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Número 73

Un encuentro tardío con el enemigo / Flannery O’Connor

Revista Malabia número 73

Un encuentro tardío con el enemigo / Flannery O’Connor

El general Sash tenía ciento cuatro años. Vivía con su nieta, Sally Poker Sash, que tenía sesenta y dos. Ella rezaba de rodillas todas las noches rogando que él viviera hasta el día de su graduación. Al general le importaba un bledo, pero jamás había dudado que viviría hasta ese día. Vivir había llegado a ser un hábito tan arraigado que no podía concebir ninguna otra condición. Una ceremonia de graduación no era exactamente su idea de pasar un buen rato, incluso si, como ella dijera, se esperaba que él estuviera sentado en el escenario. Ella había agregado, además, que habría una larga procesión de profesores y estudiantes con togas, pero que eso no sería nada comparado con su presencia vistiendo su uniforme. Él lo sabía muy bien sin necesidad de que ella se lo dijera. En cuanto a la maldita procesión, podía irse al infierno y volver sin causarle el menor efecto. Personalmente le gustaban los desfiles con carrozas llenas de Miss América, Miss Daytona Beaches y Miss Cotton Products. Las procesiones no tenían ningún sentido para él, y las de maestros eran, para su forma de pensar, tan letales como el río Styx. No obstante, estaba deseando sentarse en el escenario con su uniforme para que lo pudieran ver.
Sally Poker no estaba tan segura de que viviera hasta su graduación. A pesar de no haber habido ningún cambio perceptible en él durante los últimos cinco años, tenía la sensación de que su triunfo personal podría serle arrebatado como le pasara a menudo. Al comenzar a enseñar, no existía nada parecido a una licenciatura. En aquellos tiempos, decía ella, todo era normal. Pero había dejado de serlo desde que cumpliera los dieciséis y durante los últimos veinte años, cuando en lugar de haber estado descansando había tenido que llevar, bajo un calor sofocante, un baúl hacia el colegio de profesores del Estado. Y a pesar de que cuando regresaba en otoño daba clases en la exacta manera en que le habían enseñado que no debía hacerlo, esta era una venganza muy leve que no satisfacía su sentido de la justicia. Por eso quería al General en su graduación, para demostrar lo que ella representaba o, como decía, para mostrar «qué había detrás suyo» que no tenían los otros. Estos «otros» no eran nadie en particular. Eran todos los advenedizos que habían puesto el mundo patas arriba y perturbado las formas de vida decentes.
Tenía la intención de estar de pie en esa plataforma en agosto con el General sentado detrás suyo, manteniendo la cabeza bien alta como si estuviera diciendo: «¡Mírenlo, mírenlo! Uno de los míos, advenedizos. Anciano íntegro y glorioso que defiende las viejas tradiciones. ¡Dignidad! ¡Honor! ¡Coraje! ¡Mírenlo!». Una noche había gritado en sueños: «¡Mírenlo, mírenlo!» y al girar la cabeza a un costado lo encontró sentado en su silla de ruedas con una terrible expresión en el rostro y sin otro atuendo que su gorra de General. No se atrevió a volver a dormirse en toda la noche.
Por su parte, él no habría consentido siquiera en asistir a la graduación si ella no le hubiera prometido que se ocuparía de sentarlo en el escenario, porque a él le gustaba sentarse en cualquier escenario. Consideraba que todavía era un hombre muy apuesto. En la época en que podía ponerse en pie, medía un metro setenta de puro gallo de riña. Tenía el pelo blanco hasta los hombros por la espalda y no usaba dientes porque pensaba que su perfil era más llamativo sin ellos. Cuando se ponía el uniforme de gala, sabía perfectamente que no había nadie en ninguna parte que se le pudiera comparar.
No era el mismo que había llevado en la guerra entre los Estados. En realidad, no había sido General en esa guerra. Probablemente había sido soldado raso. No recordaba lo que había sido, ni recordaba nada de esa guerra. Era como sus pies, que ahora colgaban marchitos al final de él, sin que los sintiera, cubiertos con la manta azul grisácea afgana que Sally Poker había tejido cuando era una niña. No recordaba la guerra entre Estados Unidos y España en la que había perdido un hijo; ni siquiera se acordaba de su hijo. No le daba ningún uso a la historia porque nunca esperó volvérsela a encontrar. En su cerebro estaba relacionada con procesiones y la vida con desfiles, y a él le gustaban los desfiles. La gente le preguntaba siempre si recordaba esto o aquello, en un triste y oscuro proceso de preguntas sobre el pasado. Había un solo acontecimiento que tenía alguna relevancia para él y del que le interesaba hablar: cuando, doce años atrás, había acudido a la gala en la que recibiera el uniforme de General.

— Fue esa gala que hicieron en Atlanta —explicaba a los visitantes sentado en el porche. Estaba rodeado de chicas hermosas. No era uno de esos actos locales, no había nada local en él. Me explico. Fue un gran acontecimiento y me pusieron en el mismo escenario sin ningún tipo de restricción. Todo el mundo tenía que pagar diez dólares para entrar y vestir de gala. Una muchacha hermosa me entregó el uniforme esa tarde en la habitación del hotel.

— No estabas solo con ninguna muchacha hermosa en una habitación de hotel. Era una suite y yo también estaba allí, abuelo —decía Sally Poker.

— Si hubiera estado solo, habría sabido qué hacer —afirmaba el general con una expresión traviesa y los visitantes lanzaban ruidosas risas—. Esa chica era de Hollywood, California —continuaba—. Y no tenía ningún papel en la película. Allí tienen tantas chicas guapas que no necesitan que se llame a una extra. Sólo las usan para entregar cosas a la gente y para que les saquen fotos. Ella se fotografió conmigo. No, fueron dos muchachas. Una a cada lado y yo en el medio con los brazos en sus cinturas, y sus cinturas no eran más grandes que medio dólar.

Sally Poker lo interrumpió otra vez.

— Fue el señor Govisky quien te entregó el uniforme, papá, y a mí me dio una pulsera floral. De veras, ojalá la hubieras visto. Estaba hecho con pétalos de gladiolo arrancados y pintados de dorado y vueltos a unir para que parecieran una rosa. Era preciosa. Ojalá la hubieras visto, era…

— Era tan grande como su cabeza —gruñía el general—. Lo estaba contando yo. Me dieron este uniforme y también esta espada y me dijeron:

— Ahora, General, esperamos que no declare una guerra contra nosotros. Lo único que queremos es que suba directo al escenario cuando lo presentemos y conteste algunas preguntas. ¿Cree que lo podrá hacer?

— ¡Creo que lo podré hacer! Escuchen esto. Yo hacía muchas cosas antes de que ustedes hubieran nacido.

Ellos lanzaron una carcajada.

— Fue el centro del espectáculo —dijo Sally Poker.

Pero a ella no le gustaba recordar la gala debido a lo que sucediera con sus pies. Como debía subir al escenario con él para evitar que se cayera, había comprado un vestido nuevo para la ocasión (un vestido negro y largo de noche, de crespón, con una hebilla con un diamante de imitación y un bolero) y unas sandalias plateadas. Todo estaba preparado para ellos. Una limusina llegó a las ocho menos diez para llevarlos al teatro. Los dejó ante la marquesina a la hora acordada, después de la llegada de las grandes estrellas, del director, del autor, del gobernador, del alcalde y de algunas estrellas de menor importancia. La policía controlaba el tráfico para que no hubiera embotellamientos y habían colocado cuerdas para impedir el acceso a la gente que no podía entrar. Toda esa gente los vio apearse de la limusina y avanzar hacia las luces. Luego atravesaron el vestíbulo rojo y dorado, hasta que una acomodadora con una gorra de la Confederación y falda corta los condujo hasta sus asientos. El público ya estaba allí y un grupo de las Hijas de la Confederación Americana empezó a aplaudir cuando vio al general uniformado, lo que hizo que todo el mundo aplaudiera. Unas cuantas celebridades más llegaron después y luego se cerraron las puertas y se apagaron las luces.

Un joven de cabello rubio y ondulado que dijo representar a la industria cinematográfica hizo su aparición y comenzó a presentar a todo el mundo. Cada uno de los presentados se dirigía al escenario y decía lo contento que estaba de participar en tal acontecimiento. El General y su nieta estaban en el puesto dieciséis de la lista del programa. Él fue presentado como el general Tennessee Flintrock Sash del Ejército Confederado del Sur, a pesar de que Sally Poker había dicho al señor Govisky que su nombre era George Poker Sash y que solo había llegado a tener el rango de Comandante. Ella lo ayudó a levantarse de la silla, pero le latía tanto el corazón que no sabía si podría llegar a la plataforma.

El anciano caminó despacio por el pasillo con su fiera cabeza blanca bien erguida y el sombrero sobre el corazón. La orquesta empezó a tocar muy suavemente el himno de batalla de la Confederación y las Hijas de la Confederación Americana se pusieron de pie en grupo y no volvieron a sentarse hasta que el general estuvo en el escenario. Cuando se situó en el centro, con Sally Poker justo detrás guiándolo por el codo, la orquesta inició una estruendosa interpretación del himno de batalla y el anciano, con verdadera presencia escénica, hizo un vigoroso saludo tembloroso y quedó en posición de firmes hasta que desapareció el último sonido. Detrás de ellos, dos de las acomodadoras con gorras confederadas y faldas cortas sostenían, cruzadas, sendas banderas de la Unión y de la Confederación.

El general quedó de pie en el centro exacto del foco que iluminaba una misteriosa porción en forma de luna de Sally Poker, con el ramillete, la hebilla con el diamante de imitación, una mano cerrada sobre un guante blanco y un pañuelo. El joven de cabellos rubios y ondulados se metió en el círculo de luz y dijo que estaba realmente contento de tener allí esa noche, con ocasión de esa gran celebración, a alguien, dijo, que había luchado y vertido su sangre en batallas que muy pronto verían representadas con toda valentía en la pantalla.

— Dígame, general —preguntó—, ¿qué edad tiene usted?

— ¡Nooooventa yyy dos! —vociferó el anciano.

El joven dio la sensación de que para él eso era lo más impresionante que se había dicho en toda la velada.

— ¡Damas y caballeros —dijo—, tributemos al general el más caluroso de los aplausos!

De inmediato sonó una ovación. El joven indicó a Sally Poker con un movimiento del pulgar que ahora podía llevar al anciano a su asiento para poder presentar a la siguiente persona; pero el general no había terminado. Se quedó inmóvil en el centro del foco, con el cuello hacia delante, la boca apenas abierta y sus voraces ojos grises bebiendo el resplandor y el aplauso. Se sacó a la nieta de encima con un rudo movimiento del codo.

— ¡Como me mantengo tan joven —chilló—, beso a todas las muchachas hermosas!

La frase fue celebrada con un ensordecedor aplauso espontáneo. Justo en ese instante Sally Poker se miró los pies. Dos zapatones marrones de girl scout asomaban bajo el ruedo de la falda. Con la agitación de los preparativos para el evento se había olvidado de ponerse las sandalias. Dio un tirón al general y casi salieron corriendo del escenario. Él iba muy enojado porque no había tenido oportunidad de decir cuánto se alegraba de estar en esa celebración. En el camino de regreso a los asientos continuó hablando a viva voz:

— ¡Estoy muy contento de estar aquí en la gala, muy contento de estar con todas estas muchachas hermosas!

Nadie le prestó atención porque un nuevo personaje subía por el otro pasillo. El General se sentó y durante la posterior película se durmió farfullando con tono enfadado entre sueños.

Desde entonces su vida no había sido muy interesante. Ahora sus pies estaban totalmente exánimes, sus rodillas eran como bisagras viejas, los riñones funcionaban cuando les daba la gana, aunque el corazón se empeñara, con terquedad, en seguir latiendo. El pasado y el futuro eran lo mismo para él, uno olvidado y el otro no recordado; no tenía más nociones de la muerte que un gato. Todos los años, en el día en Memoria de los Confederados, lo arropaban y lo prestaban al Museo del Capitolio de la ciudad, donde quedaba expuesto de una a cuatro en una sala con olor a cerrado repleta de viejas fotografías, viejos uniformes, vieja artillería y documentos históricos. Todo esto se conservaba con sumo cuidado en vitrinas para que los niños no les pusieran las manos encima. Vestía su uniforme de general del estreno y permanecía sentado, con el entrecejo fruncido, dentro de una parte acordonada. No había nada en él que indicase que estaba vivo, excepto algún que otro movimiento de sus grises ojos lechosos, o como una vez, en que su brazo salió disparado para darle un manotazo a un niño atrevido que se atrevió a tocarle la espada. En la primavera, cuando se abrían las casas viejas para las peregrinaciones, lo invitaban a vestir su uniforme y sentarse en algún sitio donde llamara la atención y diera cierto color a la escena. Algunas veces solo gruñía a los visitantes, otras, contaba historias acerca del estreno y de las muchachas hermosas.

Si hubiera muerto antes de la graduación, ella hubiera muerto también, pensó Sally. Al principio del curso de verano, aun antes de saber si iba a aprobar el examen, dijo al decano que su abuelo, el general Tennessee Flintrock Sash, de la Confederación, iría a la ceremonia de su graduación, porque a pesar de sus ciento cuatro años de edad tenía todavía la cabeza tan clara como una campana. Lo hizo porque los visitantes ilustres siempre eran bienvenidos, se podían sentar en el escenario y eran presentados al público. Sally habló con su sobrino, John Wesley Poker Sash, un boy scout, para que él se hiciera cargo de la silla de ruedas del general. Pensó qué bonito sería tener a sus espaldas, cuando recibiera el título, lo viejo y lo nuevo, al anciano enfundado en su gris valiente y al chico en su caqui limpio.

Todo salió casi como había planeado. Durante el verano, mientras ella estaba en el colegio, el general se quedó con unos parientes. Ellos llevaron al anciano y al boy scout a la ceremonia. Un periodista fue al hotel donde se alojaban e hizo una fotografía al general con Sally Poker a un lado y John Wesley, que era un chico rubio y gordo de diez años con cara de ejecutivo, al otro. El general, a quien habían sacado fotos con muchachas hermosas, no le dio demasiada importancia. Se había olvidado a qué tipo de acontecimiento iba a asistir. Sólo recordaba que vestiría el uniforme y luciría la espada.

La mañana de la graduación, Sally Poker tuvo que participar en la procesión académica para recibir el diploma en educación elemental y no pudo ocuparse personalmente de llevarlo hasta el estrado, pero su sobrino le garantizó que se encargaría de todo. Luego fue al hotel vestida con la toga académica y le puso el uniforme al anciano. Notó que era tan frágil como una araña disecada.

— ¿No estás emocionado, papá? —le preguntó—. ¡Yo me muero de emoción!

— Ponme la espada sobre el regazo, maldita sea —replicó el anciano—. Allí donde brille.

Ella lo hizo y dio unos pasos atrás para mirarlo.

— Estás magnífico.

— Maldita sea —espetó el anciano con un tono firme, lento y monótono, como si lo estuviera diciendo al ritmo de los latidos de su corazón—. Que se vayan todas esas malditas cosas al infierno.

— Ahora, ahora —dijo ella y se marchó alegremente para sumarse a la procesión.

Los graduados estaban en fila detrás del edificio de Ciencias y ella encontró su sitio justo cuando la fila comenzó a moverse. No había dormido mucho la noche anterior y, cuando lo hizo, soñó con la ceremonia murmurando «mírenlo, mírenlo», pero siempre despertando antes de volver la cabeza para mirarlo detrás de ella. Los graduados tenían que caminar tres manzanas bajo un sol abrasador con sus togas de lana negra. Mientras andaba con lentitud e impasibilidad pensaba que si alguien consideraba que en la procesión había algo digno de contemplar solo tenía que esperar a ver al viejo general en su gris valiente y al limpio y joven boy scout llevando animoso la silla de ruedas por el escenario con el reflejo del sol en la espada. Supuso que John Wesley ya debía de tener preparado al anciano detrás del escenario.

La negra procesión recorrió las dos primeras manzanas y comenzó a avanzar por el camino principal que llevaba al auditorio. Los visitantes estaban de pie en el césped, buscando a sus graduados. Los hombres se echaban atrás el sombrero y se secaban la frente sudorosa y las mujeres se levantaban un poco los vestidos en los hombros para evitar que se les pegaran a la espalda. Los graduados, con las pesadas togas, parecían arrojar con el sudor las últimas gotas de ignorancia. El sol hacía resplandecer los guardabarros de los automóviles, rebotaba en las columnas de los edificios y conducía los ojos de un punto luminoso a otro. Guió los de Sally Poker hacia la enorme máquina roja de Coca-Cola que habían colocado a un costado del auditorio. Allí vio al General estacionado en la silla bajo el sol abrasador, con el semblante ceñudo y sin sombrero, mientras el boy scout, con la camisa salida por detrás, la cadera y la mejilla apoyadas contra la máquina roja, bebía una Coca-Cola. Salió de la fila, corrió hasta él y le arrebató la botella. Zarandeó al muchacho, le puso bien la camisa y colocó el sombrero en la cabeza del anciano.

— ¡Ahora llévalo allí! —dijo señalando con un dedo rígido la puerta lateral del edificio.

El chico empujó la silla de ruedas rápidamente por un camino, la subió por una rampa, la metió en el edificio, la hizo pasar dando tumbos por la entrada del escenario y la llevó hasta el sitio que le habían indicado. Por su parte, el General sentía como si un agujero pequeño estuviera ensanchándose en su coronilla mientras miraba con cara de enfado las cabezas que parecían flotar juntas ante él y los ojos que se movían de un rostro al otro. Varias figuras con negras togas se acercaron y le estrecharon la mano. La negra procesión inundaba los dos pasillos y formaba un charco al compás de una música majestuosa que parecía entrar en su cabeza a través del agujero pequeño. Por un instante pensó que la procesión también trataría de entrar por allí. A pesar de no saber de qué procesión se trataba, había algo en ella que le resultaba familiar. Tenía que serle familiar ya que venía a su encuentro, pero cualquier procesión, pensó con irritación, debería tener carrozas con muchachas hermosas como las carrozas aquellas de la gala. No le gustaban las procesiones negras. Ésta debía de ser algo relacionado con la historia, como esas cosas que siempre celebraban. A él le traía sin cuidado. Lo que había sucedido antaño no tenía ningún valor para un hombre que vivía ahora, y él vivía ahora.

Cuando toda la procesión desembocó en el negro charco, una figura oscura comenzó a pronunciar un discurso delante de él. Hablaba sobre historia y el general decidió no escuchar. Las palabras, no obstante, continuaron filtrándose por el agujero pequeño de su coronilla. Oyó mencionar su nombre, su silla fue empujada bruscamente hacia delante y el boy scout hizo una gran reverencia. «Maldito seas, trató de decir, sal de mi camino, puedo levantarme». Pero lo empujaron hacia atrás de nuevo antes de que pudiera hacer la reverencia. Supuso que el ruido que armaban le estaba dedicado. Si había terminado su parte, no pensaba escuchar nada más. A no ser por el agujero en la coronilla, ninguna palabra habría llegado hasta él. Pensó en poner el dedo allí arriba para taparlo, pero era un poco más ancho que su dedo y parecía hacerse más profundo.

Otra toga negra había tomado el lugar de la primera y ahora hablaba. Oyó de nuevo su nombre, aunque no hablaban de él, se referían a la historia.

— Si olvidamos nuestro pasado —decía el orador—, no recordaremos nuestro futuro y para eso sería mejor no haberlo tenido.

El general oía gradualmente algunas de estas palabras. Él había olvidado la historia y no pensaba volver a recordarla. Por olvidar, había olvidado el nombre y el rostro de su mujer y el nombre y el rostro de sus hijos, e incluso si los había tenido. También había olvidado el nombre de los lugares, los mismos lugares y lo que allí había sucedido.

El inesperado agujero en la cabeza lo irritaba sobremanera. La lenta música negra lo había puesto ahí, y pese a que la mayor parte se había detenido fuera, todavía le quedaba un poco en el agujero. Ese resto iba haciéndose cada vez más profundo y moviéndose alrededor de sus pensamientos, haciendo que las palabras que oía llegasen a los sitios más oscuros de su cerebro. Al oír Chickamauga, Shiloh, Johnston, Lee, entendió que él inspiraba todas esas palabras que no le decían nada. Se preguntó si había sido general en Chickamauga o en Lee. Luego trató de verse a sí mismo y al caballo en el centro de una carroza llena de muchachas hermosas, mientras los conducían lentamente por el centro de Atlanta. No lo logró. Las viejas palabras comenzaron a revolverse en su cabeza como si trataran de salir de ahí y volver a la vida.

El orador había terminado con esa guerra y había continuado con la siguiente y ahora se aproximaba a otra más y todas sus palabras, como la negra procesión, le resultaban vagamente familiares e irritantes. Había un largo dedo de música en la cabeza del general tentando distintos puntos que eran palabras, permitiendo que les llegase un poco de luz y ayudándolas a vivir. Las palabras comenzaron a dirigirse hacia él y el anciano exclamó «¡Diablos! ¡No lo voy a tolerar!», y empezó a echarse hacia atrás para apartarse de su camino. Luego vio que la figura de negro tomaba asiento. Hubo un estruendo y el charco negro que había delante comenzó a hacer ruido y a fluir hacia él por ambos lados al compás de la lenta música. Dijo: «¡Paren, diablos! ¡No puedo hacer varias cosas a la vez!». No podía protegerse de las palabras y prestar atención a la procesión al mismo tiempo, y las palabras le atacaban velozmente. Sintió que corría hacia atrás y las palabras le atacaban como un fuego de mosquetes, que erraba por poco pero que estaba cada vez más cerca. Dio media vuelta y empezó a correr tan rápido como pudo, pero se encontró corriendo hacia las palabras. Estaba en medio de una andanada y les hizo frente con rápidas maldiciones. A medida que la música crecía en su dirección, todo el pasado se abría ante él, surgido de la nada. Sintió que su cuerpo era acribillado en cien lugares por agudas puñaladas de dolor y cayó soltando una maldición a cada golpe. Vio la delgada cara de su mujer que lo observaba y enjuiciaba a través de sus gafas de montura dorada; vio a uno de sus hijos bizcos y pelados, y a su madre que corría hacía él con expresión angustiada. Luego una serie de lugares —Chickamauga, Shiloh, Marthasville— se precipitaron hacia él como si ahora el pasado fuera el único futuro y debiera cargar con él. Entonces, de repente, tenía la negra procesión casi encima. La reconoció porque lo había perseguido toda la vida. Hizo un esfuerzo tan desesperado por ver más allá y saber qué viene después del pasado que su mano se cerró sobre la espada hasta que la hoja tocó el hueso.

Los graduados cruzaban el escenario en una larga fila para recibir sus pergaminos y dar la mano al rector. Sally Poker, que estaba casi al final, cruzó, echó una mirada al General y lo vio sentado, rígido y feroz, con los ojos abiertos de par en par. Giró la cabeza de nuevo hacia delante, la alzó perceptiblemente un poco más y recibió su diploma. Una vez que todo terminó, ya fuera del auditorio, de nuevo en el sol, localizó a sus parientes y todos esperaron juntos en un banco sombreado a que John Wesley apareciera con el anciano en su silla de ruedas. El astuto scout lo había sacado a empujones por la puerta trasera y lo había llevado a toda velocidad por un sendero de losas. Ahora esperaba, con el cadáver, en la larga fila de la máquina de Coca-Cola.

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Número 73

Siete poemas inéditos / Ana Romano

Revista Malabia número 73

Siete poemas inéditos / Ana Romano

De un circo

En los trapecios
la peregrinación de los ácaros

La pandereta
que amuralla secretos
retrocede frente al tamboril

Los equilibristas
guarecen sus cuerpos

Las garras
amedrentan la voracidad
del látigo
que abroquelándose
humilla al domador.



Hoguera

Enroscados
temores
engendra

El infierno
pulsa
la plegaria

Sucumbe
la hoguera de la abstinencia.



Volatinero

Piratas
enturbian begonias
Trompetas lujuriosas
destronan zarzamoras
y las afiebradas palomas
merodean el plenilunio
El titiritero
hurguetea en el tinglado
mientras los ojos sepia
ojean la mandolina.



En el hastío

Calados los huesos por el hastío
sujetan ese cuerpo
que clama enmudecido
Creencias que se deslizan
aguijonean oscuridades
que se acomodan en los cajones
Los recuerdos descubren
a la mujer que flaquea.



Señales

La jauría
ayuna en los portones

En la claraboya
la hojarasca se acordona
y hasta simula un cerrojo

El silencio es desangrado
por la animada versión de las ranas

Y levita esta poeta
en la pesadilla.



Engatusado día

Acallan
los cuerpos desiertos
La llovizna
quema las voces
El domingo
cosecha los caprichos
y en las paredes
languidecen las súplicas

Mientras los gusanos
cierran el ciclo
un piolín
anuda la caída.



Tamborileo

Investigada
por las secuelas
y así expuesta
dilata la resolución

Réplica de su espera
en sus horas cruciales
la semana es desmenuzada
por el tamborileo
que oculta la verdad.

____________________

ANA ROMANO (Córdoba, Argentina, 1944), reside en Buenos Aires.

Traductora y profesora de francés.
Su obra ha obtenido varios premios y menciones, además de ser integrada en antologías.
En los últimos años se viene difundiendo con frecuencia en revistas impresas y/o digitales, como así también en blogs literarios.

Ha publicado los poemarios: “De los insolentes fantasmas” (Ediciones Vela al Viento, 2010), “Expiación del antifaz” (Ediciones La Luna Que, 2014), “Zumbido de guirnaldas” (Ediciones La Luna Que, 2016) y “El Alfil Rojo” (Ediciones La Luna Que, 2020).

Poemas suyos han sido traducidos al portugués, italiano, francés, húngaro y catalán.

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Número 72

Editorial / Revista Malabia

Revista Malabia número 72

Editorial / Revista Malabia

Desde este número publicaremos los artículos escritos en inglés en su versión original y traducidos al español. Esta decisión tiene dos motivos. 1) Las traducciones, sobre todo de artículos que profundizan en los temas y tratan de explicarlos, tienen, a menudo y más de lo conveniente, errores que distorsionan el original. 2) Malabia llega a lugares geográficos donde el inglés se maneja con desenvoltura y a unos lectores que dominan en su mayoría más de un idioma.

Seguimos desarrollando la poesía uruguaya escrita por mujeres. En este número Álvaro Ojeda nos trae a Idea Vilariño.

Queremos rendir homenaje, en este número, al recientemente fallecido escritor y crítico literario Hugo Fontana. Muy conocido en Uruguay, pagó tributo, como tantos otros, a la colonización literaria. Las grandes editoriales son españolas, por eso un escritor español es distribuido en España y América Latina mientras un escritor uruguayo (o latinoamericano en general), publicado por la sucursal de esa misma editorial, no supera en su difusión las fronteras de su país. Esta situación la está denunciando gente de la cultura desde hace años.

Comenzamos en este número la publicación de relatos de la brillante literatura estadounidense. Quienes quieran conocer corrientes y detalles de la misma pueden encontrarlos en el número 66 de Malabia. Hoy publicamos a uno de los más interesantes escritores de esa literatura, James Baldwin.

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Número 72

Barbarism: a user’s guide / Eric Hobsbawm

Revista Malabia número 72
La barbarie: guía del usuario, por E. Hobsbawm

Barbarism: a user’s guide / Eric Hobsbawm

This was given as an Amnesty Lecture in the Sheldonian Theatre, Oxford, in 1994. It was published in New Left Review 206.

I have called my lecture ‘Barbarism, A User’s Guide’, not because I wish to give you instructions in how to be barbarians. None of us, unfortunately, need it. Barbarism is not something like ice-dancing, a technique that has to be learned—at least not unless you wish to become a torturer or some other specialist in inhuman activities. It is rather a by-product of life in a particular social and historical context, something that comes with the territory, as Arthur Miller says in Death of a Salesman. The term ‘street-wise’ expresses what I want to say all the better for indicating the actual adaptation of people to living in a society without the rules of civilization. By understanding this word we have all adapted to living in a society that is, by the standards of our grandparents or parents, even—if we are as old as I am—of our youth, uncivilized. We have got used to it. I don’t mean we can’t still be shocked by this or that example of it. On the contrary, being periodically shocked by something unusually awful is part of the experience. It helps to conceal how used we have become to the normality of what our—certainly my—parents would have considered life under inhuman conditions. My user’s guide is, I hope, a guide to understanding how this has come about.

The argument of this lecture is that, after about a hundred and fifty years of secular decline, barbarism has been on the increase for most of the twentieth century, and there is no sign that this increase is at an end. In this context I understand ‘barbarism’ to mean two things. First, the disruption and breakdown of the systems of rules and moral behavior by which all societies regulate the relations among their members and, to a lesser extent, between their members and those of other societies. Second, I mean, more specifically, the reversal of what we may call the project of the eighteenth-century Enlightenment, namely the establishment of a universal system of such rules and standards of moral behavior, embodied in the institutions of states dedicated to the rational progress of humanity: to Life, Liberty and the Pursuit of Happiness, to Equality, Liberty and Fraternity or whatever. Both are now taking place and reinforce each other’s negative effects on our lives. The relation of my subject to the question of human rights should therefore be obvious.

Let me clarify the first form of barbarization: what happens when traditional controls disappear. Michael Ignatieff, in his recent Blood and Belonging, notes the difference between the gunmen of the Kurdish guerrillas in 1993 and those of the Bosnian checkpoints. With great perception he sees that in the stateless society of Kurdistan, every male child reaching adolescence gets a gun. Carrying a weapon simply means that a boy has ceased to be a child and must behave like a man. ‘The accent of meaning in the culture of the gun thus stresses responsibility, sobriety, and tragic duty.’ Guns are fired when they need to be. On the contrary, most Europeans since 1945, including in the Balkans, have lived in societies where the state enjoyed a monopoly of legitimate violence. As the states broke down, so did that monopoly. For some young European males, the chaos that resulted from [this collapse] offered the chance of entering an erotic paradise of the all-is-permitted. Hence the semi-sexual, semi-pornographic gun culture of the checkpoints. For young men there was an irresistible erotic charge in holding lethal power in your hands and using it to terrorize the helpless.

I suspect that a good many of the atrocities now committed in the civil wars of three continents reflect this type of disruption, which is characteristic of the late twentieth-century world. But I hope to say a word or two about this later.

As to the second form of barbarization, I wish to declare an interest. I believe that one of the few things that stand between us and an accelerated descent into darkness is the set of values inherited from the eighteenth-century Enlightenment. This is not a fashionable view at this moment, when the Enlightenment can be dismissed as anything from superficial and intellectually naive to a conspiracy of dead white men in periwigs to provide the intellectual foundation for Western imperialism. It may or may not be all that, but it is also the only foundation for all the aspirations to build societies fit for all human beings to live in anywhere on this Earth, and for the assertion and defense of their human rights as persons. In any case, the progress of civility which took place from the eighteenth century until the early twentieth was achieved overwhelmingly or entirely under the influence of the Enlightenment, by governments of what are still called, for the benefit of history students, ‘enlightened absolutists’, by revolutionaries and reformers, Liberals, Socialists, and Communists, all of whom belonged to the same intellectual family. It was not achieved by its critics. This era when progress was not merely supposed to be both material and moral but actually was, has come to an end. But the only criterion which allows us to judge rather than merely to record the consequent descent into barbarism is the old rationalism of the Enlightenment.

Let me illustrate the width of the gap between the period before 1914 and ours. I will not dwell on the fact that we, who have lived through greater inhumanity, are today likely to be less shocked by the modest injustices that outraged the nineteenth century. For instance, a single miscarriage of justice in France (the Dreyfus case) or twenty demonstrators locked up for one night by the German army in an Alsatian town (the Saber incident of 1913). What I want to remind you of is standards of conduct. Clausewitz, writing after the Napoleonic wars, took it for granted that the armed forces of civilized states did not put their prisoners of war to death or devastate countries. The most recent wars in which Britain was involved, that is to say the Falklands war and the Gulf war, suggest that this is no longer taken for granted. Again, to quote the eleventh edition of the Encyclopedia Britannica, ‘civilized warfare, the textbooks tell us, is confined, as far as possible, to the disablement of the armed forces of the enemy; otherwise war would continue till one of the parties was exterminated. “It is with good reason”’—and here the Encyclopedia quotes Mattel, an international lawyer of the noble eighteenth-century Enlightenment—‘“that this practice has grown in a custom within the nations of Europe”.’ It is no longer a custom of the nations of Europe or anywhere else. Before 1914 the view that war was against combatants and not non-combatants was shared by rebels and revolutionaries. The programme of the Russian Narodnaya Volya, the group which killed Tsar Alexander II, stated explicitly that individuals and groups standing outside its fight against the government would be treated as neutrals, their person and property were to be inviolate. At about the same time Frederick Engels condemned the Irish Fenians (with whom all his sympathies lay) for placing a bomb in Westminster Hall, thus risking the lives of innocent bystanders. War, he felt as an old revolutionary with experience of armed conflict, should be waged against combatants and not against civilians. Today this limitation is no more recognized by revolutionaries and terrorists than by governments waging war. I will now suggest a brief chronology of this slide down the slope of barbarization. Its main stages are four: the First World War, the period of world crisis from the breakdown of 1917-20 to that of 1944-7, the four decades of the Cold War era, and lastly, the general breakdown of civilization as we know it over large parts of the world in and since the 1980s. There is an obvious continuity between the first three stages. In each the earlier lessons of man´s inhumanity to man were learned and became the basis of new advances in barbarism. There is not such linear connection between the third and the fourth stage. The breakdown of the 1980s and 1990s is not due to the actions of human decision-makers which could be recognized as being barbarous, like the projects of Hitler and the terror of Stalin, lunatic, like the arguments justifying the race to nuclear war, or both, like Mao´s Cultural Revolution. It is due to the fact that the decision-makers no longer know what to do about a world that escapes from their or our control, and that the explosive transformation of society and economy since 1950 produced an unprecedented breakdown and disruption of the rules governing behavior in human societies. The third and four stages therefore overlap and interact. Today human societies are breaking down, but under conditions when the standers of public conduct remain at the level to which the earlier periods of barbarization have reduced them. They have not so far shown serious signs of rising again.

There are several reasons why the First World War began the descent into barbarism. First, it opened the most murderous era so far recorded in history. Zbigniew Brzezinski has recently estimated the «megadeaths» between 1914 and 1990 at 187 million, which -however especulative- may serve as a reasonable order of magnitude. I calculate that this corresponds to something like 9% of the world population in 1914. We have got used to killing. Second, the limitless sacrifices which governments imposed on their own men as they drove them into the holocaust of Verdun and Ypres set a sinister precedent. If only for imposing even more unlimited massacres on the enemy. Third, the very concept of a war of total national mobilization shattered the central pillar of civilized warfare. The distinction between combatants and non-combatants. Fourth, the First World War was the first major war, at all events in Europe, waged under conditions of democratic politicas by, or with the active participation of, the entire population. Unfortunately democracies can rarely be mobilized by wars when these are seen merely as incidents in the international power game, as old-fashioned foreign offices saw them to be. Nor do they fight them like bodies of professional soldiers or boxers, for whom war is an activity that does not require hating the enemy, so long as he fights by the professional rules. Democracies, as experience shows, require demonized enemies. This, as the Cold War was to demonstrate, facilitates barbarization. Finally, the Great War ended in a social and political breakdown, social revolution and and counter-revolution on an unprecedented scale.

This era of breakdown and revolution dominated the thirty years after the 1917. The twentieth century became, among other things, an era of religious wars between a capitalist liberalism, on the defensive and in retreat until 1947, and both Soviet communism and movements of the fascist type, which also wished to destroy each other. Actually the only real threat to liberal capitalism in its heartlands, apart from its own breakdown after 1914, came from the right. Between 1920 and Hitler´s fall no regime anywhere was overthrown by communist or socialist revolution. But the communist threat, being to property and social privilege, was more frightening. This was not a situation conducive to the return of civilized values. All the more so, since the war had left behind a black deposit of ruthlessness and violence, and a substantial body of men experienced in both and attached to both. Many of them provided the precedent before 1914, namely quasi-official or tolerated strong-arm and killer squads which did the dirty work governments were not yet ready to do officially: Freikorps, Black-and-Tans, squadristi. In any case violence was not he rise. The enormous surge in political assassinations after the war has long been noticed, for instance by the Harvard historian Franklin Ford. Again, there is no precedent that I know before 1914 for the bloody street-fighting between organized political opponents which became so common in both Weimar Germany and Austria in the late 1920s. And where there had been a precedent, it was almost trivial. The Belfast riots and battles of 1921 killed more people than had been killed in the entire nineteenth century in that tumultuous city: 428 lives. And yet the streetcorner battlers were not necessarily old soldiers with a taste for war, though 57 per cent of the early membership of the Italian Fascist Party were.

Three-quarters of the Nazi stormtroopers of 1933 were too young to have been in the war. War, quasi-uniforms (the notorious coloured shirts) and gun-carrying now provided a model for the dispossessed young.

I have suggested that history after 1917 was to be that of wars of religion. «There is no true war but religious war» wrote one of the French officers who pioneered the barbarism of French Algerian counter-insurgency policy in the 1950s. Yet what made the cruelty which is the natural result of religious war more brutal and inhuman was that the cause of Good (that is of Western great powers) was confronted with the cause of Evil represented, most commonly, by people whose very claim to full humanity was rejected. Social revolution, and especially colonial rebellion, challenged the sense of a natural, as it were a divine or cosmically sanctioned, superiority of top people over bottom people in societies which were naturally unequal, whether by birth or by achievement.

Class wars, as Mrs Thatcher reminded us, are usually conducted with more rancour from the top than from the bottom. The very idea that people whose perpetual inferiority is a datum of nature, especially when made manifest by skin colour, should claim equality with, let alone rebel against, their natural superiors was an outrage in itself. If this was true of the relation between upper and lower classes, it was even more true of that between races. Would General Dyer in 1919 have ordered his men to fire into a crowd, kiling 379 people, if the crowd had been English or even Irish and not Indian, or the place Glasgow and not Amritsar? Almost certainly not. The barbarism of Nazi Germany was far greater against Russians, Poles, Jews and other peoples considered sub-human than against West Europeans.

And yet the ruthlessness implicit in relations between those who supposed themselves to be ‘naturally‘ superior and their supposedly ‘natural‘ inferiors merely speeded up the barbarization latent in any confrontations between God and Devil. For in such apocalyptic face-offs there can be only one outcome: total victory or total defeat. Nothing could conceivably be worse than the Devil´s triumph. As the Cold War phrase went, ‘Better dead than red’, which, in any literal sense, is an absurd statement. In such a struggle the end necessarily justified any means. If the only way to beat the Devil was by devilish means, that is what we had to do. Why, otherwise, would the mildest and most civilized of Western scientists have urged their governments to build the atom bomb? If the other side is devilish, then we must assume that they will use devilish means, even if they are not doing so now. I am not arguing that Einstein was wrong to regard a victory by Hitler as an ultimate evil, but merely trying to clarify the logic of such confrontations, which necessarily led to the mutual escalation of barbarism.

That is rather clearer in the case of the Cold War. The argument of Kennan´s famous ‘Long Telegram’ of 1946 which provided the ideological justifications of the Cold War, was no different from what British diplomats had constantly said about Russia throughout the nineteenthy century: we must contain them.

If need be by the threat of force, or they will advance on constantinople and the Indian frontier. But during the nineteenth century the British government rarely lost its cool about this. diplomacy, the ‘great game’ between secret agents, even the occasional war, were not confused with apocalypse. After the October Revolution they were. Palmerston would have shaken shis head, in the end, I think, Kennan himself did.

It is easier to see why civilization receded between the Treaty of Versailles and the fall of the bomb on Hiroshima. The fact that the Second World War, unlike the First, was fought on one side by belligerents who specifically rejected the values of nineteenth-century civilization and the Enlightenment speaks for itself.

We may need to explain why nineteenth-century civilization did no recover from the First World War, as many expected it to do. But we know it didn´t.

It entered upon an age of catastrophe: of wars followed by social revolutions, of the end of empires, of the collapse of the liberal world economy, the steady retreat of constitutional and democratid governments, the rise of fascism and Nazism. That civilization receded is not very surprising, especially when we consider that the period ended in the greatest school of barbarism of all, the Second World War. So let me pass over the age of catastrophe and turn to what is both depressing and a curious phenomenon, namely the advance of barbarism in the West after the Second World War. So far from an age of catastrophe, the third quarter of the twentieth century was an age of triumph for a reformed and restored liberal capitalism, at least in the core countries of the ‘developed market economies’. It produced both solid political stability and unparalleled economic prosperity. And yet barbarization continued. Let me take, as a case in point, the distasteful subject of torture.

As I need not tell you, at various times from 1782 on, torture was formally eliminated from judicial procedure civilized countries. In theory it was no longer tolerated in the state’s coercive apparatus. The prejudice against it was so strong that torture did not return after the defeat of the French Revolution, which had, of course, abolished it. The famous or infamous Vidocq, the ex-convict turned police chief under the Restoration, and model for Balzac’s character Vautrin, was totally without scruples, but he did not torture. One may suspect that in the corners of traditional barbarism that resisted moral progress- for instance in military prisons or similar institutions- it did not quite die out, or at any rate its memory didn’t. I am struck by the fact that the basic form of torture applied by the Greek colonels in 1967-74 was, in effect, the old Turkish bastinado – variations on beating the soles of the administration for almost fifty years. We may also take it that civilized methods lagged where governments fought subversives, as in the Tsarist Okhrana.

The major progress of torture between the wars was under Communist and fascist regimes. Fascism, uncommitted to the Enlightenment, practiced it fully.

The Bolsheviks, like the Jacobins, formally abolished the methods used by the Okhrana, but almost immediately founded the Cheka, which recognized to restraints in its fight to defend the revolution. However, a circular telegram by Stalin in 1939 suggests that after the Great War ‘applications of methods of physical pressure in NAKED (the successor to the Chake) practice’ was legitimized as part of the Stalinist Great Terror. In fact it became compulsory in certain cases. These methods were to be exported to the European Soviet satellites after 1945, but we may take it that there were policemen in these new regimes who had experience of such activities in the regimes of Nazi occupation.

Nevertheless, I am inclined to think that Western torture did not learn much from, or imitate, Soviet torture, although techniques of mental manipulation may have owed more to the Chinese techniques of what journalists baptized ‘brainwashing’, when they came across it during the Korean War. Almost certainly the model was fascist torture, particularly as practised in the German repression of resistance movements during the Second World War.

However, we should not underestimate the readiness to learn even from the concentration camps. As we know, thanks to the disclosures of President Clinton’s administration, the USA engaged, from shortly after the war until well into the 1970s, in systematic radiation experiments on human beings, chosen from among those felt to be of socially inferior value. These were, like the Nazi experiments, conducted or at least monitored by medical doctors, a profession whose members, I must say it with regret, too often allowed themselves to be involved in the practice of torture in all countries. At least one of the American medical men who found these experiments distasteful protested to his superiors that there seemed to be ‘a smell of Buchenwald’ to them. It is safe to assume that he was no the only one to be aware of the similarity.

Let me now bring in Amnesty, for whose benefit these lectures are held. This organization, as you know, was founded in 1961, mainly to protect political and other prisoners of conscience. To their surprise these excellent men an women discovered that they also had to deal with the systematic use of torture by governments – or barely disguised agencies of government – in countries in which they have not expected to find it. Perhaps only Anglo-Saxon provincialism accounts for their surprise. The use of torture by the French army during the Algerian war of independence. 1954-62, had long caused political uproar in France. So Amnesty had to concentrate much of its effort on torture and its 1975 Report on the subject remains fundamental.

Two things about this phenomenon were striking. In the first place its systematic use in the democratic West was novel, even allowing for the odd precedent of electric cattle-prods in Argentinian jails after 1930. The second striking fact was that the phenomenon was now purely Western, at all events in Europe, as the Amnesty Report noted. ‘Torture as a government-sanctuibed Stalinist practice has ceased. With a few exceptions…no reports of torture in Eastern Europe have been reaching the outside world in the past decade’.

this is perhaps less surprsing than it looks at first sight. Since the life-and-death struggle of the Russian civil War, torture in the USSR– as distinct from the general brutality of Russian penal life- had not served to protect the security of the state. It served other purposes, such as the constructions of show trials and similar forms of public theatre.

It declined and fell with Stalinism. Fragile as the communist systems turned out to be, only a limited, even a nominal, use of armed coercion was necessary to maintain them from 1957 until 1989. On the other hand it is more surprising that the period from the mid – 1950s to the late 1970s should have been the classic era of Eastern torturing, reaching its peak in the first half of the seventies, when it flourished simultaneously in Mediterranean Europe, in several countries of Latin America with a hitherto unblemished record – Chile and Uruguay are cases in point – in South Africa and even, though without the application of electrodes to genitals, in Northern Ireland. I should add that the curve of Western official torturing has dipped substantialloy since then, partly, one hopes, vecause of the labours of Amnesty. Nevertheless, the 1992 edition of the admirable World Human Rights Guide records it in 62 out of the 104 countries it surveyed and gave only fifteen a completely clean bill of health.

How are we to explain this depressing phenomenon? Certainly not by the official rationalization of the practice, as stated in the British compton commiettee, which reported rather ambiguously on Northern Ireland in 1972.

It talked about ‘information which it was operationally necessary to obtain as rapidly as possible‘, but this was no explanation. It was merely another way of saying that governments had given way to barbarism, that is that they no longer accepted the convention that prisoners of war are not obliged to tell their captors more than name, rank and number, and that more information would not be tortured out of them, however urgent the operational necessity.

I suggest that three factors are involved. The post -1945 Western barbarization took place against the background of the lunacies of the Cold War, a period which will one day be as hard to understand for historians as the witch craze of the fifteenth and sixteenth centuries. I shall not say more about it here, except to note that the extraordinary assumption that only the readiness to launch the nuclear holocaust at a moment’s notice preserved the Western world from immediate overthrow by totalitarian tyranny was enough in itself to undermine all accepted standards of civility. Again, Western torturing clearly developed first, on a significant scale, as part of the doomed attempt by a colonial power, or at all events the French armed forces, to preserve its empire in Indochina and North Africa. Nothing was more likely to barbarize than the suppression of inferior races by the forces of a state which had recently experienced suppression by Nazi Germany and its collaborators. It is perhaps significant that, following the French example, systematic torture elsewhere seems later to have been primarily carried out by the military rather than the police.

In the 1960s, following the Cuban Revolution and the student radicalization, a third element entered the situation. This was the rise of new insurrectionary and terrorist movements which were essentially attempts by volunteer minority groups to create revolutionary situations by acts of will. The essential strategy of such groups was polarization. Either by demonstrating that the enemy regime was no longer in control, or – where the situation was less favourable – by provoking it into general repression, they hoped to drive the hitherto passive masses to support the rebels. Both variants were dangerous. The second was an open invitation for a sort of mutual escalation of terror and counter-terror.

It took a very level-headed government to resist; even the British in Northern Ireland did not keep their cool in the early years. Several regimes, especially military ones, did not resist. I need hardly add that in a contest of comparative barbarism the forces of the state were likely to win – and they did.

But a sinister air of unreality surrounded these underground wars. Except in the remaining struggles for colonial liberation, and perhaps in Central America, the fights were for smaller stakes than either side pretended. The socialist revolution of the various left-wing terrorist brigades was not on the agenda. Their actual chances of defeating and overthrowing existing regimes by insurrection were insignificant, and known to be so. What reactionaries were really afraid of was not students with guns but mass movements which, like Allende in Chile and the Peronists in Argentina, could win elections, as the gunmen could not. The example of Italy demonstrates that routine politics could go on almost as before, even in the presence of the strongest force of such insurrectionaries in Europe, the Red Brigades.

The main achievements of the neo-insurrectionaries was thus to allow the general level of force and violence to be ratcheted up by a few notches.

The 1970s left behind torture, murder and terror in formerly democratic Chile, where its object was not to protect a military regime which ran no risk of overthrow, but to teach the poor humility and to install a system of free-market

economics safe from political opposition and trade unions. In relatively pacific Brazil, not a naturally bloodthirsty culture like Colombia or Mexico, it left a heritage of death squads of policemen, scouring the streets to liquidate ‘anti-socials’ and the lost children of the pavements. It left behind, almost everywhere in the West, doctrines of ‘counter-insurgency’ which I can sum up in the words of one of the authors who surveyed these writings: Dissatisfaction there is always, but resistance only has a change of success against a liberal-democratic regime, or an old-fashioned, ineffectual authoritarian system.

In short, the moral of the 1970s was that barbarism is more effective than civilization. It has permanently weakened the constraints of civilization.

Let me finally turn to the current period. The wars of religion in their characteristic twentieth-century form are more or less over, even though they have left behind a sub-stratum of public barbarity. We may find ourselves returning towards wars of religion in the old sense, but let me leave aside this further illustration of the retreat of civilization. The current turmoil of nationalist conflicts and civil wars is not to be regarded as an ideological phenomenon at all, and still less as the re-emergence of primordial forces too long suppressed by communism or Western universalism, or whatever else the current self-serving jargon of the militants of identity politics calls it. It is, in my view, a response to a double collapse: the collapse of political order as represented by functioning states – any effective state which stands watch against the descent into Hobbesian anarchy – and the crumbling of the old frameworks of social relations over a large part of the world – any framework which stands guard against Durkheimian anomie.

I believe the horrors of the current civil wars are a consequence of this double collapse. They are not a return to ancient savageries, however long ancestral memories may be in the mountains of Herzegovina and Krajina. The Bosnian communities were not prevented from cutting each other’s throats by the force majeure of a communist dictatorship. They lived together peacefully and, at least among the 50 per cent or so of the urban Yugoslav population, intermarried to a degree inconceivable in really segregated societies like Ulster or the racial communities of the USA. If the British state had abdicated in Ulster as the Yugoslav state did, we would have had a lot more than some 3,000 dead in a quarter of a century. Moreover, as Michael Ignatieff has brought out very well, the atrocities of this war are largely committed by a typically contemporary form of the ‘dangerous classes’, namely deracinated young males between the ages of puberty and marriage, for whom no accepted or effective rules and limits of behaviour exist any longer; not even the accepted rules of violence in a traditional society of macho fighters.

And this, of course, is what links the explosive collapse of political and social order on the periphery of our world system, with the slower subsidence in the heartlands of developed society. In both regions unspeakable things are done by people who no longer have social guides to action. The old traditional England which Mrs Thatcher did so much to bury relied on the enormous strength of custom and convention. One did, not what ‘ought to be’ done, but what was done: as the phrase went, ‘the done thing’. But we no longer know what ‘the done thing’ is, there is only ‘one’s own thing’.

Under these circumstances of social and political disintegration, we should expect a decline in civility in any case, and a growth in barbarism. And yet what has made things worse, what will undoubtedly make them worse in future, is the steady dismantling of the defences which the civilization of the Enlightenment had erected against barbarism, and which I have tried to sketch in this lecture. For the worst of it is that we have got used to the inhuman. We have learned to tolerate the intolerable.

Total war and cold war have brainwashed us into accepting barbarity. Even worse: they have made barbarity seem unimportant, compared to more important matters like making money. Let me conclude with the story of one of the last advances of nineteenth-century civilization, namely the banning of chemical and biological warfare – weapons essentially designed for terror, for their actual operational value is low. By virtually universal agreement they were banned after the Fist World War under the Geneva Protocol of 1925 due to come into force in 1928. The ban held good through the Second World War, except naturally, in Ethiopia. In 1987 it was contemptuously and provocatively torn up by Saddam Hussein, who killed several thousands of his citizens with poison-gas bombs. Who protested? Only the old ‘stage army of the good’ and not even all of these – as those of us who tried to collect signatures at the time know.

Why so little outrage? In part, because the absolute rejection of such inhuman weapons had long been quietly abandoned. It had been softened down to a pledge not to be the first to use such weapons, but, of course, if the other side used them….Over forty states, headed by the USA, took this position in the 1969 UN resolution against chemical warfare. Opposition to biological warfare remained stronger. Its means were to be totally destroyed under an agreement of 1972: but not chemical ones. We might say that poison gas had been quietly domesticated. Poor countries now saw it simply as a possible counter to nuclear arms. Still, it was terrible. And yet – need I remind you – the British and other governments of the democratic and liberal world, so far from protesting, kept quiet and did their best to keep their citizens in the dark, as they encouraged their businessmen to sell Saddam more arms including the equipment to gas more of his citizens. They were not outraged, until he did something genuinely insupportable. I don’t need to remind you what he did: he attacked the oil fields thought vital by the USA.

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Número 72

La barbarie: guía del usuario / Eric Hobsbawm

Revista Malabia número 72
La barbarie: guía del usuario, por E. Hobsbawm

La barbarie: guía del usuario / Eric Hobsbawm

Conferencia en una reunión de Amnistía en el Sheldonian Theatre de Oxford en 1994. Publicada en New Left Review

Mi intención al titular mi conferencia La barbarie: guía del usuario no es instruirles sobre cómo ser bárbaros. Ninguno de nosotros, por desgracia, lo necesita. La barbarie no es la danza sobre hielo, una técnica que hay que aprender, a menos que deseen convertirse en torturadores o especialistas en actividades inhumanas. Se trata más bien de un producto derivado de la vida en un entorno social e histórico, algo relacionado con un territorio, como decía Arthur Miller en La muerte de un viajante. El término «astuto» (street-wise) expresa lo que quiero decir mejor que ninguno, porque indica la forma en que se adapta la gente a la vida en una sociedad sin las reglas de la civilización. Entendiendo esta expresión, podemos comprender nuestra adaptación a una sociedad que es, para los estándares de nuestros padres o abuelos, e incluso para alguien tan viejo como yo, incivilizada. Nos hemos acostumbrado a ella. Y con esto no quiero decir que no experimentemos un shock por algunas cosas que pasan. Al contrario, sentirnos sacudidos por algo inusualmente desagradable de vez en cuando es parte de la experiencia. Ayuda a justificar una normalidad que nuestros padres considerarían la vida en condiciones inhumanas. Tengo la esperanza de que mi guía del usuario ayude a entender las causas de esta situación.

El argumento central de esta conferencia es que, luego de 150 años de declive, la barbarie se ha incrementado en la mayor parte del siglo XX sin signos de haber llegado a a su fin. En este contexto, entiendo que la palabra «barbarie» tiene dos significados. En primer término, el desglose y la ruptura de los sistemas de reglas y comportamientos morales a través de los cuales las sociedades regulan las relaciones entre sus miembros y, a mayor escala, entre sus miembros y los de otras sociedades. En segundo lugar, para ser más específico, la inversión de lo que podríamos llamar el proyecto de la Ilustración del siglo XVIII, que se trataba del establecimiento de un sistema universal cuyas reglas y estándares de comportamiento moral encarnados en las instituciones del estado dedicados al progreso racional de la humanidad: a la Vida, Libertad y la Búsqueda de la Felicidad, a la Igualdad, Libertad y Fraternidad o a lo que sea. Ambos significados de la palabra son reales en la práctica y refuerzan sus efectos negativos en nuestras vidas. La relación del tema con los derechos humanos debería ser obvia.

Permítanme aclarar el primer aspecto de la barbarización en la que estamos: lo que pasa cuando el control tradicional desaparece. Michael Ignatieff, en su reciente libro Blood and Belonging señala la diferencia entre los hombres armados de la guerrilla kurda en 1993 y la de los puestos de control bosnios. Con gran percepción constata que en la sociedad sin estado de Kurdistán cada niño cercano a la adolescencia consigue un arma. Llevarla quiere decir que ha dejado de ser un niño y debe ser tratado como un hombre. «El acento del significado, por lo tanto, refuerza la responsabilidad, la sobriedad, el sentido trágico«. En este caso, las armas son disparadas cuando es necesario hacerlo. Por el contrario, la mayoría de europeos desde 1945, incluidos los balcánicos, han vivido en sociedades donde el estado disfrutaba del monopolio de la violencia legítima, por eso, a medida que los estados se derrumbaban, lo hacía ese monopolio. «Para algunos jóvenes europeos, el caos que vino como resultado del derrumbe (el colapso)… ofreció la oportunidad de acceder a un erótico paraíso donde todo está permitido. De ahí la semisexual, semipornográfica cultura armada de los puestos de control. Para los jóvenes había una irresistible carga erótica en llevar armas letales en sus manos«; y en usarlas para aterrorizar a los indefensos. Sospecho que una buena parte de las atrocidades cometidas en nuestro tiempo en las guerras civiles de tres continentes reflejan esta clase de trastorno, que es característico del mundo en las postrimerías del siglo XX. Pero espero decir sobre esto algunas palabras más adelante.

En cuanto a la segunda forma de barbarización, desearía declarar un especial interés. Creo que algunas de las pocas cosas que se interponen entre nosotros y el acelerado descenso a las tinieblas son los valores heredados de la Ilustración del siglo XVIII. Este no es un pensamiento moderno en este momento, porque la Ilustración puede ser rechazada como algo superficial, intelectualmente ingenuo o una conspiración de hombres blancos ya muertos que usaban peluca y posibilitaron la fundación intelectual del imperialismo occidental. Esta crítica puede ser acertada o no, pero convengamos que el pensamiento citado es el único fundamento para todas las aspiraciones de construir sociedades adecuadas a todos los humanos en cualquier lugar del planeta Tierra y la única afirmación y defensa de sus derechos como personas. Porque el progreso de la civilización que tuvo lugar desde el siglo XVIII hasta el temprano XX fue logrado de forma abrumadora, o casi enteramente, bajo la influencia de la Ilustración a través de gobernantes «absolutistas ilustrados» (como seguimos llamándolos ante los estudiantes de historia), revolucionarios o reformistas, liberales, socialistas y comunistas, todos ellos pertenecientes a la misma familia intelectual. Ese progreso no lo lograron quienes lo critican. Esa era, en la que el progreso no se suponía meramente material y moral, pero en realidad lo era, ha llegado a su fin. Convengamos en que la vieja racionalidad de la Ilustración es el único criterio que nos permite juzgar el descenso a la barbarie en lugar de limitarnos a dejar constancia del mismo y entregarnos.

Déjenme ilustrarles sobre la longitud de la brecha entre el período anterior a 1914 y el nuestro. No me detendré en el hecho de que es probable que nosotros, al haber vivido inhumanidades más grandes, nos vamos a sentir menos escandalizados por las modestas injusticias que sacudieron el siglo XIX. Por poner un par de ejemplos: un simple error de la justicia en Francia (el caso Dreyfus) o veinte manifestantes encerrados por el ejército alemán por una noche en un pueblo de Alsacia (el incidente de Zabern en 1913). En lo que quiero incidir es en las pautas de conducta. Clausewitz, escribiendo sobre las guerras napoleónicas, daba por supuesto que las fuerzas armadas de los estados civilizados no mataban a los prisioneros de guerra ni devastaban los países. Las guerras recientes en las que Gran Bretaña participó -las islas Malvinas (Falklands) y la guerra del Golfo- sugieren que esto ya no puede garantizarse. Agrego, citando la undécima edición de la Enciclopedia Británica: «la guerra civilizada, según nos dicen los libros de texto, se limita, dentro de lo posible, a incapacitar las fuerzas armadas del enemigo; de otra forma la guerra continuaría hasta el exterminio de uno de los bandos (…)» Es por esa buena razón -y aquí la enciclopedia cita a Vattel, un abogado internacional de la noble Ilustración del siglo diecinueve- «que esta práctica se ha convertido en costumbre entre las naciones de Europa» Antes de 1914, la visión de que las guerras se hacían entre combatientes y no contra no combatientes era compartida por rebeldes y revolucionarios. El programa de Russian Narodnaya Volya, el grupo que mató al zar Alejandro II, decía explícitamente «que los individuos y grupos que no participaban en su lucha contra el gobierno serían tratados como neutrales y sus personas y bienes se consideraban inviolables». Por ese tiempo, Frederick Engels condenaba a los Irish Fenians (con quienes simpatizaba) por colocar una bomba en Westminster Hall poniendo en riesgo a los viandantes inocentes. La guerra, como la sentía un revolucionario con experiencia en la lucha armada como él, debía librarse entre combatientes y no contra civiles. Hoy estas limitaciones no son reconocidas por revolucionarios, terroristas, ni por los gobiernos en guerra.

Sugeriré ahora una breve cronología de esta cuesta abajo en la pendiente hacia la barbarie. Sus principales etapas son cuatro: la Primera Guerra Mundial, el período de crisis planetaria desde el derrumbamiento de 1917-20 hasta el de 1944-47, las cuatro décadas de la Guerra Fría y, finalmente, el derrumbamiento general de la civilización como la conocemos en muchas partes del mundo en los ochenta y desde entonces. Hay una continuidad obvia entre las primeras etapas. En cada una de ellas se aprendieron las anteriores lecciones de inhumanidad del hombre para el otro hombre, que se convirtieron en las bases de los nuevos avances de la barbarie. No hay una conexión lineal entre entre la tercera y cuarta etapa. El derrumbamiento de los 80 y 90´s no se debe a las acciones de los humanos que toman decisiones a los que podría reconocerse como bárbaros, como el proyecto de Hitler o el terror de Stalin, lunáticos como los argumentos justificando la carrera hacia la guerra nuclear, o todo a la vez, como la Revolución Cultural de Mao. Es debido al hecho de que quienes toman decisiones ya no saben qué hacer con un mundo que ni ellos ni nosotros podemos controlar y que la explosiva transformación de la sociedad y la economía desde 1950 produjo un derrumbamiento y una perturbación sin precedentes de las reglas que gobiernan el comportamiento de las sociedades humanas. La tercera y cuarta etapa se superponen e interactúan. Hoy las sociedades humanas se derrumban, pero en unas circunstancias en que las pautas de conducta pública permanecen en el nivel al que se vieron reducidas a causa de los anteriores períodos de avance de la barbarie. De momento no muestran signos serios de recuperarse.

Hay razones serias del para creer que en la Primera Guerra Mundial comenzó el descenso a la barbarie. En primer lugar, inició el período más sanguinario hasta ahora en la historia. Zbigniew Brzezinski ha estimado las «megadeaths» entre 1914 y 1990 en 187 millones, lo cual -como siempre, especulativo- debe servir como una razonable medida de magnitud. Yo calculo que corresponde a un 9% de la población mundial en 1914. Nos hemos acostumbrado a las matanzas. En segundo lugar, los sacrificios sin límite que los gobiernos imponen a sus hombres a medida que los conducen a holocaustos como Verdun y Ypres, sientan un precedente siniestro. En tercer lugar, el concepto de una guerra de movilización nacional total destruye el pilar fundamental del estado de guerra civilizado: la distinción entre combatientes y no combatientes. En cuarto lugar, la Primera Guerra Mundial fue la primera contienda importante, al menos en Europa, que tuvo lugar en circunstancias políticas de carácter democrático y su protagonista fue la población entera o ésta participó de manera activa. Por desgracia, las democracias raramente se movilizan a causa de las guerras cuando éstas son vistas como incidentes aislados en la lucha por el poder, como las veían los antiguos ministerios de asuntos exteriores. Tampoco las hacen como los soldados o boxeadores profesionales, para quienes la guerra no es una actividad que requiera odiar al enemigo mientras éste combata de acuerdo a las reglas profesionales. Las democracias, como hemos visto, requieren enemigos demonizados. Esto, como la Guerra Fría demostrara, facilita el camino hacia la barbarie. Finalmente, la Primera Guerra Mundial terminó en un derrumbamiento, una revolución social y una contra revolución a una escala sin precedentes.

Esta era de derrumbamiento y revolución dominó los treinta años posteriores a 1917. El siglo XX se convirtió, entre otras cosas, en una era de guerras religiosas entre un liberalismo capitalista, a la defensiva y en retirada hasta 1947, un comunismo soviético y movimientos de tipo fascista que deseaban destruirse entre sí. En realidad, la única amenaza al capitalismo liberal en su interior, dejando de lado su propio derrumbamiento después de 1914, venía de la derecha. Entre 1920 y la caída de Hitler, ningún régimen en ninguna parte fue derrocado por una revolución comunista o socialista. Pero la amenaza comunista, poniendo en peligro la propiedad y los privilegios sociales, era lo más preocupante. No era ésta una situación que condujera al retorno de los valores civilizatorios. Agreguemos que la la guerra había dejado tras de sí un negro depósito de impiedad y violencia y una enorme cantidad de hombres atados a ambos extremos y con experiencia en ellos. Muchos de estos hombres proporcionaron el material humano para una innovación de la que no puedo hallar precedente real antes de 1914: escuadrones casi oficiales o tolerados de matones que hacían el trabajo sucio que los gobiernos no estaban todavía preparados para hacer oficialmente: Freikorps, Black-and-Tans, Squadristi. En cualquier caso, la violencia crecía. El enorme crecimiento de los asesinatos políticos después de la guerra han sido ampliamente constatados, para poner un ejemplo, por el historiador de Harvard, Franklin Ford. Para citar un caso, no hay precedentes, que yo sepa, anteriores a 1914, de las sangrientas batallas callejeras entre oponentes políticos organizados que fueron tan comunes en Weimar Germany y en Austria a finales de los años veinte. Y si ha habido algún precedente, es totalmente trivial. Los disturbios y las batallas de 1921 en Belfast mataron más gente que en todo el siglo XIX en esa convulsionada ciudad: 428 personas. Y quienes participaban en las batallas callejeras no eran necesariamente viejos soldados con nostalgia guerrera, siempre teniendo en cuenta que el 57% de los primeros miembros del Partido Fascista italiano sí lo eran. El 75% de las tropas de asalto nazis de 1933 eran demasiado jóvenes para haber estado en la guerra. La guerra, la vestimenta uniformada (las notorias camisas de colores) y llevar armas de fuego proporcionaban un modelo a los jóvenes desposeídos.

He sugerido que la historia posterior a 1917 debería ser de guerras de religión. «No hay guerras más verdaderas que las de religión«, escribió uno de los oficiales franceses que pusieron en marcha la barbarie contra la insurgencia argelina en los cincuenta. Sin embargo, lo que hizo que la crueldad, resultado natural de las guerras religiosas, fuera más brutal e inhumana fue el hecho de que la causa del Bien (esto es, de las grandes potencias occidentales) se enfrentara a la causa del Mal, cuyos representantes, la mayoría de las veces, eran gentes que veían rechazada su reivindicación de seres humanos. La revolución social, y especialmente la rebelión anti colonial, desafiaron el sentido de lo natural , como si este fuera una aprobación divina o cósmica. Y lo natural era la superioridad de los de arriba sobre los de abajo en sociedades que eran de naturaleza desigual, ya fuera por nacimiento o por logros. La lucha de clases, como Margaret Thatcher nos recordaba, es a menudo conducida con más resentimiento desde arriba que desde abajo. La idea de que personas cuya inferioridad perpetua es un dato de la naturaleza, especialmente cuando se manifiesta por el color de la piel, reivindiquen la igualdad con sus superiores naturales -y no digamos si se rebelan contra ellos- era escandalosa en sí misma. Si eso era la verdad en la relación entre las clases altas y las bajas, era todavía más verdad entre las razas. ¿Hubiera ordenado el General Dyer a sus hombres, en 1919, abrir fuego contra una multitud, matando a 379 personas, si esa multitud hubiera estado formada por ingleses, incluso por irlandeses, y no gente de la India, o si el lugar hubiera sido Glascow y no Amristar? Casi por cierto que no. La barbarie nazi fue mucho más intensa contra los rusos, polacos, judíos y otros pueblos considerados sub humanos que contra los europeos occidentales.

Y todavía, la falta de piedad implícita en las relaciones entre aquellos que se creen «naturalmente» superiores y los supuestos «naturalmente» inferiores no hizo más que acelerar la barbarie latente en cualquier confrontación entre Dios y el Diablo. Porque en estos enfrentamientos apocalípticos sólo puede haber un resultado: la victoria total o la derrota total. Nada peor puede concebirse que la victoria del Diablo.. Como sostenía una frase de la Guerra Fría, «Mejor muerto que rojo«, lo cual, en un sentido literal, es una declaración absurda. En esta clase de lucha, el fin justifica cualquier medio. Si la única manera de derrotar al diablo era empleando medios diabólicos, eso había que hacer. ¿Por qué, si no, los más apacibles y civilizados científicos occidentales habían instado a sus gobiernos a fabricar la bomba atómica? Si el otro bando es diabólico, debemos considerar que usará medios diabólicos, incluso si no lo está haciendo ahora. No estoy argumentando que Einstein estuviera equivocado considerando que una victoria de Hitler era el peor de los males, sino tratando de clarificar la lógica de tales confrontaciones, que necesariamente nos llevan a la escalada de la barbarie. Resulta más claro en el caso de la guerra fría. El argumento del famoso «Long Telegram» de Kennan en 1946, que proporcionó la justificación ideológica de la Guerra Fría, no era diferente de lo que los diplomáticos británicos decían constantemente sobre Rusia a lo largo del siglo XIX: debemos contenerlos, si es necesario a través de la amenaza de la fuerza o avanzarán hacia Constantinopla y la frontera de la India. Pero durante el siglo XIX el gobierno británico pocas veces perdió la calma en un asunto así. La Diplomacia, el «gran juego» entre agentes secretos, incluso alguna que otra guerra, no se confundían con el Apocalipsis. Después de la Revolución de Octubre se produjo la confusión. Palmerston hubiera sacudido la cabeza; al final, pienso, hasta Kennan lo hizo.

Es fácil entender el porqué del retroceso de la civilización entre el Tratado de Versalles y la bomba lanzada sobre Hiroshima. El hecho de que en la Segunda Guerra Mundial, a diferencia con la primera, uno de los bandos beligerantes rechazara los valores de la civilización del siglo XIX y la Ilustración habla por sí mismo. Necesitamos explicarnos por qué la civilización del siglo diecinueve no se recuperó de la Primera Guerra Mundial, como muchos esperaban que lo hiciera. Sabemos que no lo hizo, al contrario, entró en una etapa de catástrofes: de guerras seguidas de revoluciones sociales, de fin de los imperios, de colapso mundial de la economía liberal, de firme retroceso de los gobiernos constitucionales y democráticos, de ascenso del fascismo y el nazismo. Que la civilización retroceda no es ninguna sorpresa, sobre todo cuando consideramos que el período desemboca en la mayor escuela de la barbarie: la Segunda Guerra Mundial. Entonces, déjenme pasar por alto la era de la catástrofe y volver a lo que es un fenómeno deprimente y curioso, llamémoslo el avance de la barbarie en Occidente después de la Segunda Guerra Mundial. Muy lejos de ser una era de catástrofe, el tercer cuarto del siglo XX fue una era de triunfo para un reformado y restaurado capitalismo liberal, al menos en los países centrales de las «economías de mercado desarrolladas». Esto produjo una estabilidad política sólida y una prosperidad económica sin paralelo. Y sin embargo, la barbarie continuó. Permítanme referirme, como ejemplo, al desagradable tema de la tortura.

No necesito decirles que, en varias oportunidades desde 1782, la tortura fue formalmente eliminada oficialmente de los procedimientos judiciales en los países civilizados. En teoría, no era tolerada más en los aparatos coercitivos del estado. El prejuicio contra el método era tan fuerte que la tortura no volvió a usarse después de la derrota de la Revolución Francesa, que, por supuesto, la había abolido. El famoso o infame Vidocq, el ex convicto convertido en policía bajo la Restauración, y modelo para Vautrin, el personaje de Balzac, no tenía escrúpulos, pero no torturaba. Cabe sospechar que en los rincones de la barbarie tradicional que se resistió al progreso moral -por ejemplo en prisiones militares o instituciones similares- la tortura no se extinguió del todo, o por lo menos no desapareció su recuerdo. Me sorprende que la forma básica de tortura aplicada en Grecia por los coroneles en 1967 al 74 fuera, de hecho, el antiguo bastinado turco -una variación de golpear las plantas de los pies-, teniendo en cuenta que ninguna parte del país había estado bajo el dominio de la administración turca por casi cincuenta años. Debemos suponer que los métodos civilizados tardaron más en llegar donde los gobiernos combatían contra elementos subversivos, como en la Okhrana zarista.

El mayor desarrollo de la tortura tuvo lugar entre guerras bajo regímenes comunistas y fascistas. El fascismo, no comprometido con la Ilustración, lo practicaba sin límites. Los bolcheviques, como los jacobinos, abolieron formalmente los métodos usados por la Okhrana, pero enseguida fundaron la Cheka, que no reconoció límites en la defensa de la revolución. Sin embargo, una circular telegráfica que Stalin envió en 1939 lleva a pensar que después de la Gran Guerra «la práctica de aplicación de métodos de presión física en el NKVD (el sucesor de la Cheka)» no fue oficialmente legitimada hasta 1937, lo que quiere decir que fue legitimada como parte de régimen stalinista de terror. En los hechos, pasó a ser obligatoria en ciertos casos. Estos métodos se exportaron a los satélites soviéticos después de 1945, pero cabe suponer que en esos nuevos regímenes había policías con experiencia en tales actividades desde la ocupación nazi. No obstante, me inclino a pensar que la tortura occidental ni aprendió de la soviética ni la imitó. Las técnicas de manipulación mental tenían que ver con las técnicas chinas que los periodistas bautizaron como «lavado de cerebro» cuando las descubrieron en la guerra de Corea. Casi con certeza el modelo era la tortura fascista, en especial como la practicaban en la represión de los movimientos de resistencia en la Segunda guerra Mundial. De cualquier forma, no deberíamos subestimar la buena disposición al aprendizaje, incluso de los campos de concentración. Como ahora sabemos, gracias a las revelaciones de la administración Clinton, los Estados Unidos llevaron a cabo, desde poco después de la guerra hasta bien entrados los setenta, experimentos sistemáticos de radiación en humanos, elegidos entre las personas consideradas de valor social inferior. Estos experimentos, como los de los nazis, eran dirigidos o al menos supervisados por médicos, una profesión cuyos miembros, lo digo con pesar, han permitido con demasiada frecuencia verse envueltos en la práctica de la tortura en todos los países. Al menos uno de los médicos a quien desagradaban estos experimentos protestó ante sus superiores diciéndoles que había cierto «olor a Buchenwald» en ellos. Cabe pensar que no fue el único en percatarse de la similitud.

Hablemos ahora de Amnistía, en cuyo beneficio se llevan a cabo estas conferencias. Esta organización, como saben, fue fundada en 1961 para proteger a los prisioneros políticos y de conciencia. Las mujeres y los hombres que trabajan en ella descubrieron con sorpresa que también tenían que lidiar con el sistemático uso de la tortura por gobiernos -o simplemente agencias de gobierno- de países en los que no pensaban encontrar esa clase de métodos. Quizá el provincianismo anglosajón sea lo que explique esa sorpresa. Hacía tiempo que el uso de la tortura por el ejército francés en la guerra de independencia de Argelia (1954-1962) era motivo de escándalo político. Por esa razón, Amnistía tuvo que concentrar la mayor parte de su esfuerzo en la tortura, como prueba el Informe de 1975. Dos aspectos de este fenómeno llamaban la atención. En primer lugar, su uso sistemático en el democrático Occidente constituía una novedad, incluso teniendo en cuenta el extraño antecedente del uso de picanas en las cárceles argentinas después de 1930. El segundo aspecto que llamaba la atención era que este fenómeno se había convertido en exclusivo de Occidente, en todo caso de Europa, como Amnistía hace notar. «La tortura como una práctica aceptada por el gobierno ha cesado. Con unas pocas excepciones … ninguna denuncia de tortura en Europa del Este ha sido denunciada en el mundo en la pasada década» Esto es quizá menos sorprendente de lo que parece a primera vista. Desde la lucha a vida o muerte que significó la guerra civil en Rusia, la tortura -en contraposición a la brutalidad general en las cárceles- no se había usado para proteger al estado. Se usaba con otros fines, como por ejemplo la organización de juicios ejemplares y otras formas de teatro público. Disminuyó y caducó con el stalinismo, un sistema frágil cuya subsistencia sólo necesitó un limitado, incluso nominal, uso de la coacción armada para mantenerse desde 1957 a 1989. Es más sorprendente que después de 1950 haya sido la era clásica de la tortura occidental, que alcanza su pico a final de los setenta en la Europa mediterránea, en varios países de América Latina con un historial hasta entonces inmaculado -Chile y Uruguay son ejemplos a anotar-, en África del Sur e incluso en Irlanda del Norte, aunque en este último no se aplicaran los electrodos en los genitales. Debería añadir que la curva de la tortura oficial en Occidente ha descendido sustancialmente desde entonces, en parte, cabe esperar, debido al trabajo de Amnistía. De cualquier forma, la edición de 1992 de la admirable Guía Mundial de los Derechos Humanos deja constancia de que se recurría a la tortura en 62 de los 104 países examinados, dando sólo el visto bueno de limpieza total a 15.

¿Cómo explicamos este fenómeno que nos deprime? Lo que no puede hacerse es a través de la racionalización de la práctica, como hizo el Britsh Compton Committe, que de forma ambigua informó de los sucedido en Irlanda del Norte en 1972. Hablaba de «información que es operativamente necesario obtener de la forma más rápida posible«. Pero esa no era ninguna explicación. Era simplemente otra manera de decir que los gobiernos habían dado paso a la barbarie dejando de lado la convención de que los prisioneros de guerra no están obligados a decir a sus captores más que su nombre, rango y número, y que más información no puede sacárseles torturándolos, por apremiante que sea la necesidad de la operación.

Me parece que hay tres factores en el tema. El aumento de la barbarie en Occidente tuvo lugar con el trasfondo de las locuras de la Guerra Fría, un período que algún día será tan difícil de entender para los historiadores como la caza de brujas de los siglos XV y XVI. No debería decir nada más sobre esto, sólo señalar que el extraordinario supuesto de que la disposición a desencadenar el conflicto nuclear de un momento a otro fue lo único que protegió a Occidente de su inmediato derrocamiento a manos de una tiranía totalitaria fue suficiente en sí mismo para socavar todos los estándares de civilización. Y agregar que el Occidente torturador se desarrolló de forma clara a escala importante, en sus inicios, como parte del inútil intento de un poder colonial, o en todo caso de las fuerzas armadas francesas, de preservar su poder colonial en Indochina y África del Norte. Nada es más cercano a la barbarie que la supresión de las razas inferiores por un estado que hacía poco había sido suprimido por los nazis y sus colaboradores. Quizá sea significativo que, siguiendo el ejemplo francés, la tortura sistemática en cualquier lugar ha sido llevada a cabo por militares antes que por policías.

En la década de los sesenta, siguiendo la estela de la Revolución Cubana y de la radicalización estudiantil, un tercer factor se agregó a la situación. Consistió en la aparición de nuevos movimientos de insurrección y terroristas, que eran, esencialmente, tentativas de pequeños grupos de crear situaciones revolucionarias desde el voluntarismo. Su estrategia principal consistía en la polarización, tratando de demostrar que el régimen contra el que luchaban no controlaba la situación o, donde la situación era menos favorable, generar como respuesta la represión para, a través de ella, despertar a las masas hasta ese momento pasivas para que apoyaran la rebelión. Ambas formas eran peligrosas. La otra era una invitación abierta a una mutua escalada del terror y del contra terror. Un gobierno tenía que ser muy sensato para resistir la tentación. Ni siquiera los británicos mantuvieron la calma en Irlanda del Norte. Muchos otros regímenes, en especial los militares, no se resistieron. No creo necesario añadir que en una competición de barbarie las fuerzas del gobierno tenían las de ganar, y lo hicieron.

Pero un siniestro aire de irrealidad rodeaba estas guerras subterráneas. Excepto en las restantes luchas por la liberación de las colonias, y quizás en América Central, las luchas eran por menores apuestas por cada bando. La revolución socialista no estaba en la agenda de las brigadas terroristas de izquierda. Sus posibilidades reales de vencer y derrocar a través de la insurrección a los regímenes contra los que luchaban eran insignificantes, y se sabía. Lo que realmente asustaba a los reaccionarios eran los movimientos de masas que podían ganar elecciones -como Allende en Chile y Perón en Argentina-, algo fuera del alcance de los grupos armados. El ejemplo de Italia demuestra que la política habitual podía seguir como antes incluso con la presencia de la fuerza insurreccional más fuerte de Europa, las Brigadas Rojas. El logro principal de los insurrectos de nuevo cuño fue lograr que el nivel de violencia aumentara varios niveles. Los años setenta dejaron tras de sí un legado de tortura, asesinato y terror en el formalmente democrático Chile, donde el objetivo no era proteger a un régimen militar que no corría ningún peligro de ser derribado, sino enseñar humildad a los pobres e instaurar un sistema económico de libre mercado que estuviera a salvo de la oposición política y de los sindicatos. En el relativamente pacífico Brasil que no era una cultura naturalmente sedienta de sangre como México y Colombia, dejó un legado de escuadrones de la muerte policiales que barrían las calles para liquidar a los «antisociales» y a los niños extraviados sin hogar. Dejó atrás, en casi todos los lugares de Occidente, doctrinas de «contra insurgencia» que puedo sintetizar en las palabras de uno de los autores que examinaron los escritos: «Descontento hay siempre, pero la resistencia sólo tiene sólo una oportunidad de triunfar contra un régimen democrático liberal o contra un sistema autoritario anticuado e incapaz» En síntesis, la lección moral de los años setenta fue que la barbarie es más efectiva que la civilización. Ha debilitado de forma permanente las limitaciones que impone la civilización.

Permítanme finalmente volver al período actual. Las guerras de religión en su forma característica del siglo XX más o menos han terminado, pero dejando atrás un sustrato de barbarie pública. Tal vez estamos retornando hacia las guerras de religión en el sentido antiguo de la expresión, pero dejaré de lado este nuevo ejemplo de retroceso de la civilización. La actual confusión de conflictos nacionalistas y guerras civiles no debe considerarse para nada como un conflicto ideológico y mucho menos como la reaparición de fuerzas primordiales -o como se llamen a sí mismos los militantes de la identidad en la actual jerga- que estuvieron mucho tiempo suprimidas por el comunismo o el universalismo occidental. Es, según lo veo, la respuesta a un doble derrumbamiento; el del orden político que representan los estados que funcionan -cualquier estado efectivo que vigila para evitar la caída en la anarquía de Hobbes- y el de los antiguos marcos de las relaciones sociales en gran parte del mundo, es decir, cualquier marco que se mantenga en guardia contra la anomia (estado de desorganización social o aislamiento del individuo como consecuencia de la falta o incongruencia de las normas sociales) de Durkheimian.

Creo que los horrores de las actuales guerras civiles son la consecuencia de este doble colapso. No son la vuelta a las antiguas salvajadas, por muchos recuerdos ancestrales que perduren en las montañas de Hercegovina y Krajina. La fuerza mayor de una dictadura comunista no impidió que las comunidades bosnias se cortaran el cuello entre ellas. Las comunidades de Yugoslavia vivían en paz -sobre todo la población urbana- y al menos el 50% de sus miembros se casaban con otras etnias, algo impensable en sociedades realmente segregadas como las del Ulster y los colectivos raciales de Estados Unidos. Si el estado británico hubiera abdicado en el Ulster como lo hizo el yugoslavo, hubiéramos tenido muchos muertos más que los 3000 que hubo en 25 años. Además, como bien ha señalado Michael Ignatieff, las atrocidades de esta guerra son obra en su mayoría de una variante contemporánea de las «clases peligrosas», varones jóvenes y desarraigados, de edades comprendidas entre la pubertad y el matrimonio, para quienes ya no existen las reglas de comportamiento efectivas o aceptadas, ni tampoco las reglas relativas a la violencia que se aceptan en una sociedad tradicional de machos luchadores.

Y esto, desde luego, es lo que liga el explosivo colapso del orden político y social de la periferia del sistema de nuestro mundo con el más lento hundimiento de los centros de la sociedad desarrollada. En ambas regiones cometen actos incalificables personas que ya no tienen ninguna guía social para sus acciones. La vieja Inglaterra tradicional, que tanto hizo Mrs Thatcher por enterrar, se basaba en la enorme fuerza de sus costumbres y convenciones. Uno no hacía «lo que debería hacerse», sino lo que se hacía: «lo que está bien visto», según el dicho popular. Pero ya no sabemos qué es «lo que está bien visto», sólo existe «lo de cada uno».

Bajo estas circunstancias de desintegración política y social deberíamos esperar un declive civilizatorio y un crecimiento de la barbarie. y lo que ha hecho las cosas peores, y sin duda las empeorará en el futuro, es el desmantelamiento constante de las defensas que la Ilustración edificó contra la barbarie que he intentado bosquejar en esta conferencia. Lo peor de todo esto es que nos hemos acostumbrado a lo inhumano, llegando a tolerar lo intolerable.

La guerra total y la guerra fría nos han lavado la mente para que aceptemos la barbarie. Todavía peor: han cometido la barbaridad de presentar la barbarie como algo sin importancia, comparado con cosas más importantes como hacer dinero.

Concluiré con el relato de uno de los mayores avances de la civilización del siglo XIX: la prohibición de las armas biológicas y químicas, diseñadas básicamente para sembrar el terror, porque su valor operacional es bajo. A través de un acuerdo internacional, dichas armas fueron prohibidas después de la Primera Guerra Mundial bajo el Protocolo de Ginebra de 1925, que debería cumplirse en 1928. La prohibición se mantuvo durante la Segunda Guerra Mundial, excepto en Etiopía. En 1987 fue rota de forma provocativa y despectiva por Saddam Hussein, que mató a varios miles de sus conciudadanos con bombas de gas venenoso. ¿Quién protestó? Sólo el viejo «ejército teatral de los buenos» y no todos sus miembros, como bien sabemos hoy quienes tratamos de recoger firmas entonces. ¿Por qué tan poco escándalo? En parte porque hacía tiempo que se había abandonado en silencio el rechazo al uso de armas tan inhumanas. Se había suavizado hasta convertirla en una promesa de no ser los primeros en usarlas, pero, por supuesto, si el otro bando las usaba…

Más de cuarenta estados, encabezados por los Estados Unidos, se posicionaron en la ONU en 1969 contra la guerra química. La oposición a la guerra biológica se mantuvo firme. Los medios para hacerla fueron destruidos a través de un acuerdo de 1972. Pero no los químicos. Podríamos decir que los gases venenosos habían sido domesticados con discreción. Los países pobres los veían ahora como un posible medio de contrarrestar las armas nucleares. Así y todo, era terrible. Y encima de todo -necesito recordárselos- el gobierno británico y otros del espectro democrático y liberal, lejos de protestar se mantuvieron callados y mantuvieron a sus ciudadanos en la oscuridad al tiempo que animaban a sus hombres de negocios a vender más armas a Saddam, incluidas entre ellas el equipamiento para seguir gaseando a sus conciudadanos. No se escandalizaron hasta que Saddam hizo algo verdaderamente insoportable: atacó los campos petrolíferos que los Estados Unidos consideraban vitales.

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Número 72

Jorge Semprún pregunta a Jean-Paul Sartre / Semprún-Sartre

Revista Malabia número 72
Jorge Semprún pregunta a Jean-Paul Sartre

Jorge Semprún pregunta a Jean-Paul Sartre / Semprún-Sartre

La primera pregunta que le hemos hecho se refiere a su concepción de la literatura, y a la posible evolución de dicha concepción, desde que publicara su famoso ensayo, ¿Qué es la literatura?

J.-P.S. –Siempre he pensado que si la literatura no lo era todo, no era nada. Y cuando digo todo, entiendo que la literatura debía darnos no sólo una representación total del mundo –como pienso que Kafka la ha dado de su mundo– sino también que debía de ser un estímulo de la acción, al menos por sus aspectos críticos. Por tanto, el compromiso, del que tanto se ha hablado, no constituye de ninguna manera, para mí, una especie de rechazo o de disminución, de los poderes propios de la literatura. Al contrario, los aumenta al máximo. Es decir, pienso que la literatura debería serlo todo. Eso es lo que pensaba en la época de ¿Qué es la literatura? Y sigo pensando lo mismo, es decir, que me parece imposible escribir si el que lo hace no rinde cuentas de su mundo interior y de la manera en que el mundo objetivo se le aparece. Digo: mundo –es una expresión de Heidegger– porque, para mí, estamos en el mundo, o sea: todo lo que hacemos tiene por horizonte el mundo en su totalidad. Por consiguiente, la literatura puede tener, totalmente, constantemente, por horizonte el mundo en su totalidad, y al mismo tiempo, nuestra situación particular dentro del mundo. Pero hoy, ello es evidente, he cambiado un poco en cuanto a los poderes de la literatura. Es decir, pienso que debernos contentarnos con dar esa imagen del mundo a las gentes de esta época, para que puedan reconocerse en ella y que, luego, hagan con ella lo que puedan. Tienen que reconocerse en esa imagen, comprender que están en el mundo, hay que desvelarles su horizonte. Pero, a partir de ahí, si hemos conseguido eso, no podemos hacer más. Pienso, por ejemplo, en un libro como Los hijos de Sánchez, un libro del cual se ha dicho que podría sustituir a la literatura. Su autor es un sociólogo, que ha vivido con una familia muy pobre de México, y que ha interrogado a todo el mundo, en esa familia, durante años, con un magnetófono, naturalmente, y que luego se ha limitado a hacer una selección, sin añadir nada. Y los diferentes relatos, los diferentes discursos de esas gentes interfieren unos en otros, se completan. Allí puede encontrarse todo: datos sociológicos, el problema de las clases sociales, el problema de la miseria, y también la psicología, el tema de la técnica. En fin, es un libro riguroso, sociológico. El autor no ha intervenido, salvo para hacer la selección, para evitar las repeticiones. Pues bien ¿qué le falta a ese libro, para que sea literatura? Le falta horizonte. Esas gentes no son capaces, porque hablan como nosotros cuando no somos escritores, de desarrollar todos los horizontes que les rodean. Por eso pienso, a pesar del enorme interés intrínseco de Los hijos de Sánchez, que libros semejantes nunca podrán sustituir a la literatura. En esa encuesta, esas gentes son como son, pero la literatura es algo más…

J.S. –O sea, en cierto modo, la literatura no puede limitarse a reflejar la realidad, tiene que interpretarla, en el sentido de una amplificación de la visión del mundo. Pues bien, a este respecto, ¿cómo se plantean las cosas con la nueva escuela novelesca francesa, la escuela del “nouveau roman”?

J.-P.S. – La “nueva novela”, que es muy variada, por otra parte, me parece, a título de experiencia, algo interesante. Pero, precisamente, creo que cae fuera de la literatura. De la misma manera que las últimas manifestaciones del grupo de la revista Tel quel y de todo positivismo del lenguaje. Se trata de hacer, con la literatura, experiencias de lenguaje, se trata de estudiar los poderes del lenguaje y de escribir por escribir. O sea, lo contrario de lo que hay que hacer, en mi opinión. Todo ello se basa en algunas teorías lingüísticas no bien interpretadas; todo eso me parece una manera de remover la literatura, y finalmente, de renegar de ella. En cierto modo, es evidente que Robbe-Grillet ha tenido razón al rechazar la concepción del paisaje como estado anímico, y de darnos paisajes rigurosamente estudiados en el plano de la objetividad física. Ha tenido razón, porque así nos quita de encima una serie de datos que nos parecían establecidos: que un cielo sea triste, por ejemplo. Bien, eso podría haber sido una depuración. Una vez eso conseguido, hubiera debido pasar a la verdadera forma de comprender y describir al hombre en el mundo. Si no lo hace, no queda nada. Pero yo pienso que lo que hay que hacer, es mostrar al hombre en la infinita red de sus relaciones con un horizonte, y tomarlo como tema. Para mí, en suma, la literatura tiene una función de realismo, de amplificación, en efecto. Y, además, una función crítica. Función, por otra parte, que asume por sí misma: el hombre no necesita saberse crítico para serlo. Bien, de todas maneras, cualquiera que sea la forma literaria empleada, la literatura tiene que ser crítica. Estos tres elementos me parecen indispensables: tomar al hombre, mostrar que está vinculado al mundo en su totalidad, hacerle sentir su propia situación, para que se encuentre en ella, y se encuentre a disgusto, y, al mismo tiempo, darle los elementos de una crítica que pueda facilitarle una toma de conciencia. Eso es, más o menos, lo que puede la literatura, a mí parecer, y eso es lo que no quiere la “nueva novela”.

J.S. –En cierto modo, pues, la literatura debe ser complementaria de la filosofía y de la política, en cuanto responde a algunas de las cuestiones capitales de nuestra existencia.

J.-P.S. –En efecto, pienso que, hoy, la gran transformación de la filosofía –no es de hoy, por otra parte, es de hace cien años, desde Marx– consiste en que la filosofía no es simplemente la comprehensión del hombre, sino que debe también ser práctica; es decir, debe colaborar a la acción práctica que se propone cambiar sus condiciones. Y, en este sentido, la filosofía, al dejar de ser contemplativa, al dejar de ser el mero estudio de los métodos, de las lógicas, necesita transformarse, en determinadas ocasiones, en literatura. No quiero decir con esto –a veces se me lo ha echado en cara, no sé si con razón o sin ella, pero nunca he concebido así las cosas– que mi obra literaria sea la demostración de una tesis filosófica. No lo entiendo así. Al contrario, quiero decir que, en un determinado momento, la filosofía cede el paso, porque hay que mostrar lo individual con otras palabras y otras perspectivas que las de la filosofía, y, llegado ese momento, me pongo a hacer literatura. En verdad, como el hombre es uno, lo que escribo se parecerá más o menos a lo que hago como filósofo. Pero, para mí, la verdadera literatura comienza ahí dónde la filosofía se detiene. Como la literatura, la política y la filosofía son tres maneras de actuar sobre el hombre, existe entre ellas cierta relación. Yo diría, incluso, que un filósofo tiene que ser un escritor, porque hoy lo uno no va sin lo otro, porque los grandes escritores de hoy, como Kafka, son igualmente filósofos. Esos escritores-fílósofos que, al mismo tiempo, quieren integrarse en una acción, yo los llamaría intelectuales; quiero decir que no son políticos, pero que son compañeros de viaje de los políticos.

A menudo se me dice: Hace usted mala política, como si yo fuera un hombre que hace política. De lo que se trata, en nombre precisamente de una visión de conjunto, es de situarse al lado del político para recordarle, incluso torpemente, los principios que orientan una acción y los fines que se propone. Sabemos perfectamente que los medios elegidos influyen en la acción misma. Comprendo que, en multitud de casos, los medios para una revolución, para una acción, pueden ser duros, apretados, pero los medios no pueden deformar el fin propuesto. A partir del momento en que el fin se ve deformado por los medios, hay que decirlo. El papel del intelectual, que es, por cierto, un papel ingrato y contradictorio, consiste a la vez en integrarse completamente en la acción, si la juzga justa y verdadera, y en recordar siempre el verdadero fin de la acción, poniendo siempre de manifiesto, por la reflexión crítica, si los medios elegidos se orientan hacia el fin propuesto o si tienden a desviar la acción hacia otra cosa.

J.S. –¿Cómo se plantean, en este contexto, las relaciones de la libertad individual y de la libertad colectiva?

J.-P.S. –A mi modo de ver, hoy por hoy, no es posible conciliar la una con la otra, pero no es posible tampoco concebir el fin de una acción histórica que no se proponga la realización de estos dos términos contradictorios. Para mí, se trata de una conciliación dialéctica, no de una conciliación analítica. Es decir, se trata de algo vivo, con sus constantes puestas en entredicho de lo adquirido. Lo que ocurre, hoy, es que, en un primer periodo, puede considerarse que sólo la libertad individual sea un fin. Así lo proclaman los norteamericanos, cuando dicen que en su país existe la libertad, y luego se da uno cuenta de que esa libertad individual está completamente alienada, porque no existe la libertad colectiva. En un segundo tiempo, si se quiere ensayar la libertad colectiva, se encuentra uno frente a sistemas sociales en los cuales los hombres asumen, en una fase que todavía no es el socialismo, pero que es una transición hacia el socialismo, todas sus responsabilidades. Es decir, los hombres asumen la responsabilidad del mal tiempo, de las inundaciones, de las malas cosechas, de todo lo que se quiera, los hombres cargan con todo eso y el resultado es, y no puede ser otra cosa, una cuasi-supresión de la libertad individual. Lo cual no impide que el fin –y sólo puede conseguirse a partir del momento en que la abundancia, cierta abundancia, permita una limitación menos severa de la libertad–, el fin sigue siendo que el hombre tome, individual y colectivamente, la dirección del mundo natural en que vive, e incluso del mundo humano. A mí parecer, esa es la dirección en la que hay que ir, y en la que se va, por cierto. O sea, hay momentos que, dialécticamente, se oponen a la libertad individual. No cabe duda de que el problema del socialismo está ligado al de la abundancia, pero también es cierto que los hombres tienen que tomar su destino en sus propias manos, incluso en el momento en que no existe la abundancia, contra todo lo que se nos quiera decir, porque jamás suprimirá la abundancia, por sí misma, por sí sola, las desigualdades, ni las alienaciones. En realidad, hace falta que un nuevo descubrimiento científico e industrial encuentre sociedades estructuradas, para poder ser acogido. De manera que yo diría que es absolutamente necesario pasar por una fase autoritaria en el reparto, pero que prepare el momento en que las nuevas fuerzas industriales, tal vez la energía atómica, permitan una verdadera distribución. En ese momento se tendrá, en realidad, la fase caracterizada por el lema: a cada uno según sus necesidades. Pero hay que pasar por la fase actual, que es la fase de la pobreza autoritaria, que se rige según el principio: a cada uno según su trabajo.

J.S. –Puesto que hemos ido abandonando los problemas específicamente literarios, ¿qué lugar le parece que ocupa la filosofía en el mundo de hoy?

J.-P.S. –También a este respecto pienso que la filosofía tiene que serlo todo, o no ser nada. Es decir, que la filosofía es el hombre. Es el hombre planteándose cuestiones acerca de sí mismo. Porque, es algo que hay que comprender, el hombre no llegará nunca a tener un conocimiento científico total de sí mismo, por la sencilla razón de que siempre será interior al conocimiento que tiene de sí mismo. El racionalismo científico está muy bien, nos dará una sociología mucho más avanzada, nos dará un psicoanálisis mucho más avanzado, pero el problema del hombre se mantendrá idéntico. Lo que la esfinge preguntaba a Edipo seguirá siendo una pregunta, siempre, y la única forma de proceder para conseguir una especie de intuición comunicable de lo que es el hombre común, aunque no totalmente científica y objetiva, es la filosofía. O sea: la perpetua lucha del hombre con la presuposición que posee del hecho de ser hombre. Si diéramos por supuesto un mundo al fin liberado de las clases sociales, o en el cual, al menos, las clases hubieran plenamente tomado conciencia de sí mismas, siempre quedaría el problema del hombre. O sea, ese problema que hace que un hombre sea a la vez juez y parte de su propia realidad, que se ignore en la medida misma en que se conoce, y esto supone un tipo de verdad aproximativa, y es la verdad propiamente filosófica. Es decir, el esfuerzo del hombre por seguir su propia pista, por borrar todo lo demasiado humano en los conceptos que tiene de sí mismo. Creo que esto siempre será así, es decir, a mi parecer, la filosofía nunca acabará haciéndose mundo, “mundanizándose”, a pesar de lo que creyera Marx, nunca será algo totalmente realizado por las masas en la realidad, siempre habrá que seguir planteándose problemas. Se conservará siempre como el asombro del hombre ante sí mismo, y como la crítica de ese hombre en relación consigo mismo. Y, desde este punto de vista, la filosofía es necesariamente práctica, siempre. Porque el nivel al cual se plantean esos problemas implica que si el hombre comienza a conocerse, va a rebasar esa autoconsciencia y a plantearse una empresa. Yo considero que una filosofía marca su impronta sobre un hombre. Un hombre tiene una filosofía que lo caracteriza como perteneciente a una clase, a una época, &c., pero, al mismo tiempo que lo condiciona, siempre lo rebasa, porque siempre se da ese esfuerzo por ir más allá de la clase, más allá de este mundo, para plantear el verdadero problema.

J.S. –O sea, a fin de cuentas, no puede decirse que exista separación entre el pensamiento y la acción…

J.-P.S. –No pienso que haya una diferencia que no sea histórica en la coyuntura entre pensamiento y acción. Para mí, la acción pone el pensamiento al descubierto. En un comienzo, la acción revela el mundo, al mismo tiempo que lo cambia. Dicho de otro modo: para mí no existe el pensamiento contemplativo. Existen simplemente acciones, que pueden ser de lo más elementales, y, en el interior de esas acciones que van a cambiar el mundo, una especie de descubrimiento del mundo, en tanto que se está transformándolo.

J.S. –Ahora, con su permiso, quisiéramos volver a una cuestión personal. Hace un año, y se trata de un caso único, con el de Bernard Shaw, en la historia de la literatura, usted rechazó el premio Nobel que le había sido atribuido. ¿Cuáles fueron sus razones?

J.-P.S. –Son razones de dos tipos. Unas, de tipo subjetivo, y otras de tipo objetivo. La razón subjetiva se desprende de mi concepción del intelectual, del escritor, que tiene que ser un realista crítico, y rechazar toda institucionalización de su función. Un intelectual ministro, por ejemplo, me parece algo cómico. Un ministro de la cultura sólo puede ser un funcionario. Pienso que no hacen falta ministros de la cultura, pero si hicieran falta, que sean funcionarios con una sólida cultura, y no novelistas, por ejemplo. Considero que el premio Nobel es una especie de ministerio, de ministerio espiritual, si se quiere. Si a uno le dan el premio Nobel, firma uno los manifiestos como premio Nobel, las gentes dicen: nos hace falta la firma de fulano, porque es premio Nobel. Todo eso, para mí, es lo contrario de la literatura. Diría incluso que si la literatura se institucionaliza, pues bien, forzosamente muere. Esa es la razón que yo llamaría subjetiva. La razón objetiva es otra. Consiste en que tal vez pueda aceptarse un premio internacional, pero sólo si lo es realmente. Es decir, si en una situación de tensión Este-Oeste, se atribuye tanto al Este como al Oeste, en función únicamente del valor de los escritores. Así ocurre con los premios Nobel científicos. Los premios Nobel científicos se atribuyen a rusos, a americanos, a checos, a hombres de cualquier país. Es un premio que sólo tiene en cuenta el aporte científico de tal o cual individuo. Pero, en literatura, no ocurre así. Sólo ha habido un premio soviético. Se trata de un gran escritor, Pasternak, que merecía ese premio desde hace veinte años. Pero, ¿cuándo se le da? En el preciso momento en que se quería crear dificultades al gobierno de su país. Se trata aquí, y así lo ha entendido todo el mundo, de una maniobra. No acuso a ningún miembro de la Academia Sueca de haber hecho una maniobra: son cosas que se producen casi objetivamente, ¿no es cierto? Pero considero que no es posible aceptar un premio que no es verdaderamente internacional, que es un premio del Oeste. Como para mí, precisamente, el verdadero problema reside en el enfrentamiento cultural del Este y del Oeste, la unidad en cierta medida contradictoria de ambas ideologías, su conflicto, su libre discusión, pienso que ese premio se dio de una manera que no me permitía aceptarlo, objetivamente.

J.S. –¿Por qué piensa usted que le fue atribuido ese premio Nobel?

J.-P.S. –Me fue atribuido porque soy de izquierda, pero soy al mismo tiempo un pequeño burgués del Oeste. Por consiguiente, se creaba la impresión de que el premio se daba a un hombre de izquierda, pero se daba al mismo tiempo a un pequeño burgués. ¿Por qué no se me dio ese premio durante la guerra de Argelia? Ya tenía bastante edad para recibirlo, mientras luchaba, junto a mis compañeros intelectuales, por la independencia de Argelia, contra el colonialismo. Pienso que, a pesar de mis principios, si se me hubiera dado en aquel momento, lo habría aceptado. Si se hubiera dado a alguno de los intelectuales que luchábamos por la independencia de Argelia, habría considerado oportuno aceptarlo, porque ello hubiera manifestado el apoyo de la opinión pública a la lucha por la independencia argelina.

J.S. ¿No cree Vd. que pueda existir una organización cultural verdaderamente libre?

J.-P.S. –Creo que puede existir una organización cultural que, en todo caso, ponga al Este y al Oeste, a los intelectuales del Este y del Oeste en mutuo contacto, y cuyos dirigentes sólo se propongan una cosa: permitir una libre discusión. Esa organización existe, por cierto, y es la COMES, cuyo centro está en Italia.

J.S. –Ya que hablamos de organización cultural, surge un tema relacionado con esta problemática. ¿Qué influencia puede tener el libro de bolsillo en la difusión de la cultura?

J.-P.S. –En lo que concierne al libro de bolsillo, me parece que estamos haciendo una experiencia bastante interesante en Francia. Las tiradas de este tipo de libros son enormes. De eso no cabe duda. Pero pienso que no deben exagerarse los resultados. Por una parte, se trata de una empresa de producción masiva, o sea, capitalista. El libro de bolsillo no llega realmente a las masas. Lo que ocurre, y ya es bastante interesante de por sí, es que desarrolla virtualidades de lectura en la pequeña burguesía. En resumen podría decirse que representa una ampliación de la lectura de las clases medias. Pero no creo que con ese sistema se llegue a la clase obrera. Creo, por consiguiente, que es una experiencia bastante interesante para obtener el pleno rendimiento de un público virtual. Pero no es eso lo que deseo a los escritores, lo que deseo es la difusión de sus libros en todas las clases sociales, mientras haya clases sociales.

J.S. –Mientras haya clases… Esta expresión nos remite al problema fundamental de nuestro tiempo, el problema de la supresión de la sociedad de clases. Nos remite, por tanto, a la pregunta con la cual quisiéramos terminar esta entrevista: ¿Qué es el socialismo para usted?

J.-P.S. –Para mí el socialismo es, ante todo, el movimiento de los hombres hacia su liberación. Esos hombres que, precisamente porque son metafísicamente libres –permítaseme que lo diga así– se encuentran en un mundo de explotación y de alienación que les enmascara y les roba esa libertad. La afirmación de esa libertad contra esa situación, la necesidad para los hombres de tomar en sus manos su destino, de tomarlo colectivamente, pero también individualmente, el hecho, precisamente, de que todas las condiciones de explotación pueden vincularse con esa situación de clase, eso es lo que denomino movimiento hacia el socialismo. No creo que el socialismo exista hoy en parte alguna. Creo que hay países más adelantados que otros, porque han socializado sus medios de producción. El socialismo, ya lo dije antes, sólo puede ir acompañado por la abundancia. Pero supongo que, a partir del momento en que la abundancia esté ligada a la supresión de las clases, es decir, a la supresión de las inversiones individuales, de la propiedad privada de los medios de producción, a partir del momento en que la explotación ya no tenga sentido, en ese momento podrán plantearse los hombres sus verdaderos problemas, en la igualdad. Es decir, igualdad y libertad son una sola y misma cosa. No pienso que el socialismo sea el fin de la historia de la humanidad, ni el surgimiento de la felicidad para el hombre. Pienso que es el momento en que los verdaderos problemas se plantearán, sin ser enmascarados por otros problemas, como son los problemas de clase, los problemas económicos y de explotación. Un ruso me dijo un día, y me parece profundamente cierto, que a partir del momento en que el socialismo se halle verdaderamente instaurado, a partir del momento en que el hombre sea libre, dueño de sí mismo, a partir del momento en que actúe en la colectividad y ésta actúe sobre él, a partir de ese momento se plantearán los verdaderos problemas filosóficos y metafísicos. A partir de ese momento, el hombre llegará a conocerse a sí mismo. No considero el socialismo como un Edén, sino más bien como algo en desarrollo indefinido, que debe poner al hombre en posesión, cada vez mayor, de sus problemas, de su tragedia y de sus poderes de acción.

De Cuadernos de Ruedo ibérico / París, 1965

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Número 72

La cultura en la encrucijada / Federico Nogara

Revista Malabia número 72

La cultura en la encrucijada / Federico Nogara

Sin magia no hay arte. Sin arte, no hay idealismo.
Sin idealismo, no hay integridad. Sin integridad,
no hay nada más que producción industrial.

Raymond Chandler

Desde hace un tiempo estoy prestando atención a las entrevistas a escritoras y escritores actuales de España. Sus formas de enfrentar la escritura, según afirman, son diversas, aunque hay una coincidencia casi general: lo social no es un tema sobre el que escriben. Incluso hay quien va más allá en sus consideraciones. Una escritora comenta que Borges es aburrido y un escritor hace un razonamiento curioso: la gente tiene derecho a ser infeliz. No me equivoco al escribirlo, sean infelices y disfruten. Hasta hubo uno que consideró antiguos a quienes no les agrada la música comercial actual por una simple razón: antes también se escuchaban muchas porquerías.

¿Se trata de recién llegados? En absoluto, la mayoría tiene título universitario y gran parte ejerce la enseñanza de la literatura.

Durante 2021 tuvo lugar en la Moncloa el acto Pueblo con futuro, organizado por el Ministerio de Transición Ecológica. La escritora manchega Ana Iris Simón hizo uso de la palabra durante cuatro minutos, tiempo escaso aunque suficiente para generar una auténtica polvareda. ¿A qué se refirió para espantar a tantos? A sus padres, que hace tres décadas tenían una vida más estable de lo que hoy la tienen los de su mismo estrato social, a la recesión de 2008, dejando claro que España ya era desde antes de esa fecha un país de la periferia europea, desindustrializado, que pasada la década del crédito fácil había quedado reducido a los servicios y el turismo. «La aldea global arruinó a la aldea real», sentenció, para finalizar diciendo que mientras los inmigrantes pagan nuestras pensiones, no les estamos permitiendo que paguen las de sus abuelos en sus países de origen.

Las críticas negativas a esos intensos cuatro minutos no se hicieron esperar. Vinieron de la derecha, lógicamente, porque ahora vivimos mejor que nunca, mire usted, pero también de una izquierda liberal a la que se adscriben hoy muchos jóvenes (y no tan jóvenes). Acusaron a Ana Iris de ser una nostálgica de tiempos pasados, de creer todavía en la familia tradicional y en la vida en pequeños pueblos y de mostrar su vena facha al no querer que entren inmigrantes en el país. Razonamientos un tanto rebuscados, que poco tienen que ver con el planteamiento de la escritora, pero que manifiestan una manera de encarar la crítica que tiene en nuestros días una enorme cantidad de seguidores en todo Occidente.

Por las mismas fechas, en Uruguay, que hoy es considerado por los grandes poderes económicos que lo desvalijan como un paraíso terrenal, un artículo del escritor y periodista Carlos María Domínguez también causó indignación entre cierta progresía nacional. En el mismo escribía, entre otras cosas:

«Solo por dar unos pocos ejemplos: la educación más potente de la ciudadanía está en manos de los medios de comunicación y la publicidad; el modestísimo cine nacional debe mendigar espacios ridículos a las pantallas de los cines locales, incorporadas al circuito de las compañías estadounidenses; los libros dejaron de ser garantía de formación desde que las grandes editoriales sustituyeron a los editores por gerentes y a los libros por envases; los músicos se han quedado sin discos, sin espacio en las radios y sin escenarios, y el teatro independiente agoniza en el desamparo al que lo condenó este gobierno luego de reducir a la mitad, en plena pandemia, su magro subsidio. Todo esto es apenas una parte de la discusión que Uruguay se adeuda desde hace demasiados años, ajena por completo a la mayoría de los políticos en actividad. Dijo una vez Atahualpa del Cioppo que la ventaja del cuerpo sobre el espíritu es que el espíritu ignora sus necesidades: el cuerpo avisa si tiene hambre, pero si nunca escuchó a Bach, el alma no da aviso de que se está perdiendo a Bach. ¿Se lo dará Netflix o el libro que enseña cómo peinar a un gato? El papel del Estado en la cultura pide ser revisado en profundidad, no en el funcionamiento, sino en sus propósitos frente al masivo empobrecimiento cultural de la población».

Tan lógicas palabras deberían haber conducido a la reflexión y la autocrítica, sin embargo a algunos los han llevado a la ira, y lo peor es que se trata de gente de buen nivel (profesionales de las letras). Un sesudo periodista acusó a Domínguez de plegarse a esa nostalgia culturosa que sostiene que antes el Uruguay era un país culto (el asunto de la nostalgia y de lo moderno no tiene fronteras), con discusiones elevadas, y ahora no lo es, para concluir que ese pensamiento es la causa de su análisis sesgado. Según el periodista crítico, las tertulias del bar Sorocabana (un mítico lugar de encuentros donde compareció toda la generación literaria del 45), en las que alternaban políticos y escritores, deberían envidiar a las discusiones en redes sociales, donde participa todo el mundo. Porque, sigue, Domínguez es elitista y clasista al decir que antes había otra formación y hoy todo es decadente y superficial. Esa formación mejor, continúa, que permitió la creación del teatro independiente, para poner un ejemplo, era homofóbica, porque se hacían chistes de homosexuales y porque esos homosexuales no podían participar en algunos teatros ni en algún gremio teatral o estudiantil o partido de izquierda. Y aquellos movimientos culturales eran eurocéntricos, afrancesados, racistas. Enseguida remata con un gol fantástico: No intento sustituir una jerarquía por otra, sólo relativizo, porque si alguien quiere decir que es imposible sustituir a Mozart por una cuerda de tambores que lo diga, si lo hace feliz. Al final el golpe bajo: aquellos discutidores cultos que sabían de política no vieron venir la dictadura.

En este mismo número de Malabia, el historiador británico Hobsbawm afirma que la decadencia de Occidente llega y se desarrolla desde el fin de la Primera Guerra Mundial, cuando la sociedad comienza a alejarse de los valores de la Ilustración para entrar en la barbarie que todos aceptamos: torturas, armas químicas, guerras en las que se asesina a civiles, colonialismo, explotación.

A principios de los setenta, ya derrotados los movimientos de liberación, sobre todo latinoamericanos y africanos, con Occidente en plena confusión ideológica y con una clara norteamericanización de la vida y la cultura, aparecen dos personajes fundamentales desde el centro del imperio para justificar lo que está pasando y trazar caminos. Son Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Sus famosas frases: «Hagan a los ricos más ricos», «No somos una sociedad, sino un conjunto de individualidades», «Ser pobre es una elección», allanan el camino a la filosofía posmoderna que se implanta. La posmodernidad es un movimiento cultural occidental que surgió en aquella época y se caracteriza por la crítica al racionalismo, la atención a lo formal, el eclecticismo y la búsqueda de nuevas formas de expresión, junto con una carencia de ideología y compromiso social. Su crítica del racionalismo se resume en la no aceptación de los metarrelatos que vienen de la Ilustración y son opuestos pero de la misma familia: Capitalismo, Comunismo, Socialismo, incluso el anterior Cristianismo. Para el posmodernismo todos ellos han fracasado, por eso en lugar de la utopía se impone la distopía en todas las manifestaciones culturales.

Es importante señalar un factor fundamental que no deberíamos dejar de lado y que sin embargo se soslaya: vivimos en la sociedad del dinero, tanto tienes, tanto vales. ¿Agrego un pensamiento sesgado si menciono las clases sociales? ¿Qué sucede si observo la realidad desde esta óptica? Que la democracia, ejemplo del buen hacer y medida para juzgar a otros pueblos, se distorsiona. Tener una Justicia, unas leyes y una ciudadanía que nos hace iguales es una herramienta útil y una excelente idea, pero que deja de funcionar correctamente cuando la democracia se asienta en, o está dominada por, el sistema económico (ya no somos todos iguales). Y todavía funciona menos cuando las clases sociales que genera la economía están totalmente separadas unas de otras (los ricos son cada vez más ricos y la pobreza, incluso la miseria, creciendo de forma exponencial). Hoy tenemos el ejemplo de grandes estafadores que por ser ricos y famosos escapan de la justicia sin problema, mientras quienes tienen tan pocos recursos que no pueden pagar un mínimo alquiler son desalojados de sus casas a patadas, y leyes que no pueden aprobar los gobiernos porque enfrente tienen la oposición de las multinacionales y sus funcionarios. Esta situación era propia del capitalismo, pero ahora se ha agravado en este poscapitalismo que es el neoliberalismo, campo fértil para la ambición y la codicia.

De vuelta en España descubro en uno de los pocos periódicos que publican crítica literaria, tan pasada de moda en nuestros días, un artículo de un destacado profesor de Literatura. En primer lugar, nos llama la atención sobre la cantidad de «autoficción barata» que se publica actualmente, para enfrascarse de inmediato en una solución, la imaginación literaria. Empieza definiéndola como la capacidad de crear mundos completos de nuevo cuño, tengan o no un pie en puntos reales de partida, para dejar claro que la imaginación literaria crece en todo su esplendor cuanto más se aleja de los referentes, porque el autor debe esforzarse en crear y crearse un mundo para sí mismo. Al ser poco imaginativa, la fuente de los escritores demasiado apegados a la realidad se seca pronto, nos dice a continuación.

Leyendo con atención el artículo, la realidad de la que nos habla el profesor es la individual, la interior del escritor, y cuando ésta se agota, debe aparecer la imaginación para crear un mundo artificial.

Esta manera de encarar la escritura (no uso el término Literatura porque sería abusivo) es bien curiosa pero no nueva. Algunos movimientos literarios intentaron (y aún intentan como se puede ver) hacer, con la escritura, experiencias de lenguaje, estudiar los poderes de las palabras y escribir por escribir, mientras otros suprimían vocales de los textos porque era in y hasta existieron talleres literarios (creo que aún existen) que aconsejaban no leer a nadie, concentrarse en uno mismo y escribir desde ahí.

¿Dónde queda el mundo real, el colectivo, nuestra vida con los otros? En una película que he visto en estos días, un escritor que se había ido a vivir al campo con su mujer, tres hijos y el perro, terminaba en el sicólogo porque ya no tenía tema para sus novelas, el campo no lo motivaba. ¡Qué curioso! La mayoría de las grandes obras literarias han sido escritas en la cárcel, en aislamiento total o en el exilio. Bukowski decía: «Quien no puede escribir en un bar que se dedique a otra cosa». ¿No se viene diciendo desde hace décadas que el deseo de todo escritor es irse a vivir a una isla para encontrarse en la soledad con las musas? Pero claro, en los tiempos modernos, en los que todo es muy rápido y personal, las cosas son diferentes, en el aislamiento los temas escasean, por eso quien tiene imaginación debe buscar mundos artificiales, o convertir el mundo en algo artificial, que es lo que se está haciendo. Jean Paul Sartre, que tuvo la enorme valentía de rechazar el Premio Nobel de Literatura, nos dice en el artículo publicado en este número de Malabia: «Me parece imposible escribir si quien lo hace no rinde cuenta de su mundo interior y de la manera en que el mundo exterior se le aparece». ¿Cómo se le aparecería hoy el mundo exterior a un escritor español? 50% de paro juvenil y la mayoría de los que trabajan ganando menos de mil euros mensuales; la economía de Madrid y Barcelona dominada en un 80% por el sector terciario ligado al turismo, lo que obliga a los estudiantes a marchar al exterior para realizarse o trabajar de camareros o taxistas; prostitución, drogas y alcohol desmadrados en su consumo, consecuencia lógica de un país que depende de los viajeros que vienen del exterior a «pasárselo bien»; un poco más del 3% del producto interior bruto dedicado a la enseñanza, cifra tercermundista; 85% del país desértico y sin miras de ser poblado; empleo en su mayoría precario y a tiempo parcial; explotación total de la inmigración para luego criminalizarla haciéndola culpable de los males del país; cada vez más gente viviendo en las calles, pidiendo limosna, y también crecimiento de barrios marginales y de la inseguridad; el consumo de ansiolíticos y antidepresivos disparado hasta cifras alarmantes al igual que los suicidios.

¡Ah, me olvidaba! La gente tiene derecho a ser infeliz, a pasarla mal, por eso los escritores no dan la cara por resolver esos problemas como hicieron siempre, se conforman con criticar la idea que tiene el sistema económico sobre la «felicidad», hacen héroes a los marginados y explotados y luego pasan a cobrar sus jugosos derechos de autor.

El panorama se completa con la geopolítica. En una conferencia en enero de este año en Barcelona, señalaba el periodista Rafael Poch los tres desafíos que tiene la humanidad por delante: el calentamiento global, la desigual distribución de la riqueza y la posibilidad de la guerra, alentada principalmente por Occidente.

Podría seguir, pero es tan deprimente que lo dejo aquí. Como se puede ver, los temas de la vida real son enormes, y como decía Orwell, a quien siempre se cita mucho, quien no hace nada por resolverlos deja de ser víctima para convertirse en cómplice.

¿Qué nos han traído el dinero y la posmodernidad? La cultura de masas, que consiste en un conjunto de objetos, bienes y servicios culturales producidos en masa por las industrias culturales. Esa producción en masa hace aceptar, en términos generales, un modelo que tiende al consumismo, la tecnología y la rápida satisfacción y que se difunde a través de los medios masivos de comunicación que son enormes corporaciones mediáticas que dominan desde la televisión hasta las editoriales, las revistas, las grandes radios e internet. Las clases dominantes tienen entonces el poder de introducir en la sociedad productos e ideologías. El resultado es una cultura comercial, una sociedad de consumo y una enorme institución publicitaria.

El mundo de la tecnología y del dinero nos ponen en una situación curiosa. Quienes hacen uso de internet son profundamente individualistas y se creen que son totalmente libres, mientras las corporaciones que dominan esta tecnología son colectivas, crean productos culturales consumidos en masa que generan ingentes ganancias y sus dirigencias son piramidales.

En este contexto, comparar las tertulias de ciudadanos cultos (aunque sean burgueses) con las de internet, es casi un despropósito Pero tratándose de Uruguay no resulta curioso, porque el progresista Frente Amplio perdió la enorme mayoría de aceptación que tenía en la sociedad por varios temas, pero el principal fue el cultural. La repetición de las clásicas burocracias generadas por los gobiernos progresistas y bonapartistas llevó a colocar en la dirección de las instituciones educativas y culturales claves a militantes y simpatizantes del partido, dejando de lado a los expertos en la materia. Esto fue muy denunciado, incluso desde sectores afines al Frente. La razón de esta forma de actuar es política, lleva decenas de años practicándose y todavía colea: el temor a los «intelectuales burgueses», porque para el progresismo, la cultura debe ser popular, para todos. Cortázar, comentando este asunto decía: «No hay que bajar el nivel de las obras para que las clases populares las entiendan; hay que subir el nivel de las clases populares para que puedan entender lo que la cultura genera». El progresismo eligió lo contrario. La murga – una forma cultural que lleva casi cien años en el país y, hay que reconocerlo, jugó un papel importante en la denuncia de la dictadura- y el tambor en todas sus vertientes, fueron la elección para escapar de la cultura «burguesa». El resultado, con el tiempo, fue el mismo de siempre. «Puede decirse, más allá de ser vista como una expresión artística y cultural, que actualmente la murga es concebida también como un negocio». Esta frase no es mía, puede encontrarse en un extenso estudio reciente del Departamento de Sociología de la Universidad de la República. La burguesía siguió disfrutando de su cultura y terminó convirtiendo en un negocio rentable la cultura popular carnavalera (se quedó con todo).

Actualmente muchos jóvenes en Occidente, la mayoría de clase media, van a los barrios deprimidos a descubrirlos y a tratar de encontrar material para sus búsquedas artísticas. Así huyen también de la burguesía y de paso colaboran con los necesitados. Cuando la épica justiciera pasa o consiguen un buen trabajo o algún dinero de su paternalista labor cultural, vuelven al lugar que les corresponde en la escala social. Repiten, de forma muy similar, lo que sucedió en Estados Unidos durante los años cincuenta y sesenta: «Hubo allí un tipo de modificación de las formas de vida y los modelos sociales que arrancó de la Beat Generation y llegó hasta el hippismo y la cultura del rock. Supuso grupos alternativos que exhibían una cualidad anticapitalista en la vida cotidiana y mostraban su impugnación a la sociedad a través de la fuga, el corte y el rechazo. La idea básica era despojarse de cualquier atributo que pudiera ser identificado con las formas convencionales de sociabilidad. Esa idea era antagónica con el concepto de clase e implicaba otra forma de pertenencia a la sociedad. El meollo de la cuestión era actuar por reacción buscando crear un sujeto diferente. La nueva identidad social se manifestaba en el modo de vestir, en la relación con el dinero y el trabajo, en la defensa de la marginalidad y el desplazamiento continuo» (Ricardo Piglia).

Un ejemplo de lo anteriormente manifestado es el encumbramiento actual de un género musical, el reguetón. En pleno siglo XXI, cuando se tratan de forma tan puntillosa las opiniones escritas y se descalifica a escritores y letristas de canciones del pasado por machistas u homófobos, asistimos atónitos al éxito contundente de una música de ínfimo nivel, acompañada de unas letras super machistas, cosificadoras del cuerpo femenino y que dan al amor de pareja una característica de posesión trágica muy peligrosa, porque puede terminar, si se toma nota y se aplica en la realidad, en agresión (la maté porque era mía). El reguetón viene de Puerto Rico, una colonia a la que se denomina estado libre asociado a los Estados Unidos. Según datos del Comité puertorriqueño para la abolición de las deudas ilegítimas, «más del 45% de la población y más del 55% de los niños viven por debajo del umbral oficial de pobreza. Esto hace que una gran parte de los habitantes de Puerto Rico deban acogerse a los programas de asistencia social financiados por el gobierno federal, que compensan (inadecuadamente) los fallos de la disfuncional economía colonial».

Choca esta situación, que no denuncian en sus canciones, con la ostentación de riqueza de los cantantes.

El reguetón se hizo popular, no hay duda, porque viene de Estados Unidos, es parte de la imposición cultural que arranca en los años cincuenta, del Plan Marshall (la ayuda económica a Europa para superar los desastres de la guerra), y ha sido ampliamente documentada y denunciada. La mayoría de los jóvenes europeos, sobre todo de los países periféricos, han cedido a la norteamericanización cultural (llamada popularmente Mcdonalización). Regis Debray lo desarrolla en su libro Civilización. Cómo nos hemos convertido en [norte] americanos, donde destaca algunos puntos que demuestran esa americanización de su país: la desaparición de la diferencia entre la esfera pública y la privada, la ruptura entre el mundo de las ideas y el de la acción, el negocio como fin absoluto, o la desaparición del modelo republicano y el empobrecimiento de la lengua francesa ante el empuje del globish, el inglés que se impone y que incluso se convierte en lingua franca en el Elíseo de Emmanuel Macron y en sus ministerios. Reivindicar la historia, la lengua y la cultura francesas frente a las GAFAM y Netflix puede ser considerado antiprogresismo, cuando no conducta reaccionaria.

El presidente De Gaulle dio algunos pasos para sacudirse esa tutela cultural, pero la potencia de Hollywood, el Reader´s Digest y la comida rápida (o basura) fue imparable, lo que llevó a la demolición de la escuela republicana, a partir de los 80, contribuyó a la pérdida de identidad y a la propagación de la ignorancia de los valores que venían de la revolución. Por poner un ejemplo: una de las primeras remesas de dinero recibidas por el estado francés tenía la condición implícita de exhibir cine estadounidense en las salas del país tres semanas al mes.

Y si todo esto ocurrió, y ocurre, en Francia, qué no podrá suceder en los países periféricos, de segunda y subdesarrollados.

Dentro de este panorama de imposición, de negocio sin fin y ganancias desmedidas, también llama la atención la importancia que ha adquirido en los medios de comunicación el tema sexual, sobre todo el homosexualismo, que llega a usarse como arma arrojadiza. Manuel Puig, un escritor homosexual muy popular en los años ochenta y noventa, sostenía: «Para mí, la homosexualidad no existe, es una proyección de la mente reaccionaria. Quiero decir: hay personas que realizan actos homosexuales, pero sería necesario entender que el sexo no tiene importancia, no tiene peso moral. El sexo es como comer, dormir, beber, forma parte de la vida vegetativa y por esto es que no me parece que la identidad deba pasar a través de la sexualidad. La idea de dar un peso moral al sexo es un crimen cometido hace siglos, se dice que fue un patriarca el que concibió tal monstruosidad para controlar a las mujeres (…) Yo admiro mucho a los movimientos de liberación gay, pero creo en la integración y pienso que se debe hacer una propuesta más radical: negar el sexo como signo de identidad».

Quitarle valor moral al sexo y garantizar la igualdad a través de la educación y las leyes sería un buen camino. Pero no vamos por ahí. El sexo está en las garras de la cultura de masas, que lo convierte en un circo, en un show, en materia prima de la televisión basura y las redes. Se trata de una verdadera falta de respeto a los homosexuales y las mujeres.

Deberíamos plantearnos, como muchos filósofos y estudiosos hacen, si en realidad la sexualidad es liberadora de por sí o, por el contrario, es un espacio desde el que se exacerban y con las que se protegen, tendencias represivas, machistas, sexistas y discriminatorias.

La cultura, por encima de todo, es atemporal. Como señalaba Borges, todos estamos escribiendo el mismo libro a través del tiempo. Ulises es el gran viajero que nos hace pensar en llegar a Ítaca; el talón de Aquiles sigue vigente cuando nos referimos a una debilidad; continuamos luchando contra los molinos de viento; cambiar para que nada cambie es el gatopardismo, siempre presente en el discurso político; el ser o no ser nos cuestiona a lo largo del tiempo; los hechos y los personajes que se repiten a través de la historia, la primera vez como tragedia, la segunda como farsa. La cultura nos ha ido formando, nos ha convertido en lo que somos. Sin embargo, cuando alguien mayor cuestiona el presente en cualquier aspecto, se le descalifica por antiguo. Un periodista deportivo uruguayo decía en los setenta: «El fútbol no es antiguo ni moderno, es bueno o malo«. Deberíamos aplicarlo a los productos culturales. ¿Y quién determina lo que es bueno o malo?, preguntaría alguien, ya lo están preguntando. Para eso están las escuelas de música, los centros de pintura, las universidades y demás. Queda claro que para las multinacionales, lo bueno es lo que genera ganancias.

En la película Skyfall, un James Bond envejecido y en decadencia se sienta en el banco de un museo junto a un joven ingeniero informático que, sin saberlo él, es su jefe, Cuando la relación jerárquica queda al descubierto, las frases con doble sentido se suceden entre ambos. Al final su joven jefe trata de sentenciarlo: «La vejez no es garantía de excelencia». Y Bond le contesta: «Y la juventud no es garantía de innovación«. Deberían tomar nota los defensores de los viejos tiempos y los de los nuevos.

La revolución cultural iniciada en los 70, con el posmodernismo como filosofía de fondo y la cultura de masas como elemento disuasorio, está dando signos de agotamiento. Hemos quedado detenidos en una encrucijada. Los sistemas económicos han pretendido siempre dominar la naturaleza, pero el actual, de crecimiento continuo y rédito económico sin límite, la comenzó a destruir. De seguir en este camino habrá un calentamiento global cada vez más intenso y las enfermedades y pandemias crecerán. La solución de Occidente parece ser la de siempre, la guerra. A las puertas de la fortalezas, las multitudes de necesitados y hambrientos esperan. Los escritores, mientras tanto, crean mundos paralelos, se maquillan para salir en televisión o llaman al editor para que les diga qué deben escribir para ser publicados y vendidos.

Hace un par de años, una escritora joven recibió un importante premio oficial. Por esos días, los contenedores ardían en Barcelona a raíz del conflicto nacionalista. Ella declaró, en varias entrevistas, que detestaba la sociedad, que había que quemarlo todo. También fue clara en un aspecto: la editorial corregía sus escritos, y en caso de no ser aceptada esa corrección era sustituida por otra escritora o escritor. Una situación curiosa: al mismo tiempo que se acusaba al gobierno de ceder ante el «terrorismo» y pactar con él, se otorgaba un premio oficial a alguien que jaleaba a quienes (de forma abusiva, todo hay que decirlo) se acusaba de «terroristas». Un político exigió a la escritora devolver el dinero que recibía de la sociedad que detestaba. No hubo devolución, ella tenía la libertad como aspecto central de su vida y hacía y decía lo que le daba la gana.

La libertad y la dignidad, queda claro, mueren cuando llega el momento de las ventas, de la economía, del dinero.

El sociólogo brasileño Darcy Ribeiro escribía, en un libro publicado como resumen de una reunión internacional llevada a cabo en Chiapas, refiriéndose a la cultura latinoamericana: «Tenemos una intelectualidad fútil, más propensa a buscar las remuneraciones de las multinacionales o las prebendas del estado que a pensar y a luchar por definir el proyecto latinoamericano». Mucho me temo que la intelectualidad europea, con algunas excepciones remarcables y que deberíamos apoyar sin reservas, simplemente se ha rendido, o se ha vendido.

He omitido varios nombres en mi artículo. Se debe a que no me interesa criticar a las personas, sino a una manera de pensar que tiene infinidad de adeptos. Nombro sólo a quienes me sirven de referente.

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Número 72

Cinco poemas / Hugo Fontana

Revista Malabia número 72
Cinco poemas, por Hugo Fontana

EN EL ADIÓS A HUGO FONTANA

En Punta Cana (República Dominicana), muy lejos de su natal Toledo (Uruguay), falleció Hugo Fontana hace unos días, en este enero 2022. Estaba en un hotel, visitando aquellas tierras tan diferentes a su perfil de personaje onettiano, como de alguna manera somos buena parte de los uruguayos de nuestra generación y de la anterior. El viejo maestro nos escribió en páginas perdidas, desterradas como él.

Hugo encaminó sus días y obras siguiendo no pocas adicciones del admirado compatriota, empezando por el amor a la lectura de diferentes culturas, del que fue un excelente crítico, y dedicándose a las propias letras con honesta y cuidada vocación.

Como en décadas atrás por correo tradicional, en nuestros mails de los últimos años hubo tráfico de textos, generalmente inéditos, algunos para proyectos editoriales.

Unos poemas suyos en archivo de noviembre 2004, remitidos más tarde, volvieron a mi memoria cuando supe la inesperada noticia del adiós.

Recordé de algunos versos el tono inconfundible adelantando las largas despedidas.

Y hoy, con el golpe de la suya, releí aquellas piezas quizá todavía inéditas, como cada nueva tristeza al perder un amigo.

No voy a enumerar aquí la trayectoria literaria de Hugo, pero sí diré que se inició como poeta, una condición que nunca abandonó, aunque es la menos frecuentada por sus lectores.

En Malabia dedicamos este número a Hugo Fontana con cinco de aquellos poemas.

Añadiendo en pie de página un enlace a un artículo detallado sobre su obra, como así también (en separata pdf) la reedición de su relato para el libro “Los árboles sin bosque”.

Larga vida al compañero, ahora que tal vez llegó al bosque soñado y posible.



Héctor Rosales
BCN / 15.01.2022

Cinco poemas / Hugo Fontana

LOS FUSILADOS DE ABRIL

todavía anda por la calle este hombre cansado
camina de un lado a otro con cansancio mortal
va y viene de san josé y paraguay a san josé y yi
–el cine metro, dos bares, el balmoral, una joyería que ofrece
dijes y bombillas de plata–, toma un café, regresa, escribe
un poema en hoja provisoria, escribe un poema como hace diez años
que no escribía un poema, cansado, atribulado, exhausto
y vuelve a caminar sabiendo que el resto de la tarde sólo
–cómo golpea, cómo duele esa mujer desde la contratapa de un libro–
le promete caminar nuevamente, escalonada su fatiga, su cansancio sin
rellanos, desde los talones hasta la esperanza de escribir un poema
en hoja definitiva, sin pasamanos, sin vértigo, y anda acosado por el
peligro de que más de una mujer lo ame –cómo golpea, cómo duele esa mujer
desde la contratapa de un libro, ocultando sus ojos– y camina de un lado
a otro y va y viene y va y viene y va y viene para que ninguna mujer
lo detenga ni lo aceche similar peligro, de san josé y yi a san josé y
paraguay y desde allí a la ciudad vieja y desde allí a otro lugar y desde
allí a otro luego y cuando quiere acordar llega a su casa y ve su cama sola y
entiende que ha dado la vuelta al mundo y que un nuevo peligro
lo espera en su breve sueño, esa otra mujer –cómo golpea, cómo duele
esa mujer de ojos ocultos desde
la contratapa de un libro–,
esa otra flecha.

y anda por la calle –la suprema
corte, otro hotel,
casa mallory,
rufino, el
negocio de platillos y guitarras,
el kiosco donde se detiene a leer los titulares matutinos–.

(el ministerio público hizo saber que
a diario dos o tres mujeres mueren de amor
tras los
pasos de
un hombre cansado)

EL AMENAZADO

fumo sentado en el puente ferroviario sobre el arroyo toledo.
de eso moriré. allí dejarán mis cenizas dos o tres
mujeres a las que alguna vez instruí.

sombras, un agua turbia, severa, lenta

(un muchacho se acerca por la vía. carga una larga
rama de álamo y un machete en la mano derecha.
me pide un cigarrillo. le digo que sólo
me queda uno, que lo fumaré al regreso.
se detiene a mis espaldas. clava el machete en la tierra)

un viento frío que helará mi sangre las noches de invierno

se oyen ruidos que no entiendo, que aprenderé a desentrañar
(golpes sobre los rieles, golpes detrás de los altos árboles)

mis ojos perpetuos mirando el día más triste
(golpes de distancias
apenas a unas cuadras de la casa donde escribo,
donde ya no seré feliz)

PERRO

“Yo tuve una lista de cosas que no tuve”.

Álvaro Ojeda

“Una semana, un mes, un año. la tristeza morirá como un perro viejo”.

Lorrie Moore

esta habitación no existe
esta pantalla este gordo cardíaco melancólico que habla por teléfono delante de mí
aquella mujer con voz borracha que es puro tabaco que ha hablado toda la mañana
intentando descifrar algo de su vida quebrada irrecuperable
este teclado no existe aunque estas palabras lo acercan a la existencia
esta guía de letras de palabras de significados de versos que quizá se desvanezcan
en infinito virtual
estas manos existen aunque ya les quedan pocos recuerdos pocos secretos
un poco humor un poco gusto un poco flujo
estas uñas existen y también sus estrías de respiración entrecortada
pero cuando los expertos acaso del fbi rastreen con sus novísimos instrumentos
encontrarán huellas de inexistencia que habrán de exculparme
como si realmente no hubiera cometido crimen alguno
duran poco las cosas incluso las que se meten debajo de las uñas
adentro de la carne en la mitad del corazón donde habita un perro viejo
existe una rambla una ola perseverante rompiendo en la costa en el viento
el viento existirá siempre
un campo de golf
una casa
la mesa de un bar que ahora está siempre vacía
un vaso de whisky el whisky existirá siempre
en el mundo hay, como es lógico, cosas eternas
otras que no

TODO HA CAMBIADO DE LUGAR

ahora, de tanto mirar, tengo los ojos celestes como mi abuelo
el italiano –aquel errabundo que se embarcó rumbo al río
de la plata cuando debía abordar el buque hacia brooklyn–.
ahora tengo en la boca un regusto a tempestad
marina –los malpensados supondrán de inmediato, ostras,
resacas, otras delicias vascas– y destapo las botellas de vino
con sabiduría de pirata, relativamente lejos de mi entrepierna.
ahora mi entrepierna es más alta, más gruesa, más poderosa
–el almirante que torcerá el derrotero, salitre que cubre su tuerto
mascarón– y entonces pienso que brooklyn queda maravilladamente cerca
y que manhattan está a la vuelta de casa y que en la quinta y la treinta y
cuatro hay una parcela esperando a la hormiga y su ombú.
ahora la grava es ola y viento y el viento tumba dragones.
ahora, desfallecido aquel viejo terror a la soledad, tengo miedo
de los gatos, oscuros equilibristas de tejado,
y la dicha es una perra clara como tus ojos.
ahora todo ha cambiado de lugar.

LEAVING JACKSON

chau
una violencia
un cielo turbio, alejado
hasta aquí la borrasca la tempestad la temporada de tormentas
un convulso cielo
es bueno despedirse de una mujer
con el nombre de otra
chau, cielo
el sacudón la sacudida el golpe
es bueno celebrar en voz baja
mirar arriba
encontrar las últimas nubes en el cielo
sentirse como kropotkin recién llegado al jura
como majnó de regreso a ucrania
como malatesta ante el cadáver de mussolini
es bueno sostener en los labios la sonrisa de
severino frente al pelotón
adiós los olvidados cielos
la media boca, los ojos blancos
chau, turbión sobre ramírez
sobre la costa
sobre la mesa de un bar
chau, las verdaderas conchas de barrett
y del dolor uruguayo
y del despejado cielo

(saber como barrett que aunque la torva tunelería pulmonar
sacuda con ritmo de cumbia las pequeñas esperanzas
es siempre bueno despedirse
y empezar otra vez)

____________________

Semanario Brecha (Montevideo, 14-01-2022)
El narrador y sus huellas – Brecha digital

Enlace a Separata Malabia/72
El sacrificio de la mano derecha – Hugo Fontana

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Número 72

Idea Vilariño y el tango / Álvaro Ojeda

Revista Malabia número 72

Idea Vilariño y el tango, por Álvaro Ojeda

Idea Vilariño y el tango / Álvaro Ojeda

Pequeños, enormes poemas

Los grandes poetas son pastores de palabras. Las custodian, agrupan y distinguen. En esas palabras viven los seres humanos como pequeños dioses creadores de particulares universos sonoros y afectivos. Con ellos y en ellos las palabras resplandecen alegres, se enlutan desdichadas, se reconocen en permanente cambio. El poeta se construye en las palabras de su pueblo. Fiel a estos preceptos, Idea Vilariño trabajó desde fines de los años 60 y hasta avanzados los 90, en ciertas comarcas del lenguaje popular expresado en las letras de tango. La excusa se la brindó el gozoso placer que el tango le regaló a lo largo de su vida. La poeta ejecutaba al piano, cantaba y bailaba tangos con la certeza de quien se sabe parte de una tradición y en ella se vivifica y se reconoce. Por ese motivo recopiló al menos tres antologías de letras de tango a las que fue dotando de comentarios más o menos extensos sobre procedencia, temática y rasgos de estilo. La originalidad de su trabajo estriba en la tajante afirmación sobre el oficio de poetas de esos autores. En su libro Tangos de 1967 expresaba: “Afirmamos, sin temor a caer en hipérbole, que los tangos de Discépolo, para nombrar sólo a uno de los grandes autores, tienen una pasión, una fuerza expresiva, una carga de angustia que difícilmente se encuentran en la otra poesía argentina”. Consolidará esta aseveración en el libro El tango cantado de 1981: “Contursi es un poeta y aunque después vendrán otros de más calidad literaria, o más originales, más profundos o más ricos, nos hemos detenido en él por lo que significa, por estar en el origen de un clima, de un estado de ánimo, de un lenguaje, de una temática, de una actitud que fueron esenciales, que se consustanciaron con el tango.»

A partir de estas rotundas afirmaciones, Vilariño viajará hacia atrás en el tiempo hasta llegar al singular origen del género, despejando el camino de prejuicios, inexactitudes y falacias.

En estos tiempos de gozosa confusión entre cultura y arte, entre habla popular y recursos literarios, la tarea de Idea Vilariño adquiere el valor inestimable del rigor intelectual al servicio de una forma musical y poética viva.



Génesis

En 1995 en su libro El tango (estudio y antología) la poeta redondea su evaluación final acerca de la literatura tanguera. Parte de algunas premisas sustanciales. El tango siempre tuvo letras. Incluso los más viejos tangos, los lupanarios y los otros, de corte zarzuelero –los compuestos por Ángel Villoldo y por el uruguayo Alfredo E. Gobbi- poseían al menos un par de letra. La pública, en general costumbrista y levemente picaresca cuando no tonta, y la privada, plagada de segundas o primeras intenciones, zafada y procaz. Entre las letras de carácter público se conserva la de “El tango del mate” por supuesto anónima: “Tomá mate/ che/ tomá mate/ que en la tierra del pampero/ no se estila el chocolate”. La poeta apunta que es la primera letra que utiliza conjugaciones coloquiales –tomá– y que realza costumbres locales como tema propio y central. De las procaces se ha conservado una famosa: “Bartolo tenía una flauta/ con un agujerito solo/ y su novia le decía/ tocá la flauta, Bartolo.”

Son letras payadas sobre músicas preexistentes, pertenecientes a una forma musical todavía no desligada de sus ritmos fundacionales: el tanguillo andaluz, la habanera, la milonga. Vilariño apunta que Borges cantó con voz de ratón durante una sobremesa con los editores de la revista literaria Número, una letra antigua, adosada al tango “Don Juan” de 1905. Y agrega un comentario muy interesante sobre ciertos cuidados formales que estas letras primitivas poseían cuando tomaban estado público: “Esta actitud, delicada, digamos, pudo responder en los comienzos a la necesidad de quebrar la ‘prohibición’, de desmentir los prejuicios, de alejarse, por ejemplo de la grosería de aquellos títulos de los comienzos: ‘con qué trompieza que no dentra’. Sin renegar de sus barrios, de sus ambientes, de sus personajes, ni de sus circunstancias el tango cuidó la manera de decirlo, aunque no fue suficiente. Pero pudo ser también un cuidado de carácter artístico, literario”.

Aquellos letristas pioneros absorbieron el lenguaje literario culto, conservando la esencia de sus orígenes. El tango generó un proceso de reconversión posible, de integración de los marginados a cierta estructura social deseada y preexistente. A partir de ese intercambio cultural entre marginados e integrados, el tango maduró. No buscó el escándalo soez y torpe, buscó la sublimación.



Análisis

El repaso de las letras de tango que hace Vilariño es riguroso y comienza por su descripción formal. Al analizar la letra del tango “Enfundá la mandolina”, de un casi desconocido José Zubiría Mansilla, logra transmitir el secreto de su fuerza poética apoyada en la dicción natural del cantor de tangos. La transcripción usual de estos versos es: “Enfundá la mandolina/ ya no estás pa serenatas” transcripción que induce a error, porque olvida que estos versos fueron escritos sobre una música previa y a ella se atienen. La poeta propone una cadencia distinta: “En fun dá la/ man do lí na/ ya noes tás pa/ se re ná tas”. Esta lectura descubre rimas internas y acentuaciones escondidas. El tango reflejaba el decir natural del pueblo y sus perpetuas tristezas pero para hacerlo agrupaba los versos en estrofas que ocultaban, tras la aparente sencillez del canto, una compleja trama de sonidos.

Cuando revise el lenguaje utilizado por los poetas tangueros, advertirá que el uso del lunfardo fue siempre dosificado, porque el argot carcelario profundo es una metáfora exclusiva y mutante, ajena al pueblo. Incluso el mismo poeta podrá utilizar o no el lunfardo según la necesidad expresiva de su obra. Tratando acerca del tema universal y omnipresente del amor perdido y evocado, Francisco García Jiménez escribirá en “Farolito de papel”: “En tu grupo me ensarté/ y en tu arrullo me dormí/ y dormido me quedé/ solo, pato y hecho un gil”. Pero también podrá decir sin turbarse en su tango “Alma en pena”: “Aun el tiempo no logró/ llevar su recuerdo/ borrar las ternuras/ que guardan escritas/ sus cartas marchitas/que en tantas lecturas/ con llanto desteñí”.

Una sabia decisión homeopática.

Respecto a los contenidos de las letras, la poeta ensaya una inteligente subdivisión entre temas y motivos.

El tema es: “una unidad de interés –un personaje, un acontecimiento, una conducta, etc.- que puede enfocarse o plantearse de maneras muy diversas». El motivo es: “una situación, un hecho o eslabonamiento de hechos que se reitera con variantes que alterarán su estructura fundamental en un autor, una literatura o a escala universal”.

Por ejemplo, el tema de la madrecita santa se desarrollará utilizando diversos motivos: el hijo pródigo que vuelve arrepentido, el que persevera en su inmoralidad o el que vuelve tardíamente. En la abundancia de motivos se esconde como pegado con saliva, el gran tema del paraíso perdido.

Los temas tratados siempre forman parte de la tradición literaria occidental, sólo que se camuflan dentro de historias menores y comunes. Una táctica perfecta.

Pascual Contursi canta un abandono pero ambientado en una pieza desolada, con elementos que se humanizan –el espejo empañado que parece llorar- y lo hace desde una primera persona dolorida que expone con resignada desazón su tristeza. Sólo así debe leerse el recuerdo de los “bizcochitos” y el diminutivo entre cariñoso y cursi, entre inútil y nostálgico que simboliza ruina. Las rutinas evocadas y ausentes pueblan el mundo derrumbado del poeta.

Acaso Idea Vilariño intuyó que las maneras ampulosas en la poesía pueden ser una trampa. Acaso su propia poesía –mínimo gemido desconsolado- haya aprendido mucho de estos poetas grises, menores, imbatibles. Poetas que resguardaron las palabras de la gente humilde, palabras que el tango –“estremecido de pena” al decir de Alfredo Le Pera- recoge. Poetas de letanías herejes, de cielos perdidos, de garúas.

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Número 72

Siete sonetos / Joseph Vechtas

Revista Malabia número 72

Siete sonetos, por Joseph Vechtas

Siete sonetos / Joseph Vechtas

DIOS ES UN GRITO

Dios es un grito con un rostro humano.
Estamos solos, ¡ay!, en el vacío
y nuestra soledad busca el navío
que atraviese la mar junto al hermano.

La Realidad no tiene un sentido,
un maquinista con un Plan divino.
Somos libres de crear un destino,
conquistar el Paraíso perdido.

¿Nos seguirán las calles en la noche,
cazados y arrojados en un coche
a la cal del olvido y de la muerte?

¿Se robarán el botín de la vida;
se navega una nave perdida
al albur del poder y de la suerte?

(12.5.2012)

VIVE

Le digo al Universo que ya vuelvo,
yo, que aún soy su espejo en mi conciencia
No hay más premio que la propia existencia
ni yo la condeno ni me absuelvo.

¿Pude ser feliz? Días hay, a veces,
que iluminan el alma de sentido
y de dolor o de belleza herido
como un árbol por un rayo, creces.

Se aprende del azar y del arte;
de golpes ciegos que derriban puertas
y la herida del amor, de parte a parte.

Nada es la vida humana, pero es todo.
Pronto se olvida de las fotos muertas:
vive, más allá del silencio y el lodo.

(s/f)

MARÍA MAGDALENA

“¿Quién ha pecado?
¿Quién ha buscado a Dios sin encontrarlo?”

Te vi corriendo, Magdalena, desnudo el pie
y el seno, tras el hombre navío de tus días.
Era un rubio palacio tu belleza y subías
flameantes tus brazos. En la acera, quedé

respirando, tu congoja de casa vacía.
El incendio pasó a mi morada y tu grito
se quemó en mi boca y me sentí gratuito.
Hubo en mi voz ceniza de tu fuego, la fría

soledad del cielo, subiendo a mi memoria.
Magdalena, tú dabas de ti lo no comprado,
lo que quema el amor, sin más precio que su gloria.

Mi calle no daba hacia nadie, enamorada,
ni corrió mi corazón tras de lo amado.
Sólo tú, que amaste, mereces ser amada.

(De La invención del tiempo, Montevideo, 2005)

AVES QUE VUELAN A CIELOS LEJANOS

Pájaros que vuelan a cielos lejanos,
¿retornan acaso, a cielos de antaño?
Partían entonces del cielo de hogaño.
El tiempo está vacío y nada en mis manos.

Sobre la misma cuerda, los niños saltan
el puente de los siglos. Los mismos viejos
sentados en la plaza, con los añejos
vinos de sus sueños, cuentan los que faltan.

Las calles permanecen; la primavera
sopla la llama de las flores y el río
corre por el tiempo y no espera.

Nada ha cambiado aunque todo haya sido.
¿Vuelven las aves a un tiempo que fue mío?
Todo está presente y todo se ha perdido.

(25.5.1999)

LA ANGUSTIA

Angustia, mensajera de la Muerte,
Llegas, aleve, sorpresiva y hieres
el corazón, como a un castillo fuerte
que cae a ciegas y sin saber quién eres.

En la vejez, el tiempo ya no existe,
que sólo es memoria e ilusión
de haber nacido; y pues ya fuiste,
el presente le duele al corazón.

La Muerte llega, y a veces… vacila.
Pero recuerda: si la vida pasa,
prisionera, no importa qué cavila.

Angustia, mensajera de la vida,
que corres bajo el río de la casa:
¿por qué sangran los clavos de mi herida?

(28.9.2012)

LAS ÚLTIMAS MONEDAS

Mis días, estas últimas monedas
que me quedan ─la habitación final
de mi vida─, deslizándose frugal
y mansamente; acaso las quedas

palabras de un verso, que dicen por mí
que nada espero más que lo vivido.
Se irá todo conmigo; lo que fui,
todo lo que quise ser y no he sido.

Soy mis versos y aquello que pensé
y sufrí ─no más que muchos─, y apenas
escribí: la carne y el beso que gocé;

el día que abrió a la mañana
y declina en las noches serenas,
como niña que se muere anciana.

(16.10.2017)

EL SILENCIO DE DIOS

¿A quién llama tu voz, a quién inquiere,
cordero de Dios, en tu agonía;
tu corazón, acaso, no sabía
que se muere de amor, que el amor hiere?

Clavado en tu cruz, escarnecido,
tu fe no alcanza la verdad divina,
que triunfe el mal y la ambición mezquina,
muriendo por amor y maldecido.

Miras, en tu altura, el cielo; lloras.
Cada clavo es tu dolor que lo interroga.
Es tu razón de amor, pero no imploras.

Cae la noche en los campos que florecen.
Alzas tu voz, que la agonía ahoga,
y el día y tus palabras, amanecen.

(3.4.2010)

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JOSEPH VECHTAS

Escritor y artista plástico uruguayo, nacido en París (1934). Ha publicado artículos y poemas en la revista de la Universidad de Moorhead (EUA) y en European University Studies, y diversos textos en los semanarios uruguayos Brecha y Jaque, el suplemento La Semana del diario El Día, la Revista de la Academia Nacional de Letras (Uruguay), entre otras revistas y periódicos.
Fue docente de filosofía y de literatura.
Algunos de sus títulos publicados (poesía): Hombre libre y La ciudad del exilio (Montevideo, Banda Oriental, 1984), Cosmoagónicas (Montevideo, Banda Oriental, 1992), El presente incesante (Montevideo, 1998), y Yo estuve allí (Montevideo, 2014); además de la novela El exilio de Dios (Montevideo, Banda Oriental, 2003), y el ensayo Figari. Estética, arte, pintura (Montevideo, Museo Figari, Ministerio de Educación y Cultura, 2011).

Hay varios trabajos de Vechtas en anteriores números de Malabia, así como un artículo sobre su trayectoria (Intruso en el jardín de la memoria).

Los sonetos que aquí presentamos son inéditos, excepto uno, del que se señala su procedencia.



Héctor Rosales / notas y selección de textos.