unidos ante el comienzo de la lucha armada. Los negocios de los jefes militares eran notorios y desmoralizaban al Ejército.

El estado de ebriedad, la ineptitud técnica, los actos criminales, las venganzas personales, se distribuían las luces y las sombras de las fuerzas armadas. Uno de los principales jefes militares que combatieron las guerrillas era el coronel Río Chaviano. Según su colega en el exilio, el coronel Barrera Pérez, Río Chaviano había sido justamente acusado por otro militar, el comandante Morales, «de explotar el juego, dando detalles sobre los lugares donde estaban instalados los garitos; que lucraba con el contrabando en gran escala; que participaba en orgías y bacanales casi diarias y llegaba hasta asegurar hechos de tal monstruosidad que lindan con lo amoral».

En 1954 con motivo de realizarse elecciones, el Ejército intervino de tal manera en la manipulación de los votos, que indicaba públicamente las cantidades de dinero recibidas por los diversos mandos militares para realizar esa tarea.

En cuanto al material, casi todas las unidades del Ejército estaban usando fusiles Springfiel de 1903, ametralladoras livianas y pesadas de 1917, desechadas por el Ejército de Estados Unidos después de la primera guerra mundial. Las municiones «eran lotes que desde muchos años antes habían sido almacenados, sin utilizarlos en prácticas de tiro, y los equipos de comunicaciones y transportes completamente ineficientes».

La explicación era sencilla: el jefe del Cuartel Maestre General del Ejército era el General de Brigada Luis Robaina Piedra, consuegro de Batista, que manejaba los presupuestos militares como propios. Eran tajes los negocios que se hacían en el Cuartel Maestre «que cuando muchos oficiales iban a referirse al General Robaina lo denominaban el «comerciante Don Luis»».

En 1956, Batista aprovechó el Plan de Ayuda Mutua, Punto Cuarto, para organizar algunas unidades con nuevos equipos; los oficiales fueron enviados a seguir en Estantíos Unidos cursos especiales.

El régimen policial de Batista llegó a ser un flagelo para la clase media urbana, para sus hijos en la Universidad, para el propio núcleo del comercio importador habanero y, en general, para las clases cultas que vivían en perpetuo sobresalto por las tropelías del sistema. En este cuadro emergió Fidel Castro, líder estudiantil, hijo de terratenientes, resuelto luchador político y antiguo candidato a diputado por el Partido Ortodoxo de Eduardo Chibas. El apoyo político que se brindó a Castro fue en aumento a medida que la acción guerrillera se demostraba capaz de crear un foco armado contra un régimen que sólo podía entender el lenguaje de las armas. Fueron justamente las clases más acomodadas de Cuba las que brindaron su simpatía y ayuda a Castro.


Además de los guerrilleros

El movimiento de Fidel recaudaba fondos para la guerrilla en Nueva York y recibía ayuda del Presidente de Costa Rica, José Figueres. Por su parte, el Almirante Larrazábal, Presidente de la Junta Democrática de Gobierno de Venezuela al caer Pérez Giménez, enviaba a los guerrilleros un avión con armas, lo mismo que la Marina Argentina, en tiempos de la dictadura oligárquica de Aramburu-Rojas. Aún durante la presidencia de Frondizi, esa ayuda continuó, según medios allegados al ex Vicepresidente Alejandro Gómez, luego visitante de Cuba. Al comentar este formidable apoyo Debray añade la «notoriedad mundial, muy protectora de las cadenas capitalistas de difusión, Life y París Match».

El conocido corresponsal del imperialista New York Times, Hebert Matthews,visitaba a Fidel en Sierra Maestra y escribía grandes y cordiales reportajes. El ex Presidente Prío Socarras financiaba otra expedición militar contra Batista, que operó desde la Sierra de Escambray. El corresponsal del Chicago Tribune y el Presidente de la S.I.P., Jules Dubois, participa activamente en las reuniones conspirativas contra Batista que se realizaban en La Habana. Dichas reuniones se hacían con frecuencia en las lujosas residencias de la aristocracia habanera, de los directores de Bancos norteamericanos de la Capital, en los exclusivos Clubs de Tennis o en el Country Club.

En este último se organizó un banquete en honor de Dubois. Concurrieron el Presidente de la Cámara de Comercio, el Rector de la Universidad de Oriente, el cura Presidente de la Juventud Católica, un importante exportador de café, los Presidentes de los Clubs de Leones, del Rotary, de la Asociación Médica, del Colegio de Abogados, etc. Había una silla vacía en el banquete. Le explicaron a Dubois que era el sitio simbólico reservado a Fidel Castro, que luchaba por la libertad de Cuba en la Sierra.

A Castro se sumaron luego tres jóvenes norteamericanos, hijos de funcionarios de la base naval de Guantánamo, que subieron a la Sierra Maestra para luchar. El Arzobispo de Santiago de Cuba enviaba capellanes para los guerrilleros mientras se los negaba al Ejército mercenario de Batista. «Así Castro tendría que convertirse en el Robin Hood de la Sierra Maestra» escribe Dubois en el momento de mayor éxtasis de la prensa yanqui, inmediatamente después del triunfo revolucionario. La presión del imperialismo yanqui contra Batista, a través de su prensa, era sintetizada por el mismo Dubois en su informe a la S.I.P.

«Batista jamás podría volver a gobernar a Cuba con libertad de prensa, pues virtualmente todo el país se oponía a él y consideraba inconstitucional su gobierno».

Basta releer la lista de adheridos al llamado Conjunto de Instituciones Cubanas (en general, las corporaciones profesionales, religiosas y técnicas de la alta clase media cubana) y el texto de su manifiesto al pueblo de Cuba, para comprender que el aislamiento político de Batista era total. La gangrena del régimen se extendió al Ejército, que se convirtió en un nido de conspiraciones. Resulta verdaderamente notable que en medio de este vasto «frente», que no era precisamente un «frente nacional», sino un «frente democrático liberal cipayo», Fidel Castro con sus camaradas haya podido lanzarse hacia adelante,transformarse en nacionalista primero y en marxista después. Esta, y no la teoría de la guerrilla, que no resiste el menor análisis, es la mayor originalidad de la revolución cubana.

Esta «Alianza de clases» permitió a Fidel alcanzar el poder cuando Batista huyó y el ejército prácticamente se disolvió sin lucha. Se comprenderá que sólo 300 o 400 guerrilleros no habrían estado en condiciones de librar una lucha frontal contra un ejército de 30.000 hombres si este ejército hubiera existido como tal. La restitución de los hechos que condujeron al triunfo de la revolución cubana es esencial para impedir ilusiones peligrosas en el resto de América Latina y en nada disminuye los títulos de Fidel Castro como caudillo político, más bien que como jefe militar. Por el contrario, los sitúa en una dimensión mayor y más imprevista, pues Fidel invierte el hábito tan común en América Latina, de subir al caballo por la izquierda para terminar bajándose del caballo por la derecha. En su coraje moral para romper el círculo liberal cipayo que lo acompañó hasta el poder, tanto como en su coraje militar, se cifra la gloria de este latinoamericano de nuestra época que no vaciló en abrazar la bandera del socialismo.

Pero la propia historia de la revolución cubana invalida la teoría del foco guerrillero que abstrae las especificidades de la situación político-social en que dicho foco aparece. La supresión de la lucha nacional de los países atrasados contra el imperialismo, con sus naturales formulaciones de agitación, propaganda, huelgas, campañas parlamentarias, combate ideológico, y su sustitución por un recetario empírico de fórmulas técnicas vaciadas de su contenido político, conduce a la misma vía muerta que predican los amigos de la coexistencia pacífica. La guerrilla es uno de los recursos técnicos en el amplio espectro del arsenal revolucionario; renunciar por principio a ella, resultaría tan ilógico como renunciar por principio al sabotaje, al análisis de una estadística, a la lucha parlamentaria o sindical. Del mismo modo, un marxista rechazará con mayor energía todavía a los «propagadores de marasmo», que defienden la teoría del «camino pacífico» hacia el socialismo. Es obvio que ninguna clase social reaccionaria de América Latina y del mundo cederá su lugar por la persuasión a la nueva clase social que lucha por reemplazarla. Este debate con los reformistas concluyó en 1917.


De Batista a la revolución de Castro

Batista había disfrutado de años felices. Se decía que la admiración que le profesaba Arthur Gardner, embajador del Presidente Einsenhower en La Habana era tan melosa, que hasta se volvía molesta para el dictador cubano. Los negocios marchaban bien. Una multitud aclamaba a la mujer de Batista cuando aparecía en público: «¡Marta del Pueblo!» se gritaba. El mundo de los negocios, tanto en Estados Unidos como en Cuba, veía en Batista un gobernante serio, de mano quizás dura, pero que guardaba las formas legales y hasta se permitía tolerar la propaganda de los comunistas, sus amigos de otros tiempos. En realidad, el partido Comunista, que había integrado el gabinete del General Batista durante la segunda guerra mundial (cuando la consigna de Moscú era «derrotar al nazi-facismo») se mantuvieron algo al margen de la lucha política en los últimos años de Batista y guardaron igual distancia respecto al Movimiento 26 de julio fundado por Fidel Castro. Los comunistas ejercían influencia sobre los sindicatos cubanos, donde Fidel Castro contaba con escaso apoyo.

En la Universidad, de tradición impregnada de violencia, tampoco Fidel Castro era un líder reconocido. Su prisión, después del frustado asalto al Cuartel de Moneada en 1953, y su posterior amnistía, no modificaron su adhesión a las vagas teorías moralizadoras de Eduardo Chibas. Líder ortodoxo (una corriente vagamente democrática de un tibio antiimperialismo, en todo caso, un partido de categórico moralismo) Chibas se había suicidado ante el micrófono de una radio habanera como protesta por la corrupción de la política y la vida cubana. Pero era tan profunda esa corrupción y el carácter incontrolable de la ^policía,las frecuentes desapariciones de opositores, los asesinatos de estudiantes, las torturas, que ni siquiera la particular habilidad política de Batista, que protegía a los agentes más siniestros del sistema, lograron impedir al cabo el vuelco de la burguesía comercial y de las clases medias ilustradas hacia la más tenaz oposición. Al mismo tiempo, Estados Unidos observó con alarma creciente que su presidente de confianza se convertía en un sátrapa universalmente detestado. Nadie hacía escándalo por su fortuna privada (que algunos hacían ascender a 300 millones de dólares). Sólo el Jefe de Policía, Coronel Salas Cañizares, se embolsaba 750.000 dólares por mes de un original impuesto ilegal para proteger las redes de garitos de juegos clandestinos. La vida política cubana era rica en ejemplos semejantes, aún entre los opositores a Batista. Tal era el caso de Prío Socarras, financiador luego de Fidel Castro, o de Grau San Martín, acusado por corrupción. Lo que resultaba intolerable para la sociedad acomodada, vinculada estructuralmente a los Estados Unidos, era la inseguridad personal. Los sátrapas y subsátrapas de América Latina en el ejercicio de su régimen amistoso con Estados Unidos convirtieron en guerrilleros sin proponérselo a numerosos jóvenes universitarios educados en la admiración a los protectores del Norte. Tal es la paradoja. Quedaría por señalar el papel de la guerrilla en el triunfo de Fidel Castro.


Revolución y leyenda

Toda revolución triunfante engendra su leyenda, más alfa de la voluntad de los propios triunfadores y a veces por su voluntad. Durante muchos años, y en particular por la acción de Ernesto Che Guevara, se difundió en América Latina la idea errónea de que gracias a la acción de la guerrilla, los revolucionarios cubanos derrotaron al Ejército y conquistaron el poder. Dicha tesis no sólo es falsa, sino que contribuyó al derramamiento de sangre en América Latina y a todo género de aventuras sin destino.

El autor redactó en 1964 una crítica a las teorías del Che Guevara. Sólo diremos aquí que habría sido imposible que sólo 300 guerrilleros (cifra máxima, admitida por Fidel Castro) lograran derrotar a un Ejército profesional si ese Ejército realmente hubiera existido. La revolución cubana no sólo triunfó por la decisión revolucionaria de Fidel Castro sino ante todo por la descomposición general de la sociedad semi-colonial cubana, la naturaleza policial de la fuerza armada de Batista, (que vendía sus armas a los guerrilleros) y el apoyo masivo de la prensa norteamericana. Sin el conjunto de circunstancias sociales, económicas, políticas, geográficas e históricas de la Cuba de 1953-1958 la guerrilla, por sí sola, no habría triunfado jamás. Abstraer de tales circunstancias el «método» guerrillero para volverlo aplicable a todo país y todo tiempo, constituyó un error fatal que hizo vivir horas amargas a la América Latina. No debe buscarse en las facultades militares de Fidel Castro el secreto de su victoria sino en su notable flexibilidad política y en su arte para tejer alianzas que lo condujeran a la meta.

Ya a principios de 1958 Estados Unidos decretaba un embargo de armas destinadas a Batista (1.950 fusiles Garand), que estaban embalados en los muelles de Nueva York. Batista advirtió que sus poderosos amigos empezaban a abandonarlo, el corresponsal del New York Times, Herber Matthews, que estaba en La Habana y se había entrevistado con Castro en la Sierra Maestra,escribía en su diario del jefe guerrillero: «La figura más notable y romántica… de la historia cubana desde José Martí».

Por el contrario, a Fidel Castro las armas le llegaban en abundancia desde Estados Unidos, adquiridas con dinero de simpatizantes del país del Norte. El embajador norteamericano Earl Smith dijo al embajador inglés Alfred Stanley Fordham que Estados Unidos esperaba en caso de alguna grave emergencia, que ambos actuasen como «hermanos siameses». En esa oportunidad, como en la guerra de Malvinas, la unidad anglo-sajona pasó por sus mejores días.

«Los que visitaban las ciudades seguían asombrándose de hasta qué punto las clases medias y los profesionales apoyaban a Castro, sobre todo en Santiago, donde los barrios residenciales elegantes, como Vista Alegre o el Club de Campo, parecían recintos fortificados del Movimiento 26 de julio».

A fines de noviembre de 1958, en el Departamento de Estado y en la CÍA de Washington se celebraron reuniones con el embajador en La Habana y el ex Embajador Pawly para discutir sobre la necesidad de que Batista renunciara y evitar con un gobierno diferente, que Fidel Castro se quedase con el poder. Ya era tarde. El 10 de diciembre, en La Habana, dijo al Ministro de Relaciones Exteriores de Batista, Dr. Guell, que «los Estados Unidos no van a seguir apoyando al actual gobierno de Cuba y de que mi gobierno cree que el Presidente está perdiendo el control efectivo».

La espectral resistencia militar, con sus coroneles contrabandistas, borrachos y venales, se deshacía hora por hora.

El 17 de diciembre de 1958 el Embajador Smith visitó a Batista en su despacho presidencial, rodeado de bustos de Abraham Lincoln. De nada le sirvieron los bustos al dictador. Smith le dijo que «si se retiraba evitaría el derramamiento de sangre». Batista ordenó tener dispuesto su avión personal. A las 3 de la madrugada del 1ro. de enero de 1959 el Presidente subió al aparato con 40 acompañantes civiles y militares y voló hacia la República Dominicana. Horas después, entraban a La Habana menos de 300 hombres, mal armados y sin experiencia profesional, que se apoderaron del poder vacante.

Demócrata, nacionalista y finalmente marxista, Fidel Castro y Cuba brindaron la más amarga desilusión a los Estados Unidos desde la catástrofe militar de Chiang-Kai- Shek en la inmensa China.

La revolución cubana, con su ruptura de los marcos del capitalismo semi-colonial y sus tentativas de transformación social -que sería preferible no designar ahora como «socialistas»- abrió una nueva época en la resolución de los problemas de América Latina.

Sería injusto reprocharle a esa revolución su excesiva «dependencia» de la Unión Soviética: geográficamente situada en la boca de su más feroz enemigo,sin que la América Latina pudiera prestarle el menor apoyo, Cuba no tuvo más remedio que acordar con el bloque soviético medidas que la protegieran de un ataque norteamericano, con todas las consecuencias políticas que tal asociación originó. La revolución latinoamericana no puede aspirar a «un socialismo insular», sino a una Confederación de Estados, una «Nación de Repúblicas», para usar la expresión de Bolívar y sólo así, fortalecidas entre sí sus partes, podrá permanecer al margen del juego mortal entre el Este y el Oeste, y seguir su propio camino.

Estados Unidos vio desvanecerse la ilusión de un «imperium» en el Caribe y en Centroamérica. Pues de todo lo dicho no sería inoportuno deducir que el rapaz sistema de dominación norteamericana resultó al fin y al cabo el factor decisivo de su propia ruina.

Del libro Historia de la Nación latinoamericana.

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Número 64

El pensamiento político de Ernesto Guevara (extractos) / Revista Malabia

El pensamiento político de Ernesto Guevara (extractos) / Revista Malabia

Extracto del discurso pronunciado por el Dr. Ernesto Guevara en el Paraninfo de la Universidad de la República, en Montevideo, el 17 de agosto de 1961.


La fuerza es el recurso definitivo que queda a los pueblos. Nunca un pueblo puede renunciar a la fuerza, pero la fuerza solamente se utiliza para luchar contra el que la ejerce en forma indiscriminada. Y nosotros -les podrá parecer extraño que hablemos así, pero es cierto-, nosotros iniciamos el camino de la lucha armada, un camino muy triste, muy doloroso, que sembró de muertos todo el territorio nacional, cuando no se pudo hacer otra cosa. Tengo las pretensiones personales de decir que conozco América, y que cada uno de sus países, en alguna forma, los he visitado, y puedo asegurarles que en nuestra América, en las condiciones actuales, no se da un país donde, como en el Uruguay, se permitan las manifestaciones de las ideas.

Se tendrá una manera de pensar u otra, y es lógico; y yo sé que los miembros del Gobierno del Uruguay no están de acuerdo con nuestras ideas. Sin embargo, nos permiten la expresión de estas ideas aquí, en la Universidad y en el territorio del país que está bajo el Gobierno uruguayo. De tal forma que eso es algo que no se logra, ni mucho menos, en los países de América.

Ustedes tienen algo que hay que cuidar, que es precisamente la posibilidad de expresar sus ideas; la posibilidad de avanzar por cauces democráticos hasta donde se pueda ir; la posibilidad, en fin, de ir creando esas condiciones que todos esperamos algún día se logren en América, para que podamos ser todos hermanos, para que no haya la explotación del hombre por el hombre ni siga la explotación del hombre por el hombre, (APLAUSOS) lo que no en todos casos sucederá lo mismo -sin derramar sangre, sin que se produzca nada de lo que se produjo en Cuba, que es que cuando se empieza el primer disparo, nunca se sabe cuándo será el último. Porque no hubo un último disparo el último día de la Revolución; hubo que seguir disparando. Nos dispararon, tuvimos que ser duros, tuvimos que castigar con la muerte a alguna gente; nos volvieron a atacar, nos han vuelto a atacar una vez más, y nos seguirán atacando.

Y esta lucha, en esta forma tan enardecida que a veces divide -incluso- hasta a miembros de la familia, naturalmente que permite una construcción muy rápida del país, naturalmente que hace que nuestro país marche a un ritmo terriblemente acelerado, pero también deja una serie de secuelas que después cuesta curar. Y no es bueno ni es bonito, porque hemos tenido que hacerlo y no nos arrepentimos, naturalmente, y creemos que lo que hemos hecho lo hemos hecho respondiendo a la justicia. (APLAUSOS) Pero si esas aspiraciones del desarrollo económico -que son, en definitiva, las aspiraciones de bienestar en cualquier forma que sea y como quiera llamársele-, la aspiración del pueblo a su bienestar se puede lograr por medios pacíficos, eso es lo ideal y eso es por lo que hay que luchar.

Bien, compañeros: hemos tenido un diálogo irregular, no muy académico; si ustedes no se ofenden, muy cubano en su forma de expresión, de intercambio. (APLAUSOS) Quisiera decirles que la impresión y el recuerdo que nos llevamos del pueblo uruguayo será imborrable. No son palabras, no valdría la pena decir palabras protocolares. Quizás es que no son nada más que pueblo, y sobra lo de uruguayo, porque todos los pueblos del mundo… En todo caso, podemos decir que de estas reuniones, del intercambio que hemos tenido estos días mis compañeros y yo con el pueblo uruguayo, nos llevamos un recuerdo imborrable, y que ese recuerdo servirá -como sirve siempre el recuerdo del pueblo y de los diálogos con el pueblo-, para indicarnos todos los días que nuestro compromiso es todavía más grande que con el de seis millones y medio de cubanos, que nuestro compromiso ha trascendido las fronteras de nuestra Isla, que se ha afincado en muchos lugares de América y que debemos todos los días trabajar y todos los días perfeccionarnos. Nosotros, sin embargo, debemos perfeccionarnos todos los días, cada vez con más ahínco, para ser dignos de ese compromiso que hemos contraído en estos días con ustedes. Nada más.


Extractos de una carta enviada a Carlos Quijano, Director del semanario Marcha de Uruguay

Lo difícil de entender para quien no viva la experiencia de la Revolución es esa estrecha unidad dialéctica existente entre el individuo y la masa, donde ambos se interrelacionan y, a su vez, la masa, como conjunto de individuos, se interrelaciona con los dirigentes.

En el capitalismo se pueden ver algunos fenómenos de este tipo cuando aparecen políticos capaces de lograr la movilización popular, pero si no se trata de un auténtico movimiento social, en cuyo caso no es plenamente lícito hablar de capitalismo, el movimiento vivirá lo que la vida de quien lo impulse o hasta el fin de las ilusiones populares, impuesto por el rigor de la sociedad capitalista. En ésta, el hombre está dirigido por un frío ordenamiento que, habitualmente, un invisible cordón umbilical que le liga a la sociedad en su conjunto: la ley del valor. Ella actúa en todos los aspectos de su vida, va modelando su camino y su destino.

Las leyes del capitalismo, invisibles para el común de las gentes y ciegas, actúan sobre el individuo sin que éste se percate. Sólo ve la amplitud de un horizonte que aparece infinito. Así lo presenta la propaganda capitalista que pretende extraer del caso Rockefeller —verídico o no—, una lección sobre las posibilidades de éxito. La miseria que es necesario acumular para que surja un ejemplo así y la suma de ruindades que conlleva una fortuna de esa magnitud, no aparecen en el cuadro y no siempre es posible a las fuerzas populares aclarar estos conceptos. (Cabría aquí la disquisición sobre cómo en los países imperialistas los obreros van perdiendo su espíritu internacional de clase al influjo de una cierta complicidad en la explotación de los países dependientes y cómo este hecho, al mismo tiempo, lima el espíritu de lucha de las masas en el propio país, pero ése es un tema que sale de la intención de estas notas.)

En el esquema de Marx se concebía el periodo de transición como resultado de la transformación explosiva del sistema capitalista destrozado por sus contradicciones; en la realidad posterior se ha visto cómo se desgajan del árbol imperialista algunos países que constituyen las ramas débiles, fenómeno previsto por Lenin. En éstos, el capitalismo se ha desarrollado lo suficiente como para hacer sentir sus efectos, de un modo u otro, sobre el pueblo, pero no son propias contradicciones las que, agotadas todas las posibilidades, hacen saltar el sistema. La lucha de liberación contra un opresor externo, la miseria provocada por accidentes extraños, como la guerra, cuyas consecuencias hacen recaer las clases privilegiadas sobre los explotados, los movimientos de liberación destinados a derrocar regímenes neocoloniales, son los factores habituales de desencadenamiento. La acción consciente hace el resto.

En estos países no se ha producido todavía una educación completa para el trabajo social y la riqueza dista de estar al alcance de las masas mediante el simple proceso de apropiación. El subdesarrollo por un lado y la habitual fuga de capitales hacia países «civilizados» por otro, hacen imposible un cambio rápido y sin sacrificios. Resta un gran tramo a recorrer en la construcción de la base económica y la tentación de seguir los caminos trillados del interés material, como palanca impulsora de un desarrollo acelerado, es muy grande.

Se corre el peligro de que los árboles impidan ver el bosque. Persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo (la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etcétera), se puede llegar a un callejón sin salida. Y se arriba allí tras de recorrer una larga distancia en la que los caminos se entrecruzan muchas veces y donde es difícil percibir el momento en que se equivocó la ruta. Entre tanto, la base económica adaptada ha hecho su trabajo de zapa sobre el desarrollo de la conciencia. Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre nuevo.

De allí que sea tan importante elegir correctamente el instrumento de movilización de las masas. Ese instrumento debe ser de índole moral, fundamentalmente, sin olvidar una correcta utilización del estímulo material, sobre todo de naturaleza social. Como ya dije, en momentos de peligro extremo es fácil potenciar los estímulos morales; para mantener su vigencia, es necesario el desarrollo de una conciencia en la que los valores adquieran categorías nuevas. La sociedad en su conjunto debe convertirse en una gigantesca escuela.

Las grandes líneas del fenómeno son similares al proceso de formación de la conciencia capitalista en su primera época. El capitalismo recurre a la fuerza, pero, además, educa a la gente en el sistema. La propaganda directa se realiza por los encargados por explicar la ineluctabilidad de un régimen de clase, ya sea de origen divino o por imposición de la naturaleza como ente mecánico. Esto aplaca a las masas que se ven oprimidas por un mal contra el cual no es posible la lucha. A continuación viene la esperanza, y en esto se diferencia de los anteriores regímenes de casta que no daban salida posible.

Para algunos continuará vigente todavía la fórmula de casta: el premio a los obedientes consiste en el arribo, después de la muerte, a otros mundos maravillosos donde los buenos son premiados, con lo que se sigue la vieja tradición. Para otros, la innovación: la separación en clases es fatal, pero los individuos pueden salir de aquélla a que pertenecen mediante el trabajo, la iniciativa, etcétera. Este proceso, y el de autoeducación para el triunfo, deben ser profundamente hipócritas; es la demostracion interesada de que una mentira es verdad.

En nuestro caso, la educación directa adquiere una importancia mucho mayor. La explicación es convincente porque es verdadera; no precisa de subterfugios. Se ejerce a través del aparato educativo del Estado en función de la cultura general, técnica e ideológica, por medio de organismos tales como el Ministerio de Educación y el aparato de divulgación del partido. La educación prende en las masas y la nueva actitud preconizada tiende a convertirse en hábito; la masa la va haciendo suya y presiona a quienes no se han educado todavía. Esta es la forma indirecta de educar a las masas, tan poderosa como aquella otra. Pero el proceso es consciente; el individuo recibe continuamente el impacto del nuevo poder social y percibe que no está completamente adecuado a él. Bajo el influjo de la presión que supone la educación indirecta, trata de acomodarse a una situación que siente justa y cuya propia falta de desarrollo le ha impedido hacerlo hasta ahora. Se autoeduca.

Hacemos todo lo posible por darle al trabajo esta nueva categoría de deber social y unirlo al desarrollo de la técnica, por un lado, lo que dará condiciones para una mayor libertad, y al trabajo voluntario por otro, basados en la apreciación marxista de que el hombre realmente alcanza su plena condición humana cuando produce sin la compulsión de la necesidad física de venderse como mercancía. Claro que todavía hay aspectos coactivos en el trabajo, aun cuando sea voluntario; el hombre no ha transformado toda la coerción que lo rodea en reflejo condicionado de naturaleza social y todavía produce, en muchos casos, bajo la presión del medio (compulsión moral, la llama Fidel). Todavía le falta el lograr la completa recreación espiritual ante su propia obra, sin la presión directa del medio social, pero ligado a él por los nuevos hábitos. Esto será el comunismo. El cambio no se produce automáticamente en la conciencia, como no se produce tampoco en la economía. Las variaciones son lentas y no son rítmicas; hay periodos de aceleración, otros pausados e incluso, de retroceso.

En el campo de las ideas que conducen a actividades no productivas, es más fácil ver la división entre necesidad material y espiritual. Desde hace mucho tiempo el hombre trata de liberarse de la enajenación mediante la cultura y el arte. Muere diariamente las ocho y más horas en que actúa como mercancía para resucitar en su creación espiritual. Pero este remedio porta los gérmenes de la misma enfermedad; es un ser solitario el que busca comunión con la naturaleza. Defiende su individualidad oprimida por el medio y reacciona ante las ideas estéticas como un ser único cuya aspiración es permanecer inmaculado. Se trata sólo de un intento de fuga. La ley del valor no es ya un mero reflejo de las relaciones de producción; los capitalistas monopolistas la rodean de un complicado andamiaje que la convierte en una sierva dócil, aun cuando los métodos que emplean sean puramente empíricos. La superestructura impone un tipo de arte en el cual hay que educar a los artistas. Los rebeldes son dominados por la maquinaria y sólo los talentos excepcionales podrán crear su propia obra. Los restantes devienen asalariados vergonzantes o son triturados.

Se inventa la investigación artística a la que se da como definitoria de la libertad, pero esta «investigación» tiene sus límites, imperceptibles hasta el momento de chocar con ellos, vale decir, de plantearse los reales problemas del hombre y su enajenación. La angustia sin sentido o el pasatiempo vulgar constituyen válvulas cómodas a la inquietud humana; se combate la idea de hacer del arte un arma de denuncia. Si se respetan las leyes del juego se consiguen todos los honores; los que podría tener un mono al inventar piruetas. La condición es no tratar de escapar de la jaula invisible.

La reacción contra el hombre del siglo XIX, nos ha traído la reincidencia en el decadentismo del siglo XX; no es un error demasiado grave, pero debemos superarlo, so pena de abrir un ancho cauce al revisionismo.

Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad. Quizás sea uno de los grandes dramas del dirigente; éste debe unir a un espíritu apasionado una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se contraiga un músculo. Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que idealizar ese amor a los pueblos, a las causas más sagradas y hacerlo único, indivisible. No pueden descender con su pequeña dosis de cariño cotidiano hacia los lugares donde el hombre común lo ejercita. En esas condiciones, hay que tener una gran dosis de humanidad, una gran dosis de sentido de la justicia y de la verdad para no caer en extremos dogmáticos, en escolasticismos fríos, en aislamiento de las masas. Todos los días hay que luchar porque ese amor a la humanidad viviente se transforme en hechos concretos, en actos que sirvan de ejemplo, de movilización.

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Entrevista a Guevara en Nueva York / Revista Malabia

Entrevista a Guevara en Nueva York / Revista Malabia

El 13 de diciembre de 1964, Ernesto Guevara, entonces Ministro del Gobierno cubano, fue entrevistado en el programa»Face de Nation»; por los periodistas Paul Niven (C.B.S.), Richard Hottelet (C.B.S. en Naciones Unidas) y Tad Szulc (New York Times). Dos días antes Guevara había pronunciado en la ONU su histórico discurso. El programa La pupila asombrada (TV cubana) rescató la entrevista años después.

Niven: Comandante Guevara, en su discurso de la Asamblea General antes de ayer, usted acusó a Estados Unidos de ayudar a los vecinos de Cuba a preparar nuevas agresiones contra ella. Nosotros, a nuestra vez, hemos acusado frecuentemente a su gobierno de promover la subversión en otros países latinoamericanos. ¿Ve usted alguna salida a esta situación; algún modo de mejorar las relaciones?

Guevara: Yo creo, con relación a las soluciones, que hay soluciones, y creo que hay sólo una. Hemos dicho repetidas veces al gobierno de Estados Unidos que nosotros queremos nada más que ellos se olviden de nosotros, que no se preocupen de nosotros, ni en bien ni en mal.

Niven: Comandante Guevara, tenemos otras preguntas acerca de las relaciones de Cuba con este país y con los países comunistas y acerca de su propia situación interna. Comandante Guevara, usted dijo hace un momento que a usted sencillamente le gustaría que nosotros los norteamericanos nos olvidáramos de Cuba. Su discurso del otro día sugiere que usted no puede olvidarse de nosotros; usted nos considera un gobierno hostil a 90 millas. ¿Cómo puede usted esperar que nosotros los olvidemos?

Guevara: Yo no dije exactamente que tenía la esperanza de que ustedes nos olvidaran. Usted me preguntó por una solución y yo dije cuál es esa solución, en el momento actual. Sí ello es posible o no, ésa es otra pregunta.

Szulc: Sr. Guevara, en varias oportunidades recientemente el Premier Fidel Castro ha sugerido en entrevistas con periodistas visitantes, y en otras ocasiones que debe hacerse un nuevo esfuerzo por normalizar las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, particularmente en el terreno del comercio y el intercambio. Como economista, ¿entiende usted personalmente que la reanudación de relaciones de esta naturaleza sería útil o provechosa para Cuba? En otras palabras, ¿le gustaría ver estas relaciones normalizarse?

Guevara: No como economista, porque nunca me he considerado un economista, sino como un funcionario del Gobierno Cubano, como un cubano más, creo que las relaciones armoniosas con Estados Unidos serían muy buenas para nosotros desde el punto de vista económico más que en cualquier otro campo, porque toda nuestra industria fue establecida por Estados Unidos y las materias primas y los repuestos qué tenemos que hacer con grandes dificultades o traerlos de otras áreas pudieran venir directamente. Además, el azúcar, para el cual tuvimos tradicionalmente el mercado norteamericano, que está también cercano.

Szulc: Comandante, si mi memoria me es fiel, en 1960 pronunció usted varios discursos, particularmente uno en marzo de 1960 en el que dijo que para Cuba, continuar vendiendo azúcar a Estados Unidos era una forma de colonialismo a la cual Cuba estaba sometida. ¿Ha cambiado usted de opinión acerca de esto?

Guevara: Naturalmente, porque aquéllas eran condiciones distintas. Nosotros vendíamos azúcar bajo condiciones específicas establecidas por compradores norteamericanos, los que a su vez dominaban el mercado y la producción interna de Cuba. Actualmente si vendiésemos azúcar a Estados Unidos sería el gobierno cubano el único que lo vendería y todos los beneficios serían para nuestro pueblo.

Hottelet: Doctor Guevara: Washington ha dicho que hay dos condiciones políticas para el establecimiento de relaciones normales entre Estados Unidos y Cuba. Una, abandono de sus compromisos militares con la Unión Soviética. La otra; el abandono de la política de exportar revolución a América Latina. ¿Ve usted alguna posibilidad de cambio en cualquiera de estos dos puntos?

Guevara: En absoluto. No ponemos condición de ninguna clase a Estados Unidos. No queremos que ellos cambien su sistema. No pretendemos que cese la discriminación racial en Estados Unidos. No ponemos condición alguna para el establecimiento de relaciones, pero tampoco aceptamos condiciones…

Hottelet: Pero mi pregunta es si usted aceptaría estas condiciones establecidas por Estados Unidos para la reanudación de relaciones normales.

Guevara: No aceptaremos condición alguna de Estados Unidos. No aceptaremos condición alguna impuesta a nosotros por Estados Unidos.

Hottelet: Pero en el asunto de los proyectiles rusos en Cuba y de las relaciones militares cubanas con la Unión Soviética, ¿cómo puede Estados Unidos estar seguro de que Cuba no será una amenaza estratégica nuevamente? ¿Aceptaría usted la inspección de las Naciones Unidas o la inspección de la Organización de los Estados Americanos en el lugar?

Guevara: Usted mencionó la Organización de Estados Americanos. Antes de ayer, el delegado colombiano habló: “de la órbita” de la OEA. Eso es en efecto, una órbita alrededor de Estados Unidos. Una inspección por semejantes delegados sería una inspección realizada por Estados Unidos. Usted dice que Estados Unidos no se siente seguro y nosotros le preguntamos a Estados Unidos, ¿podremos nosotros sentirnos seguros de que no existen proyectiles contra Cuba? Entonces, no podemos llegar a una solución armónica a menos que todos los países sean iguales en el mundo. Inspeccionemos todas las bases, las bases atómicas de Estados Unidos, e inspeccionemos también lo que tenemos en Cuba, y si usted lo desea, liquidemos todas las bases atómicas en Cuba y en Estados Unidos y nosotros estaremos en un completo acuerdo con eso.

Niven: Comandante ¿están ustedes, en realidad, tratando de exportar su Revolución? ¿Envían ustedes armas todos los días a otros países latinoamericanos? ¿Están ustedes trayendo revolucionarios dé otros países y devolviéndolos a su patria?

Guevara: También tuve la oportunidad de decirlo en la Asamblea y puedo repetirlo enfáticamente ahora: las revoluciones no se exportan. Las revoluciones son creadas por las condiciones de opresión que los gobiernos latinoamericanos ejercen contra los pueblos y de allí viene la rebelión y después emergen las nuevas Cuba… No somos nosotros los que creamos las revoluciones, es el sistema imperialista y sus aliados, aliados internos, lo que crean las revoluciones.

Niven: Pero su actitud hacia el actual gobierno de Venezuela, considerado en muchos países como izquierdista y progresista, ¿no sugiere que ustedes consideran a cualquier gobierno como opresor si éste no es comunista?

Guevara: Absolutamente no. Lo que nosotros consideramos es que el gobierno de Venezuela no es un gobierno izquierdista, no tiene nada de gobierno izquierdista. Es un gobierno opresor. Es criminal. Ha asesinado a los patriotas en las luchas campesinas en la región de Falcón, donde hay asesores militares de Estados Unidos. El gobierno que hoy hay en Venezuela —a pesar de que la prensa norteamericana no lo revela— no es un gobierno izquierdista.

Niven: ¿Existe algún gobierno en este hemisferio al cual Cuba considere como progresista?

Guevara: La palabra “progresista” es una palabra ambigua. Hay gobiernos con el cual mantenemos relaciones diplomáticas: el gobierno de México, con el cual tenemos buenas relaciones. Nuestros sistemas son diferentes. Respetamos su sistema. Estamos en completa armonía hasta la fecha y espero que continuemos en la misma forma. Pero si usted me pregunta mi concepto de América Latina, le diré que hay algunos gobiernos que oprimen a sus pueblos, mucho más que otros, y entre los menos opresivos, entre aquéllos con los cuales pudiéramos tener relaciones, sin dificultad alguna, están: Uruguay, Chile, tal vez Costa Rica, pero Estados Unidos no lo permite.

Hottelet: Pero todos estos países han roto relaciones diplomáticas con Cuba. ¿No se sienten ustedes aislados al no tener amigos en todo el hemisferio?

Guevara: Tenemos gran cantidad de amigos, pero no entre los gobiernos. Los amigos están en el pueblo y, en última instancia, los pueblos serán quienes gobernarán esos Estados.

Szulc: Pudiéramos cambiar la escena geográfica de la amistad o no amistad en el mundo. Usted hizo una visita a Moscú en noviembre, el mes pasado, después del cambio de la dirigencia máxima. Hemos tenido la impresión aquí de que el Gobierno de Cuba había adoptado una posición poco definida acerca de las dificultades entre la Unión Soviética y China, ideológicamente. ¿Pudiera usted decirnos, si como consecuencia de su visita, resulta más claro o más difícil para el Gobierno de Cuba adoptar una posición definida en relación con el problema soviético-chino?

Guevara: Puede que ustedes tengan la impresión de que nuestra actitud no es clara, pero nosotros tenemos la impresión de que nuestra actitud es muy clara. En efecto, hay un conflicto, un conflicto ideológico que todos conocemos. Hemos establecido nuestra posición en el sentido de la unidad entre los Estados socialistas. La unidad es la primera medida y sostenemos siempre que la unidad es necesaria porque la desunión favorece a Estados Unidos, que es nuestro enemigo y todo lo que esté a favor del enemigo debe ser eliminado. He ahí el por qué estamos a favor de la unidad. Creemos que existe la necesidad de fortalecer esta unidad y que ella será fortalecida y que el bloque monolítico de los países socialistas se formará otra vez.

Szulc: A principios de este año —creo que por primera vez en marzo y de nuevo en junio—, el Gobierno soviético, encabezado entonces por el Premier Jruschov, formuló invitaciones a un número de partidos comunistas o marxista- leninistas del mundo, incluido el Partido Socialista cubano o, más bien, el Partido Cubano de la Revolución Socialista, para que asistieran a una reunión preparatoria de Partidos Comunistas, en Moscú. Según recuerdo el Partido cubano es uno de los pocos que no ha contestado a esa invitación. Vemos hoy que el Gobierno soviético ha reiterado la invitación para una reunión preparatoria de países comunistas o marxistas leninistas en marzo, ¿aceptaría ahora su Gobierno, o su Partido, la invitación soviética?

Guevara: Eso será estudiado en el momento apropiado y daremos la respuesta. Es ésta una invitación formulada no al Gobierno sino al Partido y es el Partido el que tiene que responder. Yo estoy aquí representando al Gobierno ahora.

Hottelet: Comandante Guevara, usted es probablemente el más importante exponente de la guerra de guerrillas en el hemisferio occidental y usted ha dicho que los problemas de la Revolución en la América Latina se resolverán con balas más bien que con votos y, en general, su actitud dinámica ante estas cosas parece estar más cerca de la línea comunista china. También, Cuba nunca ha firmado el tratado que proscribe los ensayos nucleares en el espacio ultraterrestre, en la atmósfera y en el mar. Esta es también la posición comunista china. ¿No lo coloca esto a usted, realmente, en términos de su actitud práctica y en política, del lado chino de la cerca comunista?

Guevara: Bien, hay tres o cuatro preguntas comprendidas en una. Trataré de responder una por una. En primer lugar, hay una afirmación que me gustaría negar, o quizás la traducción no fue correcta. Según yo le oí, usted dijo que soy el exponente de las guerrillas en este hemisferio. Yo no soy el exponente de las guerrillas en este hemisferio. Yo diría que ese exponente lo sería Fidel Castro, líder de nuestra Revolución y quien tiene el papel más importante en la dirección de la lucha revolucionaria, y en la estrategia del Gobierno cubano. Respecto a las otras dos cuestiones específicas, no tenemos que participar en la controversia porque hay problemas muy específicos. El problema de la transición pacífica al socialismo, nosotros lo discutimos como una cuestión teórica, pero en América es muy difícil y es prácticamente imposible. Por eso es que específicamente nosotros decimos que en América, el camino para la liberación de los pueblos, que será el camino del socialismo, marchará a través de las balas en casi todos los países, y puedo pronosticar con tranquilidad que usted será testigo. Respecto al problema de firmar el nuevo tratado que proscribe los ensayos nucleares, hemos acogido con beneplácito ese paso como una medida que tiende a prevenir que se agraven las tensiones, pero hemos señalado muy claramente que nosotros, con una base militar norteamericana en nuestro territorio donde pudiera haber toda clase de armas, donde tenemos que sufrir toda clase de provocaciones, tenemos que soportar —resistir— los vuelos sobre nuestro territorio, nosotros no podemos firmar ese tratado porque seria una traición a nuestro pueblo. Esto es independiente del hecho de que recibimos con beneplácito el tratado en sus términos internacionales como beneficioso para el mundo, pero solo como un paso. No podemos quedarnos aquí. Debemos continuar adelante si es que queremos prevenir una guerra mundial.

Szulc: Usted ha sido, en todas ocasiones, según creo, un crítico claro y cándido, usted mismo, de lo que ha ocurrido con la economía cubana. He leído sus discursos en los que ha criticado los errores en la política y los errores de juicio. Ahora que ustedes están llegando al séptimo año de su revolución, ¿analizaría usted para nosotros, brevemente, lo que ha sucedido en la economía de su país? ¿Cree usted que pudieran comenzar a elevarse desde el punto en que han estado? ¿Qué pronostico haría respecto a la economía para 1965? ¿Será el séptimo año flaco o no lo será necesariamente?

Guevara: Es muy difícil la pregunta para contestarla en pocos instantes. Se me está bombardeando con preguntas para contestarlas en pocos instantes. Se me está bombardeando con preguntas de todas clases. Trataré de ser muy conciso y trataré de explicarlo al pueblo norteamericano. Hemos cometido un gran número de errores en el campo económico, naturalmente. Yo no soy el crítico. Es Fidel Castro, él es quien ha criticado repetidamente los errores que hemos cometido y él ha explicado por qué los hemos cometido. Nosotros no contamos con preparación previa. Hemos incurrido en errores en la agricultura y en la industria. Todas estas equivocaciones se están resolviendo ahora. En la industria estamos concentrando nuestro mejor esfuerzo en tratar de que las fábricas trabajen a una máxima capacidad; tratando de sustituir el equipo que está en malas condiciones debido a la falta de piezas de repuesto de los Estados Unidos, y que no podemos obtener en los Estados Unidos; tratamos de extender nuestra industria sobre la base de nuestros recursos primarios, y disminuir nuestra dependencia de mercados externos, y dedicar nuestros esfuerzos en 1965 al aspecto de la seguridad y la higiene del trabajo, para hacer nuestras fábricas mejores para el trabajador; que le trabajador se pueda sentir realmente un hombre pleno allí. Hemos tomado fábricas del sistema capitalista donde la cuestión más importante era producir, especialmente en Cuba. No quiero decir que en los Estados Unidos, las fábricas –las industriales- son ahora lugares de explotación donde el hombre está exprimido como una naranja. Sé que hay un gran número de ventajas aquí para el trabajador norteamericano, pero esas ventajas en Cuba no se habían logrado y las condiciones eran muy malas, poco saludables. Hemos dedicado nuestros esfuerzos a mejorar la vida, el tiempo que pasa un trabajador en una planta industrial. Ese será uno de nuestros principales esfuerzos durante el año próximo.

Hottelet: Me gustaría volver…

Niven: Tendremos otras preguntas respecto a la situación interna de Cuba.

Hottelet: Doctor Guevara, usted ha protestado por la presencia de la base naval norteamericana en Guantánamo y de los continuos vuelos de reconocimiento norteamericanos sobre Cuba. ¿Adoptarían ustedes alguna acción militar ya contra la base o contra los aviones?

Guevara: Bueno, tuvimos que explicar en la Asamblea el otro día que no nos gusta ser pretenciosos. Sabemos del poderío de los Estados Unidos. No nos engañamos con respecto a ese ese poderío. Nosotros decimos que ese gobierno de Estados Unidos quiere que paguemos un precio muy alto por esta coexistencia no pacífica que gozamos hoy, y el precio que estamos en condiciones de pagar llega solo hasta las fronteras de la dignidad. No va más allá. Si tenemos que arrodillarnos para vivir en paz, nos tendrán que matar antes. Si no quieren llegar hasta ese punto, continuaremos viviendo de la mejor manera posible, que es esta coexistencia no pacífica que tenemos actualmente con Estados Unidos.

Niven: ¿Qué significa en términos de diplomacia práctica, comandante? ¿Qué se propone usted hacer?

Guevara: Hemos denunciado en todas las asambleas, en todos los lugares en que hemos tenido la oportunidad de hablar, la ilegalidad de los vuelos, y el hecho de que existe una base en contra de la voluntad del pueblo cubano. Además, hemos denunciado el gran número de violaciones, de provocaciones desde esa base, según las estadísticas, y hemos pedido a los países No Alineados y a la Asamblea General de las Naciones Unidas que adopten medidas para evitar cosas como estas.

Szulc: Podríamos volver brevemente a alguno de los problemas políticos internos en Cuba acerca de los que hemos sabido en este país de una manera muy indirecta, y, por los cuales nos sentimos muy intrigados? Hemos leído recientemente que un miembro destacado del ex Partido Comunista de Cuba, el ex-senador Ordoqui, ha sido arrestado. Hemos sabido bastante acerca de las tensiones entre la llamada «vieja guardia» del Partido Comunista y el grupo del 26 de Julio. Hemos sabido el martes que el comandante Augusto Martínez Sánchez, quien era un amigo íntimo y compañero suyo y del doctor Castro, trató de suicidarse. Qué pasa internamente en Cuba?

Guevara: En Cuba no pasa nada que no podamos decir públicamente. El hecho del intento de suicidio de Augusto Martínez fue explicado en forma concisa y exacta por nuestro gobierno en un comunicado oficial. No hay nada que añadir. Entiendo que el pueblo norteamericano tiene el derecho, y especialmente la prensa, que no es muy amiga nuestra, a hacer todas las especulaciones y las ideas acerca de este hecho, de esta desgraciado hecho. Siempre existe la posibilidad de toda clase de especulaciones sobre esto, pero el hecho es como lo hemos expresado. Augusto Martínez Sánchez fue separado debido a problemas administrativos y su reacción fue intentar suicidarse. Deploramos esto porque se trata de él, y lo deploramos por la Revolución, porque ha dado ocasión a estas especulaciones. En cuanto a Ordoqui, hemos afirmado públicamente lo que hemos podido decir en este momento, y hemos expresado que en la oportunidad adecuada todo quedará explicado y Ordoqui recibirá una satisfacción pública. Todos nuestros documentos públicos no reflejan más que la verdad.

Niven: Comandante ¿puedo preguntarle qué porcentaje del pueblo de Cuba respalda la Revolución?

Guevara: Bueno…

Niven: Tenemos diez segundos.

Guevara: Es muy difícil en diez segundos. En este momento no tenemos elecciones, pero una gran mayoría del pueblo respalda a este Gobierno.

Niven: Gracias, comandante Guevara, por estar con nosotros en “Face the Nation” (Ante la Nación).

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Discurso de Guevara en la ONU (vídeo) / Revista Malabia

Discurso de Guevara en la ONU (vídeo) / Revista Malabia

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Número 63

El Escarabajo de Oro / Abelardo Castillo

Revista Malabia número 63

El Escarabajo de Oro / Abelardo Castillo

La revista El Escarabajo de Oro, dirigida durante todos sus números por el narrador Abelardo Castillo, se consolidó con el tiempo como una de las publicaciones más significativas de la década de 1960 y principios de la siguiente. Era la continuación de El Grillo de Papel, también dirigida por Castillo, que fue censurada.

El Escarabajo de Oro contaba en su staff con Arnoldo Liberman como Codirector, Liliana Heker como Secretaria de Redacción y Vicente Battista como Responsable de la publicación. El Consejo de Redacción estaba integrado por Eduardo Barquín, Raúl Scari, Alicia Saboulard, Miguel Briante, Lelia Varsi y Ricardo Piglia.

La revista estaba planteada no sólo como porteña, sino también como latinoamericana, y se definía de izquierda, por lo que polemizó con otras publicaciones de la época. Publicó cuentos, poemas, reportajes y reseñó una gran cantidad de obras literarias, cinematográficas y teatrales, siempre con evidente vocación de intervención crítica. En sus páginas asomaron personajes tan diversos como Sartre, Vargas Llosa, Henry Miller, Sábato, Marlon Brando o Juan Rulfo.

Su interpelación permanente a los lectores la llevó a erigirse en «editorial» para organizar concursos y de paso promovió los de otras editoriales. Su lectura, que se complementa con el primer proyecto de Castillo y con el tercero, El Ornitorrinco (1977-1986), es un asomarse a la narrativa, la poesía y los debates de su tiempo.


Abelardo Castillo
Editorial aparecido en Mayo de 1969. El Escarabajo de Oro Nº 39.





“No hay que darle más vueltas: lo que más odian es la inteligencia“. Estas palabras las escribió Unamuno, antes de dejarse morir de asco, a los setenta años: hace más de treinta. Son las últimas que escribió. Y ni su edad al estamparlas ni el tiempo que ha pasado modifican su sentido. Lo que más odian, no hay nada que hacerle, es la inteligencia. Mientras redactamos esta página, hoy, noche del 30 de mayo de 1969, la policía, las tropas, los gendarmes marchan sobre los estudiantes en Córdoba en Medellín en Guayaquil, en Quito. Una manera aborigen, no del todo filosófica, de darle la razón a don Miguel. Aborrecen la inteligencia. Pero no me refiero a la policía, ni siquiera al ejército. El sistema, todo el sistema la detesta. Escribimos esto y escuchamos Radio Porteña. Intelectualmente hablando, es una experiencia interesante. Si uno sobrevive, puede comprender mejor a Unamuno. El tercer cuerpo del Ejército Argentino, y la gendarmería y la Aeronáutica, en una operación “pinza”, cargan sobre los universitarios acantonados en el Barrio Clínicas, en Córdoba. Parece que revoltosos los agreden, tiran piedras, exigen que los problemas universitarios sean tratados por universitarios; se habla también de botellas molotov, de armas calibre 22, se habla de que los obreros pelean a la par. Evidentemente están organizados. Menos mal que las Fuerzas del Orden también: tienen obuses, ametralladoras pesadas, todas las balas calibre 45 del país. Llegado el caso tienen tanques, y aviones, y si hace falta apelan a Dios y (hasta hoy) se hubiera dicho que también lo tenían. No obstante, estas poderosas razones no han querido (prudentemente) intervenir hasta que se descubrió “que el tipo de acción desplegado por los estudiantes no era habitual en nuestro medio”. A partir de ese descubrimiento, en nuestro medio se le puede pegar un tiro a cualquier persona que circule por las calles de Córdoba después del toque de queda. También, dice la radio, se festejó con solemnidad el día del ejército y un nuevo aniversario del Acuerdo de San Nicolás. Hubo un homenaje a alguien en La Recoleta. Algo pasó con Krieger Vasena y un préstamo pedido a EE.UU. por 25 millones de dólares. En la sede de alguna cosa fue condecorado alguien, el Jefe del Estado Mayor chileno, me parece. En Comodoro Rivadavia se verificó una harto enérgica y numerosa vacunación contra la gripe. Es o fue el aniversario del Banco Central. También, el Día del Bicicletero. El secretario de gobierno viajó al interior. Notó que todo estaba normal. En Tafí Viejo hay otros cuatro obreros muertos. Otras noticias a propósito de la humedad (92 %), la entrega de uniformes y la ejecución (en el sentido de tocar) del Himno Nacional en Ezeiza no hacen quizá a lo que importa de este editorial. Porque no hay vuelta que darle: lo que más odian es la inteligencia. Y no, la policía, lo repito, ni los soldados. La policía, al fin de cuentas, no ha hecho más que demostrar en todo el mundo su absoluta incapacidad para controlar la imaginación subversiva de la juventud (el diario dice que un comisario rosarino, por ejemplo murió ayer: de un infarto) y los soldados son en esencia la misma juventud que la de las barricadas. Muchachos de 20 años como los estudiantes contra los que tiran. La misma cosa, como cantó el viejo Guillén. Sólo que todavía no se han puesto a pensarlo. Es todo el sistema el que detesta la inteligencia. Sobre todo cuando, como en este caso, la inteligencia consiste en haberse hartado, o estar hartándose, de un estilo de vida: de un modo de vivir que nos ha sido impuesto y en el que ya no creen ni los que por estupidez, o por, miedo, dicen defenderlo. Marcusse afirma que la juventud es violenta porque está desesperada. Se equivoca: está harta. Los desesperados son ellos, los que nos hartaron. Y han descubierto bien quienes descubrieron que este tipo de subversión no tiene nada que ver con “nuestro medio”. No es nuestro medio lo que se cuestiona, es el mundo. Porque no sólo la juventud argentina y latinoamericana esta harta: los muchachos y muchachas de todo el mundo, estudiantes o no, se hartaron. Y aquí ya no funciona más el enmohecido refranero de las Fuerzas del Bien: peligro comunista, inadaptación, organismos terroristas perfectamente individualizados. No. Es la vida la que exige un orden nuevo. Porque lo que los seniles Pilares de nuestra sociedad llaman sublevación, desorden, caos, no es sino esto: otro orden. La búsqueda de otro orden, y no tan nuevo, un orden que ciertos hombres vienen rastreando por distintos caminos hace más o menos dos mil años. Y por el que se vienen haciendo crucificar, quemar, matar en los montes de Bolivia o en los arrozales de Vietnam o en las calles de París o Córdoba, desde hace dos mil años. Me dirán que me exalto, que Cristo no es lo mismo que el Che o Giordano Bruno o el estudiante Bello. No sé, sé en cambio que todo lo que puede dar un ser humano por lo que cree, es todo. Y todo quiere decir todo. Van Gogh se vuelve loco porque quiere que el sol reviente en sus cuadros; Hemingway se vuela el paladar, junto con los sesos, porque ya no puede amar ni escribir; el Che se pone de pie y le dice al soldado que va a matarlo, esperá un poco, ahora vas a ver cómo muere un hombre. Vivir así, por si no estaba claro, vivir así es dar todo. Y por eso acá está en juego un nuevo sentido de la vida. ¿Quién dirige a estos muchachos? ¿Codovilla? Vamos. Yo he estado toda esta última semana en Córdoba. Vi en la calle Obispo Trejo, en una plazoleta, la inscripción: Calle Camilo Torres. Vi a la Universidad Católica unirse a la estatal. Oí a profesores, célebres por lo difusos, confesar en las cátedras el fracaso de su vida ante alumnos que los miraban casi con piedad. Y en Rosario. Y en Montevideo. Y en Corrientes. Y en Quito. Y en Tucumán. ¿Qué, entonces todo el mundo es comunista? Si es así, por qué no los dejan en paz antes de que realmente se enojen, ya que son tantos. ¿Comunistas? No: hartos. Hartos de todo, también de la izquierda de Club, petrificada y dogmática. Dieciocho curas mendocinos redactaron esta, estampita: “No valen ya los falsos argumentos de ‘digitación’, ‘extremismo’, etc., se anuncia una profunda transformación en la que participa el pueblo todo, en especial el pueblo trabajador y que padece una situación de injusticia oprimido por el sistema”. ¿También son bolcheviques? No, no hay que tener demasiado miedo. Ni mentir. La revolución social es otra cosa. Y hasta es probable que algunos de los muchachos que hoy se acantonan en las barricadas de Córdoba y Tucumán, cuando estén recibidos y tengan 30 años (si no los asesinan esta madrugada) dicten amables cátedras o ganen pleitos o tengan una límpida farmacia y estén gordos, y evoquen, con una sonrisa nostálgica, los buenos viejos tiempos de los miguelitos y la rebeldía. Pero habrá otros. Y, sobre todo, estarán los que hayan elegido la lucidez de vivir sublevados. Y eso, no “el peligro comunista”, es lo verdaderamente peligroso: la lucidez. Goebbels sacaba el revólver cuando oía la palabra cultura. Millán Astray le gritó a Unamuno en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca: Muera la inteligencia. Tenían miedo, y no del comunismo sino de lo mismo que hoy tienen miedo los que no saben qué hacer con las universidades insurrectas.Porque este es un fenómeno histórico nuevo, nuevo aún para las izquierdas. Esto es lo que los estudiantes franceses cifraron en la consigna surrealista: la imaginación al poder, lo que postularon como programa: exigir la realidad de lo imposible. Esto es, algo así como el surrealismo de la violencia. Solo que en Latinoamérica es más duro, se escriben menos frases en las paredes y hay más respuesta a los balazos de la gendarmería. Herencia española ha de ser. 0 del Che. Pero lo fundamental es que, para solucionarlo, ya no sirven los viejos esquemitas retóricos. No sirven las admoniciones escolásticas de los revolucionarios con papada, no sirven los oxidados sermones de los Salvadores de la Patria. En qué va a terminar. ¿Cuándo? ¿Hoy? ¿La semana que viene? No sabemos, nadie sabe. Sabemos que, va a terminar después, y ya vamos sabiendo, por lo menos, a lo que tiende. Y de golpe me acordé de algo. Estamos en la Era Interplanetaria. Qué tendrá que ver con el editorial, no es cierto. Y tiene. Hace menos de diez años, mientras millones de hombres morían de hambre y en Katanga se asesinaba a los negros rebeldes y Hemingway decidió bajarse del planeta, el primer satélite tripulado rompía la gravitación terrestre. Hace una semana, un astronauta salió de su cápsula a unas cuadras de la redonda luna: en Biafra, mueren mil chicos por día, Yo creo que también de estas acrobacias y tecnolatrías nos estamos hartando. Menos mal que el primer astronauta murmuró allá arriba: La tierra es azul, que es lo que uno pensaba. Y menos mal que el de la semana pasada dijo (a su modo) algo que la gente también necesita experimentar acá abajo, dijo: Me sentí lejos del pecado. Quiso decir de Vietnam, del Congo, de los muchachos asesinados en Guayaquil y Rosario, de los negros colgados de los testículos en Texas. Lejos de todo lo que impide que la Tierra sea azul, a menos que se la mire de muy alto. Quiso decir que, de pronto, se había vuelto lúcido. Seguramente se olvidó al volver. Pero nosotros, acá abajo (o algunos de nosotros) hace ya un rato más bien largo que, a nuestro modo, queremos sentir lo mismo. Pero sentirlo acá abajo, no en la luna. Mientras la tierra se pone azul, los arrozales de Vietnam serán implacables, los negros seguirán sublevándose en los ghetos y los estudiantes en las calles de París o de Córdoba. Y Ios desposeídos de las grandes ciudades comprendiendo, poco a poco, que la cuestión esencial no es el aumento de sueldo o la restitución del sábado inglés. La cuestión, mientras se vive, es vivir enteramente. Lo que no quiere decir vivir mejor, sino dar todo. Vivir eligiendo un destino para uno mismo y eligiendo el futuro, para uno mismo o para los demás. Y esto, el elegido futuro de la gente, sí que no lo van a poder parar sacando el revólver, como Goebbels. Todo el camino de la triste humanidad es un camino hacia esa última lucidez. Por eso lo que ellos más odian es la inteligencia, tenía razón Unamuno. Y hasta pudo decir: lo que más temen.

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Número 63

Las cuarenta de Juan Rulfo / El Escarabajo de Oro

Revista Malabia número 63

Las cuarenta de Juan Rulfo / El Escarabajo de Oro

Entrevista a Juan Rulfo en «El escarabajo de oro» Nº 38, Febrero-Marzo 1969

– ¿Fue justo otorgarle el premio Rómulo Gallegos a Vargas Llosa?
¡No! No lo merecía. Fue una imposición del grupo latinoamericano de París. Considero La Casa Verde y La Ciudad y los Perros como obras que, descubierto el desenlace, no tienen ningún interés.

– ¿Quiénes merecían ese premio?
Onetti, del Uruguay; Leopoldo Marechal, de Argentina; Miguel Ángel Asturias de Guatemala; Alejo Carpentier, de Cuba, por ejemplo. Pienso que con la convocatoria del concurso se trató de excluir a los escritores cubanos y a los de tendencias socialistas.

– Pero Vargas Llosa estuvo en Cuba.
Lo olvidaron los organizadores.

– Como consejero del Centro Mexicano de Escritores: ¿una escuela podría ser un centro de producción masiva de escritores?
No. A nadie se le enseña a escribir, es un atributo que se posee desde que se nace. Sin embargo, se les orienta en el trabajo, se les obliga a escribir. Tomás Mojarro tenía mucho que decir, por ejemplo, y ahí adquirió los elementos para expresarlo. Carlos Fuentes, cuando solicitó la beca, había escrito un solo cuento: Chac Mool. Las becas literarias son muy importantes para el desarrollo cultural de un país. Hasta ahora México ha podido conservarlas, y esperamos que surjan nuevos valores gracias a ellas. Actualmente las personas becadas por el Centro Mexicano de Escritores son ocho. Y se critican severa, ferozmente, entre ellos mismos. Los poetas son los peores y los más holgazanes: tienen muchas defensas; algunas de sus obras son absurdas, inauditas , insólitas. Predomina la influencia de Neruda y el nadaísmo.

– ¿Cuál considera el mejor de los poetas actuales?
Jaime Sabines.

– ¿Qué opina de las letras mexicanas?
Una gran pobreza. En ningún género tan crítica como en el ensayo. A principios de siglo, por ejemplo, se practicaba con gran maestría y fluidez.

– ¿España?
Puede considerarse hasta la generación del 98, lo que sigue es árido y monótono, orientado por ideas fascistas. Adjetivan mucho: característico del orgullo nacional.

– ¿Latinoamérica?
Es lo mejor de las letras castellanas, sobre todo los argentinos, los uruguayos… la literatura brasileña es muy interesante también.

– ¿Un best seller implica calidad literaria?
Los norteamericanos, principalmente, pueden hacer de cualquiera un best seller; saben lo que le agrada leer a la gente: cosas que no tienen tiempo de elegir por sí mismas. Muchos buenos escritores se han prostituido ante el impulso mercantilista de nuestra época; un libro tiene éxito de venta y los editores obligan a su autor a que escriba más, sin interesarse mucho en la calidad.

– Se afirma que con obras como Pedro Páramo y El Llano en Llamas se ha agotado los temas rurales…
Eso es falso y absurdo. Los sociólogos calculan que en un futuro más o menos inmediato, el hombre se desarrollará, predominantemente, en el medio urbano. Sin embargo, en nuestros días, el campo representa las carencias más terribles que padece el hombre. Inclusive, las mejores obras que se han producido en los últimos años, tienen como tema central las miserias cotidianas del medio rural.

– ¿No es un caso típico de localismo?
No, en lo absoluto. Obras puramente localistas son las que se desarrollan, por ejemplo, en la colonia Narvarte y, como es evidente, su trascendencia se extiende hasta los mismos límites que señala una simple localidad urbana.

– ¿Cuál es la causa de la precaria calidad literaria de los escritores mexicanos?
Es producto inmediato de la falta de estímulo: si un autor escribe un libro excelente, los demás deben tratar de superarlo o, cuanto menos, igualarlo.

– ¿Qué opina de los recursos literarios y publicitarios que han adoptados algunos escritores mexicanos contemporáneos?
Es un ciclo: los que principian a escribir pretenden renovar lo establecido y practican métodos y estilos que les parecen más adecuados, el pasado no tiene ninguna validez sustancial, pero, por desgracia, las innovaciones practicadas en México no son originales y se han copiado servilmente en modelos que se consideran superados en otros países.

– ¿No cree que las reuniones literarias servirían para ampliar el mercado de venta de sus libros y, además, propiciaría una mejor comprensión de su obra entre los lectores?
No; es una forma de perder el tiempo que puede aprovecharse en labores más útiles. Una vez dentro es imposible sustraerse: a una reunión sigue otra y otra. Además, en nuestro país existen muchas personas que se afanan en organizar este tipo de eventos sociales seudoculturales y los han convertido en una forma de vida.

– ¿La Academia Sueca actuó correctamente al otorgar el premio Nobel al guatemalteco Asturias?
Sí. Lo cual viene a comprobar que él también merecía el premio Rómulo Gallegos. Yo, personalmente, considero a Miguel Ángel Asturias uno de los más grandes novelistas de América Latina. Es un hombre íntegro que ha dedicado toda su existencia a luchar por las clases desvalidas.

– ¿La Academia de la Lengua en México?
Simplemente no funciona. Está constituida por un grupo de reaccionarios que se niegan a integrar nuestro idioma con palabras que son de uso común.

NOTA: Esta entrevista a Juan Rulfo apareció en el número 38 de la revista El Escarabajo de Oro que dirigía en Buenos Aires, Argentina, el escritor Abelardo Castillo.

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Número 63

El concepto de una nueva modernidad / Adolfo Colombres

Revista Malabia número 63

El concepto de una nueva modernidad / Adolfo Colombres

Modernidad dominante y modernidades periféricas, o el concepto de una nueva modernidad. (Extractos)

Pocos días antes de su trágica muerte, en un simposio realizado en Chiapas, Guillermo Bonfil Batalla advirtió que sobre América latina pesaba el riesgo de un fracaso histórico aún mayor que el precedente, y acaso definitivo, pues en el nuevo orden mundial nos dejamos poner otra vez en un papel subalterno, de mendigos, ya que tanto las metas como las reglas de juego están siendo fijadas sin nuestra participación. En la misma reunión, Darcy Ribeiro planteó que el subcontinente se hallaba amenazado por una recolonización, y que frente al aplanamiento de nuestra diversidad y la pérdida de nuestros restos de soberanía, las clases dirigentes y los intelectuales piensan más en incrementar su poder y sus prebendas que en definir un proyecto propio. Creo que tal falta de lucidez nos viene de lejos, conectándose con esa vieja dialéctica civilización/barbarie que aún nos signa, en la medida en que lo extraño, lo no occidental o lo occidentalizado apenas superficialmente es visto como bárbaro, es decir, como blanco para el etnocidio impune, para la deculturación compulsiva y el silenciamiento. Rara vez se intentó repensar lo moderno como un proyecto conciliable con las tradiciones, con los valores culturales propios. Tanto lo indígena como lo hispánico colonial fueron visto siempre como rémoras del progreso que había que eliminar si ambicionábamos un futuro de grandeza. De ahí que se inventó otra historia en nombre del saber positivo, y se llamó cultura nacional no a una realidad verificable, sino a un proyecto que negaba y folklorizaba las raíces, en lugar de promover el crecimiento desde ellas. Es decir, nunca pensamos en civilizarnos desde nuestro proceso histórico y nuestra cultura, sino que dejamos que los países centrales nos civilizaran a su modo, que nos enviaran empaquetada su civilización, sin detenernos a escrutar el contenido de dichos paquetes, pues como bien decía Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, aquí imitamos todo, menos la originalidad.

La discusión sobre el tema de la identidad americana no puede ser vista como una moda, arranca desde hace mucho. Señalaba el joven Alberdi que «es tiempo de estudiar la naturaleza filosófica de nuestra sociedad, de vestirla de formas originales y americanas». Para avanzar por ese camino habría que depurar nuestro espíritu de todo color postizo, de todo traje prestado, de toda parodia, de todo servilismo. Sin indagar antes en su propia naturaleza una sociedad no puede establecer sus metas ni dar respuestas válidas a la angustia de la dispersión y a la necesidad de estructurarse que experimenta la conciencia simbólica. Toda proyección implica una previa definición.

Herder, desde la perspectiva romántica que compartiera con Vico, consideraba el cosmopolitismo como algo vacío, pues a su juicio las personas sólo podían desarrollarse en la medida en que participaran de una determinada cultura. Hablar, en consecuencia, de una sola cultura, es hablar de la muerte de la cultura. Hoy la modernidad dominante impone una globalización cultural, y si las culturas de la periferia aspiran a sobrevivir, deberán articular antes no sólo una fuerte resistencia, sino también modelos alternativos eficientes en su propio espacio.

El viejo proyecto ilustrado de la modernidad aspiraba a poner a la razón al servicio de la libertad y la justicia, o sea, de la emancipación del ser humano de los mitos del poder. Pero frente a la periferia, esa razón no tardó en ser instrumentada como una Razón imperial, justificadora de la conquista y el avasallamiento, y poco a poco fue naufragando en el terrorismo de sus dogmas, para entregarse finalmente a detestables connubios con la cultura de masas y la publicidad. Hoy hasta se habla de una “racionalidad consumista”, a la que ciertos autores se inclinan a identificar con la modernidad, como si ésta ya no fuera ni pudiera ser otra cosa. Tal consumismo, convertido en la piedra angular de la sociedad del bienestar, lleva al Estado y a la mayoría de las instituciones, a dejar atrás el ideal de emancipación y hasta los principios éticos más elementales.La occidentalización del mundo, que hasta hace poco se daba por la imposición de filosofías eurocéntricas, parece conseguirse hoy más fácilmente por dicha vía, junto a la ideología que la sustenta (neoliberal, e incluso neoconservadora), eficaz virus para atacar las relaciones colectivas y solidarias, fundadas en la reciprocidad, de las sociedades tradicionales. Se implantó así una concepción de la historia cimentada en la acumulación cuantitativa de objetos, para la cual el pasado será la ausencia, escasez o simplicidad de dichos objetos y el futuro la abundancia y complejidad de los mismos. Por cierto, una razón así vaciada de contenidos humanos no podía dejar de tomar visos de irracionalidad, y esta facultad que nació hace siglos como un intento de independizarse de la dictadura de los mitos clásicos, terminó rindiéndose al fetichismo de la mercancía, a nuevos mitos de hojalata, sin coherencia interna ni esplendor.

En base a esto se puede afirmar que nuestra emergencia civilizatoria debe partir de una crítica a dicha modernidad, que nunca se articuló con la periferia como una honesta transferencia científica y tecnológica dirigida a promover su propio proceso evolutivo, sino como una imposición indiscriminada y en bloque, como una agresión imperialista a su visión del mundo, que quiso hacer de su superioridad científica y tecnológica (no en todos los campos, y adquirida en gran medida como producto del despojo) la prueba incontestable de su superioridad cultural.

Desde un comienzo, la modernidad se presentó como un movimiento de raíz romántica dispuesto a arrollar toda tradición, sin detenerse a considerar su grado de bondad, de racionalidad. Devino así una religión de progreso tan obsesiva como los mitos que pretendía desterrar, que destruyó a las sociedades tradicionales y su medio ambiente, erosionó los sistemas simbólicos sin contribuir a su recomposición interna y desvertebró a los sujetos colectivos, impidiéndoles asumir su ascenso histórico, pues prefirió acoplarlos a su carro triunfal. Se habla por ello del mito racionalista de la modernidad, que sirvió para que los países centrales se desarrollasen a expensas de los periféricos, con lo que el mito del progreso terminó desplazando al progreso real, y se cayó en el cinismo de llamar modernidad (o modernización) a la dominación. Su retórica, lo que constituye su discurso, nos dice Georges Balandier, fue calificada como retórica de la ruptura, la búsqueda continua y la innovación. Lo nuevo es valorado por ser nuevo, sin que nadie se detenga a analizar su calidad intrínseca ni la calidad que destruye para imponerse. Lo actual, lo último, es sacralizado, sin advertir que así se sacraliza lo efímero, a diferencia de las culturas clásicas, que sacralizan los seres y las cosas para asegurar su duración en el espacio simbólico, pues en lo fundamental no modifica el orden de las cosas.

Este énfasis puesto en el presente mutila también la temporalidad, tanto del individuo como de la sociedad. En la cultura de lo inmediato y lo efímero el pasado importa cada vez menos, y tampoco constituye una preocupación el futuro que no sea inmediato, por lo que se abandonan las metas de largo y hasta de mediano plazo. Se instaura de este modo una cultura fragmentada, hecha de balbuceos, en la que sólo cuentan las sensaciones intensas y no lo que éstas puedan aportar. Por eso Balandier caracteriza a la modernidad como una fuga sin fin, una ilusión que deviene una mímesis del verdadero cambio. Así, nunca se es moderno; se está siempre en vías de serlo, pues lo moderno no llega a conformar un estado definitivo, sino algo condenado a desplazarse continuamente. Movimiento imbuido frente a la periferia de una filosofía de la historia fatalista: sus pasos son irreversibles, y su fuerza arrolladora, ineluctable. Por eso, lo más conveniente es relevar esas culturas y guardar sus creaciones en un museo antes que la modernidad haga su entrada. Bajo tal enfoque, la negación de toda línea de desarrollo diferente parece estar implícita en el concepto de modernidad, tal como funcionó siempre en la periferia, y por eso preferimos llamarla “modernidad dominante”. Y esto es así porque no duda de la eficacia de la lógica de la eficacia, de la universalidad de su proyecto científico y tecnológico, del crecimiento continuo de las fuerzas productivas, ni se pregunta por la racionalidad de sus modelos de desarrollo en las diversas situaciones concretas, por su costo social y cultural, y a quién benefician los mismos. Porque lo que es bueno en el pensamiento abstracto puede no serlo en el concreto, instrumental, y a menudo no lo es. Tampoco se pregunta por la dependencia que la innovación puede generar. Dicha lógica univalente termina desplazando a la libertad y la justicia del concepto de modernidad, vaciando a ésta en nombre de la eficiencia (¿eficiencia para qué?), la rentabilidad y un progreso que, como vimos, es más ajeno que propio, más de los ricos que de los pobres.

La modernidad, como resultado de esa racionalidad consumista que la fue envolviendo, terminó devaluando el lenguaje, convirtiéndolo en un hablar para no decir nada, o para engañar o vender, no para crear el ser de las cosas. Esta ruptura del compromiso con el lenguaje, que lleva a Steiner a referirse a una era de la post-palabra, se torna evidente cuando se analiza la oralidad de las sociedades tradicionales, tan cargada de sentidos. Hoy las imágenes se alzan con más fuerza que dicha palabra devaluada, pero son imágenes estereotipadas, que también procuran engañar o vender, y no detonar la aventura del mito.Al deteriorar la palabra, la modernidad convirtió la política en un simulacro, en un juego sin contenido, dirigido a individuos que carecen de opinión propia y voluntad, como advierte Balandier. Actividad desprovista de sentido, en la que se pretende convencer a quienes no tienen ya convicciones, sino una mera aspiración a un bienestar creciente, desligado de toda ética, y que simulan no obstante ser ciudadanos preocupados por el bienestar común y la defensa de los valores sociales. Ausencia o dilución –también observada por Baudrillard- de los acontecimientos que constituyen la historia, por lo que incluso ésta se ve vaciada de contenidos.

Es que la modernidad ha trastornado la economía de lo simbólico al multiplicar innecesariamente el número de los signos y aplanar su sentido, lo que por fuerza les resta eficacia. Señala Balandier que los signos se gastan más rápido que los artefactos, tornándose ilusorios, poco creíbles. No están hechos para durar, sino para seducir por un instante, por lo que son investidos de exotismo y forzada singularidad. Brillan por su ausencia los paradigmas sólidos capaces de respaldar el ethos social, por lo que el proceso, en la medida en que se nutre de estos signos descartables, no puede dejar de conducir a un debilitamiento moral irreversible. Esto involucra hasta las religiones, las que pactan sin tapujos con la cultura de masas para capitalizar fuerzas antes consagradas al arte, por lo que no es casual que las iglesias electrónicas ocupen los cines que se cierran. Cada grupo religioso se comporta como una empresa comercial y mercantiliza la zona sagrada, cuyos contenidos devienen bienes de consumo, mientras las “almas” (es decir, los fieles) son objeto de una competencia que tiene más de comercial que de confesional. En vez de desenmascarar a los profetas sospechosos y combatir sus prácticas en nombre de la razón que dice regirla, la modernidad los incorpora a sus desvanes, convertidos ya en el reino de la incoherencia, y hasta les presta toda su tecnología para asegurar su éxito: también aquí el medio es el mensaje.

Ya no importa la palabra, el mito, sino el poder de sugestión del ritual, por más absurdo que sea.

En lo estético, la modernidad propició en la periferia una creatividad desvinculada de su base territorial, es decir, desarraigada del proceso histórico de la cultura de pertenencia. Las vanguardias artísticas (casi siempre de inspiración occidental) pactaron con la frivolidad más extrema, estableciendo alianzas tácticas con la regresión neoconservadora a pesar de su cacareado apoliticismo. Adorno caracterizó a la modernidad estética por la constante compulsión a la innovación y la subversión del sentido de la forma. Energía contraria a toda forma establecida y a toda clase de tradición, como un remolino que todo lo devora. Quizá no imaginó que el remolino iría tan lejos, hasta el punto de amenazar con la abolición de la vía simbólica, a fuerza de activar el simulacro y la banalización de toda forma noble de cultura, y de propender a la uniformización del deseo y los modos de satisfacerlo. Y no sólo la vía simbólica, sino hasta el mismo imaginario está en riesgo de ser abolido, pues la apropiación científica del mundo, que todo lo inventaría minuciosamente, deja cada vez menos sitio a los sueños.

Y mientras avanza por un lado este proyecto de descontextualización y neutralización política, por el otro se inventa el actor social. Es que, como dice García Canclini, a los mercados y los medios no les interesa lo genuinamente popular, sino la popularidad, lo que se vende masivamente y gusta a las multitudes. La definición comunicacional de lo popular abandona así la base sustancialista, ontológica, que le asignó el folklore. En esta “democracia audiovisual”, lo popular le es dado al pueblo desde fuera, en la medida que son los medios los que producen lo real.

El hecho de que estos fenómenos se manifiesten con mayor intensidad en el centro que en la periferia no es motivo para menoscabar su importancia, por tratarse de algo expansivo, que es exportado a la periferia. También es importante decir que estos fenómenos no corresponden a la modernidad, sino a ese costado negativo de la misma, una excrecencia que es el costado negativo de la postmodernidad. Porque cabe preguntarse si ese fin de las vanguardias que postula el postmodernismo no actúa en la periferia como una forma de vanguardia, una moda intelectual y artística que al igual que las anteriores, sirve de eje estructurador al colonialismo cultural.

Después de arrasar el mundo periférico en nombre de su modernidad, Occidente proclama el fin de la misma e invita a desensillar, a olvidar las viejas heridas y sobre todo las grandes reivindicaciones, ya que lamentablemente la historia ha terminado y hay que volver a casa. Se trata del discurso del cinismo, pues la historia está lejos de terminarse, por más que se pretenda renunciar a las utopías. Porque mientras haya seres humanos habrá historia, es decir, acontecimientos, contradicciones, grupos de poder, hegemonías, dominaciones, discriminaciones, y también resistencia, lucha por los derechos pisoteados.

De lo que se trata es de repensar, desde la periferia, el proyecto de la modernidad, rearmarlo por completo en función de nuestras necesidades, lo que nos obliga a retomar los conceptos de comunidad y tradición, pues no puede hallarse en otro lado el punto de partida.

En el proyecto a construir la tradición no debe ser vista ya como un obstáculo, sino como un sustrato necesario. Es que la tradición bien entendida no es que no deba cambiar, sino que tiene que ser cambiada, pero por el desarrollo de sus formas, no por imposición ajena. Revolución y tradición no son términos excluyentes, como el mismo Lenin reconoció. Se podría decir que sin tradición no puede darse una verdadera revolución, y también, extremando la dialéctica que sin revolución (es decir, sin un cambio renovador) no habrá verdaderas tradiciones sino tiránicas piezas de museo. Claro que la tradición no encarna de por sí una racionalidad específica ni garantiza el afloramiento de la verdad, pero es en el horizonte de la misma donde se la deba buscar.

Cuando hablamos de tradición decimos que hay que contar con ella como punto de partida, como un referente valioso para producir significados, y no que deba rendírsele culto de modo acrítico, porque eso resultaría tan poco conducente como el antitradicionalismo de la más acérrima modernidad positivista, que pretendió separarla hasta del proyecto de cultura nacional. Porque no puede soslayarse que la tradición ha servido de base en el mundo a distintos tipos de movimientos políticos y culturales, muchos de ellos harto cuestionables. Señalaría cinco tipos de tradicionalismos: 1) Fundamentalista, Sólo interesado en preservar a cualquier precio los valores del pasado; 2) Formal. Mantiene formas políticas, sociales y culturales del pasado cuyo contenido ha sido modificado, como sería el caso de la monarquía constitucional inglesa. 3) Pseudo tradicionalismo. Recurre a una tradición averiada en su afán de dar sentido a una realidad social y cultural que parece haberlo persido. 4) De resistencia. Importante en América, porque permitió mantener la coherencia de los sistemas simbólicos y proveyó de puntos de apoyo contra la dominación; 5) Crítico. No se limita a ocultar las reivindicaciones políticas bajo máscaras religiosas y culturales ni a resistir la dominación, sino que se esfuerza en renovar la tradición para ponerla al servicio de la emergencia del grupo, de una actualización histórica que lo encamine a la modernidad.

El concepto de tradición nos remite al de comunidad, desde que toda tradición se sustenta en una comunidad. Por eso el alejamiento de la tradición devino en una pérdida del sentido comunitario. Es en las distintas comunidades donde residen las alternativas culturales, tanto en el acto como en potencia. Frente a un sistema de irracional voracidad no perdieron el sentido común y por eso son vistas como peligrosas. Edificante y a la vez extraña lección dan al mundo “civilizado”, “racional”, las culturas del mito, también llamadas “primitivas”.

Es que en verdad no hay sociedades de la razón y sociedades del mito, por más que la comunidad abra al pensamiento simbólico un espacio mayor que la sociedad del bienestar. Todo pueblo posee una racionalidad, y también mitos, sean clásicos o modernos. Vimos que para imponerse, el concepto de modernidad utilizó una máscara, la del Progreso, que resultó más criminal y mucho menos poético que algunos cultos primitivos. En un principio el pensamiento científico, para constituirse, debió extremar su separación del pensamiento mítico, lo que es aceptable como procedimiento metodológico, pero insistir hoy día en ese cisma resulta infructuoso y hasta poco científico, pues implica dar por sentado que los mitos carecen de significado, de una verdad que pueda ser también explicada en términos racionales. Y, por el lado del discurso dominante, hay razones que no pueden justificarse en términos estrictamente racionales, y que se sustentan en los mecanismos ciegos del poder, sin resistir a veces al menor análisis.

La modernidad occidental fragmentó al hombre, y de lo que se trata ahora es de reunificarlo, de juntar sus partes dispersas y darles coherencia, y para eso apelamos al espíritu comunitario.

El ataque iluminista a la comunidad se hizo en nombre del sujeto, pero nada degradó tanto al individuo como la modernidad, especialmente en su faz última, cuando se alía con la cultura de masas y la publicidad. El iluminismo vio en el sujeto el individuo pensante, y en la comunidad una entidad inerte, conservadora, dispuesta a obstaculizar todo cambio. En algunos casos puede ser así, pero la comunidad al menos no banaliza al individuo ni aplana la cultura con el alegre entusiasmo que lo hace la cultura de masas.

Toda identidad se construye a partir de la noción de sujeto, pero olvida que éste no es sólo individual. Existen también los sujetos colectivos, de mayor relieve para las ciencias sociales. Todo aporte individual, si es aceptado por el grupo por expresar su sentir, es objeto de una inmediata apropiación colectiva, que lo compartirá en testimonio de una cultura compartida.

Del libro «América Latina: Los desafíos del tercer milenio» (Ediciones del Sol 1993)